Mag-log inEl fuego que vuelve a arderKamilaSu abrazo todavía me envolvía cuando la luz de la tarde adquirió un tono más dorado. Sentí el pecho de Felipe subir y bajar contra el mío, su corazón latiendo con firmeza, sano, vivo. Cinco meses de embarazo y tantos días de recuperación habían quedado atrás y, aun así, aquel simple contacto todavía me hacía temblar por dentro.Él se apartó apenas lo suficiente para mirarme. Sus ojos castaños estaban más oscuros, cargados de algo que conocía muy bien: deseo contenido, cariño profundo y aquella antigua necesidad que habíamos dejado en pausa.—Lipe... —murmuré en voz baja.No respondió con palabras. Simplemente inclinó la cabeza y rozó mi nariz con la suya, un gesto tan delicado que sentí una opresión en el pecho. Después, sus labios encontraron la comisura de mi boca, despacio, como si estuviera aprendiendo de nuevo el camino. El beso comenzó suavemente, casi con reverencia. Abrí los labios para recibirlo y él aprovechó para profundizarlo sin prisa,
Construyendo nuestra felicidadFelipeSonreí al ver cómo la curiosidad iluminaba el rostro de Kamila.Ella inclinó ligeramente la cabeza y entrecerró los ojos, como siempre hacía cuando intentaba adivinar algo.—¿Qué sorpresa es esa?Tomé sus dos manos entre las mías. Llevaba dos meses esperando aquel momento. No quería hablar de la boda mientras todavía dependiera de las sesiones de fisioterapia. Necesitaba sentir que realmente podía mantenerme en pie, que sería capaz de caminar hasta el altar sin que ella tuviera que preocuparse por mí.Ahora, por fin, podía hacerlo.—Felipe...Respiré hondo.—Mientras tú cuidabas de mí, yo estaba preparando una sorpresa.Vi cómo la curiosidad daba paso al asombro.—Hablé con la empresa de organización de eventos que mencionaste aquel día. ¿Te acuerdas?Se llevó una mano a la boca.—¿Tú...?Asentí.—Hablé con todo el equipo. Les expliqué cómo imaginábamos nuestra boda. Les conté lo de la ceremonia en la capilla que elegiste, tus flores favoritas, la
EL FIN DE LAS SESIONES Y EL COMIENZO DE NUESTRO SUEÑOKamilaLa luz de la mañana atravesaba las ventanas de la sala y dibujaba franjas doradas sobre el suelo de madera. El aroma del café recién hecho aún flotaba en el aire, mezclado con el suave perfume de las flores que había colocado sobre la mesa el día anterior. Todo parecía exactamente igual que los demás días.Pero, para mí, nada era igual.Aquella sería la última sesión de fisioterapia de Felipe.Me quedé unos instantes junto a la puerta de la sala, observándolo mientras terminaba el calentamiento. Cláudio conversaba con él mientras organizaba unas bandas elásticas y unas pesas ligeras. Los dos se reían de algo, y ver aquella sonrisa tan espontánea hizo que se me llenara el pecho de alegría.Dos meses antes, lo único que deseaba era volver a escuchar aquella risa una vez más.Hoy llenaba nuestra casa.—¿Hacemos otra serie? —preguntó Cláudio.—Cuando quieras. Hoy estoy inspirado.Sonreí sin que ellos se dieran cuenta.Al princip
FelipeLa sensación era como si hubiera pasado días nadando contra una corriente muy fuerte, hasta que finalmente conseguía alcanzar una orilla firme. La conciencia regresaba poco a poco, por capas: primero, el peso del cuerpo, como si cada músculo hubiera olvidado cómo moverse; después, los sonidos, apagados al principio, como si llegaran desde debajo del agua, hasta que las palabras comenzaron a formarse con claridad en mi mente.Escuché al médico pedirles a todos que se alejaran un poco de la cama y dejaran espacio. Entendí el motivo: necesitaba hacerme algunos exámenes más específicos, evaluar mejor mi corazón y comprobar cómo reaccionaba mi cuerpo después de tanto tiempo inmóvil. También dijo que más tarde permitiría que cada uno se acercara, de uno en uno, para que pudieran verme y comprobar que estaba bien. No escuché ninguna queja.Solo pasos lentos y apagados. Cuando giré los ojos con dificultad, vi que todos se reunían en el rincón más alejado de la habitación, tomados de la
Kamila— Estoy aquí, mi amor — susurré, pasando lentamente el pulgar por la palma de su mano, sintiendo la textura familiar de aquellas líneas que ya conocía de memoria. — Sentí que me apretaste la mano, mi amor, estoy segura. Por favor, hazlo otra vez, inténtalo con más fuerza, abre los ojos. Necesito que despiertes. Todos te necesitamos.Nuestro bebé necesita que despiertes y digas el nombre que elegiste…Alrededor de la cama, todos estaban allí, en un silencio respetuoso, como si cualquier sonido demasiado fuerte pudiera romper la poca esperanza que parecía flotar en el aire. A mi izquierda estaban mis padres, tomados de las manos. Los ojos de mi madre estaban llenos de lágrimas que contenía con todas sus fuerzas, mientras mi padre mantenía una postura rígida, aunque su mano temblaba al acariciarle el hombro.Al otro lado de la cama estaban los padres de Felipe, de pie junto a la pared, abrazados en silencio, con los rostros marcados por días de angustia y cansancio. De sus ojos ta
FelipeNo consigo abrir los ojos. No consigo mover ni un solo dedo. No consigo hacer que el aire salga de mi garganta para decir que estoy aquí, que escucho cada respiración, cada paso, cada palabra que llega a mis oídos como si fueran susurros directos al corazón. Pero estoy escuchando y sintiendo. Estoy aquí, atrapado dentro de mi propio cuerpo, consciente de todo, sintiéndolo todo, como si estuviera cubierto por un manto demasiado pesado para quitármelo yo solo.Escucho el sonido de varios pasos que se extienden por la habitación. Reconozco cada uno incluso antes de que hablen: los pasos ligeros de los niños, los pasos firmes de mi padre, el ritmo tranquilo de mi madre, la firmeza de José, la manera suave de doña Joana. Todos vinieron. Todos dejaron lo que estaban haciendo para quedarse a mi lado mientras ella no está. Y eso me duele de una manera bonita, un calor que recorre mi pecho aunque no pueda demostrarlo.Los primeros en acercarse son los pequeños. Siento una manita suave a







