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CAPÍTULO 2

last update Fecha de publicación: 2026-02-11 11:54:33

Por Aurora

Siento que me fusila con su mirada, pero esta pasa de enojo a sorpresa. Siento que me escanea de arriba hacia abajo, y eso me hace sentir un poco incómoda.

Me aclaro la garganta y vuelve a mirarme a los ojos. Suelta un suspiro molesto y observa su reloj.

—Otra vez tarde, señorita Molina —dice con el ceño fruncido.

—Todo tiene una explicación, señor —me defiendo.

—¿Así? Quisiera oírla.

Bueno, no me toca más que decirle la verdad.

—Todo es su culpa, señor.

—¿Perdón?, ¿mi culpa? —pregunta—. ¿Y por qué es mi culpa que mi secretaria sea una impuntual? —pregunta con el ceño fruncido.

—Es su culpa que tenga que ir al otro lado de la ciudad a buscar un café, un café que, a decir verdad, se parece a usted, señor.

—¿Qué quiere decir con eso? —pregunta molesto.

—Amargo y sin sabor.

—¿Perdón? —pregunta.

—Lo siento, señor, pero no sé por qué toma un café que, a decir verdad, sabe a calcetín remojado. No entiendo por qué me tiene que obligar a ir todos los días hasta ahí pudiendo tomar un café de aquí, de la empresa.

Observo cómo sus fosas nasales se ensanchan, haciéndolo lucir más enojado de lo habitual.

—Porque se me da la gana, y si yo le digo que va a ir al mismo infierno por un café, usted solo obedece y se calla.

Su comentario me molesta, pero guardo silencio, no vaya a ser que diga algo y luego termine con mis manos en su cuello.

Le entrego su dichoso café y camino hasta mi escritorio. Dejo mi bolsa sobre este, pero más bien la tiro al escuchar un golpe contra el escritorio.

Suelto un bufido muy bajo y comienzo a hacer mi trabajo, todo esto bajo la atenta mirada de mi jefe. Sentir su mirada sobre mí me pone algo nerviosa.

Así que mejor voy a tomar mi café, tal vez sentir el dulce elixir de la vida me dé un poco de tranquilidad.

Acerco el vaso a mis labios y doy un pequeño sorbo, pero me arrepiento al hacerlo. Escupo el líquido que hay en mi boca y busco un pañuelo para pasármelo por la lengua.

—¿Pero qué diablos es esto? —digo haciendo cara de asco.

Puedo escuchar una risa burlona. Levanto la mirada y me encuentro con el bulldog burlándose de mí. Observo que se lleva el vaso de café a sus labios y ahí me doy cuenta de que confundí los vasos.

Espero un grito de su parte, que me lance el café, o que me lance por la ventana, pero no, lo que hace me deja descolocada.

—Esto sí que es un verdadero café —dice observando el vaso—. Ahora quiero uno como este todos los días, además el otro no me gustaba —Frunzo el ceño al escuchar su comentario.

—Entonces, si no le gustaba, ¿por qué me hace ir por ese dichoso café hasta ese lugar? —pregunto molesta.

—Porque es divertido torturar a mis empleados —dice con una sonrisa.

Sonrisa que quisiera borrarle con un golpe.

Camina rumbo a su oficina y lo sigo. Veo su espalda ancha y mi mente solo se imagina tirándole dardos envenenados que acabarían con su existencia.

Pero no sería capaz de hacer eso, en serio que no, si soy un amor de persona. Solo le pido a Dios que algún día este hombre sienta el poder de su ira.

Entro a la oficina y observo cómo se sienta en su silla como dueño y señor de todo. Voy a hablar, pero su mano me detiene.

—Primero quiero terminar mi café antes de empezar a escuchar lo que tiene que decir.

Ruedo los ojos por su comentario. Voy a salir de su oficina, pero su voz me detiene.

—No te he dicho que salgas de la oficina.

—¿Y qué quiere que haga? ¿Que lo vea cómo se toma mi café? —pregunto cruzándome de brazos.

—Pues no lo había pensado, así que me parece una buena idea —dice dando un pequeño sorbo.

Siento cómo me da un tic en el ojo por lo que hace.

—Maldito dictador —susurro entre dientes.

—¿Qué dijiste? —pregunta.

—Que como ordene su majestad —digo haciendo una reverencia.

Pasan los minutos y este bulldog sigue tomándose mi café. En mi mente le pido a Dios que me dé mucha paciencia, pero que no me dé fuerza, porque si me da fuerza lo mato.

—¿Quién es Santiago? —vuelvo a la realidad cuando escucho su pregunta—. ¿Y por qué dice que hoy me veía más hermosa que nunca? Hasta su número de teléfono escribió en mi café.

—Con todo respeto, pero a usted qué le importa, señor. Además, ese es mi café, no suyo.

—¿Así? ¿Lo quieres? —pregunta extendiéndome el vaso.

Voy a tomarlo, pero lo levanta por encima de su cabeza. Comienzo a saltar para poder alcanzarlo. Siento cómo coloca una mano en mi cintura y me acerca a su cuerpo. Lo observo con el ceño fruncido por lo que acaba de hacer.

—Quite su mano de ahí, si no quiere sentir el poder de mi furia —digo molesta.

—¿Y si no quiero hacerlo? ¿Qué me vas a hacer? —pregunta con burla.

En mi mente me imagino haciéndome unas rayas negras en las mejillas.

—Esto —digo enterrando mi tacón en su pie.

Solo puedo escuchar cómo suelta un grito y lo observo cómo empieza a saltar en un pie mientras sujeta su otro pie con las manos.

—¡Estás loca! —ladra el bulldog.

—Le dije que quitara su mano de ahí, pero no me hizo caso, así que usted mismo se lo buscó.

—¡Largo de mi oficina! —grita.

—Con todo gusto, señor —camino hacia la puerta, pero antes de salir, me detengo—. En un momento le traigo unos hielos, señor, ya sabe para el dolor —digo guiñándole un ojo.

—¡Largo! —grita.

Salgo de su oficina con una enorme sonrisa.

Pues si creía que esto se iba a quedar así, estaba muy equivocado.

Voy a la cafetería de la empresa y cuando llego pido unos hielos. Me los entregan y vuelvo hasta mi puesto de trabajo.

Camino hacia la oficina de mi jefe y toco sutilmente. Pero no escucho respuesta, así que vuelvo a tocar más duro.

—¡No quiero ver a nadie! —escucho que grita.

Ruedo los ojos y abro la puerta y entro como Juana por su casa.

Puedo observar cómo mi jefe se pone de pie y un gemido de dolor escapa de sus labios.

—¡Dije que no quería ver a nadie, así que largo! —grita observándome.

Ruedo los ojos por su comportamiento tan infantil.

—¿Ya? —pregunto.

—¿Ya qué? —pregunta ladrando.

—¿Ya terminó de gritar?

Observo cómo me mira desafiándome con la mirada, así que hago lo mismo. Si piensa que me va a intimidar, está muy equivocado.

—Aquí están los hielos —digo colocándolos en su escritorio.

—No quiero nada, así que lléveselos.

—Pues es mi forma de pedir disculpas por lo que pasó, señor.

—He dicho que se los lleve de aquí y a usted la quiero fuera de mi oficina, ¡ya! —grita. Siento cómo el enojo crece en mi interior.

—Pues si no los quiere, vaya a dejarlos usted mismo a la cafetería. Como buena empleada que soy y que se preocupa por su jefe, fui por hielos para su pie, pero si es un malagradecido, vaya usted mismo a dejarlos.

Salgo de su oficina hecha una furia y llego hasta mi escritorio.

En verdad que este hombre es un malagradecido, todavía que voy por hielos para su dolor, se atreve a gritarme y a echarme de su oficina.

Es cierto que es mi culpa que esté así, pero ¿quién lo manda a estar de tocón?

Y que agradezca que fue mi tacón en su pie y no mi rodilla en su entrepierna. Porque ahí sí que se queda sin bulldogsitos.

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