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50. Fue él I

Autor: Nancy Rdz
last update Fecha de publicación: 2026-06-12 02:45:13

Lilian Caballero

Roberto arrancó el auto y se integró a la carretera rumbo a Monterrey. El rugido del motor llenó por un instante el silencio entre nosotros. Me acomodé en el asiento, cansada, y en un movimiento me quité la cazadora que él me había puesto en el restaurante. La doblé con cuidado sobre mis piernas; el calor de la tela aún guardaba su aroma, un perfume varonil, profundo, con notas que se quedaban pegadas a la piel.

Mientras buscaba una posición más cómoda, su voz grave me sorpren
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Último capítulo

  • El precio de tu amor   114. Fin

    Ana Paula LagoEl aire olía a tierra húmeda y a flores recién cortadas cuando entré al cementerio. Octubre siempre traía ese frío suave que se colaba por la ropa, pero aun así me gustaba venir con el amanecer. Me daba la sensación de que Carlos me escuchaba mejor cuando el mundo todavía estaba en silencio.Caminé entre las lápidas hasta llegar a la suya. Aquel mármol claro que tantas veces había acariciado. Me arrodillé frente a él, dejando que mis rodillas tocaran el borde helado de la base. Coloqué las flores a un costado y exhalé, sintiendo cómo un nudo se deshacía lentamente en mi pecho.—Hola… —susurré, con esa timidez que nunca se me quitaba cuando venía aquí—. Siempre que vengo a verte me dan los mismos nervios, como si realmente te fuera a ver de pie, frente a mí.Toqué el borde de la lápida con la punta de los dedos.—Feliz cumpleaños, Carlos. Como cada año, traje tus flores. Y quiero que sepas que mientras siga viva… cada fecha especial vendré a verte. Es mi promesa para ti.

  • El precio de tu amor   113. En familia

    Lilian CaballeroDos años después.Terminé de vestir a mi pequeño. Supe que no se quedaría quieto ni medio minuto, pero aun así intenté acomodarle el cuello de la camisa azul pastel que Roberto había elegido para él. Mi hijo me miró con esos ojos oscuros que eran exactamente los de su padre, con la misma intensidad y esa pequeña arruga en el ceño que hacía cuando algo no le parecía.—¿Sabes que eres igualito a tu papá? —le dije mientras le hacía cosquillas debajo de la barbilla.Él soltó una risita dulce, de esas que me desarmaban, y estiró los bracitos para que lo cargara.Lo levanté sin esfuerzo y lo acerqué a mi pecho.—Mi bebé hermoso… mi príncipe azul —le susurré, dejando un beso en su mejilla redonda y tibia.Caminé con él en brazos hacia el balcón. Desde ahí podía ver el jardín decorado con guirnaldas, cintas azules y una mesa larga llena de globos. Todo estaba listo para celebrar su primer cumpleaños. A veces no podía creer que ese pequeño milagro existiera… y que hubiera sali

  • El precio de tu amor   112. Hermanos a pesar de todo

    Arturo Abad Rocamonte Cuando terminé mi desayuno, reuní el valor para buscar a mi padre. No quería esperar más; llevaba días dándole vueltas a esa conversación, como si las palabras se atoraran en mi garganta cada vez que intentaba practicarlas mentalmente. Caminé hasta su despacho despacio, apoyándome ligeramente en el marco de la puerta antes de tocar.—¿Padre? —pregunté asomando la cabeza.Él levantó la vista de unos documentos, frunciendo el ceño como si lo hubiera interrumpido de algo de suma importancia, aunque sabía que no era así.—Pasa —dijo, señalando con la mano el interior.Cerré la puerta detrás de mí. El despacho siempre olía a madera antigua y a ese perfume discreto que él usaba desde que yo era niño. Me senté frente a él, pero no supe cómo empezar. Me aclaré la garganta.—Quiero hablar contigo… de Roberto.El ceño de mi padre se profundizó, como si mi hermano fuera un tema incompatible con su paciencia.—¿Qué pasa con Roberto? —preguntó con frialdad.Tragué saliva.—Q

  • El precio de tu amor   111. Soy tuyo

    Roberto Abad RocamonteAbrí la puerta de mi departamento con Lily en brazos, como si no pesara nada. Su risa suave vibró contra mi pecho y, por un instante, me olvidé de todo lo que pasamos en los últimos días. —Roberto, no tenías que cargarme —se burló, divertida, su voz dulce raspándome por dentro.La miré de reojo sin detener mis pasos.—Quería hacerlo —respondí—. Además… aún no puedo creer que aceptaras venirte a quedar conmigo unos días.Ella frunció los labios, ese gesto siempre me volvía loco.—Mis padres son demasiado controladores —explicó—. No quería tenerlos encima vigilando cada movimiento mientras me recupero. Y Ana estaría con Arturo en la residencia de sus padres, así que mi departamento iba a estar vacío. —Se encogió un poco de hombros—. Podríamos aprovechar estos días que vamos a vivir juntos… para ver si realmente nos llevábamos bien.Sonreí. Una sonrisa lenta terminó dibujándose en mis labios. Porque sabía exactamente lo que quería decir… y me encantó.Ella me habí

  • El precio de tu amor   110. Rescate

    Roberto Abad RocamonteLlevaba ya más de tres horas desde que salí del hospital. Tres horas que se habían sentido como tres malditas eternidades.El sol había bajado por completo, hundiéndose tras los edificios como si también quisiera evitar mirar la tragedia que aún latía entre los escombros. La oscuridad comenzaba a cubrirlo todo, y con ella un pensamiento que no me dejaba respirar: ya habían pasado demasiadas horas desde el derrumbe.Y cada maldita hora que transcurría sin noticias…Era una sentencia.Las luces portátiles formaban sombras largas y deformes, moviéndose como fantasmas entre las columnas partidas. No podía controlar nada. Ni siquiera el temblor de mis manos al no saber si seguían con vida.Me estaba volviendo loco.El hombre encargado del dispositivo de escucha se acercó, sosteniendo aquella máquina. Lo había visto trabajar sin descanso. Yo mismo le había pedido, suplicado, que no se moviera del lugar, que cada tantos minutos volviera a encenderlo.Lo escuché inhala

  • El precio de tu amor   109. Atrapados

    Ana Paula Lago El leve quejido de Arturo me atravesó como una punzada. Hasta ese instante, no sabía si volvería a escucharlo. Sus respiraciones eran cortas e irregulares, y podía sentir cómo todo su cuerpo intentaba reaccionar a la oscuridad que nos envolvía.—Ana… —murmuró con voz ronca, desorientado. Se esforzó por moverse, pero el espacio era tan angosto que apenas pudo girar un poco el rostro hacia mí—. Ana…El sonido de mi nombre en sus labios me quebró. Extendí mi mano entre la oscuridad, palpando concreto, polvo, algún pedazo de metal… hasta que finalmente encontré sus dedos. Los entrelacé con los míos y apreté con fuerza, buscando transmitirle seguridad, aunque yo misma estuviera temblando.—Estoy aquí —susurré, sintiendo mis ojos humedecerse de inmediato, consciente de lo frágil de nuestra situación—. Fue un milagro que sobreviviéramos.Lo dije para darle ánimo… pero también para convencerme a mí misma.Arturo respiraba con dificultad. De pronto, sentí cómo pasaba su brazo n

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