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Autor: DaysyEscritora
last update Última atualização: 2025-11-03 12:31:40

Alec terminó a solas en su despacho en casa, ignorando por completo los reclamos de su esposa, quien después de un rato se había cansado de golpear la puerta y al parecer se fue.

Le marcó a su madre y Elizabeth atendió con un tono de voz calmado, mientras que él estaba lleno de mucha frustración.

—Lo sabe, Miranda ha tenido el atrevimiento de contratar a alguien para que me siga y tome fotografías.

—¿Sabe sobre el niño? —inquirió a la espera.

—No, madre.

—De acuerdo. Pero se lo dirás pronto, ¿verdad?

—Sí, debo hacerlo.

—Te pediría que te divorcies ahora mismo de Miranda y te cases con Beatrice, pero no podemos arriesgarnos.

—Lo sé. Miranda está tan molesta —declaró, llevándose un dedo a la sien—. Estoy harto de ella, nunca sonríe, nunca hace nada bien, se la pasa en la habitación y ni siquiera cumple su papel como esposa.

Incluso durante sus quejas, se sintió un poco contrariado, como si no sintiera del todo eso que decía sentir por ella. Porque, mientras más hablaba, con ahínco se presentaba la imagen de Miranda en su mente; aparecía su sonrisa que no recordaba haber visto así de genuina, sin embargo, se sentía como un recuerdo vivido y nítido.

—¿Por qué te quejas, Alec? Te has estado divirtiendo, que cumpla el papel de esposa o no debería darte igual.

—Madre...

—Y, seguro me llamará ahora que te ha visto con Beatrice. ¿Quieres que le diga algo de tu parte? —sonó maliciosa.

—No, madre, no hagas nada.

Hubo un largo silencio en la línea.

—¿Ah, no? Me conoces muy bien, sabes que siempre haré lo mejor para ti, Alec.

Tras haber terminado la llamada, se quedó todavía con el enojo atravesando cada parte de su cuerpo. Se apoyó con ambas manos sobre el escritorio, tratando de recuperar la respiración, que ahora mismo se asemejaba a la de un búfalo.

Y justo pasó eso. De hecho, Miranda pensó rápidamente en su suegra, se arregló para la ocasión en una decisión que había tomado de forma impulsiva y confió en que la madre de su marido la ayudaría; esa misma mujer que en el pasado también le tendió la mano, asegurándole un matrimonio que de alguna forma había salvado a su familia de la ruina.

Entonces, ahora que necesitaba apoyo, seguro lo encontraría en ella.

Cuando llegó a la mansión de Elizabeth, una de las mujeres de la servidumbre se acercó para informarle.

—La señora Radcliffe vendrá en unos minutos.

Y se fue sin decir nada más, dejando de nuevo ese silencio que se hacía molesto para Miranda. Ella sacudió la cabeza y se sintió aturdida por ello. Luego, escuchó el sonido de aquel taconeo acercándose cada vez más a ella, y frente a ella se impuso la figura impecablemente vestida de Elizabeth.

Su seria expresión que la caracterizaba estaba dibujada en su rostro.

—Miranda —saludó con un tono que pretendía ser dulce, pero que apenas cubría un visible fastidio—. No creí que vendrías a esta hora. ¿Todo en orden? Se nota que está pasando algo.

Elizabeth la evaluó entrecerrando la mirada, sabiendo lo que estaba sucediendo, pero quería escucharlo de su boca.

—Yo... Lamento no avisar antes sobre mi visita, pero lo que debo decirle amerita urgencia.

—¿Qué clase de urgencia te ha impulsado a venir a verme?

Esta vez, Miranda levantó la cabeza e hizo contacto visual con aquella mirada que era idéntica a la de Alec. Y que de alguna forma también lograba someterla.

—Descubrí que su hijo me está siendo infiel, contraté a un investigador y tengo pruebas de lo que estoy diciendo. Por esa razón, yo deseo terminar con...

Sin embargo, Miranda no pudo terminar la frase porque Elizabeth, con solo un gesto rápido de la mano, mientras la miraba con sus ojos que parecían cuchillas afiladas, le cerró la boca. De pronto, la expresión de Elizabeth había cambiado; parecía marcada por el enojo, pero seguía en la misma posición como si todo estuviera bajo su control.

—Miranda, ¿eres consciente de lo que estás diciendo? No quiero que estés hablando mal de mi hijo. Por otra parte, tal vez exista alguna razón por la que no te ha sido fiel —se encogió de hombros; ella volvía a ser tan fría de nuevo, su habitual personalidad que no era de extrañar.

Pero ella pensó por un segundo que le daría la razón. Como no ocurrió, se quedó perpleja, y es que esa mujer estaba justificándolo.

—Se pone del lado equivocado, señora Radcliffe —rugió, con la mirada inyectada de rabia y llena de aquel color rojo.

—Apoyar a mi hijo nunca será estar del lado equivocado. Ahora bien, ¿por qué no le das un hijo? Quizás así recuperes su atención.

Miranda estaba demasiado molesta y se levantó, acercándose peligrosamente a su suegra, y levantando la voz estaba otra vez dejando salir todo lo que sentía.

—¡Por un momento olvidé lo cruel que puede ser! Soy una ilusa al creer que estaría de mi lado. ¡Y no pienso permitir que Alec me siga engañando!

Elizabeth, que se había mantenido sentada y en aparente serenidad, ya no lo soportó más, se levantó y le dio una bofetada demasiado fuerte, que hizo que Miranda girara la cara al lado contrario, sintiendo el ardor de aquel golpe sobre su mejilla que la hizo sentir humillada. El brutal golpe recibido de parte de su suegra había calado hondo.

—No te atrevas a dudar de mi hijo —vociferó su suegra.

La mujer todavía se sentía impactada y se llevó una mano a la cara, sintiendo que su pulso también estaba acelerado y que las palabras crueles de su suegra dolieron más que el golpe recibido.

—Señora Radcliffe...

—No me levantes la voz, niña inútil. El matrimonio que tienes es algo que se debe mantener; tu deber es callar y bajar la cabeza, así que deja de avergonzar a mi hijo con tus celos ridículos.

Miranda no quería derramar ni una sola lágrima, pero en ese momento no pudo sostener el papel. El dolor palpitante en su mejilla y la humillación que estaba recibiendo empujaron las lágrimas; se arrepentía profundamente de haber buscado a Elizabeth, que claramente salvaría siempre a su hijo.

Miranda se quitó las lágrimas de un manotazo y se fue de allí caminando con rudeza; estaba destrozada, la dignidad la tenía por el suelo y su alma marchita.

En cambio, Elizabeth permaneció allí, enfadada por la actitud de Miranda; ella, que siempre había sido tan dura, ahora tampoco mostraba flexibilidad. Era como si llevara arraigada en su personalidad un látigo que golpeaba con las palabras y sus acciones.

***

Una vez en casa, cuando la noche ya había caído, no quería devorar ni un solo bocado, pero se obligó a comer solo un poco. Ni siquiera había llegado a la cocina cuando se frenó en seco.

Había llegado su marido, pero no estaba solo; había alguien más, un pequeño de no más de cinco años, que estaba a la par de Alec. Ese niño tenía el cabello rubio un poco revuelto y unos enormes ojos azules que a ella le resultaron familiares.

No se quería apresurar y concluir nada, pero el parentesco de aquel niño con su marido era tan increíble o solo era una coincidencia cruel. En todo caso, ella se quedó petrificada, todavía mirando al niño desconocido que era como una versión en miniatura de Alec.

—¿Q-quién es él, Alec? —cuestionó, tartamudeando.

—Miranda, él es mi hijo Edward —declaró como si fuera una noticia cotidiana, sin anestesia, como si no fuera una noticia que lo cambiaría todo.

La mujer dejó de escuchar, se puso tan pálida como un papel ante la presencia del niño y la traición de su marido, sintiendo que aquello no era más que la suma de todo el dolor y humillación que ya sentía.

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Comentários (1)
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Claudia Serrano
Claro que lo apoya al bastardo de Alec. Si no la amas déjala ir y cumple con tu otra familia.
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Último capítulo

  • El Sabor Amargo del Desprecio: Esposa Engañada   EPÍLOGO

    Alec estaba manejando como un loco. La necesidad de estar a solas y reflexionar era imperiosa. Tenía un verdadero maremoto dentro de su mente que había arrasado con sus pensamientos, poniéndolo en una posición que le afectaba demasiado. El corazón le latía con fuerza, aferraba el volante con fiereza, y no le importaba pasarse las luces de los semáforos. Finalmente, se detuvo abruptamente en un puente, estacionó y se bajó, dejando que el aire frío golpeara su rostro. Cerró los ojos, aferrándose al barandal. Había llegado a un lugar que no había planeado, pero donde necesitaba estar. Entonces, se derrumbó. Comenzó a llorar sin parar como un niño pequeño. No le importaba si algún auto pasaba y lo veía; el exterior le daba igual. Estaba allí, lamentándose y preguntándose: “¿Por qué me tiene que pasar esto a mí? ¿Por qué tengo que vivir esto?” Le dolía la pérdida de su padre, y lo que había hecho su madre, que lo había asesinado, le dolía aún más profundamente. Su teléfono comenzó a

  • El Sabor Amargo del Desprecio: Esposa Engañada   160

    La revelación de que Elizabeth Radcliffe había asesinado a su propio marido, el padre de Alec, dejó a todos en un estado de shock helado.Alec sentía que el suelo se movía bajo sus pies. El rostro que miraba a su madre a través de la sala ya no era de ira por la traición, sino de un horror absoluto. Elian, su abogado, intentó agarrarlo del brazo, pero Alec se soltó, su única ancla era Miranda. Ella, pálida y con la mano temblando, lo sostuvo con todas sus fuerzas.—Alec, respira. Mírame —le suplicó Miranda, susurrando.El juez, golpeando el mazo con desesperación, declaró el receso de emergencia. La fiscalía se abalanzó sobre Beatrice, mientras la defensa de Elizabeth se desmoronaba ante la magnitud del nuevo cargo.En medio del tumulto, Alec apenas registraba el movimiento. Su mente se había ido años atrás: la noticia de su muerte, los funerales, el dolor de la pérdida... todo manipulado. Su madre no era solo una mentirosa; era una asesina.Elian y Miranda lograron sacar a Alec de la

  • El Sabor Amargo del Desprecio: Esposa Engañada   159

    Finalmente, bajo la presión implacable de la fiscal y la verdad que pendía en el aire, Elizabeth se rindió. Se inclinó hacia el micrófono, su voz ya no arrogante, sino hueca.—Sí —admitió Elizabeth, con la cabeza ligeramente inclinada—. Sí, participé en la conspiración.La palabra resonó en el tribunal, oficializando la traición.—¿Y puede confirmar a este tribunal que el motivo era manipular la vida de su hijo, Alec Radcliffe, y asegurar la continuidad del linaje de la familia Radcliffe a través de la señora Beatrice?Elizabeth apretó los labios.—Quería proteger el nombre... —murmuró.—No se le preguntó por su objetivo, señora. Se le preguntó por la manipulación y el fraude. ¿Confirma que el niño, Edward, es hijo biológico del señor Alec Radcliffe y la señora Miranda Radcliffe, y que usted participó activamente en ocultar este hecho?—Sí. Es cierto.En ese momento, la mano de Miranda apretó la de Alec con tanta fuerza que casi le dolió. El alivio por la confesión era inmenso. La j

  • El Sabor Amargo del Desprecio: Esposa Engañada   158

    Cuando las brochetas de pollo estuvieron listas, Miranda, Alec y Edward se reunieron en el comedor para compartir la comida. El sabor era delicioso, una mezcla de dulce y especiado, y el orgullo en el rostro de Edward por haber ayudado a prepararlas era evidente. La cena fue relajada, un momento precioso de normalidad familiar.Al llegar la hora de dormir, se despidieron del niño con besos y abrazos. Pero Edward se aferró a la mano de Miranda.—Miranda, ¿me lees un cuento? —insistió el niño, con ojos suplicantes.—Claro que sí, mi amor —susurró ella, con ternura.Miranda se sentó en la cama de Edward y le leyó un cuento sobre un pequeño héroe valiente. Su voz era suave y rítmica. Cuando el relato terminó, Edward ya estaba casi dormido. Ella le dio un beso en la frente y salió de la habitación, dejando la puerta entreabierta.Cuando Miranda regresó a la cama, se dio cuenta de que Alec todavía estaba despierto. Estaba recostado, pero con la mirada fija en el techo, su cuerpo tenso e inm

  • El Sabor Amargo del Desprecio: Esposa Engañada   157

    Al final del día, la habitación del bebé mostraba un progreso maravilloso. Las paredes lucían el suave gris perla, y la cuna ya estaba ensamblada en un rincón, un símbolo firme de la esperanza. Miranda abrazó a Vera con un sentimiento de profunda gratitud.—Vera, has hecho un trabajo increíble. Gracias por estar aquí, apoyándome. La verdad es que no sé qué haría sin ti —le regaló un cumplido, con una sonrisa enorme en la cara.Vera le devolvió el abrazo, su alegría de recién prometida desbordando.—No te preocupes, Miranda. Siempre voy a estar aquí para ti, y más cuando se trata de acompañarte en este proceso tan importante —le aseguró Vera, dándole un golpecito cariñoso en el brazo—. También quiero que sepas que estaba pensando que deberías ir buscando nombres de niños y niñas. Tal vez se te ocurra uno idóneo.Miranda se rió, admitiendo:—Pues en realidad no he pensado demasiado en eso. Creo que sería demasiado apresurado. Voy a esperar hasta que me revelen el sexo del bebé —terminó

  • El Sabor Amargo del Desprecio: Esposa Engañada   156

    Alec salió de la sala de visitas de la prisión sintiendo que había estado respirando a duras penas durante todo el encuentro. Al cruzar la puerta, era como si hubiera recuperado el aire de golpe, volviendo a estabilizarse. Tenía el corazón latiendo con rapidez y la mente a mil por hora, incapaz de procesar la actitud de su madre. La rabia, la falta de arrepentimiento, el descaro.Un oficial que pasaba por allí se detuvo al verlo.—¿Se encuentra bien, señor?—Sí, estoy perfectamente bien —mintió, forzando la voz—. Me iré de inmediato.Salió al exterior. Justamente en ese momento, Elian, su abogado, estaba bajando de un coche con unos papeles en la mano. Se encontraron de frente.—Alec. ¿Has podido ver a tu madre? —le preguntó Elian tras haber dado un saludo cordial.—Así es, pude verla. Por cierto, ¿has conseguido que diga la razón por la que hizo todo esto? —quiso saber, aunque ya conocía la respuesta.Elian negó con la cabeza, su expresión de frustración.—Todavía no menciona más. Se

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