MasukEl miedo se le enroscó en el pecho a Severen, volviendo cada respiración entrecortada y superficial. La bolsa negra de plástico sobre su cabeza bloqueaba toda la luz; solo estaba pensada para cegarlo, no para asfixiarlo. Pero el pánico le arañaba la garganta y los pulmones le ardían como si se ahogara en aire.
—¡No puedo respirar! —gritó, la voz quebrada.Silencio.—¿Me oyeron? ¡No puedo respirar!Una voz calmada y fría habló a su lado… plana, sin prisa y m—Aconite —susurró Helios. El nombre del hombre que había sido el ejecutor más temido de su padre.Grasya no podía apartar la mirada. Permanecía clavada en el sitio, los ojos aferrados a la figura alta frente a ellos. El corazón se le ablandó, derritiéndose en el pecho, y los miembros se le volvieron ligeros.Nunca lo había conocido. No de verdad. Y sin embargo su alma lo reconocía. En lo más profundo de los huesos lo sabía. Era como un calor que se expandía desde el centro mismo de su ser, inundándole el pecho, recorriendo cada nervio. Una corriente quieta y temblorosa que susurraba: *Esto es tuyo.*Su padre.Vivo.De pie, delante de sus ojos.—Eres tú… —Su voz era apenas un susurro—. Mi corazón no podía equivocarse…Las lágrimas caían ahora sin freno. Bajo la luna, en medio del bosque oscuro y el aire que se enfriaba, sus miradas se sostenían: hija y padre, unidos por la sangre y el rescate.—Por favor… di algo
Grasya corría abrazando con fuerza a los gemelos envueltos en mantas contra su pecho. En ese instante sin aliento, por fin entendió todo lo que su padre había escrito. Por qué hombres como él —hombres que vivían entre sangre y sombras— traían hijos al mundo, pero nunca tomaban esposa, nunca se permitían amar.Ahora lo comprendía.Esa necesidad desesperada de proteger algo puro, de no dejar que la oscuridad lo arrastrara. Porque en ese momento sentía el calor de dos vidas diminutas que dependían por completo de ella. Y lo único que deseaba era llevarlas a un lugar donde esta violencia nunca pudiera alcanzarlas.Eran tan pequeños. Tan inocentes. Aún no habían visto los dientes del mundo. Pero el mundo ya los estaba cazando.Simplemente porque ella era su madre. Y Helios, su padre.Respiró con dificultad y obligó a sus piernas a seguir moviéndose. No se quebraría. No cedería al miedo… no cuando había algo más importante que su propia vida en
—Jefe… lo confirmamos. Dominic Valeron intenta huir del país. No en un vuelo comercial. Se mueve en un jet privado —informó el Consigliere con precisión.El agarre de Helios sobre el teléfono se tensó. Hablaba directamente con Linus. —Entonces intercéptalo antes de que despegue. Bloquea la pista, inmoviliza el avión… lo que haga falta. Quiero que quede atrapado. Sin excepciones. —Su voz era de hierro—. No se va.—Entendido, jefe.—Llama también a Lucian. Se mueve rápido. Mientras yo estoy en camino, que cierre la red… captura al viejo antes de que se escape del lazo.Terminó la llamada.Dominic Valeron huía. Esa había sido su elección: ni un golpe directo, ni una última resistencia. Pero luchar abiertamente solo habría hecho colapsar Montecorvo más rápido. Sabía que ahora lo veían… sabía su verdadero rostro. Estaba acorralado. Cada movimiento restringido.La huida era la jugada lógica.Pero Helios no lo dejaría des
Las pruebas que Grasya había reunido mientras servía como vicepresidenta estaban esparcidas sobre el escritorio de Helios. Él recordaba con claridad la noche en que le habló de su abuelo… Flashback—Grasya. —Colocó una taza de leche caliente a su lado; el vapor se elevaba en espirales—. Bébetela mientras esté caliente.Ella estaba sentada en su escritorio, los papeles desplegados delante: documentos que había traído a casa, diciendo que necesitaban un estudio cuidadoso.—Déjala ahí —dijo, sin apenas levantar la cabeza—. Termino esto primero.—Es tarde. Ven a la cama. —Le preocupaba verla exigirse tanto mientras llevaba a sus hijos—. ¿No puede esperar? Necesitas descansar.No respondió; los ojos recorrían página tras página.—¿Grasya? —Le cubrió la mano con suavidad.—¿Mmm? —Entonces levantó la vista.Helios suspiró, mirando los montones de archivos. —¿Podemos hablar? —Su tono era firme
—Helios… mírate. —La mirada de Perseia lo recorrió de arriba abajo cuando salió de la suite de partos privada—. Pareces haber estado en la guerra.El resto de la familia de Crassus se volvió desde el salón, todas las miradas rastreándolo de la cabeza a los pies.Sabía que estaba hecho un desastre. El cabello erizado en mechones salvajes, la camisa rasgada de arriba abajo, arañazos marcándole el pecho. En las manos tenía marcas de media luna donde Grasya había apretado con tanta fuerza que las uñas le habían roto la piel.Perseia chasqueó la lengua, a medias divertida, a medias compasiva. —No sé si reír o llorar. Pareces tú el que acaba de dar a luz.—Sigue —dijo él con sequedad, sosteniéndole la mirada con un gesto afilado y sarcástico—. Añade más. No te contengas.En cambio, ella soltó una carcajada. —¡Lo siento! Es que… ¡te ves horrible! Pero… ¡eres padre ahora! ¡Eso merece celebrarse! —Sirvió dos vasos de whisky ámbar y le
—¿Me vas a castrar? —preguntó Helios, los ojos abiertos de par en par.Grasya entrecerró la mirada, feroz y llameante. —No solo castrar. ¡Si alguna vez me vuelves a hacer esto, te lo corto todo!—¿Q-qué? —Se miró a sí mismo: la camisa rota que dejaba al descubierto el pecho, y más abajo—. ¿Cómo es esto culpa mía? Eres tú quien me toca.—¡Tú me enseñaste! —replicó ella—. ¡No lo sabría si no me lo hubieras mostrado! ¿Quién dio el primer paso? ¿Fui yo? No… tú. ¿Quién lo puso todo patas arriba entre nosotros? Tú otra vez. ¿Quién se acercó primero a quién? No fui yo.El rostro de Helios se retorció, indefenso. —Bueno… técnicamente, tú viniste a mí…—¡Silencio! —espetó ella—. ¡Solo vine porque encerraste a mi padre en tu villa!—¿Por qué estamos discutiendo del pasado, cara mia?—¡Porque me duele el vientre! ¡Y porque me duele, estamos repasando todo! —gritó, cada línea de su rostro marcada por un dolor sin piedad.







