INICIAR SESIÓNMientras estaban allí, pensando en todo lo que había pasado, y asimilando que ahora ya no tenian a su bebé, Damien pensó que no era justo seguir asi, para ninguno de los dos y que debía dar un final tajante a todo para poder ser feliz con ella. El silencio que siguió fue roto solo por sus respiraciones entrecortadas y el sonido distante del tráfico fuera. Damien permaneció de rodillas frente a ella, sosteniéndola como si fue
Horas más tarde, cuando el cielo comenzaba a teñirse de tonos malva y dorado, Sophie despertó envuelta en el calor residual de la noche anterior. Damien seguía durmiendo a su lado, su respiración profunda y acompasada, su brazo aún rodeándola posesivamente incluso en sueños. Ella sonrió, memorizando ese momento: su rostro relajado, las líneas de tensión que usualmente marcaban su frente completamente ausentes, vulnerable de una manera que solo ella tenía el privilegio de presenciar.Se deslizó con cuidado fuera de la cama, tomando la camisa blanca que él había usado la noche anterior. La tela todavía guardaba su aroma: cálido, especiado, masculino. Se la puso, sintiendo cómo la prenda le llegaba a medio muslo, las mangas cayendo mucho más allá de sus dedos. Era como estar envuelta en él, incluso cuando no la estaba tocando.
Él respondió con igual intensidad, sus manos deslizándose por su espalda, bajando hasta su cintura, levantándola sin esfuerzo. Sophie enredó sus piernas alrededor de él, sintiendo la solidez de su cuerpo contra el suyo, el calor que emanaba de él y la atravesaba como electricidad.La llevó no hacia el dormitorio, sino hacia el sofá, depositándola sobre las mantas suaves que ella misma había colocado ahí. La ciudad seguía brillando a través del ventanal, testigo silencioso de lo que estaba ocurriendo entre ellos.—Quiero mirarte —murmuró Damien, arrodillándose frente a ella, sus manos deslizándose por sus muslos, empujando su vestido hacia arriba con una lentitud tortuosa—. Quiero ver cada expresión en tu rostro cuando te toco.Sophie tembló bajo sus manos. No de frío, sino de anticipación, de deseo q
La ciudad parpadeaba bajo ellos como un manto de estrellas terrestres, indiferente a las transformaciones que ocurrían en aquel penthouse que ya no era solo de Damien. Sophie había ido dejando su huella en cada rincón: una manta de cachemira color crema sobre el respaldo del sofá de cuero, fotografías espontáneas que capturaban risas compartidas en lugar de portadas de revistas, flores frescas en jarrones de cristal que suavizaban el acero y el mármol. El espacio había aprendido a respirar, a ser hogar y no solo refugio.Esa noche, sin embargo, la atmósfera tenía algo distinto. Velas dispuestas sin patrón geométrico —orgánicas, espontáneas— proyectaban sombras danzantes en las paredes. La luz dorada lamía los contornos de los muebles, convertía los ángulos duros en curvas suaves. Sophie sintió el cambio desde que atravesó la puerta:
Esto de verdad tenía que ser un sueño, pensó Sophie.—¿Juntos?—Si, mi amor. Tu negocio de repostería, Sophie. Es brillante. Tus creaciones son arte comestible, y el modo en que entiendes los sabores, las texturas, la presentación... es extraordinario. —Se puso de pie, tirando de ella para que se levantara también—. ¿Qué pensarías de expandirlo?Sophie lo miró sin comprender.—¿Expandirlo cómo?—Una cadena boutique. Cafeterías y pastelerías de lujo en ciudades selectas. Nueva York, París, Londres, Tokio. Lugares donde la gente aprecia la calidad artesanal y está dispuesta a pagar por ella. —Los ojos de Damien brillaban ahora con la intensidad que Sophie reconocía de sus mejores días de negocios, pero sin el filo de despiadada ambición—. No franquicias gen&ea
La tienda de Olivia olía a vainilla y caramelo cuando Damien entró esa tarde. El aroma dulce y reconfortante era tan distinto al olor a cuero y papel de su oficina que casi lo hizo sonreír. Casi. Porque la conversación que estaba por tener con Sophie era demasiado importante como para permitirse distracciones.Sophie estaba detrás del mostrador, decorando una tanda de cupcakes con un glaseado color lavanda y ralladura de chocolate amargo encima. Llevaba un delantal blanco salpicado de harina, su cabello recogido en una coleta alta que dejaba mechones sueltos enmarcando su rostro. Se veía hermosa, concentrada, completamente en su elemento. Y verla así, tan genuinamente feliz haciendo lo que amaba, solo reafirmó la decisión que había tomado.Ella levantó la vista cuando la campanilla de la puerta sonó, y su expresión se suavizó al verlo.—Llegas temprano —
El hotel Saint Regis hervía con la energía frenética de los medios. Periodistas amontonados frente al salón principal, flashes estallando sin compasión, micrófonos alzados como lanzas. El aire olía a perfume caro, tensión y electricidad pura. Damien avanzaba por el pasillo alfombrado con una determinación que hacía retroceder incluso al personal del hotel.Traje negro, camisa impecable, la mandíbula tensa como acero. Sus pasos eran medidos, silenciosos. La tormenta que lo había acompañado desde la mañana parecía seguirlo, atrapada en el contorno de su figura.Marcus lo esperaba junto a la puerta del salón, revisando su reloj por tercera vez.—Están todos aquí —anunció con voz baja—. Rachel también.Damien no respondió. Solo apretó el sobre en su mano, sintiendo el peso simbólico







