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Capítulo 3

Autor: Arenita
last update Fecha de publicación: 2026-03-21 09:00:10

Génesis

Es alto. Mucho. 

Lleva un traje negro perfectamente ajustado, camisa oscura y una expresión tan fría que por instinto doy un paso atrás. 

Su rostro parece tallado con demasiada precisión para ser real: mandíbula firme, nariz recta, pómulos marcados, cabello oscuro peinado hacia atrás con un leve desorden calculado. 

Pero son sus ojos los que me detienen.

No son cálidos. No son amables. 

Son ojos de hombre acostumbrado a mandar, a poseer, a decidir quién se queda y quién desaparece.

Me observa en silencio. De pies a cabeza. Sin pudor. Sin apuro.

Y por primera vez desde que salgo de mi edificio, siento miedo de verdad.

—¿Génesis Beatriz Night? —pregunta.

Su voz es profunda, impecable, baja. Demasiado tranquila.

—Sí.

—Siéntese.

No dice por favor. Yo no me siento de inmediato.

—Antes quiero saber quién es usted.

Él ladea apenas la cabeza, como si no estuviera acostumbrado a que lo cuestionen.

—Cassian Velmont.

El nombre me suena caro. Peligroso. Como si debiera conocerlo aunque nunca lo haya escuchado.

—¿Es médico?

—No.

—Entonces, ¿por qué tiene acceso a mis expedientes?

Se acerca a una mesa baja, toma una carpeta y la deja frente a mí.

—Porque puedo conseguir cualquier cosa que necesite.

No es una respuesta. Es una advertencia. Mi piel se eriza.

—Eso no explica por qué me eligió.

—Su perfil era adecuado.

—¿Adecuado para qué?

Su mirada baja un instante hasta mis manos, donde los nudillos se me han puesto blancos de tanto apretar el bolso.

—Para un proceso reproductivo confidencial.

Ahí está otra vez esa frase. Limpia. Técnica. Fría.

—Quiero que me lo diga sin rodeos.

Cassian da un paso hacia mí. Solo uno. Y aun así siento que la distancia entre nosotros desaparece.

—Quiero que geste a mi hijo.

Las palabras caen sobre mí con la fuerza de un golpe. Parpadeo. Una vez. Dos. Tal vez no escuché bien.

—¿Qué?

—Sería bien recompensada.

Me río. No porque tenga gracia. Porque mi cuerpo no sabe hacer otra cosa con el shock.

—No. No, espere. ¿Esto es en serio?

—Muy en serio.

—¿Me trajo aquí en mitad de la noche para pedirme que tenga un bebé con usted?

—No le estoy pidiendo nada. Le estoy ofreciendo un contrato.

Abro la carpeta con manos torpes. 

Hay hojas y más hojas llenas de términos médicos, cláusulas, cifras, condiciones de confidencialidad y una suma de dinero tan absurda que el corazón se me detiene un segundo.

—Esto tiene que ser una broma.

—No lo es.

—¿Por qué yo?

—Compatibilidad biológica. Ausencia de lazos familiares fuertes. Necesidad económica. Discreción probable.

Cada palabra suya me humilla más que la anterior.

—¿Investigó toda mi vida?

—Solo lo necesario.

—Habla como si estuviera comprando un vientre.

—Lo estoy haciendo.

Lo miro, atónita. Lo peor no es que lo diga. Lo peor es que no siente vergüenza.

—No soy una incubadora.

—Eso depende de cuánto valore seguir viva.

Mi respiración se corta. 

Él lo sabe. Claro que lo sabe. 

Mi enfermedad. Mis análisis. Mi pobreza. Mi desesperación. 

Todo eso está sobre esta mesa, junto al contrato, como si fueran objetos negociables.

—Es un monstruo —susurro.

No se inmuta.

—Soy un hombre práctico.

—No sabe nada de mí.

—Sé suficiente.

Aprieto la mandíbula para no llorar frente a él.

—¿Y qué pasa si digo que no?

Cassian se sienta por fin frente a mí. Apoya una mano sobre el brazo del sillón con una calma que me revuelve el estómago.

—Se irá con el dinero del adelanto por las molestias. Nadie volverá a contactarla. Y seguirá su vida exactamente como estaba antes de entrar aquí.

Sigo su vida. Es decir: enferma, sola, arruinada y a punto de perderlo todo. Odio que lo sepa. Odio más que tenga razón.

—Quiero saber en qué consiste exactamente.

Él hace un gesto casi imperceptible, y la mujer de gris aparece como si hubiera estado esperando detrás de la puerta. 

Deja una bandeja con agua, té y otra carpeta más delgada, luego desaparece.

Cassian desliza el segundo documento hacia mí.

—Atención médica privada las veinticuatro horas. Alojamiento permanente en esta propiedad durante todo el proceso. Todos sus gastos cubiertos. Un pago inicial, pagos mensuales y una compensación final al término del embarazo.

—¿Término del embarazo?

—Después del parto, el bebé permanecerá conmigo.

La frase me deja fría.

—¿Y yo?

—Dependerá de los términos elegidos.

—¿Elegidos?

—Puede marcharse después del alumbramiento o aceptar un acuerdo de manutención extendida con restricciones.

Cierro la carpeta de golpe.

—Habla de esto como si estuviera ordenando muebles.

—La emoción no mejora los contratos.

—Pues a mí sí me importa —escupo—. Me importa qué me harán, qué riesgos hay, por qué no busca una mujer sana que quiera esto, por qué tanta confidencialidad, por qué yo tengo que vivir aquí como prisionera.

Cassian me mira en silencio unos segundos. Su expresión no cambia, pero algo en sus ojos se endurece.

—Porque necesito control absoluto del proceso.

—Eso no responde nada.

—Es la única respuesta que obtendrá por ahora.

Me pongo de pie.

—Entonces no voy a firmar nada.

Quiero sonar firme. Fuerte. Indignada.

Pero el mareo me traiciona justo cuando doy el primer paso. 

La habitación se inclina y me tambaleo. 

Cassian se levanta con rapidez, me sostiene del brazo antes de que caiga y ese simple contacto me produce un estremecimiento raro, violento, demasiado intenso.

Su mano está helada.

No fría.

Helada.

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Último capítulo

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