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Capítulo 77.1

Penulis: Stellar
last update Tanggal publikasi: 2026-08-18 07:00:10

Severen casi se precipitó fuera del taxi en el instante en que el vehículo se detuvo frente a las rejas de su casa. El cuerpo le pesaba como plomo; cada músculo temblaba, débil y dolorido. Gemía con cada paso. Un dolor sordo y constante le recorría de la cabeza a los pies. Cuando las manos rozaron el concreto, se estremeció: los dedos hinchados, en carne viva, surcados de cortes y moretones frescos.

Aquel demonio que lo había secuestrado… no era humano. Era un monstruo. Severen había
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  • Aunque Supliques, No Puedes Escapar de la Mafia   Capítulo 162

    Advertencia: Contiene violencia que algunos lectores pueden encontrar perturbadora. Se recomienda discreción.—Cuéntame exactamente qué pasó dentro de la sala de partos.Grasya levantó la vista hacia él. Su mirada la sostenía con firmeza mientras sus manos se deslizaban con cuidado sobre su piel, borrando cada rastro, cada mancha, asegurándose de que no quedara ni una gota de sangre.Ella suspiró y dejó que la memoria la llevara atrás…—No puede entrar, señor de Crassus. Yo me ocuparé de su esposa. Se lo prometo: la señora de Crassus estará a salvo y dará a luz sin problemas.—Si le haces daño a mi mujer o a mis hijos, te voy a matar, joder.El fuego ardía en los ojos del jefe de la mafia.Grasya, recostada en la camilla, lo miró de reojo. En su mirada brillaba un miedo genuino, afilado, a pesar de que habían repasido cada detalle del plan.Helios sabía que, por muy firmes que tuviera las riendas, las cosas podí

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    «¿Qué vas a hacer conmigo ahora?» La voz de Matteo se quebró, cruda y desesperada. «Si vas a matarme, ¡hazlo de una vez! ¿Por qué alargar esto?»La sangre seguía goteando de su brazo, empapando la camisa. Estaba pálido, el rostro tenso por el dolor, y se estremecía cada vez que un movimiento tiraba de la herida.Dos guardias de Kratos lo flanqueaban. Apenas podía moverse: esposado, los codos sujetos con fuerza, inmovilizado.Los labios de Helios se curvaron apenas, fríos y sin prisa. —Relájate. Llegarás a tu destino pronto. No tengas tanta prisa —dijo con tono sereno, sin una sola sombra de tensión en el rostro.Esa compostura solo hizo que Matteo apretara más los dientes. —¿«Enviarme» adónde? ¿Adónde me llevas?—A tu tumba —sonrió Helios, afilado y seguro—. ¿Adónde más?Matteo calló, pero la rabia seguía ardiendo en sus ojos.Helios le dio un golpecito en la mejilla. Luego otro, más fuerte. El sonido resonó

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    Matteo nunca fue el verdadero jefe. Helios de Crassus lo había sabido desde el principio.¿Cómo? Simple. Prestaba atención a cada detalle.Primero, Matteo venía de una pandilla de poca monta antes de meterse en este mundo. Empezó a matar allí, a cometer crímenes allí. Luego se dijo que rastreó a cada leal del Montecorvo caído, tejió conexiones, trepó… y solo emergió cuando se convirtió en el nuevo líder de Kratos.Basura.Solo un idiota creería esa historia. Esa explicación.Subir a jefe no funcionaba así. Matteo no empezó desde abajo y de pronto gobernó desde arriba de la noche a la mañana. ¿Qué era? ¿Un hongo brotando de la nada, coronado líder al día siguiente?Las familias de la mafia se construían sobre respeto, miedo y lealtad. Matteo era como un extraño pisando una isla y declarándola suya… esperando que todos se inclinaran. No funcionaba así. ¿Quién se inclina ante alguien que acaba de aparecer?Aunque fuera el hijo del antiguo jefe, la red de su padre no era su red. La histor

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    Fuera de la sala de partos, Helios permanecía inmóvil, la mirada clavada en la puerta cerrada. Los pies se le sentían enraizados al suelo. No miraba a su alrededor. Cada fibra de su ser, cada pensamiento, se concentraba en una sola cosa: ella.El pasillo estaba en silencio. Una de las paredes era de cristal grueso, de suelo a techo, ofreciendo una vista del exterior del edificio y de las estructuras más allá.Cuando una enfermera salió, él se dirigió hacia ella de inmediato.—Necesito ver a mi esposa —la voz le salió tensa, forzada. La tensión le marcaba profundas líneas en el rostro.Ella negó con la cabeza y se alejó apresurada, asustada por la intensidad de él.Cinco guardias de Kratos estaban cerca; otros permanecían apostados en la UCI.Helios inclinó la cabeza, entrelazando los dedos y apretándolos con fuerza. Cuando alzó la mirada, se posó directamente en la luz roja intermitente de la cámara de seguridad montada arriba… apuntando hacia él.La ignoró. Su atención regresó a la p

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    —¿Qué quieres decir con que hay un problema con el sistema de IA? —la voz de Helios era cortante, dura como el acero.—Señor, la IA está exponiendo datos sensibles de los usuarios —informó Usman—. Podría generarnos una responsabilidad legal grave.Helios suspiró, cortó la llamada y dejó el teléfono sobre el escritorio. Se quedó de pie, una mano apoyada en la madera, los hombros tensos.Grasya se acercó. Él escuchó el sonido suave y familiar de sus pasos sobre el suelo.—¿Estás bien?—Estoy bien. Solo problemas en la empresa.—¿Problemas grandes?—Sí.—¿Hay algo que yo pueda hacer?—Ya tienes suficiente con dirigir Valeron Holdings. No te preocupes por Vasilela. Yo me encargo —se corrigió con suavidad—. Nosotros nos encargamos.—¿Qué pasó exactamente?—El nuevo sistema de IA tiene un fallo: está extrayendo y mostrando información privada de los usuarios sin autorización. Las quejas no paran de llegar. Está destruyendo nuestra reputación. Y metimos tanto capital en este proyecto…El tel

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    Helios entró en la sala y se detuvo en seco.Grasya se levantaba del sofá, enderezándose al verlo. ¿Qué hacía ella abajo a esa hora? Miró su reloj. Las diez. Debería estar dormida. Le había avisado que llegaría tarde —tenía que ver a Severen en la casa segura— y además le había enviado un mensaje para que supiera que estaba bien.Su mirada recorrió su figura. El cabello largo le caía suelto, peinado a medias con los dedos, algunos mechones alborotados y suaves. Llevaba solo un camisón fino, nada más: sin zapatillas, sin calcetines. Los pies descalzos sobre el frío de las tablas, los dedos pálidos y contraídos por el frío.Cerró la distancia en dos zancadas y le tomó el rostro pequeño entre las manos.—¿Qué haces despierta? ¿Por qué no has dormido? Son las diez. El doctor Kazimir dijo que necesitas descansar… nada de trasnochadas.—Te estaba esperando —susurró ella, alzando el rostro para mirarlo a los ojos.—Te dije que llegaría tarde —le apartó un mechón rebelde—. Te envié un mensaje

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