Ahora morirás

Era muy temprano en la mañana para estar pensando en Verónica Triana, pero antes de cada golpe la recordaba. El mundo dormía, bueno, el mundo normal. Justo Lara estaba de pie, inmóvil en una esquina, con ropa a la moda de jóvenes de alta sociedad, y en sus manos sostenía un teléfono celular de los más costosos. Su atención estaba dirigida completamente a la pantalla del móvil. Como es frecuente en Fórmica, un cazador rondaba las calles buscando conejos que saquear. Justo Lara sintió el antebrazo de un hombre que sostuvo con fuerza su cuello y la punta de su arma por los lados de su órgano respiratorio derecho. El cazador le ordenó estar tranquilo, y le hizo saber que lo único que quería era su aparato electrónico. El delincuente le preguntó si había entendido, y la presa, Justo Lara, aprovechó su oportunidad de hablar usando la voz más gélida que podía tener.

-Escúchame bien amigo, en estos momentos dos de mis francotiradores te están apuntando: Uno a la cabeza desde aquel árbol a nuestra izquierda, y otro al cuello desde la ventana de aquella casa lejana a tu derecha. Puedes mirar para que tengas confirmación visual. Te aseguro que no tienes posibilidad alguna de ganar aquí, pero sí suficientes para salir con vida. Espero que seas capaz de tomar en cuenta que todo estaba preparado, que si hubiera querido matarte ya lo hubiera hecho. Tú no planeaste robarme pero yo sí planifiqué y arreglé todo para que me encontraras.

El “Cazador” soltó a su “Presa”, asustado y pensativo sin dejarle de apuntar, y Justo Lara le mencionó que si ameritaba una prueba de los tiradores sólo debía levantar su mano libre. Cuando lo hizo, el golpe de un disparo destrozó una tabla que estaba a la vista del Cazador. Este terminó de bajar los brazos y Justo Lara agregó:

-Ellos me cuidan como la madre que nunca tuve, me idolatran como nunca les pedí. Les costó aceptar que me pusiera en esta posición peligrosa, pero confían en mí. El problema es que si vuelves a levantar el arma, tienen la orden de acabar con tu única vida. Pero ese no es mi plan, sería un desperdicio.

-Usted es Justo Lara ¿Verdad? -Preguntó el cazador con voz temblorosa.

-Y hago honor a mi nombre. Es un placer conocerte.

-Usted es el líder de los moderadores, es usted como una leyenda de misterio, de usted hablan como si fuera un fantasma o algo que inventaron para asustar a los niños.- Decía refiriéndose a las historias que se escuchan de "ellos",  que causan inquietud a los menos inocentes.

-No soy más que una creación de esta sociedad primitiva. -Explicaba Justo Lara levantando ligeramente los hombros.  

-¿Qué tengo que hacer entonces? –Preguntó el hombre desorientado y sin opciones.

-Es hora de temblar. Es hora de sentirte vivo.

Un choque eléctrico derribó al cazador cazado. La camioneta negra llegó, como tantas veces había pasado en La Ciudad Naranja, y otro individuo desapareció.

Cuando el delincuente anestesiado fue trasladado y encerrado en el cuarto de rehabilitación, los moderadores le rendían admiración a Justo Lara por otro ejercicio social ejecutado a la perfección. Los ejercicios sociales eran sus operaciones de captura de personas que tenían tendencia a aprovecharse de otras. Él les exponía que los humanos creen ser leones cazadores, pero solo son conejos con armas de larga distancia, y que si se domina esa ventaja quedan vulnerables, como lo que son los hombres cuando no tienen un motivo sólido por el cual vivir:

«Débiles animalitos, pues, sin ideal no hay sentido»

Expresaba, y hacía énfasis en que lo que más disfrutaba, era cambiar completamente el rol de perdedor a ganador; el instante perfecto donde todo cambia y el sometedor pasa a ser sometido solamente anulando el poder adicional y decisivo que dá el arma de fuego.

Ismael García se llamaba el hombre que entró y no pudo salir del cuarto de rehabilitación, o cuarto definitorio, y cuarenta y nueve horas después de su captura, murió feliz de no seguir viviendo su vida, y vio a Justo Lara como su héroe.

     -Nuestros antepasados nos heredaron su consistencia de lucha; el gran Alonso Márquez y Verónica Triana nos demostraron que cuando hay una idea por la que vivir perdemos el miedo a la muerte. Pero nosotros podemos hacerlo diferente, y tener cuidado de que no nos conviertan en mártires, porque los vivos son definitivamente más útiles. Un valiente descuidado vale mucho pero dura poco, y un valiente precavido vale el doble porque cuenta con un plan y logra seguir viviendo para seguir luchando.

Justo Lara tenía un sueño; la evolución del comportamiento humano. Y tantos pueblos conquistados o purgados con su método, lo inspiraba a continuar. Este sueño era muy complejo como para emprenderlo solo, y por ello reclutó un equipo que convirtió en moderadores de la sociedad. Su equipo, era una selección particular de jóvenes súper inteligentes, creativos y con el deseo en común de cambiar el funcionamiento de la sociedad moderna. Nadie le era fiel por dinero, porque la hermandad entre no familiares existe.

-¿Cuál será nuestro próximo movimiento? -Preguntó la fiel e inteligente moderadora de veinte años Valeria América, después de escuchar a su líder.  

Esa pregunta en el tono de voz adecuado invocó el tiempo confuso en el que Justo Lara casi se convierte en un humano común. Algo pasó, cuando su dedo estaba concentrado en el gatillo esperando la orden del cerebro para accionar el tendón que haría salir la bala que lo acreditaría como un asesino, y un autor más de las venganzas sin sentido, donde la persona deja de sentir y el hecho no enseña ni reprende al objetivo. Algo pasó, algo que cambió todo. Y para entenderlo hay que ir al inicio...

Comienza con la manipulación de las debilidades humanas. Tres años antes del ejercicio social del “Cazador Cazado”. Justo Lara tenía como objetivo a Saul Evíes, un delincuente que la policía no encontró en meses. Este fue el primer ejercicio social de Justo Lara,  y lo ejecutó solo. Eran días en los que sus familiares y amigos pensaban que había perdido la cordura, porque no habló en una semana. Fue llevado a psiquiatras que solo detectaban un problema emocional, pero no sabían por qué en los estudios su cerebro se veía tan activo, como si estuviera resolviendo ejercicios de álgebra o cálculo. A veces dejaba su mirada inmóvil pegada a las paredes. Nadie consiguió enterarse de que estaba evaluando posibilidades para formular un plan perfecto. Oscuro, pero genial.

Seducir no es un problema para las personas que se distinguen del resto. Y con este poder, capturó el amor de Carolina, la expareja de Saul Evíes, como una mariposa inocente en una red. Así conseguiría la información que necesitaba, y una carnada tan poderosa como la fuerza de la gravedad, pues pocas cosas atraen más que el recuerdo de un amor pasado. Justo Lara sabía que habría daños colaterales, hacer que ella lo amara, era uno amargamente necesario. Lo bella e inteligente que era Carolina, no lo había podido incluir en sus planes. Fue un valor impredecible, pero él era tan bueno engañando, que ella se sentía amada. Aunque nadie puede descifrar si era solo una balurda mentira, pues puede que Justo Lara la hubiese amado de verdad. Pero nunca lo sabremos. Justo Lara no necesitó mucho presupuesto ni mucho tiempo para conseguir la información del paradero de Saul Evíes, solo necesitó palabras y gestos de amor a la antigua, factores que Carolina extrañaría hasta el fin de sus días, porque nunca más lo volvió a ver ni a reconocer así se le cruzara en el camino, ya que el condenado era muy buen actor, y presumía tener la capacidad de aparentar ser muchas personas diferentes.

La mañana donde se completaría un plan perfectamente ejecutado por Justo Lara, transcurría encubierta, calmada y empalagosa. Saul Evíes fue citado a una casa abandonada donde compartió experiencias juveniles con su expareja. Para Justo Lara fue fácil engañarlo, haciéndose pasar por Carolina a través de mensajes de texto. Pero fue el poder del amor lo que hizo que todo fuera posible, porque ella era la única mujer que Saul Evíes había amado. Este hombre no sabía sentir miedo, porque la vida dura que decidió llevar, le había hecho perder un grado considerable de sensibilidad. Así, sin miedo, Saul Evíes entró a la casa en la que el ambiente olvidado y triste le mareaba la estabilidad. Escuchó la voz de su amada que lo invitaba a pasar al cuarto, entró lentamente hasta un lado de la cama y vio un grabadorcito en la mesa de noche de donde salía la voz de Carolina. Pero luego, de este, salió un sonido susurrante, áspero y poco inteligible que decía «Te tengo, te tengo». Cuando Saul Evíes supo que había sido engañado, giró hacia la salida para escapar, pero centrado en el marco de la puerta estaba un sujeto con una máscara destrozada, que levantó su mano y apretó un control que cerró la puerta herméticamente e hizo salir el gas que poco a poco durmió al desesperado hombre que buscaba un lugar por donde salir, pero mientras más se esforzaba más oxigeno le faltaba. Y así cayó, con lágrimas en sus ojos por el gas y por el dolor de haber creído que volvería a estar con su único amor.

Despertó atado de manos y pies en una silla, sin saber si sus ojos estaban cerrados o abiertos por la implacable oscuridad, y al hombre que siempre se sintió fuerte e invulnerable, lo agobió la falta de poder y lo cubrió una rara impotencia porque su predisposición ofensiva era inservible en un momento donde el factor intimidante no estaba a su favor. Y ahora en una posición así, compadecía a quienes había atacado, robado y ultrajado. Porque a la hora en que se presenta la igualdad de probabilidades de la vida, no es correcto abusar de alguien que no estaba preparado. Entonces sintió que en una situación como en la que estaba todos eran iguales, y que la actitud ofensiva que mostró siempre, fue un gesto absurdo y cobarde. «¡Auxilio! ¡Ayúdenme!» Era su sentido de supervivencia que lo había sacado de sus reflexiones y lo indujo a dar gritos. Estas suplicas casi hicieron crujir sus cuerdas vocales por ser la primera vez que las utilizaba. De un momento a otro, comenzó a escuchar pasos a su alrededor, y el hombre que daba esos pasos le habló sin poder ocultar su rabia hacia él.

-¡Usa tu capacidad de deducción, inútil! Si crees que alguien que te va a encerrar en una habitación no va a calcular parámetros para que tus gritos se escuchen solamente entre estas paredes de las que no saldrás con vida, estás tan equivocado como tu estilo de vida.

-¿Quién eres tú? -Preguntó Saúl con más temor.

-Soy el hombre que por dentro quedó reducido a escombros, y que por fuera sería algo parecido a esto. -Decía Justo Lara mientras encendía una lámpara que hacia visible la máscara desfigurada que cubría su cabeza para generarle más terror a su víctima. Y funcionó. El miedo le recorrió el pecho como ácido bajo la piel.

-¿Qué quieres de mí?- Preguntó confuso cerca del llanto.

-De usted Saúl Evíes, nada. Lo que quiero es hacerlo sentir débil, miserable, patético. Quiero que sientas que en realidad, no eres nada, que nunca has sido nada. Pero espero más de la venganza, porque creo que será lo único que me dará el alivio de hacer justicia por la mujer que amé. Era solo una niña.- Su voz empezó a resquebrajarse. -Ella...  era brillante, y la mataste sin saber ni su nombre.

-Desde el principio imaginé que eras tú. –Expresó Saúl con remordimiento. -Pero te veías tan inofensivo que cuando recordé tu cara te descarté. No pensé que serías capaz de hacer algo como esto. Vi tu nombre en las noticias al otro día después de… lo que hice. Eres Gabriel. -Dentro del hombre nombrado despertó la rabia que había desatado su pasado y lo llevó a cambiar de identidad. Pero solo bastó un instante de lucidez para anunciar el motivo de su transformación.

-Ese nombre es del buen muchacho que fui en otra vida y que murió junto con la chica que mataste. Ahora me presento frente a ti como Justo Lara: el hombre que volvió de la muerte para hacer justicia ante esta circunstancia social que terminó haciéndote jalar el gatillo para disparar la bala que apagó su corazón, y que se encargará de inspirar terror a todo hombre que abuse del débil y adopte el estilo de vida que te convirtió en un asesino. La sociedad arderá ante mis ojos y seré yo quien encienda ese fuego. Solo se aprende rápido a través del terror. Ahora me llamo Justo porque las personas que han sido abusadas merecen justicia, y alguien la tiene que impartir. Solo yo puedo hacerlo, y esta es una prueba de ello.

Saúl Evíes no supo formular una respuesta apropiada para la confesión de su captor, y entendió claramente que no saldría de ese cuarto con vida, porque aunque notaba la inteligencia de Justo Lara, también le parecía que estaba loco.

 Para terminar, Justo Lara le explicó que lo que había hecho se debía a un error humano común que él llamaba Daño inconsciente a largo plazo por deseo momentáneo que en su lista de errores humanos era el número uno, y se refiere a cuando una persona por una “emoción relámpago” causa un daño irreversible, inconsciente del desenlace. Y que por eso le había disparado a su chica, por el simple deseo fugaz de imponer respeto, y así la envió a nuestro único destino seguro. Pero como el destino se puede alterar y Saúl Evíes había alterado el de ella,   Justo Lara le enseñaría un atajo hacia el suyo.

Saúl Evíes miraba fijamente esos ojos perturbados de cólera y tristeza detrás de la máscara, mientras escuchaba a ese ser que ahora consideraba anormalmente valiente por querer enfrentar la sociedad de Fórmica, cargar el revólver que lo mataría. Justo Lara le apuntó directamente a la cabeza y su pulso por primera vez vibró. Con jalar el gatillo bastaba…

¿Pero después de eso qué? ¿Ir a enterrarlo en el hueco ya excavado? ¿Qué lección le quedaría a la persona? ¿Cómo saborear la venganza de verlo arrepentido y haberlo descubierto débil si ya no estaría respirando? ¿Cómo aprendería sobre su error ya explicado? ¿Cómo vería Saúl Evíes lo que había desatado? Las lágrimas en los ojos de una persona con sus características eran muestras claras de arrepentimiento y de la vulnerabilidad que había conocido dentro de sí. Y si hay algo concreto e incuestionable, es que un muerto no cambia ni deja un mensaje irrefutable. Fue en ese momento, antes de convertirse en un asesino más, que se dio cuenta que la muerte no tenía nada que ver con una venganza pedagógica. Con hacerlo asumir lo miserable que era su forma de vida actual era más que suficiente, era ingenioso. No serviría para hacerlo cambiar, porque puede que la gente no cambie, pero sí se adapta, y al menos lograría sacar a flote lo que todos llevan dentro y no sale hasta que valoran la vida y se vuelven bondadosos, solidarios, inteligentes, empáticos, en conclusión, seres de comportamiento evolucionado. Había más lógica dentro de una venganza así, que solo quitarle la vida, porque esa venganza de televisión de, matar por haber matado, era una estupidez. ¿Por qué no matarlo de otra manera? Al fin y al cabo hay diferentes formas de morir. Debía surgir un nuevo plan. Saúl Evíes había sentido el frió revolver detrás de su cabeza, y fue desesperante que su atacante se hubiera alejado cinco horas. Alargar el instante antes de la muerte dá una oportunidad desesperada y acelerada de apreciar la vida, pero en ese trecho le dolía más ya no tener otro chance de hacerlo. La luz dedil y escarlata de una bombilla lejana dibujaba la sombra de su atacante acercándose a hacer lo justo, no lo correcto. Saúl Evíes tomó una última ráfaga de aire por sus fosas nasales y no sabía si había sentido o recordado el olor a mantequilla derretida de las arepas de su abuela. Y descubrió que solo a pocas horas de la fría muerte, una tontería tan simple como esa parece la sensación más maravillosa del universo.

-¿Cuál será su próximo movimiento? -Preguntó Saúl Evíes, otra vez con el revolver en su cabeza.

-¡Ahora morirás! -Anunció Justo Lara como si quitar una vida fuera una cosa normal. Como nos lo han hecho creer.

-Por favor, no…

La explosión produjo el último sonido que escuchó Saúl Evíes: el del disparo que aterrizó a un lado de su oído y terminó con ese mundo de creatividad mal dirigida. La luz frente a su cara había desaparecido, un líquido caliente que disipó el olor de la mantequilla corrió por su cuello, y por todo lo demás, silencio…

Mucho silencio… 

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