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Sé que cabo de tener un extraño sueño, pero no lo recuerdo.
Un dolor punzante me late en el costado de la cabeza. Me retuerzo con incomodidad antes de abrir los ojos y, al hacerlo, me invade el desconcierto.
El lugar en el que me encuentro es de apariencia antigua y miserable: paredes de piedra húmeda, un suelo de tierra compacta y un hedor rancio que me revuelve el estómago. No tengo idea de dónde estoy, pero hay algo más, algo que se siente distinto... aunque aún no sé qué es.
Intento ordenar mis pensamientos. Lo último que recuerdo es caer en una trampa y ser alcanzada por el destello dorado de uno de los hechizos de Mariana. Esa bruja codiciosa ansiaba mi grimorio. Pero si sigo viva, significa que algo no salió como ella esperaba. Y eso quiere decir que aún puedo recuperarlo.
Un portazo interrumpe mis pensamientos.
La puerta de madera se abre de golpe, dejando entrar a un hombre de unos cuarenta años. Su aspecto es deplorable: barba rala y sucia, ropas raídas, un hedor que llena la habitación. Pero su presencia me resulta irrelevante, porque hay algo mucho más... interesante que acapara mi atención.
Al bajar la vista hacia mis manos, mis ojos se ensanchan.
Son jóvenes.
Paso los dedos por mi busto: firme.
Tomo un mechón de mi cabello y descubro que es largo, suave y de un castaño claro sin rastro de canas.
Mi corazón da un vuelco. Este no es mi cuerpo.
—Me alegra que haya despertado, duquesa —ronronea el hombre mientras se acerca con una sonrisa sucia, su mirada recorriéndome de pies a cabeza—. No sería divertido si no estuviera consciente.
Arqueo una ceja, divertida.
¿Duquesa? Soy Cielo Seraphina Holloway, una de las brujas más poderosas de mi generación.
¿Y realmente cree que va a forzarme? No importa que este no sea mi cuerpo.
Pobre iluso.
Ningún hombre me ha tocado sin mi consentimiento... y hace más de cincuenta años que no me apetece uno.
El desagradable sujeto avanza con lentitud hasta quedar al pie de la cama. Sus dedos se deslizan bajo la tela de sus pantalones en un intento patético de avivar una virilidad que, conmigo, jamás podrá usar.
—Qué infortunio el tuyo, ser la esposa de un anciano. Pero no temas, esta noche conocerá a un hombre de verdad.
Se desviste torpemente, relamiéndose los labios, ignorando el desprecio que destilo.
Lo miro con aburrimiento. Lo que veo no es algo que valga la pena desde ningún punto de vista, así que solo debo levantar mi mano y concentrar un poco de mi energía en la punta de mis dedos para que el sujeto se desplome.
—¿Tanto alarde por eso? —musito, burlona, lanzando una mirada fulminante a su insignificancia expuesta. Una risa clara y cruel escapa de mis labios.
Su rostro se enrojece de ira.
—Ya verás, perra. —Se lanza hacia mí.
Su pecho está a punto de rozarme cuando lo siento: algo falla.
La energía está allí, pero no fluye.Un vacío me atraviesa. Me desplomo sobre la cama, indefensa.
Él lo aprovecha de inmediato. Rasga la parte superior de mi vestido, dejando expuesto mi busto joven y ajeno. Cada roce, cada presión en esta piel que no es mía, la siento como propia.
Su aliento nauseabundo se posa en mi cuello. Me estremezco de asco.
Y entonces llegan los recuerdos. No míos. De ella.
De la verdadera dueña de este cuerpo: la duquesa Elizabeth.Todo encaja. Estamos atrapadas juntas. Yo tengo el control, pero ella siente.
Y su terror bloquea mi magia.Su mano se desliza bajo mi falda, tratando de separar mis piernas. Logro golpearlo, pero solo consigo enfurecerlo más.
—Será mejor para ti si cooperas —escupe con crueldad—. Quizás hasta lo disfrutes.
El golpe que me propina parte de mi labio.
Es difícil concentrarse. Necesito hacerla reaccionar.
"Coopera". La orden resuena en mi mente. "¿Acaso quieres que esa cosa asquerosa esté dentro de nosotras? Déjamelo a mí. Te aseguro que te gustará sentir el poder fluyendo por tu cuerpo.
Algo cambia. Lo siento. El flujo de energía vuelve a encenderse.
Sus dedos están a punto de invadirme cuando susurro:
—Jude fode sho... jude fode sho... jude fode sho...
Un instante después, el hombre se tambalea. Se lleva las manos al cuello. Jadea, gorgotea. Sus ojos desorbitados buscan aire, buscan respuestas.
Sonrío, fría.
—Y yo que pensaba ser amable —susurro, arreglándome el vestido con desdén mientras él se desploma.
Aún no es momento de hablar con la duquesa. Antes, debemos ponernos a salvo.
Con sigilo, abro la puerta. Afuera, dos hombres juegan con dados, riendo entre tragos. Sus conversaciones son tan vulgares como sus intenciones.
—Braulio se está demorando mucho, ¿crees que haya despertado? —dice uno.
—Eso espero. Tres días sin despertar es mucho tiempo, y no me agrada la idea de haberla matado —dice el segundo— aquel hombre se pondría furioso si muere antes de que él llegue a verla.
Un escalofrío me recorre. Incluso si pagaran su rescate, la duquesa jamás saldría viva de aquí. Y si lo hiciera... tal vez desearía no haberlo hecho.
No me resulta difícil escabullirme, pero debo apresurarme. Apenas me he alejado unos metros cuando un grito rasga la noche.
—¡No está! ¡Encuéntrenla!
Una voz nueva.
¿Cuatro personas para cuidar a una chica? Parece que no querían correr riesgos.
Doy un paso más... y entonces mis fuerzas me abandonan.
La oscuridad me envuelve.
Dos semanas después de aquella noche de tormenta, el mundo parecía distinto.El aire del cementerio, húmedo y saturado de incienso, envolvía a la multitud reunida. Lorenzo permanecía erguido, la mirada clavada en la tumba aún fresca de su hermano. A su lado, Odeth le sostenía la mano; más allá, Catalina temblaba y sollozaba como un tallo frágil, mientras Cielo intentaba consolarla sin éxito.Era un entierro en su mayor parte silencioso, incómodo, lleno de miradas cuyo único objetivo no era acompañar el momento de dolor de la familia, sino agradar al nuevo duque. Por fortuna, las autoridades fueron prudentes con los detalles de la muerte de Marcus.Las autoridades lo habían reportado ante todos de manera generalizada: un asesinato. Pero la envenenada realidad si fue suministrada a Lorenzo. Su hermano había sido descubierto por el esposo de su amante y asesinado allí mismo, en la cama que había compartido con la mujer. Desnudo, su dignidad había sido cortada y dejada a un lado, al igual
CIELOYa casi soy libre.Lo digo en silencio, como quien saborea una palabra prohibida. Libre del duque, de su sombra, de esa cadena invisible que me mantenía atada por Elizabeth. Ella era mi ancla, mi condena y mi razón. Mientras ella existía, yo soportaba. Por ella callé, por ella fingí. Pero ya no hay motivo para seguir haciéndolo.El duque lo dejó todo claro. Desde que supo que Elizabeth no era hija pura de alcurnia, perdió el interés en ella.Calculo que tengo, al menos, una semana para pensar cómo conseguir mi libertad legal. Una semana para planear mi huida definitiva, pero mientras tanto le exigí al viejo mudarme a una de sus tantas residencias vacías, lejos de todo. Lo merezco. Merezco eso… un respiro.Quiero recuperar las noches que nos robaron, las mañanas, los días que nunca vivimos. Quiero reconstruir el tiempo con mi musa.Sonreí al decidirlo, pero la sonrisa murió en mis labios cuando una criada llegó con la noticia: Jaime había sido herido y estaba hospitalizado.Salí d
JAIMECasi lo pierdo todo.Volví al bosque con la prisa del que corre para no llegar tarde a su propia desgracia. El escenario había sido armado, solo esperaba a los otros actores. No sabía a ciencia cierta como se desarrollaría la obra, pero algo me decía que hoy sería el estreno.La cabaña estaba alumbrada por dentro. Vi cómo aquel hombre de sotana atravesaba el umbral sin dudar. La bruja cerró la puerta tras de sí con una seguridad que rozaba la temeridad. ¿Se encierran un cura y una bruja entre cuatro paredes? Me pareció una estupidez, y sin embargo, no pude apartar la mirada. No debía.La lluvia empezó a romper el silencio. Primero, unas gotas tímidas; después, con tal fuerza que borraba los sonidos. Lo que ocurría allí dentro dejó de ser audible, pero no invisible: por la ventana empañada vi las manos moverse, gestos rápidos, la forma en que aquel hombre olfateaba la estancia como si ya supiera lo que encontró. Vi tarros de vidrio alineados en estantes, bulliciosos de líquidos p
ODETHDesde aquella mañana en que Lorenzo me siguió hasta el jardín y me dejó claras sus intenciones, la mansión se volvió un lugar peligroso para mí. Me dolía dejar a la duquesa —y a Cielo, a quien he llegado a apreciar—, pero Lorenzo fue implacable en su razón: "Mi padre no te aceptará. Te hará la vida imposible si sigues ahí". Le rogué a mi corazón que no latiera tan aprisa cuando escuchara su voz, me regañé por añorar sus manos cuando él debería estar con otra mujer. Una acorde a su clase. Pero el sentimiento superó a la lógica y terminé admitiéndo mi amor. Si, estoy enamorada por primera vez y aunque no se lo he dicho, por eso sedí a sus pretenciones.Regresé a la mansión con el rostro enrojecido y la mirada esquiva. Me sentía en un sueño y con temor a despertar. No se me ocurre de que otra forma explicarlo. Elizabeth, con una calma que me confunde, me sostuvo la mirada y me señaló con un gesto lleno de un cariño silencioso que fuera a arreglar mi vida. No hizo falta que dij
CIELOEl aire olía a lluvia y tierra revuelta. La mansión, que durante días había hervido con los preparativos del baile, ahora parecía contener la respiración. Solo nosotros tres estábamos en aquella habitación: el duque, Lord Marcus y yo. El mismo lugar donde horas atrás Jaime había sido encerrado. Sentí sus ojos en mi nuca, ojos de hombres que habían jugado a gobernar el mundo y ahora comprendían que yo podía torcerlo con el tronar de mis dedos.Con un movimiento de mano, el polvo se arremolinó y desapareció del suelo. Las velas se encendieron apenas mis dedos rozaron los pabilos, como si el fuego reconociera mi autoridad. Me agaché con una teatralidad calculada y tomé la tortuga. El caparazón brilló bajo la luz amarilla, húmedo, frío, con un pulso pequeño y tozudo latiendo en su interior. Esa vida, por insignificante que pareciera, era más valiosa que cualquier tesoro. No era la tortuga lo importante, sino su longevidad. Sin esa paciencia ancestral, ningún alma humana resistiría e
Mi primer impulso fue ir y conocer el lugar en que vivía la tal Zoraida. Era peor de lo que imaginé. Una choza casi a punto de desplomarse, rodeada de tierra reseca, sin huerta, sin flores, apenas unas gallinas famélicas que picoteaban en el polvo. Por un instante, lo confieso, sentí pena por ella.Pero la puerta chirrió.Me oculté tras un arbusto espinado, conteniendo la respiración. Una joven salió con un frasco pequeño entre sus manos. Caminaba con paso vacilante, como si el peso de aquel recipiente superara al de su propio cuerpo. Se detuvo a medio camino, alzó el frasco contra la luz, lo observó con nerviosismo y lo apretó fuerte, antes de esconderlo en su bolsa de mano.Mi instinto gritó: no podía dejarla escapar.La seguí unos metros, hasta que tuve la oportunidad de interceptarla en el sendero.—Señorita —dije con voz firme pero baja, para no asustarla más de lo que ya estaba.Ella se sobresaltó, sujetando con ambas manos la bolsa como si yo fuera un ladrón.—¿Quién... quién e







