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Capítulo 4

Autor: Pobre G.
Hospital Valle Dorado.

Habitación VIP.

Facundo estaba acostado en la cama, con el rostro pálido, después de que le habían extirpado un testículo.

Verónica permanecía a su lado, atendiéndolo con mucho cuidado.

En la puerta, César hablaba con el médico.

—Subdirector César, Facundo solo perdió un testículo. El otro está intacto, así que no afectará su vida normal, y mucho menos su fertilidad.

El médico se lo explicó todo con una actitud complaciente.

Un destello frío cruzó por la mirada de César.

—No le cuentes esto a nadie.

—No se preocupe. No diré absolutamente nada.

César asintió, y el médico se retiró de inmediato.

Él empujó la puerta y entró.

Al ver a Verónica junto a la cama de Facundo, su rostro mostró cierta molestia.

Verónica se apresuró a acercarse y dijo con indignación:

—Subdirector César, Emiliano fue demasiado cruel. No tuvo el menor respeto por usted. ¿Por qué no llamamos a la policía?

—¿Acaso esto es algo de lo que podamos presumir? Tú no tendrás vergüenza, pero yo sí. Sal primero. Tengo que hablar con mi hijo.

Verónica todavía quería decir algo, pero al ver la mirada helada de César, cerró la boca y salió desanimada.

César miró a su hijo, tan inútil, con el pecho lleno de rabia. Aun así, reprimió aquella furia.

—Ya no eres un niño. Con el poder de nuestra familia, ¿qué clase de mujer no puedes conseguir? Y aun así fuiste a quitarle la novia a otro.

—¡Papá! Tú no entiendes las cosas entre hombres y mujeres jóvenes. Ahora ese no es el punto. Lo que tienes que hacer es correr a Emiliano de inmediato. En cuanto salga del Hospital Valle Dorado, buscaré a unos tipos de la calle para que lo desaparezcan de este mundo.

César soltó una risa fría.

—¿Cuántos años tienes ya? Sigues haciendo las cosas sin pensar. Vivimos en un país con leyes. Si lo mandas matar, la policía irá por ti.

—¿Entonces no voy a vengarme después de lo que me hizo?

Por supuesto, César no iba a quedarse de brazos cruzados.

Su único hijo había perdido un testículo. Eso era casi como querer dejarlo sin descendencia.

Normalmente parecía un caballero educado y correcto, pero en realidad era un hombre mezquino y vengativo.

Claro que iba a vengar a su hijo.

Un simple médico interno se había atrevido a tratar así a su hijo. ¿Cómo iba a dejarlo pasar?

César sonrió con malicia.

—No solo no voy a correrlo. Mañana mismo anunciaré que le daremos una plaza de base.

Facundo no entendía nada.

—Papá, ¿qué estás haciendo? ¡Él es mi enemigo y tú quieres darle una plaza de base!

—Así es. Voy a dejar que se quede en el Hospital Valle Dorado. Para castigar a alguien, no basta con matarlo. Hay que dejarlo vivir, pero sin dejarle ver ni una pizca de esperanza. Mañana entrará como médico de planta y, después, lo iremos destruyendo poco a poco. Cuando llegue el momento, dejaremos que alguien más acabe con él.

Una chispa de alegría apareció en el rostro de Facundo.

Por fin entendió lo que quería decir César.

—Matar con mano ajena.

—Eso dependerá de su suerte. Se atrevió a lastimar a mi hijo. Voy a hacer que lo pague cien, mil veces más.

***

En ese momento, Emiliano ya había llegado a la puerta de la casa de Lucía.

Miró la villa iluminada y sintió una mezcla de emoción y gratitud.

De no ser por Lucía, ahora seguiría siendo un chofer de aplicación, y ni siquiera habría descubierto la traición de Verónica.

Lucía era la mujer que en verdad merecía ser cuidada y querida.

Lástima que fuera la esposa de otro.

Tocó el timbre y la puerta se abrió sola.

Cuando llegó a la sala, vio a Lucía recargada de lado en el sofá.

Llevaba una pijama rosa, muy sensual, pero su rostro se veía extremadamente demacrado.

Aunque el afrodisíaco no era un veneno mortal, podía llevar el deseo de una persona hasta el límite.

Después de que todo terminaba, aquella sensación de agotamiento tardaba mucho en desaparecer.

—¿Qué te pasa? ¿Por qué insistes tanto en quedarte en el Hospital Valle Dorado?

Al ver entrar a Emiliano, Lucía mantuvo el rostro sereno como el agua, aunque por dentro sentía una tormenta.

Su corazón estaba lleno de contradicciones.

Sabía muy bien que ese hombre ya ocupaba un lugar en su corazón.

—El Hospital Valle Dorado es el hospital más grande y mejor de Monteluz. Ahí tendré un mejor futuro.

Emiliano ni siquiera había terminado de hablar cuando el celular de Lucía sonó.

Ella tomó el celular y contestó. Después de escuchar la llamada, su rostro cambió de inmediato.

—Vete primero. Tengo que regresar al hospital. Llegó una paciente muy importante.

Al verla tan agotada, Emiliano sintió un poco de angustia.

—Estás en esas condiciones y aun así piensas presentarte al hospital.

—Soy la directora. Esa paciente es muy importante. Tengo que ir. Tú vete.

Lucía se levantó para subir al segundo piso a cambiarse, pero cuando llegó a la escalera, su cuerpo tembló ligeramente y casi cayó.

Emiliano se apresuró a acercarse y la sostuvo.

Lucía lo miró con enojo.

—¿Puedes dejar de tocarme?

—Vi que no se sentía bien y solo quise ayudarla. Mejor haga una cosa: cámbiese y yo la llevo al hospital.

Después de dudar un momento, Lucía asintió.

—Puedes acompañarme al hospital, pero no digas cosas de más.

—No se preocupe. Solo soy un médico interno. Sé cuál es mi lugar.

Lucía subió al segundo piso y se cambió con su uniforme.

Cuando bajó por las escaleras, el corazón de Emiliano volvió a estremecerse.

Esa mujer era una belleza excepcional entre miles. Una verdadera tentación.

—Si hasta caminar te cuesta, déjame cargarte en la espalda. De todos modos, afuera está oscuro y nadie va a vernos.

Lucía se mordió los labios rosados.

Por instinto quiso negarse, pero su cuerpo estaba demasiado débil, así que aceptó.

—Dejo que me cargues porque no me siento bien. No vayas a imaginar cosas.

Emiliano se agachó, y Lucía se recargó sobre su espalda.

Aquella sensación suave y elástica se extendió por toda su espalda.

Mientras los dos caminaban hacia afuera, Emiliano preguntó en voz baja:

—¿Cómo fue que terminó drogada con un afrodisíaco?

—¿Y a ti qué te importa si me drogaron o no? Limítate a hacer tu trabajo.

***

Diez minutos después, los dos llegaron al Hospital Valle Dorado.

Apenas Lucía bajó del carro, varios directores, entre ellos César, junto con algunos médicos tratantes, se acercaron rápidamente.

—¿Cuál es la situación?

El doctor Renzo se apresuró a informar:

—La hija de Alfonso está inconsciente y tiene el abdomen muy inflamado.

—¿Cuál es la causa?

—Al principio pensamos que estaba embarazada, pero después de hacerle un ultrasonido descubrimos que, aunque tiene el abdomen muy abultado, por dentro está vacío. Ahora sigue en estado de coma. Todos los médicos la revisaron, pero nadie ha podido encontrar la causa.

Renzo era ginecólogo con más de treinta años de experiencia, pero jamás había visto síntomas como esos.

—Llévenme a verla.

Lucía sabía que esa noche iban a enfrentar un problema enorme.

Alfonso Treviño era miembro de una de las cuatro familias más poderosas de Monteluz.

Se movía con soltura tanto en el mundo legal como en el bajo mundo.

Si lograban curar a su hija de aquella extraña enfermedad, el Hospital Valle Dorado ganaría un enorme prestigio.

Pero si no podían curarla, era posible que el Hospital Valle Dorado desapareciera de Monteluz a partir de esa misma noche.

***

Sala de urgencias.

Karina Treviño, vestida con una falda negra, estaba acostada en la cama, con los ojos cerrados y el rostro tan tranquilo como el agua.

Su figura, que antes era curvilínea y atractiva, ahora se veía deformada.

Su abdomen sobresalía de manera exagerada, como si tuviera ocho o nueve meses de embarazo.

Norma sujetó con fuerza la mano de Lucía.

—Directora Lucía, mi esposo está de viaje y todavía no regresa. Mi hija enfermó de una manera muy extraña. Por favor, tiene que ayudarnos.

—Señora Norma, no se angustie. Todos los mejores especialistas en ginecología del Hospital Valle Dorado están aquí. Haremos todo lo posible.

Lucía miró a Karina, que yacía en la cama.

Aunque por fuera hablaba con calma, por dentro sintió un golpe en el pecho.

Con un abdomen tan grande, en teoría debería estar embarazada.

Pero Renzo acababa de decir que ya le habían hecho un ultrasonido y que no había nada en su vientre.

Justo cuando Lucía se acercaba para revisar el abdomen de Karina, César apareció en la puerta con Verónica.

Era un hombre calculador. En realidad, casi nunca tomaba en serio a Verónica.

Pero ahora su único hijo había perdido un testículo, y seguramente su cuerpo se vería afectado en el futuro.

Por eso su actitud hacia Verónica había cambiado.

Quería que Verónica se convirtiera en su nuera, y por eso llevó consigo a aquella simple médica interna para que ampliara su experiencia.

Era la primera vez que Verónica recibía un trato así, por lo que estaba un poco emocionada.

Cuando vio a Karina acostada en la cama, no pudo evitar soltar de manera casual:

—Está embarazada. A mi parecer, podrían ser gemelos.

En cuanto dijo eso, el rostro de Norma cambió.

Miró a Verónica con una frialdad helada.

—¿Qué dijiste?

Verónica no era más que una médica interna, pero al estar rodeada de médicos con prestigio y experiencia, se sentía llena de orgullo y quería lucirse.

Así que volvió a decir:

—Esta mujer está embarazada. Seguramente son gemelos.

Decir que una joven soltera estaba embarazada no solo era una ofensa para ella; para sus padres, también era una vergüenza.

El rostro de Norma se enfrió. De inmediato le soltó una bofetada a Verónica.

—Mujerzuela, si te atreves a decir otra tontería, te voy a cortar la lengua.

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