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Capítulo 3

Autor: Pobre G.
Al ver aquella actitud tan descarada de Verónica, la última pizca de culpa que quedaba en el corazón de Emiliano se desvaneció por completo.

Soltó una risa fría y dijo:

—Ustedes dos hicieron algo tan sucio en mi cama. ¿No creen que deberían darme una explicación?

A Facundo le dio igual. Abrazó a Verónica con más fuerza.

—Por eso digo que este no tiene pantalones. ¿Ahora él viene a pedirme explicaciones? Si se atreve a tocarme, mañana mismo hago que lo corran del Hospital Valle Dorado.

Ante su provocación, Emiliano soltó un resoplido frío.

—¿Ah, sí?

—Con ese cuerpecito que tienes, ¿qué me vas a hacer? Me acosté con tu novia. Ella te puso el cuerno conmigo, una y otra vez. A ver, pégame.

Facundo confiaba en que era más alto y más fuerte que Emiliano, además de que había practicado defensa personal.

Por eso no lo tomaba en serio en absoluto.

Verónica se aferró al brazo de Facundo, movió el cuerpo con coquetería y dijo con voz melosa:

—Cariño, él nunca pudo acostarse conmigo. No lo sigas provocando.

Luego miró a Emiliano y dijo:

—Lo nuestro se acabó. Ten un poco de dignidad y no te cierres las puertas. Si ofendes a Facundo, vas a perder tu trabajo. Esta noche vete tú y deja que Facundo se quede aquí. Mañana, aunque quieras detenerme, ya no vas a poder. Me voy a vivir a su villa.

Al ver lo bajo que había caído Verónica, Emiliano se sintió agradecido en silencio.

Por suerte solo habían sido novios y no se habían casado.

Si de verdad se hubiera casado con una mujer así, quién sabía cuántas veces le habría puesto los cuernos.

—El departamento lo rento yo, y la cama la compré yo. ¿Quieren revolcarse en mi cama? Ni lo sueñen.

—¿No te vas a largar? Entonces te voy a golpear hasta que salgas arrastrándote como un perro.

Facundo, vestido solo con bóxer, se lanzó sobre él, lo tomó del cuello y levantó el puño para golpearle la cara.

Pero el Emiliano de ahora ya no era el mismo de antes.

Cuando el puño de Facundo todavía estaba a medio metro de su rostro, Emiliano levantó la pierna de golpe y le soltó una patada directa al abdomen.

Se escuchó un golpe sordo.

Facundo se dobló, se sostuvo el abdomen y empezó a gemir sin parar.

Verónica se agachó de inmediato, le rodeó el cuello con los brazos y preguntó angustiada:

—Cariño, ¿qué te pasa? ¿Estás bien?

Facundo la empujó.

—¡Lárgate a la chingada!

Luego se levantó despacio, apretó los dientes y miró a Emiliano con odio.

—Maldito perro, hoy te voy a dejar inválido. Y mañana ni siquiera tendrás que presentarte al hospital, porque te van a despedir.

Entonces agitó los puños y se lanzó de nuevo contra Emiliano.

Emiliano seguía tranquilo, sin siquiera mirarlo de frente.

De pronto levantó la pierna y le dio una patada a Facundo directo en la entrepierna.

—Te atreviste a meterte en mi cama. Hoy voy a dejarte sin poder tener hijos.

Facundo sintió un calor repentino en la entrepierna.

Medio segundo después, soltó un grito desgarrador.

Se cubrió sus partes, mientras el sudor le corría por el rostro.

Un momento después, soltó otro quejido y se desmayó.

—Cariño, ¿qué te pasa? No me asustes.

Mientras sostenía a Facundo, Verónica miró a Emiliano con odio.

—Estás acabado. Tu futuro está acabado. Todo lo tuyo se acabó. Con las palancas que él tiene, destruirte será facilísimo.

—Eso está por verse. No digas que no te di oportunidad. Llévatelo ahora mismo y desaparezcan de mi vista. De lo contrario, no te garantizo que salga vivo de aquí.

Al ver la mirada helada de Emiliano, Verónica no se atrevió a decir nada más.

Sin importar la vergüenza, arrastró a Facundo, que solo llevaba bóxer, salió de prisa, tomó el elevador y bajó.

Luego pidió un taxi para llevarlo al hospital.

***

Emiliano miró el desastre que había quedado por todo el departamento, y una tristeza amarga le llenó el pecho.

Siempre había creído que, mientras entregara su corazón con sinceridad, recibiría un amor igual de sincero.

Para comprarle un celular a Verónica, salía a trabajar como chofer de aplicación después de su turno, sin importarle el cansancio.

Pero jamás imaginó que Verónica haría algo tan sucio a sus espaldas.

Él había entregado su corazón. El único conmovido había sido él mismo.

Y lo único que recibió fue soledad.

Por fortuna, Lucía había puesto en marcha el Don de la Serpiente Negra dentro de él.

De ahora en adelante, viviría para sí mismo.

Hace un momento también había pensado en tener relaciones con Verónica para tomar prestada su energía femenina.

Pero al recordar la forma en que había estado con Facundo, sintió asco.

Una mujer así no valía ni un centavo. Solo merecía revolcarse con un perro como Facundo.

La casa seguía impregnada del olor de Facundo y Verónica.

Solo de olerlo le daban náuseas.

Ya no podía quedarse ahí.

Justo en ese momento, recibió una llamada de Lucía.

—Directora Lucía.

La voz de Lucía sonó cálida.

—Cuando no haya nadie más, no me llames así. Dime Lucía. Ya llamé al director del Hospital Los Pinos. Mañana lleva a tu novia. Entrarán directo, sin hacer internado, y con todas las prestaciones.

—No voy a ir al Hospital Los Pinos. Quiero quedarme en el Hospital Valle Dorado.

Emiliano acababa de dejarle inutilizado un testículo a Facundo.

Estaba seguro de que ese desgraciado no lo iba a dejar pasar.

Ahora su prioridad era volverse más fuerte.

Según lo establecido por el Don de la Serpiente Negra, la primera mujer con la que tuviera relaciones no solo era la llave para abrir el Don de la Serpiente Negra; su cuerpo también tenía otros beneficios misteriosos.

En cuanto a cuáles eran, tendría que descubrirlos con cuidado.

—¿Quieres quedarte en el Hospital Valle Dorado? ¿Qué pretendes?

—Quiero estar más cerca de ti. Quiero quedarme en el Hospital Valle Dorado para que me protejas. No te preocupes, no le voy a contar a nadie lo que pasó anoche.

Lucía guardó silencio un momento. Luego su tono se volvió frío.

—Idiota, ¿no tienes novia? ¿No te da miedo que ella se entere?

—Acabo de terminar con ella.

—¿Ah? ¿Por qué?

—Te voy a ser sincero. Me engañaba con otro hombre a mis espaldas.

Lucía estaba de pie frente a la ventana, sosteniendo el celular mientras miraba la noche oscura afuera.

Entonces dijo algo contrario a lo que en verdad sentía:

—¿De verdad? Aun así, no puedes quedarte en el Hospital Valle Dorado. Tú y yo no podemos volver a vernos.

Después de dos años de matrimonio, era la primera vez que Lucía experimentaba con Emiliano la maravillosa sensación que podía darle un hombre.

Pero la razón le decía que, si dejaba que Emiliano se quedara en el Hospital Valle Dorado, las consecuencias serían imposibles de controlar.

—Lucía, tengo que quedarme en el Hospital Valle Dorado.

Lucía pisoteó el suelo, furiosa.

—¿Por qué eres tan terco?

—Que me quede en el Hospital Valle Dorado nos conviene a los dos.

—Entonces ven a mi casa ahora mismo. Si puedes darme una razón convincente, te dejaré quedarte en el Hospital Valle Dorado.

Lucía tenía el corazón hecho un enredo.

Desde pequeña, jamás había sentido algo así por un hombre.

Quería verlo, pero también le daba miedo encontrarse con él.

—Está bien. Espérame.

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