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El fulgor de la lectura

Cualquier aspirante a escritor que no considere a Lizandro como lectura primaria está condenado al fracaso. Al fracaso rotundo, a ese fracaso inconsciente de lo artístico literario. Una fatalidad predestinada por la poca lectura, pensamiento y elucubraciones de ideas que han transcurrido durante la historia de la literatura y las demás artes. Están destinados al fracaso, en primer lugar porque Lizandro es la narrativa nicaragüense, con esto quiero decir, que Lizandro representa una época, un tiempo, un espacio para la creación de la identidad literaria nacional. De no comprender esto todos los aspirantes a escritores van a fracasar y recrear una literatura sin sentido histórico y mucho menos artísticos.

            En cuanto a Lizandro, sus escritos contienen el genoma de todos los relatos que se pueden llegar a escribir, incluyen posibilidades de la abstraccionismo, lo absurdo y lo histórico. Eso me di cuenta desde que lo leí y lo comparé con otros autores como Juan Aburto. Este se diferencia de ser un escritor de relatos urbanos, aun así no logra utilizar técnicas modernas como Lizandro, que permiten construir una lectura de secretos y una lectura más crítica. Pensé esto mientras me bañaba para alistarme porque Armando vendría por mí a eso de las nueve de la mañana.

            Salí de la ducha, me sequé con la toalla y encendí un cigarro para matar la ansiedad matutina. Al terminar de fumar, me cepille los dientes, y fui a revisar la ropa en mi maleta. Elegí la camisa floreada, un jeans y zapatillas Nike. Otra vez pensé que lo mejor sería dejar la cámara y proceder como observador, anotarlo todo mentalmente y luego escribir al respecto. Mientras acomodaba mi ropa, recibí la llamada de Armando. Estoy afuera, dijo. Tomé el paquete de cigarros y el encendedor, bajé las escaleras, y salí del hotel.

            Afuera estaba Armando dentro de un Yaris color gris. Me acerqué, ¿De dónde jodido sacaste este carro?, le dije. Es rentado, contestó. Me subí, y empezamos a dar vueltas por la ciudad, le dije que necesitaba observar un poco. Y, lo que vi fueron casas de maderas a orillas de la playa, a lo lejos una edificación de una iglesia con su cruz en lo alto. No pude dejar de ver a dos niños que sostenían baldes llenos de camarones. Le dije a Armando que se detuviera para poder hablarles. Los niños se acercaron al carro y me dijeron que vendían el balde de camarones a cien pesos. Le dije a Armando que arrancara, y seguimos hasta llegar a un lugar donde desayunar porque me moría de hambre y me apetecía gallo pinto con huevos y tortilla.

            Sabía de la pobreza que vive la población de Bluefields, nunca imaginé que fuera tanta desgracia que vive esta gente. Ver aquellos niños me conmocionó tanto. No podía creerlo, andaban por ahí en calzoncillos vendiendo baldes de camarones a cien pesos. Mientras pensaba, la mesera me interrumpió y nos preguntó qué queríamos de desayuno. Le dije que el combo número 1: Gallo pinto, huevos y tortilla. Armando pidió cerdo frito, gallopinto y tortilla. Pensé comer cerdo también, así que me levanté y le dije a la mesera que cambiara la orden por cerdo en vez de huevos. Clase tigre hermano, dijo Armando. Si supieras el hambre que ando, dije.  Vamos a ir al Colegio Cristóbal Colón, dijo Armando. Según había leído, ese Colegio Cristóbal Colón existe desde hace más de cincuenta años. Ahí Lizandro se recibió del bachillerato.

            La comida estaba lista, y recordé pedirle a la mesera una taza de café. No había mucha diferencia del cerdo frito con achiote al de Managua. Se veía delicioso, lo único diferente era el sabor del gallo pinto con aceite de coco, y las tortillas estaban calientitas. Mientras introducía el tenedor en el plato, la mesera trajo la taza de café. Con dos cucharadas de azúcar me tomé el café y seguí comiendo. Después de devorar el cerdo frito, y el gallo pinto, encendí un cigarro, y en seguida la mesera se acercó para decirme que no se permitía fumar. Tuve que apagar el cigarro en el piso y machucarlo. Armando se rió de mi desesperación por fumar, y puso cien pesos en la mesa. Vámonos, dijo.

            Todavía me sentía lleno, y para complementar la comida debía fumar. Abordamos el Yaris, y encendí un cigarro, Armando también encendió uno. Supuse que no viviría mucho, tal vez a los cincuenta, todavía me quedaban veinte años. El cigarro es un hábito que vengo arrastrándolo desde los quince años y, se me ha hecho imposible abandonarlo. Tal vez algún día lo abandone porque la única razón es ahorrarme unos cuantos pesos. Alrededor de nueve mil pesos al año gasto en cigarros. Lo he calculado varias veces para dejar de fumar, pero siempre vuelvo al hábito.

            En ese momento, cuando subimos al carro y todavía llevaba el sabor de la comida en mi garganta, fumé con gran placer, y tiré la bocanada por la ventana. Armando arrancó y fuimos al famoso colegio donde Lizandro se graduó. No sé con qué motivo visitaríamos el colegio, porque lo único que se me ocurrió decir después de recorrer los pasillos y ver a los alumnos fue “esto no tiene nada que ver con la literatura de Lizandro”. Y, era cierto, se trataba de un mero dato biográfico que no aportaba en nada a mi crónica. Me fui decepcionado y un poco abrumado por la gigantesca tarea de escribir sobre Lizandro. Armando me vio de esa forma, y a mediodía me invitó a un par de cervezas. Así que fuimos a un bar más o menos decente en el centro de la ciudad de Bluefields. A esa hora empezó el calor extraño que no sé cómo explicar. Era un calor que me hacía transpirar tanto y, a la vez se sentía fresco por la playa que teníamos a unos metros. Tenía que enfocarme en sus historias. Era la única forma de conectar su ciudad natal y sus historias.

Mientras tomaba una cerveza, vi a un perro pasar y le grité: ¡Barcino!, como modo de broma. Armando se asustó porque llamé al perro por ese nombre varias veces hasta que el perro se acercó en busca de comida. Este Barcino si hace caso, dije. Me reí y seguí tomando mi cerveza. Con la cuarta cerveza empecé a maldecir a William Walker. Ese hijueputa gringo vino a hacernos m****a, dije con los ojos entrecerrados. Estás picado hermano, dijo Armando. Encendí el décimo cigarro y escupí pensando en el imperialismo gringo. Estaba convirtiéndome en anti yankee como en los relatos de Lizandro. Es mejor que pares ahora mismo, vamos, te llevo al hotel, dijo Armando.

Suspiré por la decepción de no saber qué escribir, me levanté de la silla de plástico, y nos fuimos al hotel. Armando se despidió y dijo: hasta mañana. Yo entré a mi cuarto, no estaba tan mareado, solo era una excusa para zafarme de Armando con quien no podía tener una plática amena. Busqué mi grabadora y empecé a decir algunas cosas sobre mi lectura de Lizandro: Leer a Lizandro es una aventura selvática, sin embargo, es una crítica radical al imperialismo yankee invasor. Apela a la lucha del Caribe más que al nacionalismo patriotero. Por muchas razones, en primer lugar porque el gobierno central del pacífico margina al Caribe, lo explota y extrae sus recursos. Nada ha cambiado, es cierto que la invasión yankee nos hizo m****a, pero más ha explotado el neoliberalismo extractivista de bosques y minas. Las grandes empresas tanto nacionales como trasnacionales destruyen nuestras selvas y acaban con la fauna.

            Al fin, algo digno y memorable que decir al público de Managua. Podría ser bastante escandaloso, es la realidad que viven a diario la gente del Caribe, además de olvidados y marginados por los gobiernos neoliberales durante dieciséis años, también son discriminados. En Managua hay un racismo interiorizado y exteriorizado bien arraigado a ideas estúpidas de mejorar la raza casándose con alguien de piel más clara, por ejemplo. Parecen cosas menores y, es una imbecilidad de pensamiento. Yo puedo decirlo con tranquilidad porque mi racismo interiorizado lo reconozco, mis padres, abuelos y demás familiares tienen la culpa de haberme mostrado una visión del pacífico como un lugar céntrico y especial lejos de la zona rural y el Caribe. ¿Por qué jodido creen que Managua es el centro de Nicaragua? Es la ciudad más corrupta, violenta y sucia. Y, claro que hay pobreza, hay indigentes, niños huele pegas, y sin padres. Ni hablar de los tipos que se sientan en la Asamblea Nacional a repartirse salarios inimaginables. Lizandro no tuvo la oportunidad de morir en Bluefields, supongo que de esa manera obtuvo mayor paz. De seguro le disgustaba Managua o la gente de Managua.

Después de pensar tantas cosas que me revolvieron el estómago, repasé algunos relatos de Lizandro para relajarme un poco de tanto elucubrar cosas que en verdad me enojaban. Malditos liberales de m****a, se llenaron las tapas de mentiras y las carteras de millones y nunca hicieron nada por el pueblo. Fui al baño para fumar, cerré la puerta, y me quedé viendo al espejo, pensé en Valentina y se me ocurrió llamarla luego de fumar. Pensé en su desnudez, pensé en hacerle el amor una y otra vez en nuestra cama matrimonial. Quería besarla, besarle los muslos, los pies, y llegar hasta el centro donde hay mayor placer.

            Al salir del baño, escuché un alboroto que provenía del primer piso. Me encerré de inmediato, y vi si podía escapar por la ventana. Venían por mí, no sé quiénes, pero lo presentí. Tocaron a la puerta dos veces y dijeron: ¡Helloo!, de forma graciosa mientras trataba de salir por la ventana, fue imposible y de un disparo de lo que parecía ser una escopeta abrieron la puerta.

El disparo provocó un estruendo en mis tímpanos tanto así que me dejó escuchando un silbido. ¿Qué m****a estaba pasando? No sabía, y estaba atónito, con mucho miedo a morir como la vez del bar. Los tres tipos con pasamontañas me arrinconaron y empezaron a registrar mi maleta. Me parecía increíble lo que me estaba ocurriendo, y lo peor que nadie estaba ahí para salvarme ni tenia forma de pedir auxilio. De la maleta sacaron la Canon, la grabadora y mi laptop. Al ver tiradas mis cosas sentí que una lágrima iba a resbalarse por mis mejillas, la contuve y, seguí rígido con la mirada hacia el piso. Mientras me seguían apuntando con la escopeta, que parecía la misma de los muchachos del bar tenebroso, me dijeron que saliera del cuarto, y di unos pasos con las piernas temblando del miedo.

  El que llevaba la escopeta se adelantó y bajó las escaleras. En la entrada del hotel vi a la recepcionista boca abajo en el suelo amenazada por un hombre con un machete, y seguí caminando. Salimos del hotel hasta llegar a un carro viejo donde me ataron las manos, me pusieron una venda en los ojos y una mordaza. No sabía hacia dónde nos dirigíamos, oía a varios hombres hablar en inglés y se reían mientras escuchaba accionar el botón de la cámara para tomar fotos en automático. Era una pesadilla, porque ya me imaginaba con un disparo en la cabeza y las noticias narrando mi asesinato si acaso descubrían mi cadáver.

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