FAZER LOGINLa habitación estaba en penumbra.
El sonido constante de las máquinas marcaba un ritmo frío, casi fúnebre. Angelo di Santi permanecía recostado, el torso vendado, el rostro pálido pero los ojos… despiertos. Demasiado despiertos. —Tráeme el informe —ordenó, sin levantar la voz. El hombre frente a él, uno de los suyos, dejó una carpeta sobre la mesa metálica. —Es lo único que hemos podido confirmar hasta ahora. Angelo extendió la mano con lentitud. Cada movimiento dolía, pero no lo demostraba. Abrió el documento y leyó el nombre que aún le sabía a traición. Valentina Romano (nombre original: Isabella Ricci) Una sonrisa mínima, peligrosa, se dibujó en sus labios. —Así que cambió de nombre —murmuró—. Siempre fue buena desapareciendo cuando la verdad la alcanzaba. —No ha vuelto a aparecer públicamente —continuó el hombre—. Sabemos que se mueve con identidades falsas. Cambió de país al menos dos veces. Usa intermediarios. Vive en las sombras. Angelo cerró la carpeta despacio. —¿Y mi hermano? El silencio fue breve, incómodo. —Sigue fuera del radar. Creemos que están conectados… pero no tenemos pruebas directas. Angelo apoyó la cabeza contra la almohada, mirando el techo. —Isabella sabía exactamente qué hacer para que el accidente ocurriera —dijo con calma—. Sabía mis rutas, mis horarios, mis puntos ciegos. No fue impulsivo. Fue una sentencia. El hombre tragó saliva. —¿Quiere que sigamos buscándola? Angelo giró el rostro lentamente hasta mirarlo. —No —respondió—. Quiero que la sigan. Sin que lo sepa. —¿Y cuando la encontremos? —No aún. El silencio volvió a llenar la habitación. —Vamos a hacer creer que estoy muerto —continuó Angelo—. Que el accidente funcionó. Que no sobreviví. El hombre abrió los ojos con sorpresa. —¿Está seguro? —Más que nunca. Angelo sonrió, pero no había nada amable en ese gesto. —Cuando crean que ya no existo, todos bajarán la guardia. Isabella… mi hermano… los enemigos que se esconden detrás de su falda. Quiero verlos respirar tranquilos. Quiero que confíen. Se incorporó apenas, ignorando el dolor. —Y cuando Isabella salga de las sombras… cuando crea que ganó… Hizo una pausa. —Ahí voy a ir por ella. El hombre asintió. —¿Qué hacemos mientras tanto? —Nada —respondió Angelo—. Déjenla vivir. Déjenla dormir. Que se enamore de su mentira. Cerró los ojos un segundo. —Porque cuando me vea de nuevo… —susurró— entenderá que la muerte habría sido un castigo más piadoso. El monitor marcó un pitido constante. Angelo di Santi no estaba muerto, solo estaba esperando. La cafetería del hospital estaba llena del murmullo habitual de la hora de comida, Bandejas de plástico, olor a café recalentado y conversaciones a medias. Cassandra se sentó en una de las mesas del fondo, dejando la charola frente a ella sin demasiado apetito. Tenía la mente en otra parte, en el contrato, en las reglas. En ese nombre que todavía le erizaba la piel. —Vaya, vaya… —dijo una voz cargada de veneno—. Ya veo que el paciente del código rojo pidió que tú lo cuidaras específicamente. Cassandra levantó la mirada despacio. Sandra estaba frente a ella, uniforme perfectamente planchado, sonrisa torcida, los brazos cruzados. —¿Qué te traes, maldita zorra? —continuó Sandra, bajando la voz, pero no lo suficiente—¿Qué hiciste para que te eligiera a ti? Cassandra respiró hondo antes de responder. No levantó la voz. No se alteró. —No hice nada —dijo con calma—. Solo hago mi trabajo. Mi vocación es cuidar a los pacientes que lo necesitan. Lo hago con profesionalismo y de corazón. Sandra soltó una risa seca. —Sí, claro… como no —dio un paso más cerca—. Siempre tan correcta. Siempre la enfermerita perfecta. La miró de arriba abajo. —Aunque claro… cuando una está desesperada, hace lo que sea. Como tú, moviendo cielo y tierra por tu pequeña mocosa enferma. El mundo se detuvo. Cassandra se puso de pie de inmediato. La silla chirrió contra el suelo. —Cállate —dijo, con la voz firme pero temblando por dentro—Con eso no te metas. Sandra arqueó una ceja, disfrutándolo. —¿Ah, no? —sonrió—. ¿O qué? ¿Te duele que lo diga en voz alta? Los ojos de Cassandra se oscurecieron. —Ten cuidado —advirtió—. Si vuelves a mencionar a mi hermana, te juro que… —¿Que...qué? —la interrumpió Sandra, burlona—. ¿Vas a llorar? ¿O vas a usar la lástima otra vez para que te salven? Antes de que Cassandra pudiera responder, Sandra empujó la charola con fuerza, la comida cayó al suelo, el plato se rompió, el ruido fue seco, incómodo. Varias cabezas se giraron. Cassandra se quedó inmóvil, mirando el desastre a sus pies. —Ups —dijo Sandra—. Se me resbaló. Se dio la vuelta y se fue, satisfecha. A unos metros de allí, un hombre alto, traje oscuro bajo la bata médica, observaba la escena sin intervenir. Sus ojos no se apartaron de Cassandra ni un segundo. Sacó el teléfono. —Jefe —dijo en voz baja—. Una enfermera está molestando a Cassandra Morales. Agresión verbal y humillación pública. Del otro lado de la línea había silencio, luego, una voz grave. —¿La tocó? —No. Pero lo intentó todo. Otra pausa. —Anota su nombre —ordenó Angelo di Santi—. Y asegúrate de que no vuelva a acercarse a ella. El hombre colgó. Cassandra se agachó para recoger los restos del plato, tratando de que nadie viera cómo le temblaban las manos. No sabía que alguien ya la estaba mirando, no sabía que alguien ya había decidido que nadie volvería a hacerle daño y mucho menos…que ese alguien era el hombre más peligroso del país. Cassandra aún tenía el olor del café derramado en las manos cuando su teléfono vibró. Una vez, dos veces. Frunció el ceño. Nadie la llamaba a esa hora si no era algo serio. —Enfermera Morales —respondió, ajustándose el uniforme mientras caminaba por el pasillo. —Preséntese de inmediato en la oficina administrativa del tercer piso —dijo una voz seca—. Es una orden. La línea se cortó, el estómago se le cerró, subió por las escaleras, cada peldaño más pesado que el anterior. Cuando llegó, la puerta estaba entreabierta. Dentro, el ambiente era frío, demasiado ordenado. El doctor Arrieta estaba sentado detrás del escritorio. A su lado, una mujer del área administrativa revisaba unos documentos. Sandra estaba de pie, apoyada contra la pared, con los brazos cruzados y una expresión de triunfo mal disimulado. Cassandra lo entendió todo sin que nadie dijera una palabra. —Siéntate, Cassandra —dijo Arrieta, sin mirarla directamente. Ella obedeció. —Hemos recibido una queja formal —continuó la mujer administrativa—. Conducta inapropiada durante el horario laboral. Conflicto con personal del hospital. Alteración del orden en la cafetería. Cassandra apretó las manos sobre las rodillas. —Con todo respeto —dijo—, yo no provoqué nada. Fui insultada. Mi familia fue mencionada de forma ofensiva. Sandra soltó una risa suave. —Siempre tan dramática —murmuró—. Yo solo estaba bromeando. Arrieta levantó la mirada, incómodo. —Sandra afirma que tú perdiste el control —dijo—. Que levantaste la voz. Que generaste un ambiente hostil. —Eso no es cierto —respondió Cassandra, con los ojos brillantes—. Yo solo pedí respeto. La administrativa cerró la carpeta. —Independientemente de quién tenga razón —dijo—, el hospital no puede permitirse conflictos internos, especialmente ahora. Cassandra tragó saliva. —Esto es una advertencia formal —continuó— Quedará registrada en tu expediente. El golpe fue silencioso, pero devastador. —¿Una advertencia… por defender a mi hermana? —preguntó Cassandra en voz baja. Sandra sonrió, satisfecha. —Cualquier otro incidente —añadió la mujer— y nos veremos obligados a prescindir de sus servicios. El silencio se volvió insoportable. —Puedes retirarte —dijo Arrieta finalmente. Cassandra se puso de pie. Miró a Sandra una sola vez. No con rabia. Con algo peor. —Nunca me toques —dijo—Nunca vuelvas a mencionar a mi familia. Sandra se encogió de hombros. —Cuídate —respondió—. En este hospital… todo se puede perder muy rápido. Cassandra salió sin mirar atrás, no vio la cámara en la esquina del pasillo. No supo que todo había quedado grabado, no sabía que alguien ya había ordenado revisar cada segundo de ese incidente. Desde su habitación, Angelo Di Santi escuchaba el informe con el rostro impenetrable. —¿La amenazaron? —preguntó. —Sí, jefe fue una advertencia formal, intentaron intimidarla. Angelo cerró los ojos lentamente. —Perfecto —murmuró—Entonces ya eligieron bando. Abrió los ojos. —Que Sandra crea que ganó —ordenó—Y prepárense, porque nadie toca lo que es mío… sin pagar el precio. *** Sandra caminó por el pasillo con la barbilla en alto, pero por dentro hervía. Advertencia formal, se repitió con una sonrisa torcida. Advertencia para ella, no para mí. Entró al vestidor del personal y cerró la puerta con más fuerza de la necesaria. El espejo le devolvió su propio reflejo: impecable, controlada, correcta. Nadie veía el temblor en sus dedos cuando se desabrochó el reloj. —Siempre tú… —murmuró—. Siempre la buena, la correcta, la sacrificada. Cassandra Morales, ese nombre le raspaba la garganta, desde el primer día. Desde que llegó con esa mirada limpia y esas manos firmes. Desde que los médicos empezaron a confiar en ella, desde que los pacientes pedían que fuera Cassandra y no Sandra quien les cambiara las vendas. Ni siquiera lo intenta, pensó con amargura y aun así todos la eligen. Golpeó el casillero con la palma abierta. —No es justo. Ella había estudiado años. Había aguantado turnos dobles, humillaciones, médicos que la miraban por encima del hombro. Y aun así… nadie la miraba como miraban a Cassandra. Y ahora él....El paciente del código rojo, el nombre le regresó como un eco venenoso. Angelo De Santi. La pidió a ella, no a Sandra, si no a Cassandra. —Claro —susurró, con los ojos brillando de rabia—. La enfermerita perfecta salvando al mafioso moribundo. Caminó de un lado a otro del vestidor,ella tiene una debilidad, pensó de pronto, su sonrisa volvió lentamente. La hermana, la enfermedad, el cansancio. —Siempre llega tarde —murmuró—. Siempre agotada. Siempre al borde. La había visto muchas veces salir corriendo, contestar llamadas con la voz quebrada, esconder papeles médicos en la bolsa. No es tan perfecta, se dijo. Solo hay que empujar un poco más, se apoyó frente al espejo. —Un reporte mal hecho —enumeró—. Un medicamento fuera de hora. Una omisión mínima. Cosas que pasan, errores humanos, pero no dos veces, no tres. —Y cuando te caigas —añadió en voz baja—, nadie va a estirar la mano. Imaginó a Cassandra fuera del hospital, sin trabajo, sin seguro, sin forma de pagar tratamientos. Imaginó esa mirada firme resquebrajándose por primera vez, eso le dio calma. Sandra tomó su bolso, respiró hondo y volvió a sonreír. —Paciencia —se dijo—. Todo cae… si sabes esperar. No sabía que alguien más ya estaba observando, no sabía que cada movimiento suyo estaba siendo anotado, no sabía que había elegido al enemigo equivocado y que la envidia siempre cobra con sangre.18 años después...El asfalto de Roma brillaba bajo una lluvia ligera y nocturna. Frente a las imponentes oficinas principales de la corporación unificada Di Santi-Ling, una hilera de camionetas blindadas de color negro satinado se detuvo en perfecta sincronía. Los guardaespaldas bajaron de inmediato para formar un perímetro de seguridad impenetrable.La puerta de la camioneta principal se abrió. El primero en bajar fue Alessandro Di Santi, el heredero mayor de Ángelo y Cassandra. A sus 21 años, Alessandro era el vivo retrato de su padre: la misma mirada gris, gélida y calculadora, el cabello oscuro perfectamente peinado hacia atrás y un traje gris de alta costura a la medida que denotaba un poder absoluto. Caminaba con la misma arrogancia felina de Ángelo, cargando en sus hombros el peso del imperio europeo.Justo a su lado, cubriéndole los flancos como su sombra más fiel y peligrosa, bajó su hermano menor, Damián Di Santi. Damián poseía un aura mucho más ruda y salvaje; con los hom
En el porche de su residencia privada, la noche era fresca y estrellada. La pequeña bebé Yang ya dormía plácidamente en su cuna, dejando que sus padres disfrutaran de un momento de paz inusual. Arrieta se acercó por la espalda a Mein, quien observaba el horizonte con su habitual elegancia imponente. Él la rodeó con sus brazos fuertes, pegando su pecho a la espalda de la matriarca y depositando un beso tierno en su cuello. Mein se relajó de inmediato en su agarre, entrelazando sus dedos con los de él. —Mirándote aquí, en paz, solo puedo pensar en lo bendecido que soy —susurró Arrieta con voz suave, infundiéndole calor—. Lograste curar mi alma, Mein. Me sacaste de la culpa y del dolor del pasado, y ahora tengo la vida que siempre soñé. Una hija hermosa, dos varones fuertes y una mujer que es una reina y un hogar donde por fin puedo respirar. Mi vida es mil veces mejor ahora que estás en ella. Mein sonrió, con los ojos vidriosos por la emoción, dándose la vuelta para mirarlo de frente
El sol de la mañana se coló por los ventanales de la cabaña del norte, iluminando una habitación que parecía el escenario de una hermosa batalla. Las sábanas estaban en el suelo, la bata de seda vino hecha jirones en una esquina y, en medio de la cama, Clara descansaba plácidamente con la cabeza apoyada en el pecho desnudo de Wei. El Dragón la rodeaba con un brazo posesivo, durmiendo con una sonrisa de absoluta satisfacción que rara vez mostraba. El día 41 había sido todo lo que prometía y más; la dominación, los juguetes y el salvajismo los habían dejado exhaustos, pero más unidos y conectados que nunca.Unos días después, la mansión Di Santi se vistiere de gala para recibir a Mein, Arrieta y la bebé Yang de su luna de miel. La matriarca entró al gran salón luciendo un imponente vestido de lino blanco, con una piel radiante por el sol del Caribe y una paz en su rostro que dejó a todos boquiabiertos. Arrieta caminaba a su lado cargando a la bebé, quien no paraba de balbucear feliz.We
En cuanto la puerta de la habitación de los bebés se cerró con total sigilo, Wei no esperó ni un solo segundo. Con la agilidad recuperada de sus dos piernas, acorraló a Clara contra la pared del pasillo, la tomó por los muslos y la levantó en el aire de un solo golpe, haciendo que ella enredara sus piernas instintivamente alrededor de su cintura.Clara ahogó un grito de sorpresa, aferrándose a sus hombros anchos mientras él caminaba a zancadas directas hacia la habitación principal, azotando la puerta detrás de ellos. La depositó sobre las sábanas de la cama con una posesividad salvaje, devorándole los labios con un beso hambriento que sabía a pura necesidad acumulada.—Es el día cuarenta y uno, Clara —le siseó Wei contra la boca, con la respiración entrecortada y las pupilas totalmente dilatadas—. Y me toca hacerte mía. Ya no hay más malditas esperas.Clara, conteniendo una risita ninfómana y disfrutando al máximo de ver al implacable Dragón de la mafia perder los estribos por ella,
Clara vio la mirada de fuego de su esposo y, conteniendo la risa ninfómana que le provocaba tener al Dragón de la mafia comiendo de su mano, decidió cambiarle el juego en el último segundo. Se puso de pie con una elegancia perezosa, ajustándose el cinturón de la bata de seda vino de manera que su escote se remarcara aún más, y le dedicó una sonrisa angelical. —Sí, mi amor, tienes toda la razón, se acabó la paciencia —dijo Clara, acercándose a él y dándole un toquecito juguetón en la punta de la nariz—. Es la hora exacta para ir a bañar a los gemelos, darles pecho y dormirlos. No queremos que se pasen de sueño. Wei se quedó estático a mitad de la sala, parpadeando, sintiendo cómo toda la sangre que ya había bajado a su entrepierna sufría un freno de mano violento. Miró a Clara, luego miró las cunas, y suspiró derrotado. Sabía que con los gemelos no se jugaba; la rutina de sus hijos era sagrada. —Está bien... Vamos a bañarlos —aceptó Wei con voz resignada, aunque sus ojos seguían d
Al día siguiente, el sol brillaba en lo alto, tiñendo el mar de un azul turquesa impresionante. En la playa privada de la villa, bajo la sombra de una gran palapa con camas balinesas, la nueva familia disfrutaba de una tranquilidad incalculable.Mein caminaba por la orilla del agua cargando a la bebé Yang en sus brazos. La matriarca lucía un traje de baño de dos piezas de una elegancia suprema: un top de corte halter en color negro con detalles dorados de alta costura y una braga de talle alto que estilizaba su figura madura, manteniéndola sumamente sexy pero con la distinción que su edad y su rango exigían. Su piel clara contrastaba hermoso con el paisaje caribeño, y unos lentes oscuros completaban su imagen de reina de vacaciones.La bebé Yang, vistiendo un tierno trajecito de baño rosa con un gorrito para el sol, pataleaba feliz de sentir la brisa marina, soltando risitas cuando el agua rozaba los pies de su madre.Arrieta, sentado en una de las camastros con una bebida refrescante




