FAZER LOGINEl primer indicio de que algo iba mal no fue la sirena.
Fue el silencio. El Hospital San Blas nunca se quedaba en silencio. Siempre había un murmullo constante, un zumbido de pasos, monitores, voces superpuestas. Pero esa noche, de pronto, todo se tensó, como si el edificio hubiera contenido el aliento. Cassandra acababa de terminar de colocar una vía cuando las puertas de urgencias se abrieron de golpe. —Código rojo —anunció alguien— ¡Código rojo inmediato! El sonido de botas resonó en el piso pulido. No eran zapatos médicos. Eran pasos pesados, sincronizados, entrenados Cassandra alzó la vista justo a tiempo para verlos entrar, hombres vestidos de negro demasiados, armados con auriculares y miradas que no pedían permiso. El personal del hospital se quedó congelado un segundo… y luego el caos estalló. —¿Quién autorizó esto? —gritó una doctora. —¡Retírense de las camillas! —¡Necesitamos un quirófano ahora! —¡Cierren accesos secundarios! Uno de los hombres avanzó hasta el mostrador. —Tenemos una emergencia quirúrgica —dijo con voz firme—El paciente entra en cinco minutos. Nadie entra ni sale sin autorización. —Esto es un hospital público —replicó alguien—No pueden... —Podemos —interrumpió el hombre, sin alzar la voz—Y lo haremos. Cassandra sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Nunca había visto algo así, el paciente llegó rodeado de sombras. Una camilla empujada con precisión militar. Sangre oscura empapando los vendajes improvisados. Un torso inmóvil. Un rostro pálido… pero consciente, los ojos del hombre estaban abiertos. Sus ojos color azul estaban Alertas y dominantes, no parecían los ojos de alguien al borde de la muerte, parecían los de alguien que estaba anotando nombres. —¿Quién está a cargo? —preguntó uno de los médicos. —Yo —respondió el cirujano de guardia, nervioso—¿Qué tenemos? —Herida por arma de fuego. Compromiso torácico. Riesgo de colapso pulmonar —enumeró rápido uno de los hombres—El paciente necesita cirugía inmediata. —¿Nombre? Hubo una pausa mínima. —Angelo De Santi. El nombre cayó como un disparo, Cassandra no lo conocía…pero la forma en que todos los demás reaccionaron fue suficiente. —¿Dónde nos necesitan? —preguntó ella, avanzando antes de pensarlo. El cirujano la señaló de inmediato. —Tú. Y… —miró alrededor—Sandra. Muévanse. Sandra apareció a su lado con el ceño tenso. —Esto no es una cirugía cualquiera —susurró—Mira toda esa seguridad, esto huele mal. —Huele a urgencia —respondió Cassandra—Y eso es suficiente. Entraron al quirófano, las puertas se cerraron, el mundo exterior dejó de existir, las luces quirúrgicas iluminaron el cuerpo de Angelo De Santi con una claridad brutal. Su pecho subía y bajaba con dificultad. La herida era grave. Sangrante y profunda, pero él no perdió la conciencia. —No me duerman —ordenó con voz ronca. El anestesista dudó. —Señor, es necesario— —No —repitió Angelo, girando apenas la cabeza— Quiero estar despierto. El cirujano tragó saliva. —Está perdiendo mucha sangre. —No me voy a morir —dijo Angelo—. No hoy. Cassandra sintió algo extraño en el estómago, no era miedo era tra cosa era determinación… mezclada con una tensión oscura. —Necesitamos más gasas —ordenó el cirujano. —Aquí —respondió Cassandra, pasándolas sin apartar la vista de la herida. Sus manos no temblaron Sandra, en cambio, respiraba demasiado rápido. —Aspira aquí —le indicó Cassandra en voz baja—. No pierdas el ritmo. —No me digas qué hacer —murmuró Sandra, pero obedeció. Angelo giró los ojos apenas y los fijó en Cassandra y ella lo sintió, no levantó la mirada de inmediato cuando lo hizo, fue directa, sin sumisión, sin desafío abierto, solo firmeza. Los labios de Angelo se curvaron apenas. Una sombra de algo parecido a interés cruzó su rostro. —Tú no tienes miedo —murmuró. —No ahora —respondió Cassandra—. Ahora trabajo. El silencio en el quirófano fue absoluto. —Concéntrense —ordenó el cirujano. La cirugía continuó durante horas que parecieron días, sangre, sudor y ordenes cortas, mientras el pulso era contenido. Cuando todo terminó, Angelo seguía vivo, más que eso seguía presente. Mientras lo trasladaban a cuidados intensivos, uno de los hombres de seguridad habló en voz baja con un médico. —El jefe quiere saber quién estuvo en el quirófano. Cassandra escuchó su nombre yel de Sandra, no sabía que ese instante acababa de sellar algo irreversible, no sabía que el hombre al que había tratado como a cualquier paciente no olvidaba rostros, ni miradas. La habitación de cuidados intensivos estaba en penumbra. El sonido rítmico del monitor cardíaco era lo único que llenaba el espacio, constante, impersonal. Cassandra entró detrás del doctor con el expediente apretado contra el pecho. Había estado en muchas habitaciones así, pero ninguna se sentía tan… cargada. Angelo De Santi yacía recostado, el torso vendado, el rostro pálido pero alerta. Sus ojos estaban abiertos, fijos en el techo, como si estuviera contando grietas invisibles. No parecía un hombre derrotado, parecía un hombre esperando un veredicto. —Señor De Santi —dijo el médico con voz profesional—. La cirugía fue un éxito. La hemorragia está controlada. Angelo no respondió. —Sin embargo… —continuó el doctor, ajustándose las gafas—Hay algo que debemos discutir. Cassandra dio un paso al frente sin que se lo pidieran. Revisó los signos, cambió una bolsa de suero. Sus manos se movían con la misma precisión de siempre, pero sentía el pulso acelerado bajo la piel. —La bala no solo causó el daño torácico —prosiguió el médico—. El impacto secundario afectó la región pélvica y la médula espinal baja. Hubo inflamación severa… y compromiso neurológico. Angelo giró lentamente la cabeza. —Habla claro —ordenó. El médico sostuvo su mirada. —No hay respuesta motora en las extremidades inferiores. Silencio. —¿Temporal? —preguntó Angelo. —No —respondió el doctor. Cassandra sintió un nudo cerrársele en el estómago. —¿Reversible? —insistió él. —No en este momento. Y siendo honestos… las probabilidades son muy bajas. Angelo no parpadeó. —¿Puedo caminar? —preguntó finalmente. El médico negó despacio. —No. El monitor siguió pitando. Uno… dos… tres… El mundo no se acabó, eso fue lo más desconcertante, Angelo De Santi no gritó, no golpeó nada, no pidió explicaciones, solo cerró los ojos un segundo. —Entiendo —dijo. La palabra cayó pesada, definitiva, el médico respiró hondo. —Necesitará cuidados especiales. Rehabilitación, terapia diaria, control de heridas, movilización asistida. No puede hacerlo solo. Necesitará personal capacitado. —Ok —respondió Angelo. Nada más, ni una objeción, ni una amenaza Cassandra alzó la vista hacia él por primera vez desde que había comenzado la conversación. Había visto muchas reacciones: negación, rabia, llanto. Aquella… no la conocía. —Yo… —empezó el médico—Yo me encargaré de. —Déjenme solo —dijo Angelo, sin abrir los ojos. El doctor dudó, luego asintió. —Volveré más tarde —murmuró. Cassandra se quedó un segundo más. Ajustó la sábana con cuidado innecesario, como si ese pequeño gesto pudiera devolverle algo de control a la situación. Angelo abrió los ojos. —Tú —dijo. Ella se detuvo. —No apartaste la mirada —añadió él. —No era el momento —respondió Cassandra con calma—Cuando alguien recibe una noticia así… lo último que necesita es lástima. Los ojos de Angelo se clavaron en los suyos. —Aprendiste rápido. —Aprendí temprano —contestó ella. No dijo nada más. Salió de la habitación sin mirar atrás, cuando la puerta se cerró, el silencio cayó como una losa, Angelo bajó la mirada, sus piernas permanecían inmóviles bajo la sábana blanca. Intentó mover los dedos, pero nada y los movió otra vez y nada. El aire se le quedó atrapado en el pecho, no gritó, no lloró, una sola lágrima escapó, silenciosa, y él la limpió con furia antes de que pudiera caer. —No —se dijo en voz baja—No me van a ver así. Y entonces, como una herida que se abre sola, el recuerdo regresó, las luces cálidas, jn vestido negro, la risa de Anastasia contra su cuello. —Te amo, había dicho ella. Horas después, su boca todavía sabía a ella, cuando salió del restaurante, recordó su mano acomodándole el abrigo. Su voz pidiéndole ir en otro coche, su beso… demasiado largo. La explosión, el vidrio, el fuego y luego… nada. Anastasia no había gritado su nombre, no había vuelto. Angelo apretó los puños. —Me quitaste las piernas —susurró—. Pero no el alma. El amor murió esa noche y en su lugar nació algo peor, algo que no necesitaba caminar para destruirlo todo, ni mujeres que no bajaban la cabeza.18 años después...El asfalto de Roma brillaba bajo una lluvia ligera y nocturna. Frente a las imponentes oficinas principales de la corporación unificada Di Santi-Ling, una hilera de camionetas blindadas de color negro satinado se detuvo en perfecta sincronía. Los guardaespaldas bajaron de inmediato para formar un perímetro de seguridad impenetrable.La puerta de la camioneta principal se abrió. El primero en bajar fue Alessandro Di Santi, el heredero mayor de Ángelo y Cassandra. A sus 21 años, Alessandro era el vivo retrato de su padre: la misma mirada gris, gélida y calculadora, el cabello oscuro perfectamente peinado hacia atrás y un traje gris de alta costura a la medida que denotaba un poder absoluto. Caminaba con la misma arrogancia felina de Ángelo, cargando en sus hombros el peso del imperio europeo.Justo a su lado, cubriéndole los flancos como su sombra más fiel y peligrosa, bajó su hermano menor, Damián Di Santi. Damián poseía un aura mucho más ruda y salvaje; con los hom
En el porche de su residencia privada, la noche era fresca y estrellada. La pequeña bebé Yang ya dormía plácidamente en su cuna, dejando que sus padres disfrutaran de un momento de paz inusual. Arrieta se acercó por la espalda a Mein, quien observaba el horizonte con su habitual elegancia imponente. Él la rodeó con sus brazos fuertes, pegando su pecho a la espalda de la matriarca y depositando un beso tierno en su cuello. Mein se relajó de inmediato en su agarre, entrelazando sus dedos con los de él. —Mirándote aquí, en paz, solo puedo pensar en lo bendecido que soy —susurró Arrieta con voz suave, infundiéndole calor—. Lograste curar mi alma, Mein. Me sacaste de la culpa y del dolor del pasado, y ahora tengo la vida que siempre soñé. Una hija hermosa, dos varones fuertes y una mujer que es una reina y un hogar donde por fin puedo respirar. Mi vida es mil veces mejor ahora que estás en ella. Mein sonrió, con los ojos vidriosos por la emoción, dándose la vuelta para mirarlo de frente
El sol de la mañana se coló por los ventanales de la cabaña del norte, iluminando una habitación que parecía el escenario de una hermosa batalla. Las sábanas estaban en el suelo, la bata de seda vino hecha jirones en una esquina y, en medio de la cama, Clara descansaba plácidamente con la cabeza apoyada en el pecho desnudo de Wei. El Dragón la rodeaba con un brazo posesivo, durmiendo con una sonrisa de absoluta satisfacción que rara vez mostraba. El día 41 había sido todo lo que prometía y más; la dominación, los juguetes y el salvajismo los habían dejado exhaustos, pero más unidos y conectados que nunca.Unos días después, la mansión Di Santi se vistiere de gala para recibir a Mein, Arrieta y la bebé Yang de su luna de miel. La matriarca entró al gran salón luciendo un imponente vestido de lino blanco, con una piel radiante por el sol del Caribe y una paz en su rostro que dejó a todos boquiabiertos. Arrieta caminaba a su lado cargando a la bebé, quien no paraba de balbucear feliz.We
En cuanto la puerta de la habitación de los bebés se cerró con total sigilo, Wei no esperó ni un solo segundo. Con la agilidad recuperada de sus dos piernas, acorraló a Clara contra la pared del pasillo, la tomó por los muslos y la levantó en el aire de un solo golpe, haciendo que ella enredara sus piernas instintivamente alrededor de su cintura.Clara ahogó un grito de sorpresa, aferrándose a sus hombros anchos mientras él caminaba a zancadas directas hacia la habitación principal, azotando la puerta detrás de ellos. La depositó sobre las sábanas de la cama con una posesividad salvaje, devorándole los labios con un beso hambriento que sabía a pura necesidad acumulada.—Es el día cuarenta y uno, Clara —le siseó Wei contra la boca, con la respiración entrecortada y las pupilas totalmente dilatadas—. Y me toca hacerte mía. Ya no hay más malditas esperas.Clara, conteniendo una risita ninfómana y disfrutando al máximo de ver al implacable Dragón de la mafia perder los estribos por ella,
Clara vio la mirada de fuego de su esposo y, conteniendo la risa ninfómana que le provocaba tener al Dragón de la mafia comiendo de su mano, decidió cambiarle el juego en el último segundo. Se puso de pie con una elegancia perezosa, ajustándose el cinturón de la bata de seda vino de manera que su escote se remarcara aún más, y le dedicó una sonrisa angelical. —Sí, mi amor, tienes toda la razón, se acabó la paciencia —dijo Clara, acercándose a él y dándole un toquecito juguetón en la punta de la nariz—. Es la hora exacta para ir a bañar a los gemelos, darles pecho y dormirlos. No queremos que se pasen de sueño. Wei se quedó estático a mitad de la sala, parpadeando, sintiendo cómo toda la sangre que ya había bajado a su entrepierna sufría un freno de mano violento. Miró a Clara, luego miró las cunas, y suspiró derrotado. Sabía que con los gemelos no se jugaba; la rutina de sus hijos era sagrada. —Está bien... Vamos a bañarlos —aceptó Wei con voz resignada, aunque sus ojos seguían d
Al día siguiente, el sol brillaba en lo alto, tiñendo el mar de un azul turquesa impresionante. En la playa privada de la villa, bajo la sombra de una gran palapa con camas balinesas, la nueva familia disfrutaba de una tranquilidad incalculable.Mein caminaba por la orilla del agua cargando a la bebé Yang en sus brazos. La matriarca lucía un traje de baño de dos piezas de una elegancia suprema: un top de corte halter en color negro con detalles dorados de alta costura y una braga de talle alto que estilizaba su figura madura, manteniéndola sumamente sexy pero con la distinción que su edad y su rango exigían. Su piel clara contrastaba hermoso con el paisaje caribeño, y unos lentes oscuros completaban su imagen de reina de vacaciones.La bebé Yang, vistiendo un tierno trajecito de baño rosa con un gorrito para el sol, pataleaba feliz de sentir la brisa marina, soltando risitas cuando el agua rozaba los pies de su madre.Arrieta, sentado en una de las camastros con una bebida refrescante





