INICIAR SESIÓNCAPÍTULO 2: EL CAMINO AL DESTINO
LEYLA —¡No! ¡Leyla, no puedes hacerlo! —Lyra corre hacia mí y me abraza con fuerza—. ¡Dicen que los elfos usan a las humanas para experimentos! ¡Que nos despojan de nuestra humanidad para que sus hijos nazcan con magia! La miro con todo el amor que siento hacia ella mientras le acaricio el cabello, intentando que mis propias manos no tiemblen. Ella, al igual que yo, había crecido escuchando todas esas historias; pero lo cierto era que ninguna humana que haya traspasado las puertas de este reino ha regresado para contar lo que allá afuera sucedía con ellas. Los rumores se convertían en verdades por falta de voces que los desmintieran. El mundo de las cinco razas era un lugar oscuro, construido más sobre el miedo que sobre certezas. Los elfos eran seres de una belleza sobrenatural, pero que eso no te deje engañar: su arrogancia y su falta de empatía los hacía temibles. O al menos eso decían quienes jamás habían cruzado el Bosque de Cristal. Luego están los orcos que, según se decía, bajo su apariencia humana escondían instintos salvajes y brutales. Y los hombres lobo... de ellos solo se hablaba en susurros. Se decía que son monstruos sedientos de sangre que marcan a sus hembras con colmillos y las reclaman como su propiedad absoluta. Nunca supe si ese miedo era un reflejo de su verdadera naturaleza… o del horror que nos provocaba imaginar un poder que no podíamos controlar. «Al menos voy a ir al reino de los elfos», pensé. Se dice que su príncipe, Vaelorn, es el ser más hermoso que jamás ha pisado la tierra. Con un poco de suerte me tocaría ser su compañera y, con otro poco de suerte y siendo lo suficientemente astuta, quizás pueda negociar mi existencia. No era amor lo que esperaba encontrar allí; era supervivencia. La esperanza es lo último que se pierde. —Es la única forma, Lyra —susurro para que solo ella pueda escucharme—. Si voy yo, tú estarás a salvo. Si yo voy, nuestro padre conservará su corona y el pueblo tendrá pan y paz por un año más. No era justo, lo sabía. Pero en este mundo las decisiones de las mujeres siempre parecían estar hechas para sostener los errores de los hombres. Si me preguntaban, realmente no quería hacerlo; estaba aterrada de salir de mi zona de confort, de la seguridad del castillo de mi hogar. Levanto la mirada y veo al canciller Ferrick asentir, aunque en sus ojos vislumbro una pizca de lástima. Odio la lástima; no puede hacer nada por nadie, y tampoco repara los destinos que ya han sido marcados. —Es un gesto noble, Princesa. El carruaje real partirá al amanecer; los guardias del rey la escoltarán hasta la frontera del Bosque de Cristal. Estando allí, los elfos la recibirán. Asiento como puedo y trago el nudo que se forma en mi garganta; mi estómago se revuelve por los nervios. Por dentro estoy gritando porque no quiero ir a ningún lado. Mi padre se cubre el rostro con ambas manos y solloza. Eso hace que la respiración se me corte; nunca antes había visto a mi padre llorar, no al gran rey Aldric. Este hombre delante de mí está roto: un soberano que acaba de canjear la vida de su primogénita por su propio trono. O eso es lo que él está pensando. Yo no podía permitirme verlo así; no ahora. No cuando mi decisión ya estaba tomada. —Su Majestad, es importante que salga allá afuera y les haga saber la noticia. No quise quedarme para ver cómo mi padre anunciaba que entregaría a su hija mayor como tributo. Salí del gran salón y me fui a mi habitación. Lyra entendió el mensaje no dicho de que quería estar sola; necesitaba asimilar lo que estaba a punto de ocurrir. Esa noche no pude dormir nada; me fue imposible. Me dediqué a empacar lo mínimo: algunos libros, un puñal de plata oculto en el forro de mi bota, un colgante con el escudo de mi madre y algo de ropa. Cada objeto que guardaba en el equipaje se sentía como una despedida. Me paro frente al espejo, observo mi reflejo y me pregunto si alguna vez volveré a verme así, o si el "tributo" me cambiará para siempre. No tengo ni idea de lo que el destino tiene planeado para mí, pero sé que no volveré a ser la misma después de cruzar esas fronteras. Al amanecer, el ambiente era diferente. El aire se sentía distinto; la multitud ya se encontraba reuniéndose nuevamente en la plaza, pero esta vez ya no gritaban. Guardaban un silencio sepulcral mientras el carruaje negro, tirado por cuatro caballos purasangre, se detenía frente a las escaleras del palacio. No vi odio en sus miradas; vi alivio. Y eso dolió más que cualquier grito. «Muy bien, ha llegado el momento. Puedo hacer esto, sé que puedo», me repito ese mantra en mi cabeza mientras agarro con fuerza los bordes del abrigo de piel que llevo sobre mi vestido de viaje. Respiro hondo y enderezo mi columna, volviéndola de acero, mientras salgo con el mentón en alto sin mirar atrás y subo al carruaje. No puedo dejar que nadie vea que por dentro me estoy desmoronando. Estoy muerta de miedo. Joder, quién no lo estaría; estoy a punto de ser llevada para ser entregada y luego... No, no pensaría en ello. —¡Que los dioses te protejan, Leyla! —grita alguien desde la multitud. El carruaje se pone en marcha y las armaduras de los guardias reales tintinean mientras cabalgan a los lados. A medida que la ciudad queda atrás y nos adentramos en los caminos boscosos, me echo hacia atrás alejándome de la ventanilla. Me daba miedo el lugar; aquí es donde se comienzan a marcar los límites de los territorios humanos y la neblina empieza a descender. Sentía como si el mundo que conocía se estuviera cerrando detrás de mí, puerta por puerta. —Majestad —la voz del capitán de la guardia real suena a medida que se acerca en su caballo y el carruaje se detiene—. El cielo se está cerrando. Hay una tormenta que se avecina y los rayos que se ven no son normales para esta época. El camino principal al Reino de los Elfos está bloqueado por un desprendimiento de rocas. Tendremos que rodear por el Paso Sur. Un escalofrío me recorre y no tiene nada que ver con el clima. —¿El Paso Sur? ¿No es ese el límite del territorio del Paso de los Aullidos? No obtengo una respuesta rápida de su parte. Me asomo a la ventanilla para verlo a través del cristal, pero él evita mi mirada; veo la duda en su cara. —Es territorio de nadie, Princesa. O eso dicen los mapas antiguos. No pasaremos tan cerca del territorio de los lobos, pero es nuestra única ruta si queremos llegar antes de que la tormenta nos atrape en campo abierto. El Reino de los Elfos nos espera al atardecer. Asiento lentamente, no muy convencida. Una extraña sensación me oprime el pecho; algo me dice que ese "territorio de nadie" es en realidad el reino de los lobos. El dominio de Krul, el Alfa de Sangre; el hombre que, según decían, había arrancado el corazón de su propia compañera con sus propias manos... o garras. Nadie sabía si esa historia era cierta, pero todos la repetían como si el miedo necesitara un rostro al que aferrarse. Mientras el carruaje se adentra en la espesura, el viento empieza a aullar, un sonido que se parece demasiado al de un lobo reclamando lo que es suyo. Rápidamente me inclino y aprieto el puñal oculto en mi bota. No estoy segura de que un puñal de plata pueda protegerme del peligro que acecha fuera, entre los árboles, esperando el momento exacto para saltar. Pero me aferro a él como si fuera una promesa de que, pase lo que pase, no me rendiré sin luchar.CAPÍTULO 49: EPISODIO EXTRA/PARTE 3EL SILENCIO DEL TRONO(Ocurre simultáneamente a los eventos del capítulo 38: sangre en la nieve)—Eres un traidor, Ferrick. Has usado mi confianza para jugar a ser Dios con la vida de mi familia.—Soy un hombre que se negó a seguir siendo cómplice de tu parálisis —respondió el canciller—. He liberado una cadena de eventos que tú nunca te atreviste a iniciar. El tablero se ha movido, Aldric. Y tú no puedes devolver las piezas a su lugar original.Aldric avanzó hasta quedar a escasos milímetros del rostro de Ferrick.—Podrías haber destruido este reino. Podrías haber provocado que nos borraran del mapa.Ferrick sonrió apenas, una mueca de victoria amarga.—O salvarlo. A veces hay que quemar el bosque para que el suelo vuelva a ser fértil.—Provocando que elfos y lobos se despedacen entre ellos —dijo Aldric—. Usando a mi hija como el cebo de una trampa sangrienta.—Eliminando a quienes nos han tratado como ganado durante generaciones —replicó F
CAPÍTULO 48: EPISODIO EXTRA/PARTE 2EL SILENCIO DEL TRONO(Ocurre simultáneamente a los eventos del capítulo 38: sangre en la nieve)—El derrumbe —dijo el rey lentamente, saboreando el amargor de las palabras—. Fue provocado. No fue un accidente de la montaña, ni un castigo divino. Fue provocado por mis propios hombres.Silencio. Un segundo que pareció durar una eternidad.—Sí.La palabra no vino del capitán suplicante. Vino de Ferrick. Sin titubeos. Sin rastro de arrepentimiento. El canciller sostuvo la mirada del rey con una fijeza que bordeaba el desafío. Aldric avanzó un paso, invadiendo el espacio personal de Ferrick. El aire se volvió pesado, irrespirable, como si la estancia estuviera perdiendo el oxígeno.—Explícate —exigió el monarca.—El camino hacia el reino elfo fue bloqueado por nuestras propias manos —declaró Ferrick, elevando el mentón—. No por los lobos. No por un capricho de la naturaleza. Por nosotros. Fue una maniobra necesaria para evitar un mal mayor.El ca
CAPÍTULO 47: EPISODIO EXTRA/PARTE 1EL SILENCIO DEL TRONO(Ocurre simultáneamente a los eventos del capítulo 38: sangre en la nieve)La noche no cayó sobre el reino; se lo tragó.No fue un descenso gradual de la luz, sino una embestida de sombras que pareció devorar cada rincón de la tierra conocida. Las torres del castillo se alzaban como dedos negros y esqueléticos contra un cielo carente de estrellas, un vacío absoluto donde las nubes se arremolinaban con una violencia contenida, como si el propio firmamento estuviera al borde de romperse bajo el peso de una verdad insoportable. El viento no soplaba: acechaba. Se deslizaba por los pasillos de piedra con una intención casi depredadora, apagando las antorchas con soplos gélidos y susurrando secretos antiguos entre las grietas de los muros; palabras que deberían haber quedado enterradas en el polvo de los siglos.Y, sin embargo, alguien lo hizo.El rey Aldric avanzaba solo por las entrañas de su propio castillo. A esa hora, la for
CAPÍTULO 46EPÍLOGO PARTE 2: LA SEMILLA DE LA MONTAÑALEYLA(Seis meses después de la Batalla de Vargheim)La paz en Vargheim es, por fin, una realidad sólida, aunque siempre vigilada por el filo de nuestras hachas. Arandhia, sin embargo, se ha sumido en un silencio sepulcral que me inquieta más que el rugido de cualquier batalla. Mi padre, el rey Aldric, no ha caído. Al contrario, se ha atrincherado en su trono de mármol frío, gobernando con una mano de hierro que ha asfixiado cualquier rastro de alegría en su reino. Los informes de nuestros informantes son claros: Aldric ha convertido su palacio en una fortaleza de desconfianza, castigando con la muerte a cualquiera que ose mencionar mi nombre o la existencia de Vargheim. Sigue allí, ostentando una corona manchada de traición, tejiendo en las sombras una red de odio que, estoy segura, intentará lanzarnos encima tarde o temprano. Su silencio no es paz; es el acecho de un lobo viejo que espera que bajemos la guardia.Pero son las no
CAPÍTULO 45EPÍLOGO PARTE 1: LA SEMILLA DE LA MONTAÑALEYLA(Seis meses después de la Batalla de Vargheim)El verano en las altas cumbres de Vargheim no se parece en nada a los estíos asfixiantes de Arandhia. Allá abajo, en las tierras de mi padre, el sol es un tirano que agosta los campos de trigo y obliga a los siervos a buscar una sombra inexistente. Aquí, en mi verdadero hogar, el verano es un despertar vibrante, un estallido de vida que se abre paso entre la piedra milenaria. El aire, aunque cargado con el perfume de los pinos y las flores silvestres que nacen en las grietas, conserva ese toque gélido del deshielo que baja rugiendo por los ríos de la montaña. Pero para mí, el cambio más trascendental no está en el verde eléctrico de los valles ni en el cielo despejado; el cambio late dentro de mí, un peso dulce y firme que ahora llevo bajo el corazón, transformando mi cuerpo y mi alma en un santuario.Estoy sentada en el balcón de la cámara real, dejando que la brisa acaricie
CAPÍTULO 44: UNA AULLIDO DE VICTORIALEYLA—¡VARGHEIM! —la voz de Krul truena en las vigas del salón—. El invierno ha sido sangriento. Pero hoy, el Alfa y la Luna os entregan un nuevo mandato. No somos enemigos de los humanos que buscan refugio, ni somos esclavos de los elfos que codician nuestra esencia. Somos una sola sangre. Y mientras el corazón de mi Luna lata junto al mío, esta fortaleza será la luz que guíe a este mundo fuera de la oscuridad.Un aullido ensordecedor, una canción de victoria que hace vibrar las piedras del castillo, se eleva desde el patio. Es el himno de un nuevo imperio naciendo de las cenizas. Un sentimiento que no sé cómo describir recorre mi cuerpo antes de unirme a sus gritos, porque ahora todos ellos son familia y aquí es donde pertenezco. Por fin siento que he encontrado mi verdadero lugar en este mundo lleno de codicia, traición y política.Pasamos todo el día con la manada, entre comidas, bebidas y ayudando a restablecer nuevamente la Fortaleza de Co







