INICIAR SESIÓNQuien eres
Miré a mi costado y la cama estaba completamente estirada. No había rastro alguno de que Matt hubiese dormido ahí conmigo. Supuse, casi de inmediato, que no había llegado a casa la noche anterior. Con una sensación de pesadez en el cuerpo me puse de pie y miré la hora en el reloj de la pared: eran las seis y treinta de la mañana. Debía ir a trabajar, no había tiempo para lamentaciones.
Las mucamas ya estaban despiertas, limpiando cada rincón de la casa con la eficiencia de siempre. El sonido de los trapos húmedos y el roce de los muebles era lo único que rompía el silencio. Sobre mi escritorio habían apilado unas hojas antiguas, amarillentas por el paso del tiempo.
—Señorita Sofía, estos son los viejos papeles del señor Philip —dijo una de las mucamas con voz respetuosa—. Él pidió estrictamente que, después de morir, usted se quedara con ellos.
Le resté importancia. Seguramente Philip no quería que Matt se hiciera cargo de esos documentos por temor a que los perdiera o simplemente los ignorara. No era el momento para revisarlos. Me arreglé con rapidez, escogí un traje sobrio y me preparé para salir, pero al bajar las escaleras noté que Kevin no estaba.
Mi mirada de confusión alertó a otra mucama, quien se acercó de inmediato.
—Señora Sofía, el chófer fue en busca de la señorita Anais por órdenes del señor Matt. No regresará hasta dentro de unas cinco horas.
Sonreí de manera forzada y le agradecí. No le bastaba con cancelar nuestra cena de aniversario sin siquiera avisarme, sino que también me dejaba sin transporte para ir a trabajar. Abrí uno de los cajones del recibidor y encontré la llave del auto de Matt. Quizás Kevin no podría llevarme, pero debía ir al hospital sí o sí.
Llegué aproximadamente media hora antes de lo habitual. El auto de Matt, sin duda, era demasiado llamativo y rápido. Los periodistas no tardaron en darse cuenta de que el vehículo del CEO de K.O Company estaba estacionado frente al hospital y comenzaron a rodear el lugar.
Me escabullí como pude entre la multitud y logré entrar. Apenas estuve a salvo, respiré con alivio y comencé con mis labores habituales. Todos los lunes el hospital realizaba reuniones importantes del comité médico y de administración, además de la presentación de nuevos trabajadores. Ya estaban todos reunidos en la sala de juntas, susurrando entre ellos con expresiones tensas.
El director del hospital entró a la habitación con un aire melancólico marcado en su rostro. Todos nos miramos preocupados. Algo grande estaba por suceder, eso era evidente.
—Quiero informarles que dejaré mi puesto como director —anunció con voz grave—. El hospital ha sido comprado por un particular y ahora traerán nuevo personal, incluyendo al nuevo director. Espero que le brinden todo su apoyo y se sientan cómodos trabajando con él.
Todos quedamos expectantes, mirando fijamente la puerta de la sala. ¿Quién era el nuevo dueño del hospital y por qué había despedido al director tan abruptamente?
La puerta se abrió y entró un hombre alto, casi de la misma estatura que Matt. Sus zapatos brillantes, recién lustrados, combinaban perfectamente con su traje oscuro y su corbata impecable. Tenía un aire extranjero imposible de ignorar, y cuando habló, todos supimos de dónde provenía.
—¿Qué tal? Mi nombre es Leandro Ricci. Soy el nuevo dueño del hospital y, por supuesto, el nuevo director.
Leandro continuó hablando, explicando sus planes, pero mi mente comenzó a disociarse. Las náuseas y los mareos se intensificaron de forma repentina. El sudor frío recorrió mi espalda y, sin darme cuenta, me desplomé sobre la mesa, perdiendo el conocimiento.
Cuando desperté, estaba recostada en una camilla. Mi cuerpo se sentía agotado, pesado, como si hubiera corrido kilómetros sin descanso. Sabía que las pastillas que el doctor Edward me había recetado podían causar efectos secundarios, pero jamás imaginé que serían tan fuertes.
Giré la cabeza hacia la derecha y vi a un hombre de espaldas. Al moverme ligeramente para acomodarme, él se giró y me dedicó una sonrisa tranquila.
—Sé que mis discursos suelen ser aburridos, pero no era necesario desmayarse —comentó entre risas suaves.
—Disculpe… al parecer mi condición médica no era la mejor hoy —respondí con dificultad.
—Tranquila, Sofía. Hablé con el médico de turno y dijo que estarás bien. Solo necesitas descansar. Deberías irte a casa por hoy y volver mañana si te sientes mejor.
—Qué considerado —murmuré.
—Quiero que mis trabajadores estén bien para que puedan brindar una atención de calidad —respondió con sinceridad.
Nos miramos durante unos segundos. Leandro tenía una presencia cálida, una forma de hablar que transmitía calma y seguridad sin resultar invasiva.
De pronto, la puerta se abrió de golpe. Me giré sobresaltada. Matt estaba ahí, con el rostro completamente pálido y una expresión de preocupación extrema. Se acercó rápidamente y tomó mi mano con fuerza.
—¿Por qué no dijiste que te sentías mal, Sofía? —preguntó con voz temblorosa.
—No es nada, solo fue una recaída —intenté tranquilizarlo.
—Ah, Sofía, nos tenías muy preocupados…
La voz de Anais se hizo presente unos segundos después de que Matt entrara.
—¿Estaban juntos? —pregunté confundida. Se suponía que Matt debía estar trabajando.
—Ah, eso… la verdad es que Anais será mi nueva secretaria —respondió Matt—. Tenías razón, mi padre dejó tanto trabajo que para mí solo sería imposible manejarlo todo.
—Qué bien —dije casi en un susurro, sin poder ocultar mi incomodidad.
—¿Y qué hace él aquí? —preguntó Matt, incorporándose para mirar a Leandro con evidente molestia.
—Matt, ha pasado mucho tiempo. Mis condolencias por lo de tu padre —dijo Leandro haciendo una leve reverencia en señal de respeto.
—No te quiero cerca de aquí. ¿Ahora que mi padre no está crees que te saldrás con la tuya? —Matt estaba furioso. Nunca lo había visto así.
—Lamento decirte que no puedo alejarme. Soy el nuevo dueño del hospital y tengo todo el derecho de estar aquí —respondió Leandro con firmeza.
Los ojos de Matt se abrieron de par en par. La tensión entre ambos era palpable.
—Sé que tu llegada no es coincidencia, pero mantén tus manos alejadas de K.O Company —dijo Matt antes de dirigirse a la salida.
—Aspiro a algo mucho más grande que eso en este momento —respondió Leandro con una sonrisa tranquila.
Lo observé mientras se marchaba. Su rostro era bien definido, con rasgos marcadamente italianos y un acento que resultaba imposible de ignorar.
—Esposo encantador —comentó Leandro antes de cerrar la puerta.
—¿Quién es? —pregunté, intentando obtener una respuesta de Matt.
—No es momento para hablar de eso —evadió—. Pero por cierto… no soy experto en secretarias, aunque no creo que sea normal que tenga hematomas en el cuello.
Mi vista se perdió en la nada. No había notado que Anais se acomodaba la ropa, cubriendo torpemente su cuello para ocultar las marcas violáceas.
Quizás era precipitado pensarlo, pero una idea comenzó a tomar forma. Tal vez Matt había pasado la noche con Anais. Intenté negarlo, convencerme de que él no era así, de que no sería capaz de engañarme.
Miré por la ventana. La lluvia comenzaba a caer con fuerza. Anais había llegado de la nada y en cuestión de segundos había desplazado todo lo que yo creía seguro.
Sabía que mi matrimonio con Matt había sido arreglado y conveniente para ambas familias, pero ese año juntos había sido hermoso. Era inevitable haber desarrollado sentimientos reales. Yo creía que eran recíprocos, pero quizás Matt no pensaba lo mismo.
Solo quería que las horas pasaran rápido, salir de ahí y poder estar a solas con él… si es que aún quedaba algo que salvar. Pero no me podia quedar ahi sin hacer nada, debia plnear algo formidable en su contra.
Capítulo final: Donde todo, por fin, descansaPasaron muchos años.No fue inmediato, no fue fácil, y definitivamente no fue limpio. El tiempo no llegó como un bálsamo que cura de golpe, sino como una marea lenta que, con cada ida y vuelta, se llevó un poco del dolor… aunque nunca del todo. Algunas heridas no desaparecen; simplemente aprenden a convivir con el cuerpo.Leandro sobrevivió.Eso, durante mucho tiempo, ya fue suficiente.Los meses posteriores a aquella noche en la mansión fueron borrosos, fragmentados, como recuerdos que se ven a través de un vidrio empañado. Hubo investigaciones, declaraciones, silencios incómodos y verdades a medias. La muerte de Agnese fue catalogada como un trágico desenlace en una cadena de eventos demasiado compleja para ser contada completa. Nadie quiso profundizar más de lo necesario. Había demasiados nombres importantes, demasiados acuerdos enterrados, demasiadas sombras.Lorenzo también sobrevivió.Nunca volvió a ser el mismo.Los dos hombres, uni
Nuestra despedida Dejé el diario a un lado con las manos temblando y salí corriendo por el pasillo del ala privada de la mansión. Sentía el corazón golpeándome el pecho con una fuerza brutal, como si quisiera escapar antes que yo. La cinta VHS pesaba demasiado en mis manos, o quizá era todo lo que acababa de leer lo que me hundía los hombros. Mis pasos resonaban huecos, desordenados, y apenas noté cuándo Agnese y Lorenzo me siguieron hasta la sala de proyección.Encendí el viejo reproductor con torpeza. Mis dedos no respondían bien. La cinta entró con un chasquido seco. Me quedé de pie frente a la pantalla, incapaz de sentarme, con la respiración entrecortada. Agnese se colocó a mi derecha, Lorenzo a la izquierda. Ninguno dijo nada. El silencio era tan espeso que dolía.La imagen apareció con interferencias primero, y luego… ella.Sofía.Mi Sofía.Estaba sentada frente a una pared blanca, el cabello recogido de manera sencilla, el rostro pálido pero sereno. Tenía los ojos enrojecidos
un diario lleno de verdadNo sé en qué momento mis manos empezaron a temblar.Tal vez fue cuando entendí que aquel cuaderno no era un simple diario, ni un lugar donde Sofía volcaba pensamientos al azar. Tal vez fue cuando sentí cómo el sudor comenzaba a recorrer mi frente, frío, incómodo, como si mi cuerpo supiera antes que mi mente que lo que estaba a punto de leer iba a destruir algo dentro de mí.Me senté en una de las sillas de la sala de espera del hospital, con mi hija dormida contra mi pecho. Su respiración era suave, tranquila, completamente ajena al terremoto que se estaba gestando dentro de mí. El mundo seguía girando con una normalidad insultante mientras yo abría, con dedos torpes, las primeras páginas del diario de Sofía.Su letra era ordenada. Demasiado ordenada.No había tachones impulsivos, ni frases a medio terminar. Cada palabra parecía pensada, medida, calculada. Como ella.“Si alguien alguna vez lee esto, quiero dejar algo claro: nada de lo que hice fue improvisado
El finSostenerla en mis brazos debería haber sido el momento más feliz de mi vida.Y lo fue… o al menos eso intenté convencerme.Mi hija dormía tranquila, envuelta en una manta blanca, con el rostro sereno, ajena al ruido del mundo y al peso que yo llevaba en el pecho. Tenía las manos pequeñas, frágiles, y una respiración suave que subía y bajaba como una promesa silenciosa de vida. La miré durante largos segundos, intentando grabar cada detalle en mi memoria, como si temiera que incluso esto pudiera desaparecer.Sonreía. Sí. Pero algo dentro de mí ya no era igual.Desde que nació, desde el mismo segundo en que escuché su llanto por primera vez, supe que comenzaba una nueva vida. Una vida distinta. Una vida que no se parecía en nada a la que había imaginado junto a Sofía.El día era hermoso. El sol brillaba con una intensidad suave, cálida, como si el cielo hubiese decidido ser amable por una vez. El jardín estaba lleno de gente. Familia, amigos, rostros conocidos y otros no tanto.
Buenas noches amor El dolor llegó como una ola violenta, sin aviso, sin piedad.Sofía arqueó la espalda sobre la camilla mientras sus dedos se aferraban a las sábanas blancas. El monitor marcaba contracciones cada vez más seguidas, más intensas. El aire se volvía pesado en sus pulmonos, y cada respiración parecía costarle el doble.—Respirá conmigo, amor —la voz de Leandro temblaba, pero intentaba mantenerse firme—. Estoy acá.Ella giró apenas el rostro para mirarlo. Sus ojos estaban llenos de miedo, pero también de algo más profundo: determinación. Ya no era la mujer que dudaba si quería seguir viviendo. Ya no.—No… no quiero morir —susurró con dificultad—. No ahora.El médico intercambió miradas con la partera. Algo no iba del todo bien. El parto estaba siendo más largo de lo esperado, y su cuerpo, debilitado por meses de quimioterapia, estaba dando señales de agotamiento.—Sofía, necesitamos que te concentres —dijo la doctora con suavidad—. Tu presión está bajando.Ella cerró los
Esto es un pequeño error Los años pasaron de una manera extraña, casi injusta, parecía que fue ayer cuando me enteré de que estaba embarazada y que era un posible embarazo riesgoso, donde dudaba realmente si quería salvar mi vida porque creía que no valía la pena si quiera intentarlo. Pensar en que realmente estaba a punto de rendirme antes se que si quiera el cáncer comenzará a atacar de verdad los órganos importantes, me sentía como una cobarde, pero ahora ya todo eso había quedado en el pasado, como dije, los años pasaron demasiado rápido, incluso para mi, en un abrir y cerrar de ojos. No lo hicieron despacio ni con la delicadeza que uno espera cuando ha sufrido tanto. Pasaron rápido, como si la vida tuviera prisa por compensar todo lo que me había quitado antes. Un día Marco era apenas un bebé aferrado a mi pecho, y al siguiente ya caminaba solo por la casa, preguntándolo todo, observándolo todo, con esos ojos tan parecidos a los de Leandro. Creció fuerte, inteligente, decidi







