INICIAR SESIÓNMe quedé en la muralla un rato más después de que Stefano se fuera. “Aún te amo”, esas palabras de Stefano aún daban vueltas dentro de mi cabeza, bajé las escaleras despacio, todo estaba en silencio.. Entré en mi cuarto, Lykan dormía profundamente, me acosté a su lado sin hacer ruido. Cerré los ojos y traté de dormir, pero cada vez que lo hacía veía los ojos azules de Stefano, mirándome.Me levanté de golpe, no podría dormir, lo tenía claro.Salí al pasillo tratando de no hacer ruido, caminé hasta llegar a la sala del consejo, la puerta estaba entreabierta. Dentro, el fuego de la chimenea aún estaba encendido, me senté en una de las sillas, apoyé los codos en la mesa y me tapé la cara con las manos. Necesitaba pensar, necesitaba olvidarlo, pero lo único que sentía era calor entre las piernas cada vez que recordaba su voz diciendo que todavía me amaba. La puerta se abrió, no tuve que voltear para saber quién era, reconocí su olor de inmediato.—No puedes dormir tampoco, ¿verdad?
Punto de vista de Chiara:Cargué a Lykan contra mi pecho mientras caminaba por el patio central. Sentía el calor de su pequeño cuerpo a través de la túnica. Desde la muralla, noté que Stefano nos observaba. Esa mirada intensa que antes me hacía sentir viva, ahora solo me producía incomodidad y resentimiento, aunque no podía negar que me seguía atrayendo.Acomodé al Lykan en mis brazos. El hechizo de protección de Elena funcionaba perfectamente, Stefano no podía percibir que este cachorro era suyo. Cada vez que veía esa expresión confusa en su rostro, sentía un mezcla de rabia y culpa retorcerse en mi estómago.—¿Todo en orden, Alfa? —Marco se acercó.—Sí —aparté la vista de Stefano— solo revisaba las defensas antes de retirarme.—Los Lobos de la Tormenta están acomodados en los barracones del este. Stefano parece estar cooperando.—Por ahora —dije secamente— no bajemos la guardia. Recuerda lo que pasó la última vez que confiamos en ellos.Al pasar junto a los barracones, vi a Livia ob
No podía ser cruel y dejarlos a su suerte, Stefano después de todo era el padre de Likan, y en su manada había mujeres y cachorros, me imaginé en la misma suerte.—Qué los dejen entrar —ordené, Lira gruñó en desacuerdo.El portón se abrió y ellos entraron, los observé con detenimiento, ahí estaban, apiñados en mi patio. Los Lobos de la Tormenta, los que antes me habían humillado tanto.Mis guerreros los rodeaban, formando un círculo tenso, con las espadas y lanzas listas. Nadie decía nada. Solo se oía la respiración agitada de ellos y el viento helado.Stefano estaba al frente, tenía una cortada profunda en la mejilla y cojeaba. Sus ojos azules se clavaron en mí detenidamente, y aunque quisiera negarlo, esa mirada tenía aún el efecto de descontrolarme.—Marco —dije, sin apartar la vista de Stefano— llévalos a los barracones del este, ahora, que atiendan a los heridos y que los alimenten.Mi Beta asintió y empezó a dar órdenes. Mis guerreros guiaron a los recién llegados hacia el edifi
Conté al menos cien figuras moviéndose entre las estructuras. No todos eran mutados, vi humanos, lobos transformados, y otras criaturas que no pude identificar.—Es una de sus bases principales —dijo Galen, su rostro pálido— tiene sentido. Está estratégicamente ubicada entre varios territorios de manadas.—¿Seguimos con el plan? —preguntó Daren.Todos me miraron, cien contra nueve, las probabilidades eran imposibles.—No —dije finalmente— pero tampoco nos vamos.Dejamos los caballos escondidos en una cueva natural a media milla de las ruinas y continuamos a pie. La nieve nos ayudaba, ocultando nuestro avance mientras nos arrastrábamos hasta una cresta que daba a una vista clara del lugar.Desde nuestra posición, podía ver detalles que no eran visibles desde abajo. Patrones extraños tallados en el suelo del patio central. Figuras encapuchadas realizando algún tipo de ritual alrededor de un fuego verde. Y en el centro, una jaula enorme de hierro negro que contenía algo que se movía de m
—¡Baja esa porquería! —rugió Marco, adelantándose— ¡Es la Alfa! ¡Chiara ha vuelto a casa!Todos se quedaron en silencio por un momento, luego, las puertas principales de roble reforzado con acero comenzaron a abrirse.Dentro, estaba todo mi pueblo, no solo los guerreros, hombres, mujeres, niños, ancianos, todos los que había dejado atrás para cumplir mi prueba de liderazgo. Me miraban como si no pudieran creer lo que veían, sus miradas iban de mí, a Lykan que se aferraba a mi pecho, observando a aquellos que para él eran desconocidos.Una mujer mayor se abrió paso entre la multitud, era Greta, la mujer que me había criado junto a mi tía Elena después de que mis padres murieran.—Chiara —susurró, mientras las lágrimas mojaban sus mejillas arrugadas— lo lograste, niña mía. Sobreviviste a la prueba, y mira nada más, has traído un heredero, el próximo Alfa de nuestro pueblo.—Lo logramos —corregí, abrazándola— todos lo logramos.Después de descansar algunas horas y asearnos, me llevaron
No pude esperar más, dí la orden de reunir a los sobrevivientes, los conté a todos, solo treinta y ocho de mis ochenta guerreros quedaban, aunque habíamos vencido, la victoria era amarga.—Empaquen todo lo que puedan cargar —ordené— nos vamos a la montaña antes de que anochezca.Marco asintió, su brazo izquierdo estaba vendado, cubriendo una herida que no dejaba de sangrar.—Es la decisión correcta, Alfa. En el valle somos patos sentados esperando el próximo ataque.Stefano se acercó.—Chiara, quédate —dijo, sus ojos azules buscaron los míos— juntos nuestras manadas son más fuertes. Podemos...—No —contesté, desviando la mirada hacia donde mis guerreros cargaban a los heridos— Tienes tu manada que proteger. Tu... esposa.La palabra esposa me provocó una incómoda sensación dentro de mi pecho, Livia que acababa de llegar, golpeaba a unos guerreros del Norte, interrogándolos, me volteó a ver con esos ojos de víbora que mostraban todo su veneno.—Chiara —insistió Stefano, bajando la voz







