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24. ELIZABETH - EVIDENCIA DE EVOLUCIÓN

Autor: GPG
last update Data de publicação: 2025-04-15 14:24:05
Hace días no estaba sola en mi cabeza. El silencio que antes me parecía normal, ahora se siente monótono. He dormido mucho en el interior, así que, pese al cansancio de este cuerpo, no quiero seguirlo haciendo aquí. Por eso me pongo una bata y salgo de la habitación para buscar aire fresco en el jardín.

Es de noche, así que ya no hay nadie rondando por la casa. El cielo está despejado y las estrellas tapizan aquel lienzo gigante, haciéndome sentir pequeña, casi insignificante. Me acomodo en una
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Último capítulo

  • EL DESPERTAR DE LA DUQUESA   75. FINAL Y EPÍLOGO

    Dos semanas después de aquella noche de tormenta, el mundo parecía distinto.El aire del cementerio, húmedo y saturado de incienso, envolvía a la multitud reunida. Lorenzo permanecía erguido, la mirada clavada en la tumba aún fresca de su hermano. A su lado, Odeth le sostenía la mano; más allá, Catalina temblaba y sollozaba como un tallo frágil, mientras Cielo intentaba consolarla sin éxito.Era un entierro en su mayor parte silencioso, incómodo, lleno de miradas cuyo único objetivo no era acompañar el momento de dolor de la familia, sino agradar al nuevo duque. Por fortuna, las autoridades fueron prudentes con los detalles de la muerte de Marcus.Las autoridades lo habían reportado ante todos de manera generalizada: un asesinato. Pero la envenenada realidad si fue suministrada a Lorenzo. Su hermano había sido descubierto por el esposo de su amante y asesinado allí mismo, en la cama que había compartido con la mujer. Desnudo, su dignidad había sido cortada y dejada a un lado, al igual

  • EL DESPERTAR DE LA DUQUESA   74. CASI JUNTOS

    CIELOYa casi soy libre.Lo digo en silencio, como quien saborea una palabra prohibida. Libre del duque, de su sombra, de esa cadena invisible que me mantenía atada por Elizabeth. Ella era mi ancla, mi condena y mi razón. Mientras ella existía, yo soportaba. Por ella callé, por ella fingí. Pero ya no hay motivo para seguir haciéndolo.El duque lo dejó todo claro. Desde que supo que Elizabeth no era hija pura de alcurnia, perdió el interés en ella.Calculo que tengo, al menos, una semana para pensar cómo conseguir mi libertad legal. Una semana para planear mi huida definitiva, pero mientras tanto le exigí al viejo mudarme a una de sus tantas residencias vacías, lejos de todo. Lo merezco. Merezco eso… un respiro.Quiero recuperar las noches que nos robaron, las mañanas, los días que nunca vivimos. Quiero reconstruir el tiempo con mi musa.Sonreí al decidirlo, pero la sonrisa murió en mis labios cuando una criada llegó con la noticia: Jaime había sido herido y estaba hospitalizado.Salí d

  • EL DESPERTAR DE LA DUQUESA   73. TORMENTA EN LA CABAÑA

    JAIMECasi lo pierdo todo.Volví al bosque con la prisa del que corre para no llegar tarde a su propia desgracia. El escenario había sido armado, solo esperaba a los otros actores. No sabía a ciencia cierta como se desarrollaría la obra, pero algo me decía que hoy sería el estreno.La cabaña estaba alumbrada por dentro. Vi cómo aquel hombre de sotana atravesaba el umbral sin dudar. La bruja cerró la puerta tras de sí con una seguridad que rozaba la temeridad. ¿Se encierran un cura y una bruja entre cuatro paredes? Me pareció una estupidez, y sin embargo, no pude apartar la mirada. No debía.La lluvia empezó a romper el silencio. Primero, unas gotas tímidas; después, con tal fuerza que borraba los sonidos. Lo que ocurría allí dentro dejó de ser audible, pero no invisible: por la ventana empañada vi las manos moverse, gestos rápidos, la forma en que aquel hombre olfateaba la estancia como si ya supiera lo que encontró. Vi tarros de vidrio alineados en estantes, bulliciosos de líquidos p

  • EL DESPERTAR DE LA DUQUESA   72. CALMA Y TORMENTA

    ODETHDesde aquella mañana en que Lorenzo me siguió hasta el jardín y me dejó claras sus intenciones, la mansión se volvió un lugar peligroso para mí. Me dolía dejar a la duquesa —y a Cielo, a quien he llegado a apreciar—, pero Lorenzo fue implacable en su razón: "Mi padre no te aceptará. Te hará la vida imposible si sigues ahí". Le rogué a mi corazón que no latiera tan aprisa cuando escuchara su voz, me regañé por añorar sus manos cuando él debería estar con otra mujer. Una acorde a su clase. Pero el sentimiento superó a la lógica y terminé admitiéndo mi amor. Si, estoy enamorada por primera vez y aunque no se lo he dicho, por eso sedí a sus pretenciones.Regresé a la mansión con el rostro enrojecido y la mirada esquiva. Me sentía en un sueño y con temor a despertar. No se me ocurre de que otra forma explicarlo. Elizabeth, con una calma que me confunde, me sostuvo la mirada y me señaló con un gesto lleno de un cariño silencioso que fuera a arreglar mi vida. No hizo falta que dij

  • EL DESPERTAR DE LA DUQUESA   71. LONGEVIDAD

    CIELOEl aire olía a lluvia y tierra revuelta. La mansión, que durante días había hervido con los preparativos del baile, ahora parecía contener la respiración. Solo nosotros tres estábamos en aquella habitación: el duque, Lord Marcus y yo. El mismo lugar donde horas atrás Jaime había sido encerrado. Sentí sus ojos en mi nuca, ojos de hombres que habían jugado a gobernar el mundo y ahora comprendían que yo podía torcerlo con el tronar de mis dedos.Con un movimiento de mano, el polvo se arremolinó y desapareció del suelo. Las velas se encendieron apenas mis dedos rozaron los pabilos, como si el fuego reconociera mi autoridad. Me agaché con una teatralidad calculada y tomé la tortuga. El caparazón brilló bajo la luz amarilla, húmedo, frío, con un pulso pequeño y tozudo latiendo en su interior. Esa vida, por insignificante que pareciera, era más valiosa que cualquier tesoro. No era la tortuga lo importante, sino su longevidad. Sin esa paciencia ancestral, ningún alma humana resistiría e

  • EL DESPERTAR DE LA DUQUESA   70. BASTA CON UN RUMOR

    Mi primer impulso fue ir y conocer el lugar en que vivía la tal Zoraida. Era peor de lo que imaginé. Una choza casi a punto de desplomarse, rodeada de tierra reseca, sin huerta, sin flores, apenas unas gallinas famélicas que picoteaban en el polvo. Por un instante, lo confieso, sentí pena por ella.Pero la puerta chirrió.Me oculté tras un arbusto espinado, conteniendo la respiración. Una joven salió con un frasco pequeño entre sus manos. Caminaba con paso vacilante, como si el peso de aquel recipiente superara al de su propio cuerpo. Se detuvo a medio camino, alzó el frasco contra la luz, lo observó con nerviosismo y lo apretó fuerte, antes de esconderlo en su bolsa de mano.Mi instinto gritó: no podía dejarla escapar.La seguí unos metros, hasta que tuve la oportunidad de interceptarla en el sendero.—Señorita —dije con voz firme pero baja, para no asustarla más de lo que ya estaba.Ella se sobresaltó, sujetando con ambas manos la bolsa como si yo fuera un ladrón.—¿Quién... quién e

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