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Capítulo 32

Autor: EugeMD
last update Fecha de publicación: 2026-02-14 21:39:29

Valentina

Casi todos los miembros de la organización se habían reunido en el cementerio, trajes y vestidos oscuros, rostros sin expresión alguna.

Aunque si había lágrimas. Hipócritas, pero lágrimas al fin.

Yo me mantenía a la distancia, entre las sombras de los árboles, invisible bajo la máscara de la Pantera.

Mi propio funeral.

Desde mi ángulo podía verlos a todos. A los leales, con la furia ardiendo en los ojos por venganza. A los oportunistas, escondiendo sus verdaderas intenciones detrás
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  • El Don inquebrantable    Capítulo 45

    NicolaEl agua caliente resbaló por mi espalda sin lograr calmar el temblor interno que llevaba horas creciendo como una presión constante detrás del esternón.Estaba furioso, ansioso por descargar mi ira contra el primer idiota que cometiera un error.Y sentía odio hacia la sensación de no controlar el tablero.Apoyé las manos contra la pared de mármol y dejé que el vapor llenara el espacio, intentando ordenar mis pensamientos. La señal parcial en el punto rural no había sido reciente. Eso era lo que no me dejaba respirar con normalidad.Si hubieran tomado a Vittoria por la fuerza, habría resistencia. Habría caos. Habría desorden. Lo que encontré fue ordenado, claramente una trampa.Alguien estaba jugando con piezas que entendía demasiado bien.Cerré el grifo y el silencio del baño me resultó más insoportable que el ruido del agua. Me envolví la toalla alrededor de la cintura sin prestar atención al espejo. No necesitaba ver mi rostro para saber cómo estaba.Tenso.Irritado.Inquie

  • El Don inquebrantable    Capítulo 44

    VittoriaCuando dijeron que los iban a sacar primero, no discutí.Rocco fue quien lo anunció, intentando parecer firme, pero en su voz había una grieta que yo ya conocía. El que gritaba más fuerte siempre era el que dudaba más. Nino se limitó a asentir, y Sergio evitó mirarme.Yo levanté la cabeza y miré hacia donde estaban mis primos.—Quiero despedirme —dije.No lo pedí llorando. No lo pedí temblando. Lo dije como si fuera una regla lógica.Rocco bufó.—No es tu cumpleaños —respondió con impaciencia—. No puedes pedir nada.Nino lo miró de reojo.—Déjala —murmuró—. Son niños.Rocco dudó un segundo, y esa duda fue suficiente para mí. Se acercó, me tomó del brazo con brusquedad y me llevó hasta la puerta trasera donde Damiano, Augusto y Marcello estaban atados con bridas similares a las mías.Augusto tenía la cara roja de rabia. Marcello respiraba rápido. Damiano, en cambio, estaba pálido pero quieto.Me agaché frente a él.—No tarden —dijo Rocco—. Y no inventen nada raro.Yo lo ignoré

  • El Don inquebrantable    Capítulo 43

    GennaroLa ciudad se doblaba cuando yo caminaba.No era una simple metáfora. Palermo tenía esa forma de rendirse a quien sabía apretar el cuello correcto, y en esas semanas yo había aprendido a hacerlo con una soltura que me sorprendía incluso a mí. Se hablaba de Nicola Moretti como si fuera un dios, como si el miedo llevara su apellido tatuado en la lengua de todos, pero hasta los dioses sangraban cuando encontrabas el punto exacto para hundir el cuchillo.Y yo lo había encontrado.Valentina Moretti, la reina. El mito. La mujer que hacía temblar a capos y a soldados, la esposa que Nicola exhibía como trofeo y como amenaza. La ciudad se había detenido para llorarla, y lo mejor de todo era que el Don estaba realmente destrozado con la pérdida de su reina.Me gustaba imaginarlo ahí, de pie, con la mandíbula apretada y el corazón hecho pedazos, controlándose para no mostrar que estaba muriéndose por dentro. Me gustaba pensar en esa escena porque era la primera vez, en años, que el Don

  • El Don inquebrantable    Capítulo 42

    Vittoria Cuando decidieron separarnos, no lo hicieron por estrategia. Lo hicieron por miedo.Lo supe por la forma en que el hombre de barba hablaba demasiado y por cómo Sergio no podía sostenerme la mirada. El modo en que miraban las bridas de plástico, hacía parecer que el problema eran ellas, y no los niños que tenían enfrente. También lo supe por el sonido que hizo Marcello cuando la brida se abrió a mitad de la rotura, un chasquido seco que no fue fuerte, pero sí notorio.Augusto fue el primero en moverse. Marcello fue el que lo intentó. Damiano se quedó quieto, esperando el momento para decirme la estrategia que sabía que tenía en mente.Yo no hice nada.Me quedé sentada, con las piernas cruzadas, mirando el piso como si la única preocupación de mi vida fuera una mancha de aceite. El miedo, cuando se mostraba, era un anzuelo. Y mamá me había enseñado que los hombres siempre caían en esa vieja trampa.—¿Qué mierda hiciste? —gruñó el hombre de barba, abalanzándose hacia Marcello.

  • El Don inquebrantable    Capítulo 41

    Vittoria Cuando abrí los ojos, la luz blanca y áspera me lastimó la vista. Durante unos segundos no me moví. Mamá decía que, cuando despiertas en un lugar desconocido, lo primero que haces no es mirar, sino escuchar.Escuché.Un zumbido constante, quizá de algún generador. El sonido lejano de metal golpeando metal. El eco de pasos que no reconocía. Respiré despacio y moví los dedos de las manos como pude. Noté una brida de plástico alrededor de mis muñecas, no demasiado apretada. Me habían atado sin demasiada fuerza. Pensaban que no hacía falta.Giré la cabeza con lentitud.Damiano estaba a mi derecha, sentado en el suelo, con la espalda apoyada en una pared. Tenía los ojos abiertos y me miraba sin parpadear, como si estuviera contando mi respiración. Augusto y Marcello estaban más allá, juntos, con las manos atadas también, pero la furia en sus caras era más grande que el miedo.No hablé.Uno de los hombres se dio cuenta de que estaba despierta y se acercó. Era alto, con barba des

  • El Don inquebrantable    Capítulo 40

    Valentina La lluvia había dejado la ciudad con ese brillo sucio que Palermo fingía no tener, como si el asfalto también supiera mentir.Desde mi posición, dentro del auto estacionado a media cuadra del edificio, las luces de los faroles se estiraban sobre la calle como venas abiertas. Marco Ferraro entraba y salía de lugares distintos cada día, como si la paranoia fuera un hábito heredado, pero su patrón era claro: siempre volvía a su oficina antes de caer la noche, siempre revisaba dos veces el retrovisor, y siempre caminaba con la espalda recta, como si se negara a mostrarle debilidad incluso al aire.Lo vigilaba desde hacía horas.No porque me gustara, sino porque Gennaro había decidido que Marco era el siguiente paso, y yo necesitaba seguir con mi papel. Un aliado de Nicola era más útil vivo que muerto, pero a Gennaro le fascinaba convencerse de que tenía razón. Estaba seguro de que bastaba con cortar la cabeza correcta para derrumbar un imperio.Esa era, según él, su mayor ven

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