INICIAR SESIÓNDesperté despacio y con calma. Había olvidado cerrar la ventana en la noche y la brisa marina entraba en la habitación llenándola de un aire salado. La mañana era soleada, el océano estaba calmado y en silencio, como una planta carnívora esperando el momento en que su presa cayera en la trampa y fuera borrada para siempre.
Me levanté de la cama rascándome los ojos, aún era temprano, casi las seis. La librería se abría a las ocho, así que tendría de las ocho hasta las seis de la tarde para idear un plan y convencer a Walter de no ir al mar, pensé decir que me dolía el estómago o algo así.
Después de darme una ducha, desordené por completo mi closet buscando ropa cómoda y bajé las escaleras casi arrastrando los pies por los escalones de madera antigua que rechinaban ante mi peso como una tétrica casa del terror.
Entré en la cocina, mi abuelo estaba parado en frente de la estufa, con la mano puesta en la perilla y los ojos bien abiertos, esperando el momento en que la leche hirviera para apagarla de un solo tirón.
Había peinado su cabello canoso hacia atrás, su piel arrugada semejaba la corteza de un árbol, pero su impecable sonrisa era la que le hacía parecer veinte años más joven. Siempre sonreía, y a veces recuerdo lo bien que me hacían sentir.
—Buenos días, Abu — saludé —¿Cómo amaneciste?
—Bien — dijo mientras apagaba con rapidez la estufa. Mi abuelo prefería la leche recién ordeñada, decía que la que viene en bolsa no es del todo natural, así que todas las mañanas un chico tocaba a la puerta con una pequeña jarra de leche —¿Y tú? — preguntó apuntándome con el tenedor. Fruncí el señor sin saber exactamente qué me preguntaba —¿Cómo amaneciste?
—Ah — respondí al entender qué me quería decir —Bien. Dormí bien — mi hermano entró en la cocina con ligereza, llevaba su uniforme del Anidado y su cabello despeinado, tomó una tostada y la engulló con rapidez ante la atenta mirada de mi abuelo y yo. Cientos de migajas salían desorbitadas de su boca y caían sobre la mesa.
—¿Que? — dijo con la boca llena al notar que lo observábamos —voy tarde — añadió encogiéndose de hombros. Le dio un abrazo al abuelo y luego se acercó a mí, me tomo de la cabeza y me beso el cabello dejándolo lleno de migas, luego, como una estrella fugaz, desapareció por donde entró.
Abrí la puerta del refrigerador, tomé la mermelada de piña, luego un par de galletas. me senté sobre el mesón y empecé a untar una de ellas, Por pensar en la deliciosa sensación no capté que mi abuelo me miraba detenidamente.
—¿Qué? — le pregunté chupándome el dedo que había quedado untado de mermelada.
—¿No tienes nada que decirme? —Sus pequeños ojos brillaron con curiosidad.
—No... No que yo sepa — me reí, pero él siguió mirandome detenidamente.
—No sé — dijo el anciano volviendo a mirar la leche sobre la estufa —tal vez un permiso especial — Fruncí el ceño sin entender del todo lo que quería decirme —Si... un permiso para salir a pasear hoy por la noche — me miró y me guiño un ojo. Todos sabemos que a un anciano de ochenta años se le olvidan las cosas o recuerda cosas que no son, pero mi abuelo no era de esos, tal vez era porque tenía ochenta y uno.
—No entiendo nada de nada —dije mientras miraba la galleta. La rica galleta.
—Ya sabes — dijo con un poco de entusiasmo y meneando las manos —la chica —esta vez sí lo miré raro.
—¿La chica? ¿qué chica? — pregunté profundamente extrañado, mi abuelo no era de esos locos que inventaba cosas.
—La que te invitó a salir hoy en la noche — dijo poniendo la olla con la leche sobre una pequeña tabla de madera, ya parecía impaciente —Walter me llamó — dijo al ver mi cara de tonto —me dijo que una chica te invitó a salir, pero que tú le habías dicho que no porque tenías que cuidar la librería — entonces empecé a comprender las palabras que salían de la boca arrugada del señor Bob. Todo era una mentira de Walter para que yo saliera más temprano y lo pudiera acompañar a ver a las sirenas.
—Sí, claro, lo olvidé — balbuceé golpeándome la frente con la palma de la mano.
—Tienes el permiso, podrás salir más temprano, yo te remplazo —Sonrió con alegría mientras le agregaba café a la leche.
—Claro — hubo un silencio extraño, el cual aproveché para hacer que la galleta y mi boca empezaran a cortar la distancia. Sentía de nuevo agua la boca. Y justo cuando creí sentir la húmeda mermelada deslizándose por mis labios él me habló de nuevo.
—¿Necesitas condones? — la pregunta de mi abuelo hizo que la galleta se partiera en dos, levanté mi pie golpeándola con la punta del zapato, esta recorrió todo el lugar Hasta chocar con la ventana, justo quedó pegada del vidrio, ambos nos quedamos perplejos mirando como se deslizaba cómicamente hasta tocar la base de esta, dejando una franja amarilla.
—¡No! — casi grite seca mente —No necesito condones — las bromas de mi abuelo a veces me ponían los pelos de punta, y aunque nunca me acostumbré y pensaba que las odiaba, nunca me llegué a imaginar qué tanto las podría extrañar.
—Ah ya — dijo el abuelo volteando de nuevo hacia la estufa —ya tienes.
—¡No! Digo... si... bueno, hay que estar preparado, pero... ¿Abu?, — él se giró con una sonrisa pícara.
—Sé que es mentira — dijo poniendo un poco de leche en otra taza —vieras como tartamudea Walter cuando miente — no pude evitar una sonrisa, en eso nos parecíamos —sé que quieren salir a pasear por ahí, vallan, me adelantare para llegar más temprano.
—No, no hay necesidad, Walter puede esperar hasta la noche — contesté, que el abuelo no me diera permiso sería la excusa perfecta.
—Vamos, te lo mereces, hace mucho que no vas a pasear — no tuve más que sentir con la cabeza. Si mi abuelo hubiera sabido cuales eran los planes de Walter lo amarraría a las escaleras y yo le ayudaría. Tal vez debí haberle dicho, él hubiera podido hacer algo, podía haberme ayudado. Tampoco le quise mencionar lo de la cita con las anciana, él tenía muchas más preocupaciones y quería ver primero qué quería ella.
—Hasta la tarde — dije poniéndome el bolso en la espalda y le di un beso en la frente.
—Riley —Me dijo él y me detuve para escucharlo —Gracias, mi niño, por ayudarme tanto —lo abracé de nuevo con más fuerza.
—No tienes nada qué agradecer. Te amo.
—Estaré llegando más o menos a las cuatro — dijo y me besó en la mejilla.
Salí de la casa sin darle más vueltas al asunto. Tomé mi patineta y me empecé a deslizarme por la calles.
de vez en cuando hacia una que otra pirueta en alguna escalera, aunque recuerdo que no era muy bueno. El aire golpeaba mi rostro con delicadeza, me encantaba sentir esa sensación, era como ser libre, a pesar que me gustaba mi monótona rutina semanal, me sienta un poco estancado, a veces sentía que no pertenecía a ese lugar y a sus personas, tal vez por eso no me relacionaba casi con nadie, no me entiendan, o yo no los entienda a ellos, el único que soportaba mi rareza era Walter.
Niños corrían por las calles llenado el vacío cielo con interminables risas que se extendían y recorrían cada parte del pavimento, los ancianos caminaban sujetando con fuerza las correas que amarraban los perros inquietos que tenían ganas de correr tras las gaviotas que volaban raso entre los techos. Un sábado normal, pero en una esquina y después de un desafortunado movimiento, choqué con el cuerpo de alguien, tan duro como si fuera un poste de concreto y ambos caímos rodando por el suelo.
—Lo siento —le dije a la persona mientras trataba de ponerme de pie y cuando levanté la mirada me encontré con la chica de cabello negro que me miraba desde arriba, ¿se había puesto de pie tan rápido?
—Ayer vi que te gusté, pero nunca me imaginé que literalmente me saltarías en sima —dijo y mi cara debió ser absurdamente roja.
—No me gustas —fue lo único que dije en vez de pedirle disculpas por haberla atropellado. Vi como se sacudía el vestido claro y me sentí mal, se había llenado de tierra —lo siento —le dije al final y ella meneó la mano en el aire restándole importancia.
—No importa, solo no me vuelvas a atropellar si me quieres hablar, Riley —cuando dijo mi nombre me tensé, luego recordé que yo mismo se lo había dicho cuando creí que se presentaba el día anterior.
—Nunca te había visto antes —le dije cuando ella hizo ademan de irse y se rio.
—Si, ya noté que nunca miras alrededor.
—Ya te pedí disculpas por atropellarte —le dijo y ella se cruzó de brazos.
—Soy de aquí, pero no salgo mucho, ahora si me lo permites —pasó por mi lado y el cabello negro ondeado por el viento me acarició la mejilla. Vi cómo se alejaba y le hablé sin pensar, no podía desaprovechar la oportunidad.
—¿Quieres que te invite a un helado un día de estos? —ella volvió la cara mientras se alejaba.
—No me gusta el helado —me quedé mirándola caminar hasta que la vi desaparecer por la esquina, ahora que lo pienso, nunca le recriminé aquella mentira.
Llegué hasta la entrada de la librería, tomé mi medio de transporte y lo puse bajo mi brazo. Sobre la puerta, en una corteza de madera vieja, el nombre de la librería: "A Evangelin", En honor a mi abuela, y más abajo, con la hermosa letra cursiva de Walter: "Magia en cada palabra"
Los enormes ventanales permitían la entrada de la intensa luz. Me incorporé poco a poco, la frescura y el olor a madera de los estantes donde reposan los libros esperando inmóviles el momento en que alguien los lea para transportarlo a otro mundo inundó mi nariz. Puse las llaves donde siempre lo hacía y me paré en frente de las estanterías buscando qué leer, ya había acabado todas las historias de alta mar, así que debía encontrar algo para sobrevivir estos dos largos y tediosos días. Después de un par de horas barriendo y trapeando, la librería había quedado impecable.
Ese día no había aparecido nadie por esos lares y el aburrimiento me carcomía las entrañas. Cuando llegó el pedido de libros que había hecho el abuelo me entretuve un rato organizando todo, hasta que un libro de pasta marrón llamó mi atención, lo saqué despacio de la caja y leí detenidamente el título.
"Sirenas"
Acaricié la pasta con la yema de mis dedos y leí el título otra vez.
La portada era la fotografía de la corteza de un árbol y escrito con sangre estaba el título. Dudé un poco antes de abrirlo, miré al rededor, la soledad impregnaba el pequeño local y pocas personas pasaban por la calle. En la papelería ese libro no aparecía, no estaba en el pedido ni en los libros por pedir.
Pasé la mirada por el índice que quedaba después de una hoja en blanco y leí varios títulos que llamaron mi atención, leí un par de ellos que trataban de lo mismo, hombres guapos que eran arrastrados por las sirenas hasta lo profundo del mar. Era ya la una de la tarde y me dispuse a salir de la librería para sentarme en la escaleras a ver pasar personas después de almorzar. Cerré el libro y me estregué los ojos con sueño hasta que la campana la de la puerta resonó en el lugar. Aun no entiendo por qué teníamos esa campana, desde cualquier parte de la tienda se veía si alguien entraba y mucho más desde las escaleras de la entrada
Abrí los ojos y miré a la puerta, me ahogué con mi propia saliva al ver de quien se trataba; era Jefferson Ríos el amigo de Walter.
Allí no existían los "populares" o "no populares". Ni tampoco el cliché de que los sexis son faltos de capacidad cerebral. Pero todos sabíamos que Jefferson no era del tipo que entrara en una librería ahora mucho menos en mí librería. Él era más de chicas, motos y gimnasio.
Era un poco moreno, de aspecto latino y ojos negros, su cabello era liso y tan oscuro como las alas de un cuervo y su perfecta sonrisa derretía a todas las chicas. No era tan musculoso, pero tenía un buen estado físico.
—Hola — dijo con esa sonrisa brillante que lo identificaba
—Hola — contesté un poco sorprendido, su frente estaba húmeda, parecía que había estado corriendo ya que usaba ropa deportiva.
—¿Cómo estás? — volvió a hablar rompiendo el silencio incómodo.
—Bien, y ¿tu? — caminó hacia el mostrador y lo seguí. Dejé el libro de las sirenas sobre este.
—Bien. Estaba trotando por ahí y decidí venir a visitarte —me miró mientras hablaba y sonreía.
—¿A mí? —la frase me salió tan espontanea que él rio
—Si — contestó encogiéndose de hombros.
—Vamos — contesté arqueando una ceja, y al ver que él no se inmutaba me empecé a preocupar —¿En serio? —él meneó la cabeza.
—No. Vengo por unos libros — respiré aliviado, era una situación rara.
—Bien, ¿cuál quieres? — saqué la lista que estaba bajo el mostrador.
—¿Puedo mirar por ahí a ver de qué me antojo? — contestó. Asentí y él empezó a revisar las estanterías. Era extraño ver al chico guapo y famoso de la universidad buscar libros para leer. Cualquiera diría que no tendría cerebro.
Se acercó a mí con un par de libros en las manos, con una sonrisa nerviosa los puso frente a mi boca abajo, tomé el primer libro para ver cuál era y revisar su precio y noté como se tensó.
Levanté el libro despacio y leí el título. "Romeo y Julieta", traté de no sonreír y me límite a buscar en la lista el precio, ¿por qué le avergonzaría? era un libro bastante barato puesto que lo podías encontrar en todo lado gratis, pero él lo quería comprar, recuerdo que se me hizo muy raro.
le dije el precio y mi mano se encaminó para tomar el otro que creí reconocer. Antes de leer el título le di una mirada al muchacho, sus ojos negros se clavaron en Los míos y luego apartó la mirada con una sonrisa tonta. Bajé la mirada hasta en título del libro y vi que ara el libro erótico que estaba tomando fuerza. Esa vez sí se me escapó una sonrisa. Le di el precio y él metió rápido los libros en la bolsa de papel. Me dio unos billetes y completó con unas monedas.
—¿Por qué te da pena que la gente se entere que te gusta este tipo de lectura? — pregunté. Él respiró profundo y me miró de nuevo a los ojos.
—No es que se den cuenta que leo, es por los libros, ya sabes, dicen que son de mujeres —parecía extrañamente tranquilo.
—No hay libros de hombres o de mujeres, son sólo libros —le dije y le devolví el cambio, tenía la mano tibia y grande.
—Supongo.
—¿Por qué no te llevas la trilogía completa? — le pregunté de una manera casual. Él se encogió de hombros.
—¿No tienes dinero? pero si tu ganas arreglando motos y carros por ahí en el taller donde trabajas — pregunté y él asintió
—Si, tengo dinero, pero primero quiero leer el primer tomo ¿qué tal que no me guste? —asentí dándole la razón. Después de eso se formó otro silencio incómodo.
—¿Sirenas? — preguntó tomado en libro que había puesto en el mostrador.
—Sí, no soy el único que le gusta los libros para chicas — le apunté con el dedo acusador.
—No hay libros de hombres o de mujeres, son sólo libros — dijo levantando el de romeo y Julieta —nos vemos luego. Creo que pasaré por aquí más a menudo, Walter dice que deberíamos coincidir más — me dio un fuerte apretón y salió de la tienda dejándome de nuevo sólo.
Tomé el libro y empecé a repasar el índice, hasta que una sola palabra despertó mi curiosidad. "Malditas". Busqué rápido entre las hojas hasta que llegué al capítulo, tenía sólo una página, se me hizo raro y procedí a leer lo único que tenía la hoja.
"Malditas por siempre estaréis todas vosotras, condenadas a la orilla de la costa a escuchar lo que os diga un hombre... Pero no cualquier hombre"
Para ser honesto no entendía qué significaba y para ser aún más honesto no me importó, no en aquel momento.
Tome el libro y lo voltee. No tenía autor, solo una extraña editorial que decía "luna escarlata"
El resto de la tarde pasó tan lento y eran las cuatro cuando llegó mi abuelo. Hablamos de todo un poco y nos reímos otro poco leyendo en voz alta el libro erótico popular del momento.
A las cinco estaba tirado en el piso muriendo de tedio mientras mi abuelo leía algún libro aún más tedioso que mi propio cuerpo. El tintineo de la campanilla de la puerta me hizo detener el corazón, levanté la cabeza con rapidez para encontrarme con mi amigo Walter prado en frente de la puerta, traía una camisa blanca bastante ajustada que dejaba ver su torso definido y en su rostro una extraña sonrisa.
Solo tenía dos opciones: convencer a Walter para no suicidarnos, o, como sabía que si no lo acompañaba iría solo, acompañarlo y enfrentarme a la muerte cara a cara. Siempre tomé malas decisiones.
La criatura le siguió rugiendo a Jefferson, pero no le hizo ningún daño. Jefferson corrió hacia mi y me levantó de un tirón. Luego le apuntó a la criatura con un aparato que tenía en la mano, parecía un control remoto. —¿Qué está pasando? —pregunté, pero Jefferson me empujó hacia atrás. —Luego te cuento, por ahora lo único que sé es que esto lo controla —me dijo y presionó un botón que emitió un sonido. El animal se volvió loco y con una de sus patas nos golpeó y lanzó a un par de metros. Caí sobre Jefferson y le dije desde arriba. —Pues ese no sirvió —los disparos comenzaron volviendo loco al animal que comenzó a golpear el suelo. Jefferson trató de ponerse de pie, pero yo le estorbaba, así que me empujó y luego me ayudó a subir. Presionó otro botón, pero el ruido de los disparos era fuerte y de seguro el animal no escuchó la frecuencia del sonido. —Diles que se detengan —me dijo y yo fruncí el ceño. —¿Por qué? —él me sacudió. —¡Diles! —me gritó y yo busqué el auricular en mi oí
Walter había corrido parte de la noche, estaba cansado y sediento y sentía que las fuerzas le fallaban. La montaña con forma de mujer embarazada que le indicaba la dirección hacia donde estaba la carretera cada vez se hacia más y mas lejana y creyó que no sería capaz de alcanzarla. No estaba seguro de lo que pasaba en los laboratorios, pero deseó que Raúl lo creyera muerto. Él había intentado dejar la rejilla por donde había salido de nuevo con los tornillos, pero cabía la posibilidad de que alguna cámara de seguridad que vigilara a Poppy lo hubiera captado saliendo por el ducto que no había sido incinerado y tal vez ahora lo buscaban por todo el desierto.A lo lejos, mucho, logró reconocer un montículo de rocas que Raúl había utilizado para ubicarse y sintió un alivio tremendo, y corrió con las pocas fuerzas que le quedaban hasta que llegó a la carretera y justo como la habían dejado estaba la moto que les había dado Jack.Jefferson era un excelente conductor de autos, y aunque las m
Cuando desperté en la mañana, tenía el cuerpo adolorido, Meredith estaba a mí lado y me abrazaba desde atrás con fuerza. Apagué la alarma del reloj que estaba junto al nochero y me quedé mirando el atardecer. La noche anterior hicimos unos reunión con Jack, a través de una llamada ya que las chicas no lo quisieron en la casa, y también con el hombre encargado de la seguridad de Amelia. Habíamos elaborado una especie de plan para poder llevar a cabo todo lo que teníamos en la mente, principalmente matar a Gabriel. Jack no había querido solicitar ayuda a la policía de las otras ciudades o al ejército del país, Jábico tenía influencias por todas partes y la única manera de acabar con él era a través de organismos internacionales, y no había forma de llevar ningún tipo de información reveladora hasta ellos.—Sobreviviremos cada día — me dijo Meredith desde atrás y yo me volteé para mirarla.—Pero no quiero estar pelando cada día por mi vida —le dije y ella me besó en la punta de la nariz.
Jefferson no fue capaz de entender todos los sentimientos que comenzaron a embargarlo, estaba asustado, claro que sí, pero la adrenalina que tenía en el cuerpo lo tenía alerta y activo, y aunque tenía la tarjeta que le había quitado a Raúl tuvo la sensatez de no escapar a la primera oportunidad. Cuando la hora del almuerzo pasó, el lugar se había llenado de personas que pululaban por todo el lugar.Todos siempre parecían ir de afán, nadie se detenía a voltear a mirarlo ni por un solo segundo, como si no fuera más que un perro sin hogar, ni siquiera cuando él trató de hablarles para pedirles un vaso de agua. Parecían ignorarlo a propósito y pasaban corriendo.Había armado un minucioso plan de escape, pero todo pendía de un hilo. Gracias a toda la fachada de Raúl para meterlo en esa celda sin tener que pelear con él, le había enseñado la forma perfecta de salir, pero debía esperar hasta la noche y temió que durante todo ese tiempo Raúl se enterara que no tenía la tarjeta y fuera por él,
No pude hacer más que quedarme mirando como el cuerpo de Emily caía. El viento le despeinó el cabello y le cubrió la cara, pero una sombra fugaz pasó por mi lado y casi me arranca de la viga donde estaba aferrado como un náufrago.Un hombre cayó tras Emily, volando como un super héroe y cuando la atrapó en el aire la cuerda de la que estaba atada se tensó y estiró hasta unos varios metros.Volteé a mira hacia la puerta y un grupo de policías y hombres de Amelia sostenían la cuerda elástica, y me quedé maravillado por un momento, el como defender la ciudad podía crear escenas como esas, donde dos grupos tan diferentes que se han atacados los unos a otros ayudan por el bien común. Al menos mientras estuviera la tregua entre Jack y la vieja Amelia.Miré hacia abajo, el hombre con Emily había rebotado contra la pared, y a parte de la rabieta que la muchacha estaba haciendo por que la habían capturado, todo parecía estar bien.Me puse de pie con dificultad, temía que la biga en la que esta
Las personas dentro del helicóptero parecían estar bien, y un grupo de policías cayó sobre ellos a penas las hélices dejaron de girar.Emili se metió de nuevo en la torre del reloj y miré a Jack que daba ordenes a diestra y siniestra.—Me equivoqué —le dije, me sentí confundido y estúpido —confíe en Raúl y su hija y nos traicionaron y ahora Jefferson puede estar muerto —Jack volteó a mirarme y me tomó por los hombros.—Creías que hacías lo correcto —me dijo y sentí tanta impotencia que los ojos se me llenaron de lágrimas —yo soy el menos indicado para aconsejarte ahora, también cometí un error muy grande y estoy pagando las consecuencias por creer que hice lo correcto —lo miré a la cara, los pómulos marcados y las ojeras enormes, se veía realmente mal.—Eso no me da mucho consuelo —le dije medio en broma y él asintió.—Lo sé, pero es la realidad, la cuestión es lo que decidas hacer con los resultados de los errores que cometes —volteé a mira hacia la iglesia, la única salida que Emily