FAZER LOGINEl aroma a café recién molido impregnaba la cafetería. La luz del mediodía se filtraba a través de los ventanales, iluminando las mesas de madera donde decenas de clientes charlaban animadamente. En una esquina, Annabel reía con esa dulzura que la caracterizaba, con las manos entrelazadas sobre la mesa mientras su amiga Lucía la miraba con ternura.
—Estás más radiante que nunca, Anna —comentó Lucía, removiendo distraídamente su té—. ¿Qué pasó? ¿Por qué esa sonrisa que no se te borra?
Los ojos de Annabel brillaron como los de una niña que guarda un secreto hermoso.
Lucía levantó las cejas, divertida.
Anna rió con suavidad, bajando la mirada como si su felicidad fuera demasiado grande para pronunciarla en voz alta.
—¿Y ya pensaron en la luna de miel?
Annabel asintió con entusiasmo.
Lucía se llevó una mano al pecho, exagerando su reacción.
—Así es —dijo Annabel, suspirando con ilusión—. No puedo esperar a empezar nuestra vida juntos.
El tiempo pasó rápido entre risas y confidencias, hasta que Annabel se levantó con un brillo decidido en los ojos.
—Anda, romántica empedernida —rió Lucía—. Nos vemos mañana.
La entrada al edificio de San Marco Enterprises imponía con su arquitectura moderna y sus muros de vidrio. Annabel entró con paso ligero, cargando el vaso de café en la mano. En la recepción la saludaron con cariño: todos sabían quién era Annabel, la dulce prometida del jefe.
Subió al ascensor hasta el último piso, sorprendida de no encontrar a nadie. El lugar estaba desierto, en un silencio casi solemne. Caminó hasta la oficina de su prometido. La puerta estaba entreabierta, y al empujarla lo encontró inclinado sobre el escritorio, firmando documentos con gesto concentrado. Él levantó la vista y sonrió.
—Anny, mi amor —dijo con calidez—. ¿Qué te trae por aquí?
—Quería traerte un café —respondió ella, dejando el vaso frente a él—. Y además avisarte que nuestros anillos están listos. Podríamos pasar a verlos.
La sonrisa de Leandro se ensanchó, aunque en sus ojos brillaba algo que Annabel no alcanzó a leer.
La puerta volvió a abrirse. Carol, la secretaria de Leandro, entró con un montón de papeles en brazos.
—Igualmente, Carol —contestó Annabel con naturalidad—. ¿Cómo te ha tratado mi novio? No suele ser muy gruñón contigo, ¿o sí?
La joven sonrió.
Annabel le lanzó una mirada divertida a su prometido, que se encogió de hombros.
—¿Permiso? —preguntó Annabel, curiosa.
—Sí. Mi abuelita está enferma y me tomaré un mes para cuidarla.
Los ojos de Annabel se suavizaron al instante.
Leandro fingió ternura exagerada, como si no existiera otra respuesta posible.
—Sí, señor. No se preocupe.
Tras la firma de los documentos, la secretaria se retiró. Annabel suspiró, satisfecha.
El CEO rodeó el escritorio y le tomó la mano.
Ya de vuelta, Annabel miraba la cajita con los anillos de matrimonio y sonreía con ternura. Tomó también la cajita con el collar y los pendientes que él le había regalado, pasando un dedo por ellos.
—Amor, no debiste. Están hermosos.
—Princesa, todo para ti. Si quieres la luna, la bajaré. Si quieres el mundo, lo pondré a tus pies. En seis meses serás mi esposa, y no habrá día que no te haga sentir la mujer más amada.
Annabel lo miró con el corazón rebosante y besó su mano antes de volver a contemplar los anillos.
El celular de Leandro vibró en su bolsillo. Lo sacó con discreción y leyó el mensaje:
“Mañana, ¿a qué hora haremos el cambio?”
Respondió sin titubear: “Mañana en la noche, en mi departamento.”
Guardó el teléfono antes de que Annabel lo notara. Su mente ardía de ansiedad. El viaje estaba a la vuelta de la esquina. Su secretaria lo esperaba, y pronto cumpliría su fantasía, aunque para lograrlo debía cederle su vida y a Annabel a su gemelo por un mes.
Mientras tanto, en un despacho muy distinto, otra pantalla iluminaba la penumbra. Lissandro San Marco leyó el mismo mensaje que había enviado su hermano. El mafioso sonrió de lado, y el hielo en su vaso tintineó como aquella noche del pacto.
Joaquín, su mano derecha, lo observó con recelo.
Lissandro apoyó el vaso en la mesa y se recostó en el sillón.
—Lo tienes todo planeado. Solo sigue el curso trazado, no te desvíes.
—No tienes que decírmelo. Lo primero será abrir los puertos para nuestra organización. ¿Tienes todas las rutas?
—Sí. Aquí está todo. Los capitanes fueron avisados y adelantamos las rutas del próximo mes.
—Perfecto. —Una sonrisa letal se dibujó en sus labios. — Leandro ni se imagina lo que se le viene.
EPILOGOCuatro años después.Pasaron en un abrir y cerrar de ojos.La mansión ya no olía a recién nacidos ni a leche tibia. Ahora olía a pasto recién cortado, a pastel de cumpleaños y a primavera.En el jardín, bajo un cielo despejado y luminoso, los tres pequeños San Marco corrían como si el mundo les perteneciera. Risas agudas, espadas de juguete, capas improvisadas.Victoria, la princesa de la casa, estaba sentada en una manta floral jugando con su muñeca, concentrada como si organizara un reino entero.Leandro y Lissandro observaban la escena con los brazos cruzados y una sonrisa tranquila.—¿A qué hora llegarán los demás? —preguntó Leandro sin apartar la vista de sus hijos.—Deben estar por llegar —respondió Lissandro—. Ya sabes que nadie quiere perderse el cumpleaños número cuatro de los San Marco.Como si el universo escuchara, el timbre sonó.Luz y Cristian entraron primero, tomados de la mano, y detrás de ellos Aurora, que corrió directa hacia Victoria.—¡Victooooriaaa!Las d
La habitación de la clínica estaba en silencio.Un silencio distinto al de la casa el día anterior.Más limpio. Más tranquilo. Con el sonido suave de los monitores y la respiración acompasada de un recién nacido.Aurora dormía en la cuna transparente, envuelta en una mantita blanca, sus pequeños labios apenas entreabiertos.Cristian estaba sentado al borde de la cama, acariciando la mano de Luz y besando sus labios con ternura.—¿Cómo te sientes, muñequita?Luz sonrió, todavía algo pálida pero radiante.—Mejor… pensé que sería peor. Pero Aurora llegó muy rápido.Cristian miró hacia la cuna y negó con una sonrisa incrédula.—Sí… y sin avisar. Pequeña traviesa, casi le hace dar un infarto a su pobre padre.Luz soltó una risa suave y lo atrajo para besarlo.—Eres el hombre más valiente que conozco.Cristian apoyó la frente en la suya.—Valiente nada… me desmayé como un principiante.—Pero la recibiste. Eso no lo hace cualquiera.Él la abrazó con cuidado, protegiéndola como si aún pudiera
El golpe fue seco.Cristian cayó como un árbol talado.Silencio.Un segundo.Dos.Y luego——¡¡¡¡¡¡¡¡CRISTIAAAAAAAAAAAN!!!!!!!Luz intentó incorporarse, pero el cansancio la devolvió contra las almohadas.—¡No se muevan! —ordenó Luciano de inmediato, reaccionando como médico antes que como amigo.Arthur fue el primero en agacharse junto a Cristian.—¡Oye! ¡Hermano! ¡No me hagas esto ahora!Leandro dejó la pequeña bañera a un lado y se arrodilló también.—Se desmayó… nada más —dijo Luciano mientras le revisaba el pulso—. Pulso normal… respiración estable… es un simple desmayo por estrés.Lissandro apareció en la puerta con una sonrisa burlesca.—¿En serio se desmayó después de recibir a su hija?—Cállate —murmuró Arthur—, que tú casi vomitas cuando nació la tuya.Un pequeño gemido salió de Cristian.—¿Ya nació…? —susurró con los ojos cerrados.—Sí, dramático —respondió Luciano—. Y sigues vivo.Cristian abrió los ojos lentamente. Lo primero que vio fue el techo.Lo segundo, cuatro caras m
Cristian corrió hacia el baño como si el suelo se deshiciera bajo sus pies.Luz estaba casi agachada, apoyada en la pared, con el rostro pálido… y un charco de agua a sus pies.—¡Muñequitaaaaa! —su voz salió rota.Luz levantó la mirada hacia él, sudorosa, temblando.—La bebé… la bebé viene…—¡¿QUÉEE?! ¡Si faltan dos semanas!Una contracción la atravesó con violencia. Su cuerpo se dobló y estuvo a punto de caer, pero Cristian la sostuvo justo a tiempo.—Vamos al hospital, ahora mismo —dijo desesperado.Luz negó con la cabeza, respirando con dificultad.—No… no hay tiempo… creo que saldrá ahora…El rostro de Cristian perdió todo color.—¡¿QUÉEEEE?! ¡AUXILIOOOOO!Su grito retumbó en la casa.En cuestión de segundos, Luciano, Lissandro y Arthur aparecieron corriendo.—¿Qué pasa?—¡Luz! ¡Luz está pariendo!—¿Quéeeee?Luciano se abrió paso sin pedir permiso.—Déjenme ver.Cristian intentó bloquearlo instintivamente.—Oye, no le meterás la mano a mi mujer.—¡Córrete, tarado, soy médico! —esp
El aire de la clínica tenía ese olor limpio y frío que a Leandro nunca le había gustado, pero esa mañana todo era distinto. Ya no era el lugar donde sus mujeres habían sufrido, sino el lugar donde sus hijos habían llegado al mundo.—Hermano, esta es la mejor decisión —dijo Lissandro con voz firme mientras miraba por la ventana que daba al jardín —. Que Agatha pase sus diez primeros días en mi mansión, junto a Anna. Así podremos cuidarlas mejor.Leandro asintió lentamente. Tenía las manos en los bolsillos, pero su mirada estaba perdida en el jardín exterior, justo al lado de su gemelo.—Sí… además le temo demasiado a la depresión postparto. Leí que si pasan más tiempo en familia, sostenidas y apoyadas, hay menos riesgo.No era un miedo pequeño. Era uno profundo. Silencioso. De esos que no se dicen mucho, pero que pesan.—¿Cómo has visto a Agatha? —preguntó Lissandro—. ¿Te ha dicho algo?Leandro sonrió apenas.—Nada. Está feliz… cansada, claro, pero feliz. Los mira como si fueran el univ
La enfermera llegó hasta donde estaba Leandro, que permanecía embobado mirando a sus gemelos mientras Agatha dormía profundamente. La habitación estaba en silencio, apenas interrumpido por la respiración suave de ella y los pequeños sonidos que hacían los recién nacidos al acomodarse en sus cunas.—Señor San Marco —susurró la enfermera con delicadeza.Leandro levantó la vista, todavía con los ojos brillantes.—Dígame.—Su hermano pregunta si desea compartir habitación. Así estarán juntas las señoras.Por un segundo miró a Agatha, luego a sus hijos. Sonrió.—Me parece bien.—Está bien, le informaré. En un momento, cuando ella despierte, los cambiaremos.—Está bien, gracias.La enfermera salió sin hacer ruido.Leandro volvió a mirar a Agatha. Se acercó despacio, tomó su mano entre las suyas y apoyó los labios sobre sus nudillos.—Mi niña… no sabes lo feliz que me has hecho. Te entrego mi vida, mi fortuna, mi empresa… te entrego mi alma. Eres todo para mí, mi niña.Besó su mano mientras







