LOGINMía Valdez es una talentosa artista y empresaria de la música y el diseño que parece tenerlo todo, hasta que la traición desmantela su universo. Tras descubrir un esquema de fraude corporativo orquestado por su expareja, Julián Belmonte, y su aliada Camila Osorio, Mía se enfrenta a la amenaza del chantaje público sobre una condición autoinmune que siempre ha mantenido en reserva. En medio de la tormenta mediática y el colapso de su entorno, irrumpe en su vida Alessandro Santori: un implacable campeón de Fórmula 1 y poderoso magnate inmobiliario. Atraído por la fortaleza y resiliencia de Mía, Alessandro le ofrece un blindaje estratégico y una alianza inquebrantable para arrebatarle el control a sus agresores. Entre el lujo sofisticado de Mónaco, París y el imponente horizonte de Dubái, Mía decide adueñarse de su propia narrativa publicando la verdad de su estado de salud, convirtiendo la vulnerabilidad en su mayor victoria. Sin embargo, lo que comenzó como un pacto de protección mutua y conveniencia pronto desencadena una atracción magnética e incontrolable. En un mundo rodeado de reflectores, intrigas corporativas y alta velocidad, Mía y Alessandro descubrirán que el peligro más grande no está en las pistas ni en los juzgados, sino en arriesgar el corazón.
View MoreLas paredes del vestidor parecen vibrar con la ola de aplausos que aún retumba en la sala principal. Es el eco de una ovación de pie, cálida y ensordecedora, tras mi actuación sobre el escenario. Mientras afuera la aclamación de mi nombre todavía no se extingue, al otro lado de la puerta de roble mi mundo se vuelve denso y silencioso.
Me encuentro frente al imponente espejo de tocador de estilo barroco, enmarcado en hojuela de oro y rodeado por luces cálidas que iluminan con elegancia el camerino principal del exclusivo Ópera de Montecarlo, en pleno corazón de Mónaco. El cristal de gran lujo refleja una imagen que contrasta dolorosamente con lo que siento por dentro: una mujer deslumbrante de tez canela, ojos expresivos llenos de una dulzura intacta y una melena color café que cae en suaves ondas sobre un vestido de alta costura que yo misma diseñé para esta noche.
Acabo de culminar una presentación musical magistral en la gala benéfica más ambiciosa de la temporada, un evento que reúne a magnates, realeza, referentes de la moda y prensa internacional. Ante el mundo, soy la voz más aclamada del momento y la mente detrás de un imperio multimillonario de belleza y vestuario.
Sin embargo, detrás del glamour, mi realidad en este camerino es sombría. Apoyada sobre el frío mármol del tocador, me tiemblan las manos incontrolablemente. Siento el cuerpo abrumado por un agotamiento profundo y una rigidez silenciosa que me obliga a respirar hondo para no perder el equilibrio antes de volver a salir.
Me doy la vuelta hacia el espejo para retocar el labial carmesí de mis labios cuando la puerta se abre de golpe, rompiendo la intimidad de este espacio sin previo aviso. Entra Julián Belmonte. Luce impecable en un esmoquin a medida, proyectando esa arrogancia calculadora que tanto fascina a los medios.
—Mírate nada más, Mía —dice mientras en su boca se dibuja una sonrisa burlona. Camina hacia el espejo y deja caer una pesada carpeta sobre el tocador—. La gran y aclamada estrella de la noche, temblando como una hoja en el lugar más exclusivo de Mónaco.
—Sal de mi camerino, Julián —respondo, manteniendo la mirada firme a través del reflejo del cristal—. En minutos debo salir al escenario a recibir el galardón de la gala y no tengo nada que hablar contigo.
—Oh, créeme que sí —se burla, acorralándome al apoyarse contra el lujoso mueble.
—Lo nuestro terminó hace mucho y ya falta poco tiempo para que finalice el contrato que me dejará completamente libre de ti —le recuerdo, mientras un dolor punzante me recorre las articulaciones y me cuesta respirar por un brote de mi condición, agravado por la tensión y el estrés.
—No te voy a pedir volver, sería patético de mi parte querer estar con una mujer enferma —suelta con un tono áspero, sin la más mínima consideración. —Solo debes firmar los documentos nombrándome gerente general de la empresa de cosméticos y de la de alta costura. Es lo más sensato que puedes hacer dadas tus condiciones de salud.
Julián pone un costoso bolígrafo a la altura de mis ojos, en el que se leen grabadas las iniciales de mi propio nombre.
—Retírate, necesito salir nuevamente al escenario a recibir el galardón que me han otorgado y debo arreglarme —le digo con voz temerosa pero firme.
—No saldrás a recibir nada —eleva la voz, con frialdad—. Acabo de dar unas declaraciones muy interesantes a la prensa afuera. Les mencioné sutilmente lo agotada y frágil que te encuentras últimamente. ¿De verdad crees que la junta directiva va a permitir que sigas al frente de un imperio global en este estado?
Abre la carpeta y desliza un contrato de cesión de acciones frente a mí.
—Firmas la transferencia del 51% de tu marca a mi grupo corporativo, o mi cadena de noticias convierte esas declaraciones en la portada de mañana. Veremos cuánto dura la confianza de tus inversores cuando duden de si puedes sostenerte en pie. Revisa las redes sociales un momento, querida Mía, y date cuenta de que en minutos ya están propagando con asombrosa rapidez mis palabras. Cinco minutos antes estaban inundadas de fotos y reseñas sobre tu impecable concierto, y en este momento todos hablan de mi comentario sobre tu estado.
Siento rabia, impotencia y un nudo de indignación apretándome el pecho. Sin embargo, en lugar de ceder, ajusto la caída de mi vestido, levanto la barbilla con elegancia ante el espejo y miro al hombre que una vez fue mi pareja y mánager con frialdad absoluta. Decidida desde hace ya algún tiempo a no seguirle el juego y a que no siga aprovechándose de mí.
—No voy a firmar nada. Guarda tus amenazas, Julián, porque mi imperio no te pertenece. He levantado todo con mi esfuerzo y dedicación. Te aprovechaste de mi talento y trabajo para salir de la quiebra. Me enamoraste para poder manipularme y te aprovechaste de tu estatus como manager, pero créeme que cuando decidí apartarte de mí no estaba jugando. No tienes ningún derecho sobre lo mío.
—Tengo el derecho que mis abogados y la prensa digan que tengo —repite con su habitual arrogancia—. Si no firmas, mañana a primera hora mi cadena de noticias filtra tu historial médico completo y las fotos de tu colapso en el hospital el mes pasado. A ver cuánto dura tu imperio de moda cuando los inversores piensen que estás acabada.
Sin ninguna consideración hacia la mujer que un día le tuvo una confianza ingenua y compartió su vida con él, me dice, convencido de que voy a obedecer:
—No saldrás a recibir ningún premio. No podrás pararte en el escenario si ni siquiera puedes sostenerte firme después de la presentación, y menos sabiendo que en este momento todos comentan sobre tu salud y estarán escudriñando cada uno de tus movimientos.
En ese instante, Marcos, uno de mis ayudantes de vestuario, golpea la puerta y entra para avisarme que debo salir al escenario nuevamente.
Para sorpresa de Julián, le doy la espalda, me coloco la capa de seda de mi atuendo y camino con paso firme hacia la salida del camerino, dispuesta a cruzar las puertas y recibir el premio con la frente en alto ante las cámaras del mundo entero a pesar de sus intimidaciones.
—Voy a salir, Julián. Claro que voy a poder hacerlo. Estoy cansada de tus amenazas y de tu control, y no vas a poner tampoco ni un solo dedo sobre mis empresas.
Nos encontramos en el salón privado de la terraza, envueltos por el murmullo sereno de la noche en las colinas de Los Ángeles. La calidez del vino y la cercanía de nuestros cuerpos mantenían una atmósfera de paz indescriptible, pero noté una sombra de ensimismamiento en la mirada de Alessandro. Sus ojos azules, habitualmente firmes e impenetrables, reflejaban una vulnerabilidad inusual, un matiz de zozobra que solo afloraba cuando se preparaba para dar un paso de profunda trascendencia. Se acomodó a mi lado en el sofá de teca, tomando mis dos manos entre las suyas con una presión firme y tibia. Su pulgar trazó caricias suaves sobre el dorso de mi piel.—Mía... hay algo que necesito confesarte —comenzó a decir en un susurro grave, cargado de una emoción contenida que me erizó la piel—. Algo que forma parte de mi vida privada y que ocurrió antes de que nuestras miradas se cruzaran por primera vez. Lo miré fijamente, sintiendo cómo el pulso se me aceleraba lev
Las luces de la mañana en mi estudio de diseño en Los Ángeles se destilan con una claridad deslumbrante por las ventanas, reflejándose sobre las muestras de texturas, bocetos y prototipos que llenan las mesas de trabajo. Alrededor de la gran mesa central, Marcos Álvarez, Valeria y Mateo revisan con rostros iluminados por la satisfacción los últimos informes corporativos y de producción.—Mía, los números de la preproducción superan cualquier expectativa —afirma Valeria, sosteniendo un elegante frasco de vidrio esmerilado con detalles dorados—. La nueva colección de alta costura está lista para las pasarelas internacionales, pero lo que hemos logrado en el laboratorio de cosmética es sencillamente histórico.—Así es —añade Mateo con una sonrisa de orgullo—. El equipo de dermatólogos, farmacéuticos y químicos especializados que contratamos ha desarrollado una línea revolucionaria que va a sacudir los cimientos de la industria global de la belleza. Me acerco a la mesa y
Por los amplios ventanales de la biblioteca principal de mi mansión en Los Ángeles, el sol mañanero filtra sus primeros rayos, iluminando la estancia de madera noble y la enorme mesa de centro. Alessandro no ha podido estar presente hoy debido a compromisos impostergables en los pits de su escudería antes del próximo gran premio, pero ha coordinado la reunión enviando a su influyente grupo de abogados internacionales, encabezado por el prestigioso doctor Valenti. A mi lado se encuentra Marcos Álvarez. Aunque formalmente es mi asistente de vestuario y estilismo, su lealtad incondicional y el manejo diario de mi agenda lo han convertido en mi mano derecha y persona de entera confianza, por lo que su presencia hoy en esta mesa resulta fundamental. Frente a nosotros, visiblemente emocionado y sosteniendo una carpeta de cuero entre las manos, se halla Gonzalo Altube, el abogado que estuvo a mi lado desde los inicios de mi carrera artística, antes de desaparecer de forma i
El aroma embriagador de los cientos de rosas enviadas por Alessandro aún impregna cada rincón del gran salón de mi mansión. La calidez de sus palabras y sus detalles y gestos hacía mí me mantienen en un estado de paz absoluta. Sin embargo, en esta industria, la serenidad suele ser el prefacio de una tormenta lingering que se resiste a morir. Me encuentro en la mesa principal del recibidor examinando las texturas de unas sedas importadas junto a Marcos y dos de mis colaboradores más leales de la firma de alta costura: Mateo, un talentoso diseñador de corte impecable, y Valeria, mi patronista principal, una mujer de unos cuarenta años con una mirada perspicaz y una lealtad a prueba de todo. De repente, los pasos apresurados de Tomás, uno de los guardias de la seguridad privada de la propiedad, interrumpen el ambiente de trabajo. Viene acompañado de una figura que viste un conjunto ostentoso y gafas oscuras de diseñador.—Señorita Mía, disculpe la interrupción


















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