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Capítulo 4. Lo que te pida, cuando lo pida

Autor: Kurova
last update Data de publicação: 2026-02-08 09:00:44

Lucien Bellmont no podía dejar de pensar en la fiesta de meses atrás. Casi todos habían recibido un beso de Seiya, pero él fue la excepción. El juego se había acabado de golpe, justo cuando empezaba a ilusionarse con la idea de que le llegara el turno. Me hubiera gustado que me besara a mí... aunque fuera un beso robado como Cassian.

Desde entonces, cada vez que lo veía en alguna reunión, se le trababan las palabras. Seiya lo saludaba con la misma cortesía con la que saludaba a cualquiera, quizá con una sonrisa un poco más amplia, pero no mucho más. No eran amigos, ni siquiera un poco cercanos, apenas conocidos cordiales.

Pero Lucien quería más, quería un lugar en su mundo. Necesitaba una excusa para hablarle de algo más que un “hola, ¿cómo estás?“.

Se había quedado noches enteras en su taller, dándole vueltas. ¿Cómo me acerco? ¿Cómo hago para que me note? Y entonces lo pensó. Un reloj. Un reloj hecho especialmente para él.

Mientras ajustaba los engranajes y acomodaba las piedras, se hacía la película en su cabeza:

—Si le digo que es un regalo, ¿me lo rechazaría?. No... mejor le digo que es de mi nueva colección y que necesito que lo modele como favor. Seguro dice que sí, siempre es amable— pensó en voz alta — . Así se lo entrego, y encima me hace un favor. Entonces yo le debo uno a él, y algún día me lo cobra. Y si me lo cobra... ya seremos amigos de verdad. Y si somos amigos de verdad... quizá un día me da un beso. Él es beso fácil, después de todo.

Lucien sonrió solo, en el silencio del taller, mientras incrustaba la última piedra.

Cada brillante que pongo aquí es un beso que no me atreví a darte, Seiya. Pero cuando lo lleves en tu muñeca, será como si me llevaras en la piel.

La caja de terciopelo permaneció cerrada sobre su mesa dos días completos, la miraba como quien guarda un secreto demasiado grande. Había repasado mil veces lo que iba a decir, pero cada ensayo lo hacía sentir más ridículo. ¿Y si me rechaza? ¿Y si se ríe de mí? Al final decidió que no podía seguir dándole vueltas. Se puso su mejor chaqueta, eligió la corbata más sobria que tenía y salió con el reloj guardado como un tesoro.

En el camino hacia las oficinas de Oshōri, su corazón golpeaba como un tambor. Quería tener éxito, sí, pero no estaba seguro de poder convencerlo. Es Seiya Kurosawa, después de todo. ¿Qué voy a hacer si me dice que no? Respiró hondo frente a la recepción, pidió verlo, y cuando le confirmaron la cita improvisada, sintió que ya no había marcha atrás.

Seiya alzó la vista de los papeles cuando la puerta se abrió. No esperaba verlo allí.

—Lucien... qué sorpresa.

—Perdona que venga sin avisar —respondió él, algo nervioso, aunque su sonrisa era cálida—. Quería mostrarte algo.

—¿Qué quieres mostrarme? —Seiya se recostó en la silla, curioso.

Lucien abrió la caja de terciopelo y sacó el reloj. El metal brilló bajo la luz.

—¿Qué te parece?

Seiya lo tomó entre los dedos, girándolo con calma.

—Bonito... aunque un poco ostentoso.

Lucien soltó una risa baja.

—Es que lo diseñé como una pieza muy lujosa. Quiero lanzarlo en mi colección de invierno, pero antes quería tu opinión. Tú eres bueno subiendo el nivel de Oshōri, y yo quiero lograr lo mismo con Orlien.

Seiya arqueó una ceja.

—No sé tanto del imperio de las joyas. Pero lo veo bien. Seguro se va a vender.

Lucien bajó la mirada, jugueteando con los dedos.

—Lo que pasa es que últimamente no me va tan bien. Siento que fallo en el marketing.

—¿Quieres que revise eso contigo? —preguntó Seiya, medio serio.

Lucien lo miró bonito, casi con brillo en los ojos.

—Yo sé cómo puedes ayudarme... si de verdad quieres.

Seiya sonrió ladeado, desconfiado.

—¿Qué puedo hacer por ti?

Lucien respiró hondo.

—Quiero que uses el reloj en unas fotos. Para la campaña publicitaria. Tu presencia es el mejor marketing que podría tener.

Seiya se echó a reír.

—¿Estás loco? Yo de modelo no tengo nada.

—No seas malito —insistió Lucien—. Eres guapo y magnético. Con eso basta.

—No. —Seiya negó con la cabeza, divertido.

Lucien se inclinó un poco hacia él, más serio.

—Si me haces este favor, yo te voy a deber uno. El que quieras, cuando quieras. Ahora mi compañía no es tan influyente como Oshōri, pero algún día tendré algo valioso para ti. Y lo que sea que me pidas... te lo daré.

Por un segundo, Seiya lo miró en silencio. Algo en esa promesa inocente lo enterneció.

—Está bien —dijo al fin, con media sonrisa—. Pero sé un hombre de palabra, Lucien. Lo que te pida, cuando lo pida.

Lucien sintió que el corazón se le aceleraba.

—Lo prometo.


La promesa se cumplió. Seiya aceptó convertirse en el rostro de la colección Aozora y Lucien lanzó su campaña con la devoción de quien coloca una ofrenda en un altar.

Una mañana de finles del otoño, las calles de Milán amanecieron tapizadas con imágenes de Seiya: en cada vitrina, en cada revista, en carteles luminosos que brillaban sobre las avenidas. No era un modelo profesional, pero su porte, sus gestos precisos y esa aura imposible de fingir lo convirtieron en un imán. El reloj lucía perfecto en su muñeca, sí, pero la mirada del público se quedaba en él.

Orlien, hasta entonces un nombre discreto dentro de la joyería de lujo, se transformó de pronto en un fenómeno. Las ventas se dispararon, la colección se agotó en cuestión de semanas y, por primera vez, Lucien Bellmont fue mencionado en los mismos salones donde hasta hacía poco lo miraban con condescendencia.

El efecto fue inmediato: otras casas de moda, fragancias y accesorios empezaron a preguntar por ese heredero japonés que parecía sacado de un mito. Seiya Kurosawa, que nunca se había considerado modelo de nada, se convirtió en el rostro accidental del lujo.

Para Lucien, aquello fue más que un triunfo comercial. Ver a su musa en cada vitrina, en cada revista, en cada pantalla de la ciudad era como tenerlo cerca todo el tiempo, como si el mundo entero hubiera decidido custodiar su musa. No era celos lo que sentía, sino fascinación: porque si él lo consideraba hermoso, era natural que todos lo admiraran. Seiya no le pertenecía, ni podía guardarlo para sí, pero esa era precisamente la prueba de su grandeza: un hombre así estaba hecho para brillar frente a todos.

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Comentários (1)
goodnovel comment avatar
Pokfarbros Bros
bueno bueno tu y Eliot no eso Seya
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