Compartilhar

Capítulo 4 

Autor: LION
last update Data de publicação: 2025-09-16 12:08:19

El vapor impregnaba el aire con una densidad sofocante, envolviendo las paredes de piedra y el suelo húmedo como un velo de misterio. Elena permanecía de pie en la entrada del baño, incapaz de apartar los ojos de Darian. Él había dejado al descubierto las cicatrices que surcaban su torso y sus hombros, marcas profundas que contaban una historia que él no parecía dispuesto a narrar.

El fuego de las antorchas danzaba, proyectando sombras cambiantes sobre su piel. Cada movimiento del hombre, cada giro de su cuerpo musculoso bajo el resplandor tibio, creaba una escena hipnótica. Era como si el peligro y el deseo se hubiesen fundido en un mismo instante, atrapándola contra su voluntad.

Darian notó su mirada. Sus labios se curvaron apenas en una sonrisa cargada de arrogancia, pero también de algo más oscuro, un eco de resentimiento o vergüenza. El hecho de que ella lo hubiera visto vulnerable —con las cicatrices expuestas— parecía irritarlo más que cualquier provocación.

—No deberías estar aquí —murmuró, su voz grave resonando con fuerza en el ambiente estrecho.

Elena dio un paso atrás, aunque no lo suficiente como para escapar de la tensión que lo envolvía todo. La humedad del lugar hacía que su vestido se pegara un poco a su piel, revelando con descaro las curvas de su silueta. Él lo notó, por supuesto, y su mirada descendió lentamente por su cuerpo, desde el cuello hasta las caderas, como si estuviera memorizando cada línea.

El corazón de Elena latía con violencia. No sabía si temía más la posibilidad de que él se lanzara sobre ella… o la de que no lo hiciera.

De pronto, Darian avanzó con decisión. Antes de que ella pudiera reaccionar, la empujó contra la pared húmeda y fría. El contacto arrancó un jadeo de sus labios.

—¡Darian! —exclamó, pero su voz sonó más débil de lo que esperaba.

Él la inmovilizó con una sola mano en su muñeca, presionándola contra la piedra, y con la otra apoyada cerca de su rostro, encerrándola por completo. El calor de su cuerpo contrastaba con el frío de la pared, atrapándola en un torbellino de sensaciones contradictorias.

Elena se estremeció cuando él inclinó la cabeza hacia ella. Su respiración rozaba su mejilla, ardiente, impregnada del vapor que llenaba la estancia. La cercanía era insoportable: podía sentir la fuerza en su pecho, el peligro en cada fibra de sus músculos tensos, y sin embargo, también la atracción irresistible de un abismo que la llamaba.

Su mente gritaba que debía luchar, escapar… pero sus piernas permanecían ancladas al suelo.

Darian la observaba con una intensidad abrasadora. Su mirada viajaba de los ojos temblorosos de ella hasta sus labios, y de ahí bajaba lentamente por la curva de su cuello, deteniéndose un instante en la clavícula que asomaba bajo el escote de su vestido.

—Eres frágil… y valiente al mismo tiempo —susurró, con un tono en el que se mezclaba admiración y amenaza—. No sabes lo incómodo que es para mí que alguien me vea así.

Elena sintió cómo un escalofrío le recorría la espalda. Por un instante creyó que él iba a besarla, que ese roce inminente de sus labios sería inevitable. Su corazón se aceleró tanto que casi dolía.

Pero Darian no la besó.

En lugar de eso, acercó su boca a su oído, tan cerca que la piel húmeda de Elena se erizó bajo su aliento.

—No viste nada, no sabes nada… —murmuró con voz baja, áspera, cargada de advertencia—. Y si valoras tu vida, jamás hables de lo que viste aquí.

Las palabras se clavaron en ella como un puñal. La firmeza de su tono, la seguridad brutal con la que las pronunció, no dejaban espacio a dudas. Era una orden, no una súplica.

Elena contuvo el aliento, presa del miedo y de algo más. La sensación de peligro se mezclaba con una chispa de deseo imposible de controlar. El calor de su cuerpo contra el de él, el peso de su mirada feroz, la inmovilidad a la que estaba sometida… Todo se combinaba en un cóctel devastador.

Quiso responder, decirle que no tenía intención de traicionarlo, que ni siquiera comprendía lo que había visto. Pero las palabras no salieron. Solo un nudo en la garganta y un temblor en sus labios.

Darian pareció leer su silencio como una promesa.

—Así me gusta —añadió, con un hilo de voz más suave, aunque igual de cortante.

La soltó de golpe.

El cuerpo de Elena se tambaleó por la liberación repentina. El aire frío le golpeó el rostro cuando él se apartó, y de inmediato sintió el vacío donde antes estaba la presión cálida y peligrosa de su cercanía.

Darian dio un par de pasos hacia atrás. Sus facciones habían vuelto a endurecerse, borrando todo rastro de aquel instante casi íntimo. Ahora era otra vez el hombre distante, frío, dueño absoluto de la situación.

—No olvides mis palabras —dijo él, antes de girarse hacia la salida.

El eco de la puerta al cerrarse resonó como un golpe seco en su pecho.

Elena permaneció allí, apoyada contra la pared, con la piel húmeda y la respiración agitada. Sus pensamientos eran un caos: miedo, confusión, atracción. No sabía cómo procesar lo que acababa de suceder.

Lo único claro era que Darian era un peligro. Un peligro del que debía mantenerse alejada… y al mismo tiempo, el único capaz de despertar en ella un fuego que no había sentido jamás.

****

Al día siguiente, la tensión volvió a estallar, pero en otro escenario.

Leo, con su entusiasmo arrollador, había convocado a Elena y a Darian en el salón principal para decidir el día exacto de la boda. Los organizadores desplegaron calendarios, listas y contratos sobre la mesa, y todo parecía encajar en una fecha concreta que todos consideraban perfecta.

—Es ideal —dijo Leo, sonriendo—. Todos los invitados importantes podrán venir, el salón está disponible y coincide con una festividad que atraerá la atención mediática. Será un evento inolvidable.

Elena asintió, algo nerviosa pero convencida. Incluso ella pensó que aquella fecha tenía algo de mágico.

Pero Darian, con un gesto de piedra, negó con la cabeza.

—No. Ese día no.

Leo parpadeó, confundido.

—¿Qué dices? ¡Es el mejor día!

—He dicho que no. —Su voz fue un látigo seco—. Elijan cualquier otro, pero no ese. Ni ese, ni los días cercanos.

Elena lo miró, desconcertada.

—¿Por qué? —preguntó con suavidad.

Por un instante, creyó ver un destello de inquietud en los ojos de Darian, algo que jamás había mostrado. Pero enseguida su expresión se endureció.

—No necesitas saberlo.

Leo, fastidiado pero acostumbrado a sus imposiciones, se limitó a encogerse de hombros.

—Está bien, lo cambiamos.

Sin embargo, cuando todo quedó organizado, Elena descubrió con sorpresa que, por razones logísticas, la fecha elegida al final fue exactamente la misma que Darian había prohibido.

La noche de la boda caería bajo la luz de la luna llena.

Y aunque trató de convencerse de que era solo una coincidencia, no pudo evitar que la pregunta la persiguiera en silencio:

¿Por qué Darian temía tanto esa fecha?

Continue a ler este livro gratuitamente
Escaneie o código para baixar o App

Último capítulo

  • BAJO LA PIEL DEL LOBO.   Capítulo 12 – Lo que la luna no perdona

    El salón ceremonioso se fue vaciando lentamente, como si el aire aún vibrara por lo que acababa de presenciar: el alfa arrodillado ante una humana. No era un gesto menor; era una declaración que reconfiguraba estructuras antiguas. Algunos licántropos se marcharon murmurando, otros con expresiones indescifrables; unos pocos, los más jóvenes, la miraban con genuina admiración… o confusión.Oriana permaneció en silencio un instante, intentando no ahogarse en el peso de tantas miradas, tantas expectativas, tantas profecías que no sabía si quería cumplir. Cuando finalmente el salón quedó casi vacío, sintió la presencia de Ilai acercarse por detrás como una sombra cálida que reconocería en cualquier lugar.—Necesitas respirar —murmuró él, sin tocarla, pero tan cerca que su voz parecía rozarle la nuca.Ella soltó una risa breve, temblorosa.—Necesito… muchas cosas —respondió, girándose para mirarlo—. Pero sí. Respira conmigo un segundo. Porque creo que si intento entender todo sola voy a cae

  • BAJO LA PIEL DEL LOBO.   Capítulo 11 – La luna no pide permiso.

    La conversación después del desayuno quedó suspendida en un aire tenso, denso, cargado de todo lo que había pasado la noche anterior y también de lo que ambos evitaban nombrar. Oriana respiró hondo, se levantó y lo miró con los brazos cruzados, preparando el primer movimiento de una discusión inevitable.—No necesito ropa nueva —dijo con firmeza, antes de que Ilai siquiera abriera la boca—. Necesito mi ropa. La que está en mi departamento. En mi vida. No pienso disfrazarme con túnicas para encajar aquí.Ilai la observó con esa calma peligrosa que solo usaba cuando algo le molestaba demasiado.—Puedes usar lo que te resulte cómodo. La costurera——No —lo interrumpió ella—. Mis cosas. Mi ropa. Y además necesito volver al hospital. Cancelar mis cirugías, mis citas, mis rondas. No puedo desaparecer sin explicación y esperar que todo siga funcionando como si nada. Hay pacientes que dependen de mí, Ilai. Yo no puedo… —respiró profundamente— no puedo quedarme aquí cruzada de brazos jugando a l

  • BAJO LA PIEL DEL LOBO.   CAPÍTULO 10

    El salón donde solían desayunar no tenía la solemnidad de un comedor real: era más bien una gran estancia rectangular con largas ventanas, una mesa robusta de madera oscura y varias sillas de respaldo alto. Sobre la mesa ya había pan recién horneado, fruta cortada, una olla de algo que olía a café fuerte y jarras de un líquido ligeramente espeso, de color ámbar.Oriana entró con pasos cautelosos, enfundada en una túnica limpia que alguien había dejado doblada sobre un baúl. El cuello era un poco más abierto de lo que le habría gustado… o quizá era su imaginación, ahora que sabía que cualquier centímetro de piel expuesta parecía llamar la atención equivocada.Rurik ya estaba sentado, con una taza entre las manos y la expresión más descaradamente divertida que pudiera caber en un rostro humano.Cuando la vio, se puso de pie y le hizo una reverencia exagerada.—Buenos días, mi reina.Oriana se detuvo en seco.—No me llames así —dijo de inmediato—. Soy cirujana. No… eso.Rurik le dedicó u

  • BAJO LA PIEL DEL LOBO.   Capítulo 9 – Marcas que no deberían existir

    El primer golpe de la mañana fue la luz.Un rayo de sol se coló entre las gruesas cortinas de la habitación, rebanando la penumbra en una línea dorada que cruzó la alfombra, trepó por la cama y fue a dar directo al rostro de Oriana.Ella frunció el ceño antes de abrir los ojos.Todo estaba… raro.Primero sintió el peso cálido sobre su cintura, como si un ancla la mantuviera pegada al colchón. Luego, el olor. Leña, bosque húmedo, algo masculino y salvajemente agradable que jamás había olido en su vida… y que, por alguna razón, su cuerpo reconocía como “hogar”.Parpadeó.Lo siguiente que registró fue su propio cuerpo: músculos quejándose uno por uno, una flojera pesada en las piernas, una especie de eco de placer todavía vibrando en su piel. Y en medio del pecho, justo donde ardía la marca del vínculo, una tibieza pulsante que no era incómoda… pero tampoco normal.Movió un poco la mano.Tocó piel.Piel caliente, firme, viva.Y entonces lo recordó.La noche.El fuego.Su nombre en la boc

  • BAJO LA PIEL DEL LOBO.   Capítulo 8– Mi luna.

    La habitación parecía más pequeña ahora, como si las paredes se hubieran acercado para contener el calor que ambos desprendían. El fuego de la chimenea crepitaba bajo, pero ya no era la fuente principal de luz: eran ellos. Sus cuerpos. El vínculo. La marca en el pecho de Oriana brillaba con un fulgor plateado que se filtraba a través de la tela fina de su camisón, y bajo la piel de Ilai latía la misma luz, respondiendo.Él la tenía aún sentada a horcajadas sobre sus muslos, pero ya no bastaba. Ilai la alzó con una sola mano en su cintura, como si no pesara nada, y la depositó sobre la mesa de roble. Los frascos de ungüentos tintinearon. Un cuenco cayó al suelo y se hizo añicos. Ninguno de los dos miró.—Quítamelo —susurró Oriana, tirando del cordón de su propio camisón con dedos torpes.Ilai no esperó. Con un movimiento rápido y preciso desgarró la tela desde el escote hasta el dobladillo. El aire frío rozó la piel desnuda de ella un segundo… y luego ya no hubo frío. Solo él. Sus ma

  • BAJO LA PIEL DEL LOBO.   Capítulo 7 – Bajo la luz de la luna… y de él

    La habitación estaba en penumbra, iluminada solo por el parpadeo cálido de las lámparas de aceite y el resplandor tenue de la chimenea. El olor a sangre, a leña y a metal aún impregnaba el aire.Ilai se quedó de pie, inmóvil, mientras Oriana se acercaba con paso firme… aunque sus manos temblaban ligeramente.Ella tragó saliva.Él no llevaba camisa.Ni debería sentirse tan intimidante con simples pantalones oscuros y el cuerpo cubierto de heridas y sangre seca.Pero lo estaba.Mucho.—Siéntate —ordenó ella, señalando la silla de respaldo alto junto a la mesa.Ilai obedeció.Sin protestar.Sin bromas.Sin esa sonrisa arrogante que la sacaba de quicio.Se sentó con las piernas separadas, los antebrazos descansando sobre los muslos, la postura relajada pero letal… como un rey que espera una sentencia que sabe que no puede cambiar.Oriana respiró hondo y encendió otra lámpara. La llama bailó, proyectando sombras doradas sobre la piel marcada del alfa.Ella tomó un paño y un cuenco de agua

Mais capítulos
Explore e leia bons romances gratuitamente
Acesso gratuito a um vasto número de bons romances no app GoodNovel. Baixe os livros que você gosta e leia em qualquer lugar e a qualquer hora.
Leia livros gratuitamente no app
ESCANEIE O CÓDIGO PARA LER NO APP
DMCA.com Protection Status