FAZER LOGINEl reflejo en el espejo del inmenso tocador le devolvía la mirada a una mujer que Amanda apenas reconocía.
El vestido oscuro se ajustaba a su figura de una forma que nunca se había atrevido a usar, y el maquillaje acentuaba sus facciones, dándole un aire fresco, seguro y sofisticado. Sin embargo, por dentro, sentía un nudo en la boca del estómago que no la dejaba respirar con normalidad. —Adriana, no puedo hacer esto —soltó de golpe, apartando las manos de su amiga, que intentaba acomodarle el cabello—. Es una locura. Soy una mujer casada. ¿Qué pasa si alguien de la empresa me ve? ¿Qué pasa si...? —Ni se te ocurra echarte para atrás ahora, Amanda Borbón —la interrumpió Adriana, tajante, plantándose frente a ella—. No te pusiste ese vestido espectacular para quedarte encerrada en esta mansión llorando por un marido al que no le importas. Hoy sales, te tomas un trago, te diviertes y te acuerdas de lo que es ser una mujer deseada. Punto final. Amanda soltó un suspiro largo y cerró los ojos un segundo. Sabía que su amiga tenía razón, pero el peso de las reglas y el miedo al escándalo la tenían paralizada. Aún así, asintió despacio, dejándose arrastrar por la energía arrolladora de Adriana. Una hora más tarde, el ambiente del exclusivo club nocturno de California golpeó a Amanda con fuerza. El bajo de la música electrónica retumbaba en el piso, las luces de neón cortaban la oscuridad y la inmensa barra principal estaba a reventar de gente riendo, bebiendo y bailando sin el menor pudor. El contraste con el silencio aburrido de la mansión Grimaldi era abismal. Amanda se encogió un poco, aferrándose a su pequeño bolso. —Adri, por Dios, ¿no había un lugar un poco más discreto? —se quejó, alzando la voz para hacerse escuchar por encima de la música—. Me aturde la cabeza. Siento que todo el mundo me está mirando. —¡No seas aguafiestas! —le gritó Adriana al oído, riendo y moviendo los hombros al ritmo de la música—. Este lugar es súper exclusivo, el ambiente está increíble y a nadie le importa lo que hagas. Relájate. De pronto, una mujer alta, vestida con un traje negro y un pequeño auricular, se acercó a ellas. Se inclinó hacia Adriana y le murmuró algo directamente al oído. Adriana sonrió ampliamente y, con un gesto rápido de la mano, señaló a su amiga. La anfitriona asintió y se retiró hacia los pasillos del fondo. Amanda sintió que la sangre se le bajaba a los pies. —¿Qué te dijo? —preguntó, poniéndose repentinamente pálida—. Adriana, ¿qué está pasando? —Todo está listo para tu cita. Tu chico misterioso ya tiene la mesa esperando —Adriana le agarró la mano y tiró de ella con fuerza—. Vamos, que es hora. Amanda pasó saliva con dificultad, sintiendo la garganta seca. Se dejó guiar a través de la multitud hasta llegar a la entrada de la zona VIP. Era un área muchísimo más apartada, envuelta en una penumbra elegante y rodeada de pesados cortinajes de terciopelo oscuro que amortiguaban el ruido exterior. Las mesas estaban estratégicamente separadas por biombos para garantizar la privacidad absoluta de los clientes. Exactamente el escenario íntimo que Víctor había exigido en su plan maestro esa misma mañana. Adriana la empujó suavemente hasta que Amanda cayó sentada en uno de los cómodos sofás curvos. —Bueno, mi reina, yo me retiro —anunció Adriana, acomodándose la correa del bolso sobre el hombro. —¡¿Qué?! ¡No! —Amanda se levantó a medias y se aferró a la muñeca de su amiga, aterrada—. No me dejes sola aquí, por favor. Te lo suplico. —Suéltame, dramática —Adriana se zafó con una risa traviesa y le dio unas palmaditas en la mano—. Tienes que divertirte por tu cuenta. Estaré en la barra principal, a solo unos pasos de aquí. Cualquier cosa, me escribes. ¡Disfruta! Antes de que Amanda pudiera protestar de nuevo, su amiga desapareció tras las pesadas cortinas. Se quedó completamente sola, jugando nerviosamente con los anillos de sus dedos, deseando tener el valor para salir corriendo hacia el estacionamiento. En ese instante, un mesero apareció de la nada en medio de la poca luz y depositó una elegante copa de Martini sobre la mesa. —Disculpe, yo no pedí esto —se apresuró a decir Amanda, confundida. —Lo sé, señorita —respondió el empleado con cortesía—. Es cortesía del caballero que viene allí. El mesero hizo un leve gesto con la cabeza hacia el pasillo y se retiró en silencio. Amanda levantó la vista y la respiración se le atascó en el pecho.Treinta minutos antes, Víctor había interceptado a la verdadera cita de Amanda en los baños del club. Un fajo de billetes y una clara amenaza de muerte bastaron para que el pobre diablo saliera huyendo despavorido por la puerta trasera.
De pronto él caminaba hacia ella con una seguridad aplastante. No se parecía en absolutamente nada a Víctor, ni a nadie que hubiera visto jamás.
Estaba perfectamente caracterizado. Su cabello lucía más largo, peinado hacia atrás con un estilo moderno y ligeramente desordenado, ocultando el tono castaño claro bajo un tinte temporal muy oscuro. Llevaba una chaqueta de cuero sobre una camisa negra que dejaba ver un poco de su pecho, dándole un aspecto rudo, misterioso y atractivo que contrastaba con los trajes perfectos que Víctor usaba a diario. Pero lo que más la maravillo fue su rostro. Su candado en la barba modificaba por completo la forma de su mandíbula, y sus ojos... esos ojos no eran los de Víctor. Llevaba unos lentes de contacto negros que habían borrado cualquier rastro del azul de sus ojos, dándole una mirada profunda y penetrante que parecía desnudarla con solo verla. A lo lejos, asomada por una rendija de la cortina, Adriana le hizo un guiño cómplice y desapareció del todo. Amanda se quedó inmóvil, sin saber cómo reaccionar ante el imponente desconocido que tenía enfrente. El extraño terminó de acortar la distancia. Llevaba un vaso de whisky en la mano derecha. Sin decir una sola palabra, se sentó frente a ella, acomodándose en el sofá con una soltura que irradiaba seducción. Apoyó el vaso sobre la pequeña mesa, se inclinó ligeramente hacia adelante y fijó esos ojos oscuros directamente en los de ella.Cinco años después…El cálido sol de la Riviera Maya brillaba sobre las aguas turquesas, pero, para Amanda, la mejor vista del paraíso seguía siendo indiscutiblemente su esposo.Cinco años habían pasado, y ver a Víctor salir del mar, con el agua resbalando por su torso marcado bajo la luz del atardecer, aún le secaba la boca exactamente igual que el primer día.La vida les sonreía a manos llenas.Su firma de arquitectos había traspasado fronteras, dejando de ser un nombre exclusivo de los Estados Unidos para convertirse en un referente internacional.Precisamente por eso estaban allí, combinando los negocios con el placer, dirigiendo juntos el diseño de un imponente complejo turístico ecológico en México.Pero el verdadero triunfo no estaba en los rascacielos ni en el dinero, sino a puerta cerrada. El fuego entre ellos seguía intacto; de hecho, se había perfeccionado.El sexo seguía siendo su escape favorito, la herramienta perfecta para desconectarse de la presión y recordarse mutuame
El Hotel Aramburu siempre sería su refugio especial. Al cruzar la puerta de la suite, a la mente de ambos regresaron cientos de recuerdos de aquel lugar.Allí había sido su primera vez como amantes, en esa época llena de secretos, mucho antes de imaginarse que terminarían siendo esposos y formando una familia hermosa.Para ellos, el sexo nunca fue solo para pasar el rato; había sido siempre su herramienta favorita para conectarse, para entenderse sin decir una sola palabra y para alejarse de golpe de todas las presiones del mundo entero.Ahora, parados en medio de la elegante habitación con las luces bajas, su esposo la miraba con un fervor que le derretía el pecho.Ya no había prisa, ni miedos.Las manos cálidas de Víctor la recorrían por encima de la ropa con una lentitud que la desesperaba por completo.Él la conocía de memoria, sabía exactamente dónde palpar, dónde presionar un poco más fuerte en su cintura y dónde rozar su piel para hacerla sentir la mujer más deseada y hermosa d
Las parejas se tomaron de las manos con fuerza.Rodrigo no apartaba la vista de Adriana, mirándola con cariño, mientras Daniel le sonreía a Valeria con los ojos brillantes y llenos de una emoción que rara vez mostraba en público.—Por lo tanto, si están dispuestos a amarse, a respetarse, a cuidarse en la salud y en la enfermedad, todos los días de sus vidas... —el cura hizo una breve pausa y los miró directamente—. ¿Aceptan?Los cuatro respondieron con una firmeza absoluta y llena de alegría.Segundos después, sellaron sus promesas con los anillos y con unos besos apasionados que desataron los aplausos, los silbidos y los gritos de celebración de todos los presentes.La recepción no tardó en convertirse en la mejor fiesta del año.Las copas de cristal chocaban en brindis constantes, la música en vivo llenaba cada rincón y el ambiente era de pura felicidad.Adriana y Rodrigo aprovecharon un momento a solas en el centro del salón, abrazados, posando para el fotógrafo oficial con unas so
Días despues...Contra todo pronóstico, y para sorpresa de absolutamente todo su círculo social, Rodrigo Mendiola había aceptado la loca propuesta de Daniel.El magnate, un hombre de costumbres tan rígidas y exclusivas, finalmente accedió a compartir su gran día.Claro está, lo hizo imponiendo sus propias reglas, sus exigentes estándares de lujo y pagando la mayor parte de la cuenta para asegurarse de que todo saliera perfecto, pero al final, la idea de la boda doble se hizo realidad.Y ahora, por fin, había llegado el gran día.El ambiente en la inmensa hacienda estaba cargado con el aroma de flores costosas, la música de fondo y unos nervios tan fuertes que casi se podían cortar con tijera.En una de las habitaciones más elegantes del lugar, Daniel se ajustaba el nudo de la corbata frente al espejo con las manos temblorosas.Víctor, que lucía impecable y sumamente relajado recostado en el sofá con su traje oscuro hecho a medida, lo miraba con una sonrisa llena de burla.—¿Qué tal, V
Dejar la clínica atrás fue el mejor sentimiento del mundo. Amanda se hundió en el asiento del auto, exhausta y adolorida, pero inmensamente feliz.El parto la había dejado sin una sola gota de energía, pero como todo fluyó de manera natural y tanto ella como la pequeña Valentina estaban en perfectas condiciones, el médico no tardó en firmarles el alta para que volvieran por fin a casa.Cuando las puertas de la mansión Grimaldi se abrieron de par en par, Amanda se quedó literalmente sin aliento.Víctor no había escatimado en nada.Con la ayuda de Valeria, había transformado el inmenso vestíbulo en un verdadero paraíso.Había hermosos arreglos de rosas blancas y peonías rosadas en cada rincón, globos flotando cerca del techo y un enorme cartel con letras doradas que cruzaba la pared principal:"Bienvenida a casa, Valentina".Apenas dieron el primer paso hacia adentro, el sonido de unos pequeños pies corriendo a toda velocidad resonó con fuerza sobre el suelo.—¡Papá! —gritó el pequeño
Minutos después, las chicas finalmente salieron de la habitación de recuperación para dejar que Amanda descansara en paz.Lucía, emocionada por contarle los detalles a Fernando, se adelantó rápidamente por el pasillo iluminado por luces blancas, dejando a Adriana unos pasos atrás.Ella se detuvo un instante para ajustarse la correa de su c bolso sobre el hombro, soltando un largo suspiro para liberar la tensión acumulada.Justo cuando iba a retomar su camino hacia la amplia sala de espera, Daniel apareció desde el corredor y la tomó sutilmente del brazo, deteniéndola de inmediato.—¿En serio lo tengo chiquito? —preguntó él en voz baja, pero con el ceño profundamente fruncido.Adriana soltó una carcajada abierta y sonora, echando la cabeza hacia atrás, sin poder creer que un hombre como Daniel siguiera dándole vueltas a ese absurdo comentario en medio de un hospital.—Ya no te aflijas por eso, Daniel —respondió ella con una sonrisa burlona—. Al parecer, Valeria no tiene ningún problema







