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VI

Autor: Svania Blass
last update Data de publicação: 2026-02-04 20:04:52

A la salida del trabajo, Aly me llevó a casa en su auto y no me sentí con fuerzas para negarme a su invitación. Pese a que el encuentro con los gemelos había sucedido ya hacía algunas horas, de solo pensar en el me estremecía y el juicio silencioso que me dedicaba Aly no me ayudaba en lo más mínimo. Al fin habló:

—¿Qué demonios? —dijo, sin apartar la mirada del panorámico.

Sabía a lo que se refería.

—Sabes que les gusta molestarme. Eso es todo.

Aly chasqueó los dientes y a continuación me dio un discurso sobre los problemas que me estaba buscando. Insistió en que debía halllar la manera de que los gemelos dejaran de perseguirme.

—No tienes ni idea de lo que Chloe y Amelia son capaces. —Me advirtió.

Era cierto, no tenía ni idea, pero me podía hacer a una imagen con solo recordar la manera y fuerza con la que Chloe había lanzado ese balón hacia mi cara. De haber tardado un segundo más en reaccionar, en ese momento estaría requiriendo de una reconstrucción facial.

Al bajarme, las cosas estaban mejor con Aly, a la que prometí que empeñaría mis mejores esfuerzos para sacudirme a los gemelos, aunque sabía que eso no iba a pasar y era porque, aunque de cierta forma había sido abusada por ellos en mi casillero, también era consciente de que lo había disfrutado.

Pese a que el auto de Lia no estaba estacionado, descubrí que Dub roncaba en el sillón y pasé rápido a mi habitación. Lia no tardó en llegar y pude terminar de relajarme, pero cuando estaba por dormirme sonó mi celular. Era un modelo viejo, 2G, que Lia me dio porque según la custodia debía contar con uno para atender a las llamadas de la trabajadora social asignada a mi caso. Contesté a la única persona que tenía ese número.

—¿Cómo has estado, Sussan? ¿Todo va bien?

Cómo le explicaba a Margaret, la trabajadora social, que ahora me encontraba asediada en mi habitación por un sujeto que, de no haber sido por la aparición de dos lobos hacía una semana, seguro ya habría abusado de mí.

—Estoy bien, llevándola. Contando los días para salir de aquí.

Margaret suspiró al otro lado de la línea.

—¿Has recibido las consignaciones?

Sabía que se refería a las consignaciones de mi padre, que mi abuela siempre me entregaba, aunque solo las usé para mis gastos personales y le di todo lo demás a ella, pero desde que llegaban a la cuenta de Lia no veía siquiera un dólar.

—Sé que él las envía, pero no. Lia es más estricta con los gastos que mi abuela.

Era una forma amable de decir que se gastaba el dinero que enviaba mi padre en el alcohol de su novio.

—Bueno, Sussan. Estaré en contacto. Que descanses.

—Gracias. Adiós.

Me recosté boca arriba y no sé en qué momento me quedé dormida, porque a continuación regresé a la escuela, al pasillo, a mi casillero, a estar asediada por los gemelos. Su respiración cálida y con olor a menta atravesaba mi cuerpo, mientras que sus manos exploraban cada pulgada de mi piel. La mano de Ethan volvía a estar sobre mi abdomen, solo que esta vez descendía con suavidad, mientras que los dientes se Liam se paseaban por los lóbulos de mis orejas y después recorrían mi cuello, expuesto a su voluntad, pese a que les insistía en que tenían que detenerse. Cuando me desperté, empapada en sudor, escuché que llovía con fuerza. Me levanté asustada por lo vívido que había sido mi sueño, tanto que no estaba segura de que en realidad lo hubiera sido, por lo que, de no ser por el hecho de que había tenido lugar en la escuela, hasta habría creído que en realidad los gemelos se habían entrado a mi habitación mientras yo dormía.

Me acerqué a la ventana para bajar la persiana, que había quedado levantada, aunque estaba segura de que sí la había bajado antes. Al hacerlo, un rayo surcó el cielo nocturno y pude ver, por menos de un segundo, las facciones de los dos lobos que antes habían rondado la casa. Habría gritado si con ello no hubiera corrido el riesgo de despertar a Lia y Dub. Con la mano apretada sobre mis labios, volví a mirar y creí ver, en la oscuridad más absoluta, el cuerpo de los dos animales cuando se alejaban. No era posible. Tenía que estarme volviendo loca.

No fui a la escuela al día siguiente. Me sentía demasiado nerviosa para siquiera ver el rostro de los gemelos. No podía hacerlo después de lo que había sucedido en mi casillero y después de la visión de los dos lobos, me fue imposible conciliar el sueño. Solo con la tibieza del sol en la mañana pude descansar un poco. Lia ni se dio cuenta de que seguía en mi habitación y no tardé en escuchar el televisor al que se conectaban, durante todo el día, los ojos alcoholizados de Dub.

Casi a las tres de la tarde, escuché el auto de Aly estacionarse frente a la casa y salí corriendo.

—¿Qué ta pasó hoy?

Fruncí los labios.

—Anoche no dormí nada.

—¿Te mantuvo despierta la tormenta?

Asentí.

—¿No podías avisarme por W******p que no ibas a ir hoy a la escuela?

—No tengo un plan de datos —dije sin querer hacer referencia al horrible celular 2G que solo recibía llamadas y contaba con un único contacto: el de la trabajadora social.

—Pero trabajas, podrías comprarte uno, ¿no?

—El dinero ya se me ha ido en otros gastos y ahora lo que necesito es reponer mis ahorros.

Me di cuenta de que Aly parecía no comprender a qué me refería. En su cabeza no cabía la idea de que yo tuviera que suplirme incluso mi propia comida, porque lo que había en el refrigerador de la casa era de Lia y de su novio. Sospeché, por su manera de entender el mundo, que ella quizá también era de las riquillas del pueblo.

La tarde en el trabajo transcurría de manera usual y faltando solo una hora para terminar el turno, una de las meseras, Jennifer, tropezó contra mí y me regó un plato de espaguettis sobre el pecho. Lo atribuí a un accidente, a uno con los que estoy familiarizada, y me fui a cambiar la blusa. Cuando terminaba de cambiarme, mi nariz me advirtió del peligro que se avecinaba. Reconocí esa fragancia y quise alejarme hacia la cocina lo más rápido que me fuera posible, pero entonces choqué con el pecho de Liam.

—Hoy no te vi en la escuela, cariño. ¿Qué pasó?

Evité su mirada e intenté apartarme, pero no pude. Era demasiado robusto y grande, su cuerpo abarcaba por completo el estrecho pasillo entre el vestidor y la cocina.

—Eso a ti no te importa —dije, decidida a que esta vez sí iba a enfrentarlo.

—Como tú quieras, cariño —dijo en tono burlesco y pasó sus dedos tibios y fuertes por mi mejilla. Me estremecí y después de que se fuera todavía me quedé unos segundos paralizada. El sonido de una cacerola que se estrelló contra el piso me sacó de mi abatimiento.

Al llegar a la cocina, noté que Jeniffer, la mesera con la que había chocado, me estaba mirando. Giré y me encontré con su mirada.

—¿Qué pasa? —pregunté, con una sonrisa.

Jennifer no despegó sus ojos de los míos.

—¿Te crees muy especial?

—¿Qué? —pregunté, aún sonriendo.

—No te hagas. Dime. ¿Es que te crees muy especial?

Levanté los hombros.

—No tengo idea de qué me estás hablando.

—¿Qué pasa aquí, señoritas? —preguntó Angelo, el dueño, al vernos paradas en la cocina— ¿Es que no van a atender a más clientes hoy?

—Es ella —dijo Jeniffer, como si me acusara de algo—. No sé qué es lo que se cree, pero los gemelos solo preguntan por ella.

Se me erizó la piel y la rabieta de Jennifer pasó a ser el último de mis problemas.

—Pues ve a atenderlos —dijo Angelo, mirándome.

—Si quieres atenderlos tú, Jennifer, hazlo, no tengo ningún problema.

Jennifer no respondió y salió de la cocina. Al girar la mirada, pude ver desde donde estaba que se habían sentado en mi zona asignada del comedor. Suspiré y me acerqué a la mesa con las bebidas que habían pedido. Cuando las serví, Ethan estiró su mano y tomó mi brazo, con fuerza.

—¿Pero qué demonios es esto?

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