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Capítulo 6: Me Prendes

last update Fecha de publicación: 2026-07-27 04:31:29

El impacto de la bofetada todavía retumbaba en las cuatro paredes de la habitación. La cabeza de Vincenzo había girado ligeramente por la fuerza del golpe, pero no emitió un solo quejido. Despacio, casi de forma felina, devolvió la mirada hacia Carolina. Un hilo fino de sangre brillaba en la comisura de su labio inferior.

​Carolina respiraba agitadamente, con la mano aún temblorosa por el impacto y la espalda pegada contra la pared. Esperaba un golpe, una bofetada de vuelta o la frialdad de una pistola presionándole la frente. Esperaba al monstruo despiadado.

​En lugar de eso, vio cómo los ojos grises del italiano se oscurecían hasta parecer carbón encendido. La rabia en el rostro de Vincenzo no se tradujo en violencia asesina, sino en una chispa de deseo insaciable, primitivo y fuera de todo control.

​—Tienes agallas, dottoressa... —musitó él con una sonrisa oscura, rozándose la sangre del labio con el pulgar.

​Antes de que ella pudiera reaccionar, Vincenzo acortó la distancia de un solo paso. Le atrapó ambas muñecas con una sola mano, subiéndolas por encima de su cabeza y estampándolas contra la pared de madera. Con el otro brazo, la tomó con fuerza por la cintura, pegando la cadera de ella brutalmente contra la suya.

​—¡Suéltame, enfermo! ¡Déjame...!

​Vincenzo no la dejó terminar. Inclinó la cabeza y le robó un beso salvaje, hambriento y dominante. Sus labios, calientes y con el sabor metálico de su propia sangre, apresaron los de Carolina con una desesperación feroz.

​Carolina luchó. Se agitó, intentó morderlo y pateó a ciegas, pero Vincenzo era una muralla de músculo e inflexibilidad. Él metió la lengua con firmeza en su boca, devorándola, reclamando cada rincón como un conquistador reclamando tierra prometida.

​Entonces ocurrió la traición.

​El contacto continuo, el peso firme del cuerpo de Vincenzo contra el suyo y el calor abrasador que el italiano emanaba encendieron una chispaza involuntaria en el bajo vientre de Carolina. Un gemido ahogado se le escapó en medio del beso, un sonido que no fue de rabia, sino de sometimiento sensitivo. El toque de aquel hombre, al que odiaba con toda su alma, enviaba descargas eléctricas directamente a su piel, haciendo que sus piernas flaquearan.

​Sintiendo la leve rendición de la joven, Vincenzo aflojó el agarre de las muñecas, pero no para liberarla. Sus dedos descendieron por el cuello de Carolina, delineando su clavícula hasta llegar a los botones del vestido de la doctora. Con un tirón firme, desgarró la tela superior, dejando al descubierto su sujetador blanco de encaje sencillo y la piel suave de sus pechos.

​—Vas a ser mía, Carolina... —susurró él contra sus labios, con la voz rota por la pasión—. Aunque me odies cada segundo.

​Vincenzo bajó la boca hacia el cuello de ella, dejando besos húmedos y mordiscos posesivos que le sacaban pequeños ahogos a la joven. Carolina intentó mantener las manos en el pecho de él para empujarlo, pero al tocar la piel desnuda y caliente de su torso, sus dedos, en lugar de apartarlo, se clavaron en sus hombros masculinos.

​Él la levantó ligeramente, obligándola a enredar sus piernas alrededor de la cintura de él. El contacto directo entre la rigidez dolorosa de la erección de Vincenzo —que presionaba salvajemente a través de la tela de sus pantalones— y la intimidad protegida de Carolina hizo que ambos ahogaran un grito de deseo en el cuello del otro.

​—Mírame —ordenó él con voz ronca, tomándola del rostro con severidad—. Mírame y dime que no sientes esto.

​—Te... te odio —alcanzó a articular Carolina, con las mejillas ardiendo, los ojos nublados por una mezcla de lágrimas y lujuria, y los labios hinchados—. Te odio con todo mi ser, Vincenzo Ferretti.

​—Sigue odiándome, piccola... pero no me pidas que pare.

​Vincenzo la llevó hasta la cama rústica de la habitación y la depositó sobre el colchón. Sin perder un segundo, se colocó entre sus piernas. Sus manos, expertas y posesivas, deslizaron la falda del vestido hacia arriba, acariciando los muslos cálidos de Carolina y provocando que ella se estremeciera de la cabeza a los pies. Para Vincenzo, la sensación era un milagro oscuro: la apatía de años había desaparecido por completo, reemplazada por un hambre voraz que solo la mujer debajo de él podía saciar.

​Enganchó sus dedos en el encaje de la ropa interior de ella, dispuesto a despojarla por completo, mientras Carolina, dividida entre el orgullo lacerado y el fuego que quemaba sus entrañas, cerraba los ojos esperando la rendición inevitable...

​¡BOOM!

​Un estallido ensordecedor sacudió la cabaña entera. La madera del techo crujió y el cristal de la ventana se hizo pedazos por una ráfaga de balas de alto calibre que atravesó las paredes.

​El instinto de cazador de Vincenzo reaccionó en una milésima de segundo. Olvidando el deseo, cubrió de inmediato el cuerpo de Carolina con el suyo, arrojándola al suelo al lado de la cama mientras las balas pasaban sobre sus cabezas.

​—¡Signore! ¡Los del cartel nos encontraron! ¡Tienen lanzagranadas! —se oyó la voz desesperada de Luca gritando desde el pasillo entre el ruido del fuego cruzado.

​Vincenzo, con el torso desnudo, la respiración agitada y la adrenalina a punto de estallar, sacó la pistola que llevaba en la funda de la cintura. Miró a Carolina, quien yacía en el suelo con la ropa entreabierta, los pechos agitados y los ojos desorbitados por el terror y el choque emocional.

​Él se inclinó, le tomó la nuca y le dio un último beso rápido, violento y posesivo en los labios.

​—Quédate abajo y no te muevas —ordenó con una mirada feroz y mortal—. De esta salimos vivos... porque aún no he terminado de tomar lo que es mío, doctora.

​Sin esperar respuesta, Vincenzo se puso de pie y salió de la habitación disparando contra la penumbra, dejando a Carolina temblando en el suelo, con el corazón latiendo desbocado entre el miedo a las balas y el recuerdo abrasador de los labios del mafioso.

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