FAZER LOGINJulienne Percy
Abrí los ojos lentamente, con la cabeza latiéndome como un tambor. Mis sentidos tardaron unos segundos en ubicarse. El techo no era el mío. La fragancia del lugar era intensa, amaderada, masculina. Todo era desconocido.Mi cuerpo dolía levemente, como si hubiera sido arrastrado por una tormenta. Al incorporarme entre sábanas de algodón fino, la habitación se reveló: muebles oscuros, paredes de piedra, una ventana enorme que daba a un bosque espeso. No era mi habitación. Ni mi casa.
Me incorporé poco a poco, un escalofrío recorriéndome la columna. El entorno era ajeno. Paredes de piedra, un hogar con restos de brasas aún tibias, alfombras gruesas bajo mis pies descalzos. Todo era elegante, sobrio, masculino.
Y entonces me golpeó el recuerdo. No con claridad, no como una película reproducida en mi mente, sino con flashes:
Un cuerpo sobre el mío.
Una voz profunda, grave. Unos ojos… ¿azules? ¿grises? ¿Negros tal vez? El olor del bosque, del poder, del deseo puro. Mi celo.Me cubrí la boca, aturdida. Me había entregado a alguien… durante mi primer celo. Pero no sabía a quién. No recordaba su rostro. Solo su piel ardiendo contra la mía, su olor, su fuerza. Me sentí vacía. Usada. Rota.
—¿Qué hemos hecho, Naseria? —interrogué en voz baja, apelando a mi loba interior, con miedo a lo que debía enfrentarme.
Me miré: estaba desnuda, envuelta apenas en una sábana. Mi ropa yacía hecha jirones en el suelo. No había forma de recuperarla. El corazón me latía con fuerza mientras me ponía de pie y me acercaba, temblorosa, al armario. Saqué una camisa negra, amplia, de tela gruesa y olor potente. Me la puse con manos temblorosas.
—No recuerdo mucho —la escuché susurrar en mi mente. Naseria, mi loba, también parecía confundida. Eso era lo peor. Si ella no sabía quién fue, ¿cómo podía saberlo yo?
Salí al pasillo. Todo estaba en silencio. El aire era denso, como si el pecado de lo que hice se hubiera quedado suspendido entre esas paredes. Bajé las escaleras lo más silenciosamente posible, conteniendo la respiración. No sabía de quién era esa casa, pero tenía la sensación de que debía salir antes de que alguien me descubriera.
Al llegar a la puerta principal, una punzada de terror me atravesó: ¿y si me encontraba con Elion? ¿Y si él reconocía el olor? Aún lo tenía encima. Estaba marcada, envuelta en el aroma de otro hombre.
Empujé la puerta. El aire del bosque me golpeó como un latigazo, fresco y puro, contrastando con el calor de la vergüenza que ardía en mis mejillas. Corrí. Corrí como si pudiera dejar atrás lo que había hecho, como si el viento pudiera limpiarme.
Llegué a mi casa, empapada de sudor, la camisa pegada a mi cuerpo, el olor de ese desconocido aún impregnado en mí. Fui directo a mi habitación en donde me dejé caer en el suelo de madera, abrazando mis rodillas, con las manos temblorosas.
No sabía con quién me había acostado.
Engañé y rompí un juramento de sangre de mi familia con la de Elion, y eso… eso solo se paga con muerte.
(…)
Rachell llegó la tarde después de lo ocurrido, ella había sentido lo rara que estaba. Nadie conocía mis emociones como ella. Y desde que entró por la puerta y me vio acurrucada en el sofá, con los ojos enrojecidos, supo que algo andaba mal.
—¿Qué pasó, Julienne? —preguntó suavemente, sentándose a mi lado. Su presencia era como una manta cálida, un refugio. Rachell, mi mejor amiga desde la infancia. Ella, Elion y yo siempre habíamos sido un trío inseparable. Pero ahora, todo seguro iba a cambiar por lo que hice.
Tragué saliva, con el corazón en un puño. Me arriesgaba al contárselo, pero la carga me estaba asfixiando, no podía seguir ocultando esto.
—Rachell… —mi voz salió quebrada, como si la presión de todo lo que había vivido en las últimas horas estuviera a punto de romperme—. Anoche… me acosté…
Sus ojos se agrandaron. Su cuerpo se tensó.
—Dime que no fue Elion… —murmuró, casi en un susurro. Su mirada se volvió intensa, cargada de algo que no pude descifrar por todo lo que llevo cargando en este momento.
—No… no fue Elion —dije, sintiendo el peso de la verdad que iba a salir de mis labios—. Lo peor de todo es que no sé quién fue. Todo fue tan… confuso. Rápido. Necesario. Mi celo…
Las palabras flotaron entre nosotras como cuchillas.
—¿Julienne, estás diciendo que… que perdiste el control durante tu primer celo? —su voz tembló, no por juicio, sino por miedo a lo que eso implicaba. Asentí con la cabeza, y las lágrimas comenzaron a caer sin que pudiera detenerlas. —Ay, Jule… ¿Qué hiciste? —susurró, y me abrazó de inmediato, como si pudiera sostenerme cuando yo misma me estaba desmoronando.
—No lo sé. Me desperté en una habitación que no era la mía, ni de Elion. No había nadie. Tomé una camisa del closet y salí corriendo, Rachell, ni siquiera recuerdo su cara. Solo su olor, su cuerpo… y que tiene tatuajes.
—¿Estás segura de que fue alguien de la manada? —preguntó con cautela. Pero ambas sabíamos que no era una pregunta real. Lo sabíamos. Yo lo sentía en los huesos.
—No lo sé… y temo que haya sido alguien importante. Su olor… su autoridad… me hicieron doblegarme sin dudar. Era un alfa… un invitado de Elion o sus padres.
Rachell palideció.
—Diosa… esto es un puto desastre.
—Lo es… lo será si llegan a descubrirlo —la mire con desesperación—. Solo… prométeme que no le dirás a nadie. Que esto se queda entre nosotras.
— Ella me miró a los ojos, y asintió.
—Lo juro. Pero tienes que tener cuidado. Esto… esto puede cambiarlo todo, Jule.
Lo sabía… Porque si se llegaba a saber, si Elion descubría que me había acostado con otro, con un alfa que no era él… todo se derrumbaría. Y yo no solo perdería mi honor, sino también mi vida.
Sin embargo, la mañana siguiente todo se puso peor… y la traición llego de quien menos lo esperaba.
Rachel.
Davian Taleyah El sol de la mañana se filtraba por los ventanales del despacho, dorando los muebles de madera oscura y el tapete persa que Auren insistía en mantener aunque yo no encontraba razón alguna. En mis brazos, Khaos jugueteaba con mis dedos, apretándolos con su fuerza diminuta mientras balbuceaba sonidos que apenas podía entender. Su olor a leche tibia y piel limpia llenaba la habitación, calmando todo a mí alrededor.Habían pasado varios días desde la batalla, pero las secuelas aún se sentían en la manada. Algunos lobos no regresaron. Otros, aún heridos, con cuerpos y almas marcadas por la guerra. Entre ellos, Emma. La pequeña omega que Kian había protegido con la fiereza… su luna.El teléfono vibró sobre el escritorio. Miré la pantalla: Kian Duncan.Apreté la mandíbula y deslicé el dedo para contestar.—Al fin —dije en tono bajo, caminando hacia la ventana con Khaos apoyado en mi hombro—. ¿Cómo está Emma?—Está viva, Davian —respondió al fin, con voz ronca—. Despertó hace
Emma BakerLa luz se filtraba entre las rendijas del techo, bañando la habitación con un tono dorado y cálido. No sabía cuánto tiempo había dormido desde la última vez que abrí los ojos, pero el aire fresco y el silencio absoluto me hicieron pensar que había pasado una eternidad.Me moví lentamente, y fue entonces cuando noté que estaba envuelta apenas en una camisa de Kian. Su olor me rodeaba: bosque, lluvia y algo indescriptiblemente suyo. Me quedé quieta por un momento, con el corazón acelerado, tratando de asimilar todo. No recordaba haberme dormido otra vez, ni haberlo sentido marcharse. Me llevé la mano al abdomen, aún esperando sentir las cicatrices del pasado, pero no había nada. Ni una marca, ni un rastro de la herida que debió haberme quitado la vida. Solo piel tibia y respiración entrecortada.El silencio del lugar se interrumpió por unas voces que venían desde abajo, una de ellas inconfundible.Kian.El sonido de su voz era grave, profunda, algo apagada… como si hablara co
Emma BakerEl olor a madera húmeda y humo tenue fue lo primero que percibí antes de atreverme a abrir los ojos. Mi cuerpo se sentía extraño… pesado, como si hubiera dormido durante siglos, y al mismo tiempo liviano, demasiado liviano para lo que recordaba. El último instante nítido en mi memoria era frío, sangriento, desgarrador… Astariel, su sonrisa cruel, sus manos heladas apretando mi cuello, y luego la nada. Oscuridad.Un temblor me recorrió al abrir los ojos lentamente. El techo que se extendía sobre mí estaba hecho de madera vieja, cubierta con paja. No había lámparas modernas, ni las paredes elegantes de la mansión Taleyah o Duncan; apenas un resplandor dorado entraba por la ventana cubierta con una cortina de lino raído. El aire olía a bosque, tierra mojada y humo de chimenea.No estaba muerta. O… ¿sí lo estuve?Mi respiración se agitó cuando bajé la mirada. Esperaba encontrar mi vientre desgarrado, la piel rota, la sangre… pero no había nada. La piel estaba intacta, limpia, c
Kian Duncan Caminábamos entre los cuerpos de nuestros caídos y los restos carbonizados de los vampiros cuando sentí algo que me heló hasta los huesos.Un tirón en el pecho.Un grito en mi mente.Emma.Me detuve de golpe, el corazón golpeándome contra las costillas. Su miedo atravesó el vínculo como un cuchillo ardiente. No era un presentimiento, no era una intuición: era ella. Su desesperación, su súplica muda, el terror sofocando su respiración.—¡No…! —rugí, transformándome en un instante y lanzándome al bosque.Los árboles se convirtieron en un borrón a mi alrededor. Sentía su dolor cada vez más fuerte, cada jadeo suyo como si mi propia garganta se cerrara. No corría solo; lobos me seguían, y entre ellos, el pelaje negro de Davian destacaba, veloz, imparable.Mis patas ardían por los saltos que daba para llegar a ella.Entonces lo vi.El claro se abrió ante nosotros y la imagen me partió en dos. Emma suspendida en el aire, pequeña, vulnerable, desnuda y con los ojos abiertos de pa
Davian TaleyahEl amanecer aún no terminaba de imponerse sobre el horizonte. Eran las cinco de la mañana y el cielo tenía ese color gris azulado que precede a la salida del sol, un tono frío que no traía consuelo. El aire cortaba los pulmones con cada inhalación, cargado de la humedad del bosque y de un silencio antinatural que se sentía como una trampa.Me encontraba atento en mi forma lobuna, observando a los lobos avanzar entre los árboles. La tierra húmeda crujía bajo sus patas, el ritmo de sus pasos acompasado y silencioso, casi como si marcharan hacia un ritual de sangre. El whisky que había tomado minutos antes me ardía todavía en la garganta, pero no era suficiente para aplacar el presentimiento que me atravesaba el pecho.Emma, pequeña incluso en su forma de loba, caminaba con pasos cortos entre ellos. Su pelaje grisáceo se veía apagado bajo la luz tenue del amanecer. No pertenecía a la primera línea, y aun así era un blanco demasiado evidente para alguien como Astariel. Gruñ
Davian Taleyah El crujido leve de la puerta resonó en mis oídos cuando entré en mis aposentos. La penumbra reinaba en la habitación, iluminada solo por la luna que se filtraba a través del ventanal. Y allí estaba ella. Julienne, de pie, con su silueta recortada contra la luz plateada, como si la luna la hubiese reclamado como suya.Se encontraba inmóvil, con la frente casi pegada al cristal, los brazos cruzados contra su pecho. Sus hombros, tan frágiles y fuertes a la vez, se tensaban con un peso invisible. No dijo nada al escucharme entrar, pero su respiración profunda me dijo que sabía que estaba allí.Me acerqué en silencio hasta colocarme detrás de ella. El aroma de su piel me golpeó primero: suave, cálido, impregnado de esa dulzura que mi lobo reconocía como hogar. Pasé mis brazos alrededor de su cuerpo, atrayéndola hacia mí, y sentí cómo su espalda encajaba contra mi torso cubierto por la camisa blanca que aún llevaba puesta. Mi mentón rozó su cabello y presioné mis labios cont







