LOGINLa boca de Estefanía lo recibió gustosa, cálida y entregada. Entreabrió los labios y dejó que la lengua de él invadiera su cavidad con maestría, rozando la suya y sacándole un gemido suave que fue a parar directo a su entrepierna.Su dulzura. La forma en que se amoldaba a su cuerpo. Cristian había extrañado cada maldita cosa.El dominio absoluto que siempre tenía sobre sí mismo, comenzó a resquebrajarse bajo la presión de sus sentidos. Devorarla ya no era suficiente.Apretó el agarre en sus caderas y la arrastró un paso sobre el césped, cierneéndose sobre ella con hambre.La necesidad de tocarla lo quemaba por dentro. Bajó la mano por su espalda hasta sujetarla del glúteo, tan redondos y carnosos como recordaba, tan jodidamente tentadores que la mano se le fue sola para apretarla con ganas.Estefanía dejó escapar otro gemido entre sus labios, pero en lugar de ceder, apoyó las palmas de sus manos contra su pecho, obligándolo a romper el contacto directo de sus bocas.—No me vas a distr
Ahí, en la quietud de la noche, el tiempo pareció detenerse solo para ellos.Desde los ojos de Estefanía, la imagen resultaba casi irreal: Cristian, el hombre de acero, arrodillado ante su vientre.Nuevas lágrimas se deslizaron por su rostro, pero ninguna venía cargada de dolor. Por primera vez en mucho tiempo, era verdaderamente feliz.El pequeño revoltoso, que hasta hacía un segundo no paraba de patear, se quedó quieto de golpe.Ella dejó escapar un suspiro tembloroso, ahogando una risita entre el llanto, y llevó sus manos sobre las de él para aprisionarlas contra su vientre.—Te escuchó… —susurró, mirándolo desde arriba—. Estoy segura de que supo que eras tú.Cristian alzó la mirada, y en sus ojos descubrió un destello de genuina perplejidad. Era casi fascinante ver a un hombre de su calibre, siempre tan calculador y dueño absoluto de cualquier situación, completamente desarmado frente a su propio hijo.Para una mente analítica como la suya, acostumbrada a la lógica y a los hechos
Le bastaba, claro que le bastaba.Una sonrisa involuntaria se dibujó en los labios de Estefanía. Era una curva libre, espontánea, cargada con el sabor dulce de una victoria que ni siquiera sabía que necesitaba.—¿Desde entonces…? —susurró atónita, perdiéndose en el recuerdo del origen de este caos, cuando colisionaron por primera vez para encender la chispa que los consumía día a día—. ¿Nunca? ¿Ni una sola vez?—Nunca.Sabía que era verdad, y aun así le parecía imposible. Absolutamente irreal.Empezando porque el Cristian de aquel entonces jamás pareció la clase de hombre capaz de pertenecer a una sola mujer; mucho menos a alguien como ella, que apenas sobrevivía.—Oh, Cristian… De verdad te amo… Dios, te amo tanto —susurró desde lo más profundo de su alma, rindiéndose por completo ante él.Ignoraba lo que el destino guardaba para ella, pero ahí estaba otra vez, lanzándose a ciegas sin importar las consecuencias.Cerró los ojos dejando que las lágrimas resbalaran libres por sus mejill
Estefanía tuvo serias dificultades para procesar lo que estaba ocurriendo. Primero una persona le había cubierto la boca desde atrás. Paso en una fracción de segundos del terror más absoluto a la confusión total. Porque esa persona no era otro que… Cristian. El mismo que había estado hablando con ella por teléfono todo ese rato. ¿Entonces…? Estefanía observó con estupefacción el celular que había resbalado de sus manos hasta caer al suelo. El contador de la llamada seguía en curso. Al tiempo en que la respiración de aquel hombre le acariciaba el oído de forma lenta. Cristian hundió la nariz justo en la curva entre su hombro y su oreja, inhalando profundamente, haciéndola estremecer ante el hambre que desprendía. Cerró los ojos sin poder resistirse a su cercanía… sufriendo otro cambio violento en su estado de ánimo. Paso del terror a la confusión y de la confusión a ese calor tan ardiente y conocido. El agarre de la mano del hombre sobre su boca no cedió, pero la presión ca
Apenas soltó aquellas palabras, Estefanía se arrepintió con cada fibra de su ser. Quiso colgar, soltar el teléfono y huir a refugiarse dentro de la casa. Esconderse en la oscuridad y no volver a dar la cara jamás.Estaba considerando esto muy seriamente cuando la respuesta del hombre la dejó paralizada:—¿Gustarme? Lo que siento por ti va mucho más allá de un simple gusto —declaro él al otro lado de la línea con una seguridad que traspaso la distancia—. Estás llevando una vida dentro de ti, claro que te ves hermosa, Estefania.Sus manos comenzaron a temblar de forma inexplicable. Su corazón sufrió un salto violento… ¿Esto…? Ella no supo qué decir durante varios segundos; incluso sintió que había perdido la capacidad de pronunciar palabras.—No vuelvas a pensar así de ti misma jamás —agregó él con absoluta seguridad—. No tienes ni idea de lo perfecta que te ves para mí.Quedo completamente conmocionada, sin saber como procesar semejante nivel de devoción.Lo único que Estefania alcanzo
«Esto era lo que querías…», se reprochó Estefania a sí misma sin cesar.Dejarlo solo siempre había significado que él pudiera conseguirse a alguien más. La posibilidad estaba servida.En su momento estaba convencida de que jamás retrocedería… de que no se arrepentiría de la separación.Pero ahora… ¿por qué dolía tanto?Esa tarde no pudo evitar quedarse frente al espejo, observándose con los ojos anegados en lágrimas. La imagen que le devolvía el reflejo le provocó una punzada en el corazón. Su cuerpo ya no era el mismo de antes. Donde alguna vez hubo un abdomen firme y estilizado, ahora resaltaba un vientre abultado e hinchado.Se sintió indeseable, poco atractiva.En cambio, aquella chica… Estefania la recordó con detalle. Seguramente no pesaba más de cincuenta y cinco kilos y, evidentemente, no tenía los pies hinchados ni la cara tan redondeada por la acumulación de líquidos como la suya. Su cintura era diminuta y su vientre seguía plano.De la nada, unos golpes suaves en la puerta







