La Entrevista
La Entrevista
Author: Serazor
I

‒Sí

‒No.

‒Sí

‒ ¡No! –  Respondió Alejandro

‒ ¡Sí! –  Replicó su jefe

Así transcurría la discusión en la pequeña oficina del centro de la ciudad. Alejandro, indignado, veía a su jefe, Héctor Cifuentes un hombre bajo, rechoncho y mayor, sin poder darle crédito a sus palabras. Estaba atónito, perplejo. Su petición carecía de sentido y debía ser cancelada lo más pronto posible. Con la vena de su cuello marcada y sin poder contenerse, gritó:

‒ ¡No!

‒ ¿Vas a seguir con el estúpido juego?

‒Usted no puede estar haciéndome esto.

‒No te estoy haciendo nada que no sea lo usual. Yo soy el jefe y tú el trabajador. Yo te otorgo una labor y tú la cumples, así de simple. Puedes callar y obedecer, o quejarte y marcharte luego con tus maletas.

‒Pero… ¡No! Yo soy un diseñador gráfico, un simple diseñador gráfico. Puedo encargarme de cualquier diseño que la revista requiera; el que usted desee, mas no puedo hacer algo como lo que me pide. No soy periodista.

‒ ¿Qué tan complicado es ser periodista? Haces una simple entrevista con preguntas ridículas que se te ocurran y ya; es lo único que debes hacer.

‒Pero soy diseñador.

‒Por Dios, Alejandro.

Hector no se molestó en disimular su impaciencia, pero a Alejandro no le importó. Debía evitar a toda costa, como fuese, que lo eligieran como periodista.

‒Mira, sé muy bien que esta no es tu ocupación; también estoy consciente de tu problema y el por qué te estás negando tanto, pero nada puedo hacer al respecto. Tú sabes bien lo difícil que ha estado la situación. La revista cada vez vende menos y pareciera que ya no nos queda mucho tiempo de vida. ¡Es ridículo! Las revistas de moda siempre han vendido bien, pero ahora cada reportaje, desfile o anuncio es fácilmente apreciable por internet. Vamos, que hasta la televisión nos está cayendo a patadas con esos programas de chismes. Los malditos programas de chismes. Hemos tenido que reducir el personal…, bastante. Deberías estar agradecido de no estar entre los que se fueron de patitas en la calle. Sigues conservando tu empleo y aún no me lo agradeces. La única diferencia, es que ahora tendrás que hacer un par de cosas extras. Entre ellas: Entrevistas.

‒No tengo idea de cómo hacer entrevistas

‒Aprende. No te vendría mal adquirir nuevas habilidades. Tampoco eres tan bueno con los diseños.

‒Si pudiera hacer cualquier otra cosa…

‒Entrevistas, he dicho.

Alejandro vio a su alrededor como si fuera a encontrar la salida escondida en una esquina. Tal vez algún botón de reinicio para poder comenzar su día de nuevo con la esperanza de faltar al trabajo y le pusieran esa tarea a cualquier otro. Verdaderamente la oficina parecía más vacía que antes. Una ventana sin cortinas dejaba entrar el caluroso sol que quemaba la tapicería. Los cuadros que decoraban las paredes fueron cambiados por fotos familiares de marcos baratos. Una sola planta había sobrevivido, aunque no lograba abonar vida al conjunto; era opacada por el escritorio viejo sobre el cual su jefe esperaba su respuesta. Como si no la conociera ya…

‒Bien…

‒Perfecto. La entrevista es mañana; puedes tomarte el día de hoy libre. Ve a casa y prepara las preguntas, o lo que sea que tengas que hacer para realizar una entrevista digna. Ve, relájate, descansa y mañana te espero aquí temprano.

‒Entendido.

‒Y te lo advierto, Alejandro, si mañana a primera hora no estás aquí, y decides ausentarte misteriosamente con alguna excusa, estás despedido. Aunque muera tu santa madre, Dios no lo quiera, mañana vienes a trabajar.

‒Como quiera.

Alejandro se dio media vuelta deseando que un coche lo atropellara al salir. Al llegar a la puerta, su jefe habló.

‒Lo lamento, Alejandro; entiendo que no será muy cómodo, pero tienes que hacerlo. ¿Quién sabe? Tal vez lo disfrutes.

Sí, claro, cabrón, pensó Alejandro, pero decidió callarse y salir de la oficina sin decir nada.

Recorrió el edificio como un muerto en vida, ignorando saludos, preguntas o cualquier palabra dirigida hacia su persona. En ese momento Alejandro había dejado de ser uno más para convertirse en uno menos. Una sombra que no camina, sino que se desliza perdida en sus pensamientos sin entender su tridimensional existir. Vagó como desaparecido en una llanura. Sus pensamientos chocaban con sus sentimientos y querían colapsar en un torbellino de recuerdos que amenazaban con emerger. Con resurgir del profundo cráter donde habían sido condenados. Estaba asustado, muy asustado. ¿Así debía sentirse? Supuso que no, mas no podía evitarlo. Un adolescente con sus hormonas trabajando a lo todo lo que dan hubiese tenido un mejor control sobre sus emociones. Alejandro simplemente caminó llevado por el diablo, sujetándolo de la mano en su paseo. Recorrieron gran parte de la ciudad sin saber cómo, cuándo o porqué, hasta llegar a su casa; maldiciendo a los conductores del día a día por no atropellarlo en el proceso. Tantos accidentes que ocurrían cada día y él estaba milagrosamente vivo. Aunque “vivo” no era necesariamente como sé sentía.

Estás actuando como un idiota inmaduro se dijo a sí mismo, pero su regaño no logró calmarlo. No recordaba haber salido de la oficina ni haber llegado a su casa, pero ahí estaba: melancólico en el umbral de la sala sin atreverse a dar un paso, como si el hecho de permanecer inmóvil hiciese que el mundo se detuviese; pero el tiempo no se pondría en espera de su movimiento, con paciencia, con clemencia, otorgándole infinitos segundos para que tomara su decisión.

Un paso, luego otro, y con total parsimonia, Alejandro se adentró en los confines de su apartamento.

Estaba tan solo y vacío como siempre. Sus muebles seguían grises por la pobre tapicería y la televisión, aunque apagada, escondía en su interior un canal sin señal por una cuenta de cable no pagada. Poseía estanterías clavadas a paredes, aunque éstas carecían casi por completo de libros, así que sus mayores ocupantes eran polvo, pelusas y alguna araña ocasional. El comedor, con su nevera poco provechosa, seguía con su solitaria silla alojada a un lado de una mesa circular antigua. Pero no antigua como objeto clásico, sino antigua como una mesa vieja y gastada.

Ese día, un pequeño cajón en una esquina del salón llamaba a Alejandro con una fuerza magnética. Era un cajón de madera, con muchísimo polvo, incluso más que en el resto de la casa, y con sus patas cubiertas de suciedad.

Alejandro se acercó a él, dubitativo. No era la mueblería lo que le atraía, sino su interior. Dentro del cajón había algo y ese algo era un cumulo de recuerdos marchitos. Una oda a lo olvidado.

Abrió el cajón y sacó un álbum de recuerdos.

No lo abrió, no se atrevía a hacerlo.

La cubierta era de una tela rojiza cuyos hilos empezaban a desprenderse. Aún así, su tono y textura seguían teniendo un aire seductor difícil de explicar.

Alejandro pasó los dejos por la portada. No había palabras en ella, nada que indicase lo que contenía, pero él lo sabía demasiado bien como para tener el valor de revelarlo.

Sabía que adentro yacían las fotos de una pareja con toda una vida por delante. Momentos inmortalizados en fotogramas. Aquel viaje a la playa, aquella salida al cine, aquella escalada en una montaña, aquella tarde en el parque. Fotograma tras fotograma como ventanales a lo que fue y es y no volvería a ser.

Podría abrirlo y revivir todo eso al menos en su imaginación, ¿pero para qué? ¿de que servía? Levanto la mirada observando a su alrededor.

De nada serviría.

Sí, podría abrir el álbum y empaparse del pasado, recuperar viejas sonrisas y seguro tener esa sensación placentera que la nostalgia despierta. Pero al cerrarlo, esto era lo que le quedaba: un apartamento vacío.

El álbum estaba cubierto de polvo y así debería permanecer.

O mejor…

Teniéndolo en sus manos, Alejandro se acercó a la cocina, fue hasta el contenedor de b****a y lo arrojó ahí sin conmiseración.

Sí, ese era un mejor lugar.

Ya estaba cansado de que al llegar cada tarde su mirada se dirigiera al cajón de forma casi inconsciente como un ex alcohólico que pasa al lado de un bar y no puede evitar mirar.

A la m****a el álbum y a la m****a los recuerdos.

¿Tenía un trabajo por delante? Bien, pues trataría de hacerlo sin que le importase nada. Un trabajo más. Un sueldo más.

Pero se estaba engañando, y él lo sabía.

Volvió a mirar a su apartamento vacío.

Esto es lo que me queda.

Acostumbrado ya a su hogar, Alejandro lo recorrió hasta llegar a su habitación. Se acostó en la cama y cerró las cortinas que lo sumieron en la oscuridad. Se levantó, fue a la cocina y se hizo un sándwich de queso como cena, aunque no se comió ni la mitad. Tomó el resto y fue a arrojarlo al contenedor de b****a hasta que recordó que ahí estaba el álbum, y sin querer, pero queriendo, dejó el sándwich el mesón sin terminar de botarlo.

 Fue a su habitación, que también le servía de despacho y tras encender la computadora, se desvistió hasta quedar en calzoncillos y se sentó frente al monitor; cerrando un poco los ojos hasta acostumbrarse al resplandor.

‒Debería dar gracias por mis vecinos. –comentó, pues de uno de ellos robaba el internet‒. Pongámonos a trabajar como el buen trabajador que se supone que soy.

Abrió el buscador y escribió: Alai. En segundos la pantalla se llenó de cientos de enlaces relacionados con ese nombre.

Alai era una importante modelo, rodeando los veinte y dos años, igual que él, cuya fama explotó hace ya un par de años al firmar con una marca importante de moda que le dio todo el patrocinio que necesitaba. Tras un largo trabajo, Alai se posicionó como una de las figuras más relevantes y codiciadas de la industria al combinar belleza, inteligencia y un admirable carisma. Se rumoraba su participación en películas tras haber obtenido pequeños papeles extras en series de renombre, junto con algunos cameos en donde se interpretaba a sí misma. Su historia era bien conocida: Como tuvo que viajar a un país extranjero, dejando todo atrás, incluso un verdadero amor, para darlo todo por su carrera hasta haber llegado a la cima. Su fama poseía buena salud e iba en aumento, lo cual se reflejaba en cada una de las páginas que Alejandro abría donde sobresalían los elogios y brillaban las críticas por su ausencia. Sí, Alai era una persona amada. Muy amada. “Alai” no era más que su apodo; Alejandro solía conocerla por otro nombre: Oriana Rodriguez. Aunque también la conocía como: Mi prometida.

Hace dos años que no la llamaba así; ese apodo, ese sobrenombre, ese título de dos palabras, pero gran significado. Mi prometida. Lo pronunció en voz baja evocando todos los recuerdos escondidos detrás de tan simple frase. Recuerdos de un pasado que prometía ser futuro al cambiarse el nombre, pero que termino rindiéndose ante su propio significado.

Dos años largos había transcurridos y apenas se contaban; para Alejandro, todos los días habían sido iguales desde entonces. Su vida era estática. Las variantes de los pequeños detalles eran como el silencio de un cuarto oscuro donde el sonido está, pero no puede apreciarse, al ser tan insignificante que ningún sentido se toma la molestia de prestarle atención.

Mi prometida ¿Cuándo fue la última vez que la llamó así? Tal vez cuando las nubes eran más que manchas descoloridas del cielo que arruinan su infinito azul. Antes de que las olas se volvieran amenazadoras y trataran de tragarse la arena en cada embestida.

Era increíble lo mucho que el mundo ‒su mundo‒ había cambiado desde la última vez que pronunciase esas palabras. Un cambio abrupto y repentino que generó un detenimiento de su pasarela, ahora sin focos ni alfombra.

Alejandro se alejó del monitor recostándose en su asiento con la cabeza echada hacia atrás. Cerró los ojos y se frotó la frente con las manos. Después de transcurridos tantos días, aún no podía evitar un aceleramiento en su corazón al pensar en ella. Tan solo mencionarla despertaba a sentimientos desmesurados que lo apuñalaban desde adentro.

Hace dos años que ella lo había dejado.

Tal vez lo más terrible de todo fue la razón de la separación. Una pareja que termina por un desvanecimiento de amor tiene en su haber una poderosa determinación, pues a pesar de todo, es como desligarse de un objeto roto que ya no es de utilidad; pero este no era su caso. Una pareja que se separa por problemas y peleas, disfrutan de la paz que le sigue: un gratificante premio por haber destruido ese lazo con espinas; pero este no era su caso. Su caso era tan absurdo y tan lógico, tan repentino y tan predecible, que contarlo podía ser parte de algún chiste. El rompimiento fue una decisión de negocios por parte de Oriana, su prometida, quien, estancada en su carrera, recibió una oferta de trabajo en un país extranjero y decidió partir en busca de su sueño dejando atrás al hombre que en su momento decía amar.

Alejandro recordaba haber estado seguro de que ella escogería un camino diferente, un camino que le permitiese seguir juntos; pero este no fue el resultado.

Tras un último momento de amor, una despedida, muchas lágrimas y un nudo en la garganta, ella se marchó para no volver. El destino la recompensó con fama por su sacrificio.

Alejandro, por su parte, encerrado en sí mismo, bien pudo haberse quedado sentado en un sofá durante dos años sin hacer nada y no hubiese diferencia, pues su existencia era tan llana, que el reloj de su alcoba se volvió innecesario.

Así se separaron. Así le pusieron fin a su historia.

Implacable la vida como siempre ha sido, le dio otra puñalada más a Alejandro meses atrás al enterarse del nuevo compromiso de su exnovia. Un nuevo hombre había conquistado su corazón y le propuso matrimonio; una propuesta que ella aceptó. Ese día, al enterarse, Alejandro fue al bar más cercano y aumentó considerablemente su cuenta, ordenando tragos como quien no tiene nada que perder. No recuerda mucho de esa noche. Fugases imágenes de haber brindado entre gritos: ¡Por la feliz pareja! Para despertar en la mañana en una acera a varias cuadras de distancia.

¿Tan rápido ella se había vuelto a enamorar? El tiempo para olvidar a un amor y conseguir otro es impredecible según sea el corazón que esté dispuesto a arriesgarse.

Cuando se fue, Alejandro la odió. Las fuerzas de su odio chocaron contra las del amor que aún sentía por ella y destruyeron todo a su paso en una guerra sin fin que lo desequilibró y lo hizo caer en su estado actual. La odiaba. La amaba. La seguía odiando. La seguía amando.

Llegó a ese estado en que toda creencia romántica desaparece. Toda fe en aquel sentimiento que alguna vez gobernó sus decisiones desapareció con la velocidad de un disparo, sumergiéndolo en profundas reflexiones siempre con resultados diferentes.

¿Cómo iba a dejar de amarla? Cuando por tanto tiempo su perfume fue el oxígeno que sus pulmones exigían. Cuando los recuerdos, sin ninguna consideración, resurgían desde las más profundas cavernas de su mente para hablarle, para susurrarle y decirle lo feliz que alguna vez fue. El calor que alguna vez sintió. Cada calle de cada ciudad del mundo era un recordatorio. Sus sabanas frías se habían congelado pues la unión que las calentaba yacía rota; lloraban al recordar lo que sucedía debajo de ellas: como dos personas se entregaban en un momento de amor, de pasión, de un poder superior convirtiendo el cuerpo en un instrumento para una misión celestial. Alejandro no podía pasear, pues en cada parque veía el reflejo del ayer; en cada árbol veía el recuerdo manifestarse ante él, mostrándolo con su prometida, abrazados bajo la sombra de la naturaleza. En cada playa las olas traían su voz entre susurros, y las espumas relataban como veían a dos enamorados besándose entre ellas al ritmo de la marea.

¿Cómo no iba a odiarla? Todos sus planes, su futuro, su vida misma, incluía el nombre de su prometida. Jamás, ni en sus pesadillas, había pasado por su mente la idea de planear un futuro en el cual ella no estuviese incluida. Y de la nada se había marchado, llevándose el futuro con ella, encadenando el presente y gobernando el pasado; rompiendo el fino hilo de todas sus creencias y disminuyendo su fe hasta el ateísmo de cupido.

Alejandro también sufrió aquella fase donde, al no creer en el amor, decide que no necesita amar a nadie; hasta que entendió que no amar a nadie, significa tampoco volver a ser amado.

Los cumpleaños, las fechas patrias, las fiestas; todos son sinónimos de un nombre que no debía volver a pronunciar.

Pero ahora no sólo debía recordarla para salir de su letargo, sino además confrontarla en una entrevista, como si de una extraña se tratase. Como si no hubiese poseído cada parte de su cuerpo con lujuria. Como si sus besos no hubieran sido suyos en un pasado que parecía otra vida.

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