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Capítulo 70. Un serio interrogatorio

last update Fecha de publicación: 2024-05-10 21:48:24

Al dejar a su amigo en la oficina, Iván se dirigió a su taller. Con premura atendió los asuntos pendientes, ansioso por regresar a casa.

Sonrió al entrar y encontrarse con la típica escena de todos los días: sus hijos discutían frente al televisor, peleaban entre ellos y con el dragón ubicado tras la pantalla, quien había robado a una princesa que a diario ellos intentaban rescatar.

Elena se movía por la cocina afanada en la preparación de la cena mientras su hija, desde su corral, miraba hipno
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    Durante la tarde, Antonio y Betsaida se acercaron al pueblo para comprar más conservas de coco y galletas para los niños. Todas las reservas se les habían acabado.Iván y Elena supervisaban desde su ubicación, sentados en la orilla, el profundo sueño de Ivana, que dormitaba dentro de una cuna portátil, y la importante expedición que los chicos realizaban en el agua, en busca de piedras para culminar la construcción de un fuerte que protegería el castillo de arena fabricado cerca de ellos.Según los niños, en pocos minutos llegaría una caballería enemiga para robar los tesoros que guardaban, conformado por conchas, semillas y diminutas piedritas de colores.—Nuestros hijos necesitaban esto —comentó Elena, disfrutando de la calidez que le aportaban los brazos y el pecho de Iván. Estaba sentada entre sus piernas, con la espalda apoyada en él—. Y no te niego que yo también.Iván besó su cuello mientras analizaba aquellas palabras. Que, aunque ella no lo pretendiera, resultaban como una es

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    —Papá, quiero más cereal —pidió Iván Raúl y le mostró a su padre el plato vacío.—Yo también —señaló Iván José, apurando lo que quedaba de desayuno en el suyo.—¡Siempre quieres lo que yo quiero! —reclamó su hermano.—¡Tú también!—¡Yo lo pedí primero!—¡Fui yo!—¡Vasta de discusiones! —los detuvo Iván con voz firme y se acercó a ellos con la caja de cereal en la mano— Hay suficiente para los dos.Los niños compartieron una mirada desafiante, pero sonrieron de oreja a oreja cuando su padre volvió a llenarle los platos.—Betsaida nos espera en la casa de la playa —comunicó Elena mientras entraba en la cocina con Ivana entre los brazos—. Hablé con ella por teléfono y me dijo que con Emmanuel prepara las cañas de pescar para ir al río apenas lleguemos.Al unísono y con las manos alzadas, los chicos emitieron un Sí alegre. Iván y Elena habían decidido pasar unos días de descanso fuera de la ciudad, antes de intentar retomar la rutina, para ayudar a sus hijos a superar la amarga experienci

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    En la comandancia, Antonio logró sacar a Elena y a los niños sin ningún contratiempo. Con su amigo, en cambio, tuvo demasiados inconvenientes.Escobar estaba decidido a dejarlo detenido y tramitar un traslado a alguna cárcel del país por haberle fastidiado la paciencia en varias ocasiones.Horas después y haciendo uso de toda la influencia que por años había logrado en la ciudad, Antonio fue capaz de liberar a Iván de las garras del detective.Lo ayudó el hecho de confesar a los superiores de Escobar los motivos por los que su amigo se encontraba en la vieja fábrica de telas, y el apoyo que ofrecía en la búsqueda de los choferes secuestrados, a quienes encontraron cautivos en un sótano ubicado en uno de los depósitos saqueados.Elena se lanzó a sus brazos y lloró para descargar su angustia al recibirlo en casa, al igual que los niños, quienes aún se mostraban perturbados por la horrible experiencia que habían vivido.Esa noche durmieron los cinco en la misma cama. A Iván lo tenían en

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    Iván se levantó y sacudió su cabeza para despejarse el aturdimiento por la explosión. Se quitó los restos de concreto que le habían caído encima y miró con preocupación el techo. Una gran fisura lo rasgaba.Si esos psicópatas lanzaban otra granada la construcción se vendría abajo y los sepultaría a todos. Debía sacar a su esposa y a sus hijos de allí, y a la veintena de chicos que ahora gritaba y lloraba a todo pulmón al tener las bocas liberadas.Tomó de nuevo su navaja y cortó las sogas de los niños que faltaban. Los empujó uno a uno para sacarlos del cuarto, pero ellos se negaban a poner un pie afuera.Estaban tan aterrados que les era imposible moverse de alrededor de Elena, quien lloraba de la misma manera sin poder evitarlo.Le indicó a ella que avanzara adelante mientras él arreaba detrás aquel puñado de ovejas para que ninguna se extraviara.En el pasillo oscuro tropezaron con el tambaleante de Joander, que caminaba con paso lento hacia el cuarto. Lo dejaron dando vueltas en s

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    Al igual que todos los depósitos abandonados que visitaba, la fábrica de telas era simplemente un gran galpón desocupado, sucio y semidestruido.Palomas, murciélagos y diversidad de animales rastreros habitaban en su interior; y las densas telas de araña parecían sostener las columnas evitando que estas se vinieran abajo.Con mucha precaución inspeccionó cada habitación. Lograron entrar por una ventana rota, sin tener que hacer aspavientos al mover la pared de chapa, pero eso lo dejaba en el área deshabitada, debía hallar la zona que los contrabandistas utilizaban para ocultar sus cargamentos ilegales.Con la pistola bien sostenida en una mano y con Elena aferrada a la otra caminó con paso lento, atento a cada ruido que se producía a su alrededor, y soportando la presencia molesta del primo, que los seguía muy de cerca y con nerviosismo.—Tal vez no estén dentro de la fábrica. Debimos revisar el estacionamiento —reprochó Joander sin dejar de observar con asco el suelo que pisaba.—¿Y

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