LOGIN—¿A dónde se fue? Se marchó dejándome tirada así, después de dejarme incapaz de caminar.Sexiola rezongaba fastidiada mientras giraba el cuerpo y descubría que el lugar de la cama junto a ella estaba completamente vacío, sin rastro de Damien.Pero en cuanto su mirada se desvió hacia la superficie de la mesita de noche, Sexiola se quedó paralizada. Una fresca rosa roja descansaba allí con elegancia, sobre una pequeña nota de papel. Sexiola extendió la mano, la tomó y desdobló el papel.«Tengo que resolver un asunto urgente fuera de casa por un momento. Mientras estoy fuera, asegúrate de extrañarme».Sexiola resopló con fuerza al contemplar la letra tan pulcra y ordenada de Damien.—¡Qué descaro el de este hombre, dándome la orden absurda de que lo extrañe! ¡¿Acaso él mismo se toma siempre el tiempo de extrañarme a mí?!Sexiola se armó de valor y bajó ambos pies hasta tocar la fría superficie del piso de mármol; al instante hizo una mueca de dolor.—Dios mío, esto duele muchísimo.La jo
—¡¿Cómo te atreves a reírte a gusto de mi sufrimiento, Damie?!Sexiola exclamó, ahogando el reproche mientras golpeaba con suavidad el pecho desnudo de su esposo, descargando su fastidio.A la mañana siguiente, Sexiola despertó y se encontró envuelta en el cálido abrazo de Damien Vance. El hombre seguía profundamente dormido a su lado, aprisionando el cuerpo menudo de Sexiola con su brazo firme.Al recordar la noche ardiente y desenfrenada que habían compartido, Sexiola sintió que todo su cuerpo se estremecía como si miles de voltios la hubieran recorrido de golpe.—Dios mío, de verdad hicimos el amor como locos toda la noche, y esto es completamente real —susurró Sexiola.Poco a poco, sus dedos finos apartaron el grueso edredón que le cubría el pecho, y echó un vistazo cauteloso hacia abajo. Sexiola casi soltó un grito histérico. No quedaba ni una sola prenda cubriéndoles la piel a ninguno de los dos. Estaban recostados, completamente desnudos.—¡Este hombre resultó ser sumamente tra
—Además de esa nuez tan cautivadora —Sexiola dejó la frase deliberadamente inconclusa, dejándola en suspenso, creando un silencio que los envolvió por completo.La joven recordó de pronto todo el relato sobre la infancia de Damien que la empleada de mayor rango le había contado. Con un movimiento algo torpe de los dedos, Sexiola extendió la mano y hundió sus finos dedos en los mechones mojados del cabello de su esposo.Damien siguió aquel movimiento de manera instintiva. El hombre se quedó paralizado al sentir aquella caricia suave y algo torpe deslizándose por su cabello.—Me encanta cuando ríes así, con esa libertad de hace un rato.Las palabras de Sexiola dejaron a Damien en silencio.—¿Reír? —como si no pudiera creer lo que había escuchado.—Sí —Sexiola asintió con la cabeza—. Te ves increíblemente cautivador cuando ríes con libertad.Aquel halago salió de sus labios de forma tan sencilla, sincera y sin el menor rastro de fingimiento.Damien tragó saliva con dificultad, sintiendo
—¡Suéltame, Damie!Sexiola exclamó con la respiración entrecortada, atrapada entre los brazos de su esposo.Sin saber cómo, sus cuerpos terminaron enfrentados, cara a cara, dentro del agua fría de la piscina. Damien inclinó la cabeza, mientras Sexiola levantaba su hermoso rostro, empapado.Damien siguió acortando la distancia entre sus rostros sin la menor duda. Sexiola sintió que el corazón le latía con tanta fuerza que estaba segura de que el eco resonante podía escucharlo el hombre frente a ella.«¿Qué está pasando aquí exactamente? ¿Damien tiene la intención de darme un beso en los labios?», se preguntó Sexiola, gritando en su fuero interno.Por instinto, sin poder evitarlo, Sexiola cerró los ojos con fuerza.«Dios mío, resulta que la reacción natural de mi cuerpo es mucho más traviesa y desbocada de lo que yo misma imaginaba», se lamentó Sexiola, resignada ante su propia rendición.Damien, al presenciar aquella actitud entregada de su esposa, se quedó paralizado por una fracción
Sexiola se sintió consumida por las llamas de los celos al imaginar que alguna vez hubo otra mujer reinando en el corazón de su esposo.Se quedó parada, inmóvil, al borde de la piscina, contemplando el reflejo tranquilo del agua azul mientras se abanicaba el rostro con la mano.—Creo que necesito un buen chapuzón de agua fría para aclararme la mente y apagar este torbellino de emociones que me quema por dentro.—Dios mío, de verdad me estoy metiendo demasiado en el papel de esposa cegada por los celos —se reprochó Sexiola.Sin perder más tiempo, se quitó la ropa exterior, quedándose solo con un traje de baño ajustado que envolvía a la perfección las hermosas curvas de su cuerpo, y se lanzó de un salto a la superficie del agua.Mientras tanto, tras el ventanal de vidrio de la habitación principal en el piso de arriba, Damien, que había presenciado por casualidad aquella acción tan atrevida de su esposa, se quedó paralizado de golpe. Su mirada oscura relampagueó, cargada de un calor ard
—Tía, ¿lleva mucho tiempo trabajando en esta magnífica residencia? —preguntó Sexiola, llena de curiosidad.La mujer de mediana edad, vestida con el uniforme de empleada de mayor rango, le dedicó una sonrisa cálida y suave.—Sí, podría decirse que llevo sirviendo a la familia Vance desde hace muchísimo tiempo. Antes de que se construyera este edificio, ya cuidaba del señor Damien desde que era apenas un niño.—¡¿Cuidó a Damien Vance desde que era pequeño?! —Sexiola miró a la mujer con un brillo de incredulidad, aunque su curiosidad se encendió de inmediato.La empleada de mayor rango soltó una risita suave. Dirigió sus pasos hacia el frondoso jardín trasero, y Sexiola, por instinto, la siguió muy de cerca.—Así es, señorita Sexiola —confirmó la empleada.—¡Dios mío, seguro que Damien era un niño insoportable! —exclamó Sexiola, imaginándose la infancia de su esposo.Sexiola notó que la empleada guardaba silencio de repente. La mirada de la anciana se perdió en algún recuerdo lejano del







