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Capítulo: Eres la culpable de mi dolor

Author: Luna Ro
last update publish date: 2026-04-14 14:46:48

Me apoyé contra la pared, tratando de recomponerme. Cada fibra de mi cuerpo temblaba, pero la determinación crecía con cada latido de mi corazón.

Sabía que esto había terminado, tal vez ellas habían ganado, pero yo era fuerte, iba a salir adelante, siempre lo hice, ¿Verdad?

Estaba cansada de este falso amor, y solo quería irme, llorar y recuperar un poco de dignidad.

No supe cuánto tiempo pasó. El silencio de la casa era casi insoportable, solo roto por el eco de mis propios pensamientos y de la furia que me consumía por dentro. Entonces, la puerta se abrió de nuevo.

Mi corazón se detuvo al instante. Ahí estaba él. Damiano.

Había vuelto a casa.

—¿Me esperabas? —preguntó con esa calma que siempre parecía controlarlo todo, aunque en sus ojos podía percibir un dejo de cansancio y distancia.

Se sentó frente a mí y, sin más, sacó unos papeles y los colocó sobre la mesa.

—Quiero el divorcio, Lanya. Pide cualquier compensación. Ella ha vuelto.

Mis ojos se abrieron con dolor, pero después, sin pensarlo, sonreí. Era una sonrisa de defensa, solo para no derrumbarme ante él, no iba a dejar que me viera llorar.

Tomé el bolígrafo con firmeza, sintiendo cada músculo de mi cuerpo encenderse con una determinación que antes no sabía que tenía.

Puse una cifra, cien millones de dólares, y firmé.

Él me miró con sorpresa.

—¿De verdad firmaste? —preguntó, con incredulidad.

—¿Qué es esto, un juego? —respondí, mi voz llena de ironía y desafío—. Quiero cien millones de dólares. ¿Acaso crees que quiero quedarme contigo?

—¡¿Qué has dicho, Lanya?! —exclamó, visiblemente alterado, como si mis palabras hubiesen derretido su maldito frío—. ¿Acaso no me amas tanto como para no dejarme?

Reí, un sonido frío y cargado de desprecio.

—¿Y qué? ¿Acaso tienes miedo de perderme? —pregunté, sin ocultar la satisfacción de verlo incómodo.

Le mostré la foto de él y mi hermana juntos hace unas horas, luego sonreí, afilada y segura.

—Patético —susurré, como un veneno silencioso que recorría la habitación.

Lancé los papeles de divorcio hacia él. Me levanté y me alejé.

Lo escuché decir mi nombre a mis espaldas, pero no me giré. No tenía fuerzas para mirarlo, no después de todo.

Al llegar a mi habitación, cerré la puerta con manos temblorosas y comencé a empacar. Metí toda mi ropa en la maleta, tomé mis ahorros, mis cosas más importantes… todo lo que podía llevar conmigo.

Quería irme. Necesitaba irme.

No quería verlo. No quería quedarme en un lugar donde su presencia me ahogaba.

La sola idea de imaginarlo con ella… en sus brazos, besándola, haciéndole el amor… me quemaba por dentro. Era como si algo se retorciera en mi pecho, desgarrándome sin piedad.

Y lo peor era que yo misma me lo había buscado.

Fui la culpable. Fui la tonta que se conformó con migajas, que aceptó un amor a medias creyendo que algún día sería suficiente. Debí saber cómo terminaría esto.

Debí haberme marchado antes.

Pero ahora ya no importaba.

Ahora solo quería una cosa: desaparecer de su vida.

Lloré de tristeza, mi corazón estaba roto, me dolía el amor que di y del que nunca recibí nada.

Limpié mis lágrimas y tomé la maleta, era momento de irme.

Tomé mi teléfono y llamé a mi mejor amigo, Max. Mi voz apenas se sostuvo cuando le pedí que viniera por mí. Él no hizo preguntas, solo dijo que estaría ahí en cinco minutos.

Cinco minutos para cerrar ese capítulo de mi vida.

Respiré hondo, tomé mi maleta y salí de la habitación.

Bajé las escaleras lentamente… y ahí estaba Damiano, sentado con absoluta calma, sosteniendo una copa de vino como si nada hubiera pasado, como si no acabara de destruirlo todo.

Cuando me vio, algo cruzó por su mirada. Sorpresa… o tal vez incredulidad.

—¿De verdad aceptarás el divorcio así? —preguntó, con ese tono que siempre lograba irritarme.

Me detuve frente a él, sosteniendo su mirada sin vacilar.

—¿Así cómo? —respondí con frialdad—. ¿Sin llorar? ¿Sin suplicar? ¿Eso esperabas? ¿Quién te crees que eres, Damiano?

Él sonrió. Esa sonrisa arrogante que alguna vez confundí con encanto.

—Antes parecías tan devota a mí… suplicabas por amor —dijo con burla—. ¿Lo olvidaste?

Sonreí también, pero la mía no tenía nada de dulzura. Solo amargura.

Me sentía miserable… pero no iba a mostrarlo. No ante él.

—Te amé —dije, firme—. Te amé porque te admiraba… pero un hombre que vuelve con la mujer que lo abandonó en su peor momento…

Mi voz tembló un segundo, pero continué.

—Un hombre que regresa con alguien que eligió el dinero en lugar de quedarse a su lado, no vale la pena.

—¡Cállate! —rugió de pronto.

No tuve tiempo de reaccionar.

En un instante, se acercó hacia mí y tomó mi mano.

Mi respiración se detuvo.

Se acercó, me acorraló contra la pared y lo miré fijamente, por un instante, podía perderme en su mirada.

Su perfume me envolvió, intenso, familiar… peligrosamente cercano.

Pero no había ternura en sus ojos. Solo odio.

—¡Tú y la abuela obligaron a Atalya a irse! —escupió, apretándome con fuerza—. ¡Ustedes son las culpables de que ella sufriera sola en el extranjero, sin mí!

Lo miré fijamente, sin apartar la vista.

Ese hombre… ese hombre al que amé tanto… era increíblemente guapo. Y también increíblemente estúpido.

Había creído cada una de las mentiras de Atalya.

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