FAZER LOGINLucien Bellmont no podía dejar de pensar en la fiesta de meses atrás. Casi todos habían recibido un beso de Seiya, pero él fue la excepción. El juego se había acabado de golpe, justo cuando empezaba a ilusionarse con la idea de que le llegara el turno. Me hubiera gustado que me besara a mí... aunque fuera un beso robado como Cassian.
Desde entonces, cada vez que lo veía en alguna reunión, se le trababan las palabras. Seiya lo saludaba con la misma cortesía con la que saludaba a cualquiera, quizá con una sonrisa un poco más amplia, pero no mucho más. No eran amigos, ni siquiera un poco cercanos, apenas conocidos cordiales.
Pero Lucien quería más, quería un lugar en su mundo. Necesitaba una excusa para hablarle de algo más que un “hola, ¿cómo estás?“.
Se había quedado noches enteras en su taller, dándole vueltas. ¿Cómo me acerco? ¿Cómo hago para que me note? Y entonces lo pensó. Un reloj. Un reloj hecho especialmente para él.
Mientras ajustaba los engranajes y acomodaba las piedras, se hacía la película en su cabeza:
—Si le digo que es un regalo, ¿me lo rechazaría?. No... mejor le digo que es de mi nueva colección y que necesito que lo modele como favor. Seguro dice que sí, siempre es amable— pensó en voz alta — . Así se lo entrego, y encima me hace un favor. Entonces yo le debo uno a él, y algún día me lo cobra. Y si me lo cobra... ya seremos amigos de verdad. Y si somos amigos de verdad... quizá un día me da un beso. Él es beso fácil, después de todo.
Lucien sonrió solo, en el silencio del taller, mientras incrustaba la última piedra.
Cada brillante que pongo aquí es un beso que no me atreví a darte, Seiya. Pero cuando lo lleves en tu muñeca, será como si me llevaras en la piel.
La caja de terciopelo permaneció cerrada sobre su mesa dos días completos, la miraba como quien guarda un secreto demasiado grande. Había repasado mil veces lo que iba a decir, pero cada ensayo lo hacía sentir más ridículo. ¿Y si me rechaza? ¿Y si se ríe de mí? Al final decidió que no podía seguir dándole vueltas. Se puso su mejor chaqueta, eligió la corbata más sobria que tenía y salió con el reloj guardado como un tesoro.
En el camino hacia las oficinas de Oshōri, su corazón golpeaba como un tambor. Quería tener éxito, sí, pero no estaba seguro de poder convencerlo. Es Seiya Kurosawa, después de todo. ¿Qué voy a hacer si me dice que no? Respiró hondo frente a la recepción, pidió verlo, y cuando le confirmaron la cita improvisada, sintió que ya no había marcha atrás.
Seiya alzó la vista de los papeles cuando la puerta se abrió. No esperaba verlo allí.
—Lucien... qué sorpresa.
—Perdona que venga sin avisar —respondió él, algo nervioso, aunque su sonrisa era cálida—. Quería mostrarte algo.
—¿Qué quieres mostrarme? —Seiya se recostó en la silla, curioso.
Lucien abrió la caja de terciopelo y sacó el reloj. El metal brilló bajo la luz.
—¿Qué te parece?
Seiya lo tomó entre los dedos, girándolo con calma.
—Bonito... aunque un poco ostentoso.
Lucien soltó una risa baja.
—Es que lo diseñé como una pieza muy lujosa. Quiero lanzarlo en mi colección de invierno, pero antes quería tu opinión. Tú eres bueno subiendo el nivel de Oshōri, y yo quiero lograr lo mismo con Orlien.
Seiya arqueó una ceja.
—No sé tanto del imperio de las joyas. Pero lo veo bien. Seguro se va a vender.
Lucien bajó la mirada, jugueteando con los dedos.
—Lo que pasa es que últimamente no me va tan bien. Siento que fallo en el marketing.
—¿Quieres que revise eso contigo? —preguntó Seiya, medio serio.
Lucien lo miró bonito, casi con brillo en los ojos.
—Yo sé cómo puedes ayudarme... si de verdad quieres.
Seiya sonrió ladeado, desconfiado.
—¿Qué puedo hacer por ti?
Lucien respiró hondo.
—Quiero que uses el reloj en unas fotos. Para la campaña publicitaria. Tu presencia es el mejor marketing que podría tener.
Seiya se echó a reír.
—¿Estás loco? Yo de modelo no tengo nada.
—No seas malito —insistió Lucien—. Eres guapo y magnético. Con eso basta.
—No. —Seiya negó con la cabeza, divertido.
Lucien se inclinó un poco hacia él, más serio.
—Si me haces este favor, yo te voy a deber uno. El que quieras, cuando quieras. Ahora mi compañía no es tan influyente como Oshōri, pero algún día tendré algo valioso para ti. Y lo que sea que me pidas... te lo daré.
Por un segundo, Seiya lo miró en silencio. Algo en esa promesa inocente lo enterneció.
—Está bien —dijo al fin, con media sonrisa—. Pero sé un hombre de palabra, Lucien. Lo que te pida, cuando lo pida.
Lucien sintió que el corazón se le aceleraba.
—Lo prometo.
La promesa se cumplió. Seiya aceptó convertirse en el rostro de la colección Aozora y Lucien lanzó su campaña con la devoción de quien coloca una ofrenda en un altar.
Una mañana de finles del otoño, las calles de Milán amanecieron tapizadas con imágenes de Seiya: en cada vitrina, en cada revista, en carteles luminosos que brillaban sobre las avenidas. No era un modelo profesional, pero su porte, sus gestos precisos y esa aura imposible de fingir lo convirtieron en un imán. El reloj lucía perfecto en su muñeca, sí, pero la mirada del público se quedaba en él.
Orlien, hasta entonces un nombre discreto dentro de la joyería de lujo, se transformó de pronto en un fenómeno. Las ventas se dispararon, la colección se agotó en cuestión de semanas y, por primera vez, Lucien Bellmont fue mencionado en los mismos salones donde hasta hacía poco lo miraban con condescendencia.
El efecto fue inmediato: otras casas de moda, fragancias y accesorios empezaron a preguntar por ese heredero japonés que parecía sacado de un mito. Seiya Kurosawa, que nunca se había considerado modelo de nada, se convirtió en el rostro accidental del lujo.
Para Lucien, aquello fue más que un triunfo comercial. Ver a su musa en cada vitrina, en cada revista, en cada pantalla de la ciudad era como tenerlo cerca todo el tiempo, como si el mundo entero hubiera decidido custodiar su musa. No era celos lo que sentía, sino fascinación: porque si él lo consideraba hermoso, era natural que todos lo admiraran. Seiya no le pertenecía, ni podía guardarlo para sí, pero esa era precisamente la prueba de su grandeza: un hombre así estaba hecho para brillar frente a todos.
La noche se extendía en absoluto silencio por la habitación de Shun. Apenas una pequeña lámpara sobre la mesa de trabajo iluminaba el desorden de hojas, el cuaderno de cuero abierto y el pesado diccionario.Mantenía el ceño fruncido, fijando la vista con obsesión en la apretada letra cursiva de Théon. Sus ojos ardían por el cansancio y una molestia sorda le recorría la espalda por llevar horas inclinado en la misma posición, pero se negaba rotundamente a parar. Con la memoria ágil que lo caracterizaba, sus dedos pasaban las páginas del diccionario solo para corroborar términos técnicos o conjugaciones complejas; las palabras más comunes ya las había memorizado tras días de esfuerzo ininterrumpido.Tras completar la traducción de un denso párrafo, soltó el bolígrafo con un suspiro pesado y se llevó la mano a la nuca para estirar los músculos tensos. Sintió la necesidad de tomar aire y, buscando un impulso para no rendirse ante el agotamiento, decidió retroceder varias hojas en su libre
La noche sobre Roppongi caía envuelta en una llovizna fina que multiplicaba el destello de los letreros de neón sobre el asfalto mojado. El distrito respiraba un dinamismo vibrante, donde el ruido y la música de los bares subterráneos se mezclaban con el movimiento de los taxis.Eliot y Seiya caminaban con los dedos entrelazados, dejando atrás las avenidas principales y adentrándose progresivamente en un laberinto de callejuelas más estrechas y silenciosas, donde la luz de los faroles se volvía más tenue y la noche ganaba intimidad.El alfa avanzaba observando con atención los carteles iluminados en ideogramas japoneses, sintiéndose fuera de su elemento, mientras que el enigma se movía con la soltura.—¿Te gusta, amor? —preguntó ladeando el rostro hacia él con una sonrisa tranquila.—No puedo decir que no me gusta —admitió ajustando el agarre de sus manos mientras esquivaban a un par de peatones—, pero es algo raro estar aquí...Dejó escapar una risita suave y se pegó un poco más a su
La luz del mediodía primaveral filtraba una calidez suave sobre el interior del taxi que serpenteaba por las autopistas de Tokio en dirección a Denenchōfu. A través de la ventanilla, el paisaje urbano revelaba una mezcla fascinante de modernidad y tradición que resultaba completamente ajena para la vista italiana.Eliot mantenía a Kaori plácidamente dormida sobre su regazo, acomodándola contra su pecho mientras deslizaba sus dedos por el cabello de la pequeña con absoluta devoción. Nataniel viajaba a su lado, observando por momentos el movimiento de la ciudad y en otros la escena familiar.—Es un alivio que mi niña hable japonés tan bien... —murmuró con voz suave, inclinándose para rozar la frente de su hija con los labios—. No sé qué hubiéramos hecho sin ella.El patriarca dejó escapar una leve sonrisa, ajustando la postura en el asiento.—No volveré a quejarme de que Seiya nos deje por fuera de su club —comentó con tono entretenido—. Ojalá Eriss lo aprenda igual de bien.—Sí, despué
La mañana de primavera sobre las calles de Okusawa transcurría en una calma luminosa, con el sol filtrándose suavemente entre los edificios y los árboles que bordeaban las aceras. Kyle caminaba a paso lento, con los dedos entrelazados a los de Shun, dejando que sus ojos vagaran fascinados por los aparadores de las pequeñas tiendas y los detalles del paisaje urbano.Había una serenidad compartida entre los dos, una complicidad silenciosa de dos omegas que se sabían a salvo en la presencia del otro.—Oye, Kyle... ¿Puedo hacerte una confesión? —habló Shun con voz pausada, ajustando apenas el agarre de sus manos mientras avanzaban—. Últimamente creo que tú eres el único que me entiende de verdad…El muchacho giró un rostro curioso hacia él, reduciendo un poco la marcha sin soltarlo.—Sí, puedes contarme lo que quieras —respondió con calidez en la mirada.—¿Recuerdas el día que fuimos al parque Inokashira? —preguntó manteniendo la vista al frente mientras sus pasos marcaban un ritmo tranqu
Los dedos de Théon se deslizaban sobre las teclas de marfil con una soltura suave, arrancándole al piano de cola las notas ligeras y luminosas de Clair de Lune. Era una melodía que siempre solía buscar cuando el espíritu le pedía una pausa, dejándose llevar por la resonancia del instrumento que llenaba la estancia en una atmósfera de apacible calidez.La calma fluía entre los acordes, hasta que un maullido insistente rompió la serenidad de la música. Detuvo el movimiento de sus manos sobre el teclado y bajó la mirada hacia un costado del taburete.Mochi lo observaba fijamente con sus ojos dorados brillantes, soltando otro reclamo agudo para captar toda su atención.—Hola, bebé, ¿qué haces? —saludó en un murmullo afectuoso, suavizando la expresión del rostro al contemplarla.La gata le respondió con un nuevo maullido exigente, dio media vuelta y avanzó un par de pasos hacia la salida con la cola erguida en el aire. Antes de cruzar el umbral, se detuvo un instante y giró la cabeza sobre
La luz matutina se filtraba suavemente por los ventanales mientras Eliot bajaba las escaleras con paso cansado. A sus espaldas, el trote silencioso de Tarō lo acompañaba en la marcha, manteniendo la fidelidad de siempre.Estar en su casa del soltero le producía una sensación extraña; sin embargo, en medio del desgaste laboral y la exigencia de los últimos días, la ausencia de los empleados le resultaba extrañamente reconfortante.Al llegar al primer piso, caminó hacia el comedor y encontró a Kaori terminando de desayunar junto a Nataniel.Apenas la niña lo distinguió, se levantó de la silla con un brinco entusiasmado para saludarlo.—¡Buenos días, papito! —exclamó dando un par de vueltas sobre sí misma para exhibir el volumen de su vestido esponjado—. ¡Mira, me vestí yo solita!La contempló con una sonrisa encantada, se aproximó a ella y le pasó la mano con suavidad sobre el cabello para despeinarla apenas.—Buenos días, mi vida —la saludó con voz afectuosa—. Te ves hermosa.Rodeó la







