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AÚN AMO A CRISTINA

Author: LaReina
last update Petsa ng paglalathala: 2025-05-24 18:33:14

Aguilar

—Si vuelves a hacer eso, estás despedido. Lo digo en serio—, advertí, desabrochando la parte superior de mi traje azul marino a medida. Ya estaba nervioso, completamente molesto conmigo mismo, con toda esta maldita situación. No podía creer cómo le había hablado a Cristina, la pérdida total de control que había experimentado. Era demasiado, demasiado obvio para lo que sentía y lo desesperado que estaba. Pero ¿cómo podía contenerme, cuando la idea de perder a la única persona que me importaba estaba sucediendo en tiempo real? No quería estar allí, no quería estar regañando a mi propio subordinado, desquitando mi ira con él.

—Apenas dije nada—. Tommy, mi compañero de fraternidad de Columbia, respondió rápidamente. Era bueno defendiendo a otros en el tribunal, pero tenía poco efecto defendiéndose a sí mismo. En cuanto no le devolví la sonrisa, se pellizcó el puente de la nariz, sabiendo que estaba en problemas.

—Ya dijiste basta, y te juro por Dios, Tommy, que si se filtra algo del caso Brower-Rivers, te haré irte de Nueva York.

El timbre del ascensor se abrió. Tommy me siguió al vestíbulo acristalado del imponente bufete MelBrook. La gente corría por los lujosos suelos de mármol, con el repiqueteo de sus tacones como un telón de fondo orquestado al son de la élite trabajadora. Se despidieron en mi presencia, reservando sus buenos días para cuando mi expresión firme se relajó. Todos asintieron, reflejando el nerviosismo que Tommy transmitía.

—¡No es solo culpa mía! ¿Y tu princesa? ¿No es ella la culpable? —respondió, recordándome que fue Mila quien lo convenció de hablar del caso de Alex.

Podría haberlo perdonado si me hubiera contado algún pequeño detalle. Pero no, tuvo que revelar el aspecto más delicado del caso. Respiré hondo, apaciguándome con el aroma a café recién hecho y a la costosa decoración de cuero.

—Estaba haciendo su trabajo. Es periodista. Dirá o hará cualquier cosa para que lo digas.— Finalmente, exhalé. A Mila se le daba bien explotar las debilidades de los demás, y cuando me contó cómo Tommy confirmó que encontraron a una chica en la cama de Alex en el Hotel Pierre, casi me estremecí al pensar en las catastróficas posibilidades. —Se dedicaron más de seiscientas horas a reuniones para un acuerdo de confidencialidad, lo que resultó en un documento de cuatrocientas páginas que se enviará a testigos y asociados por todo Nueva York, ¿y para qué?—. Tommy luchaba por seguirme el ritmo, aflojándose ya la corbata negra del cuello. —¿Por tu culpa?—.

—La cagué.—

—No me digas. ¿Pero por qué? —Ya sabía la respuesta, pero quería oírla decir.

—Fueron los ojos de Mila…—, suspiró. —Me miró con esa mirada. Ya sabes… esa en la que baja la barbilla y abre los ojos con inocencia—, admitió, deteniéndose frente a la puerta de mi oficina y rascándose la barbilla.

Conocía la mirada a la que se refería, y más aún su efecto. Ella ya me la había dirigido antes, y si mi mente no hubiera estado ya perdidamente dedicada a Cristina, yo también podría haber caído con ella.

¿Dijiste su nombre? ¿Le contaste a Mila sobre Natalie Brower? —pregunté con cautela, pronunciando un nombre que parecía casi ilegal en sí mismo, porque lo era. La chica, la víctima, la piedra angular de las omisiones mencionadas anteriormente.

Tommy hizo pucheros, entrecerrando los ojos como si yo fuera el mismísimo sol. —Dios mío. No, Aguilar. Soy un tonto, no un idiota—. Parecía decepcionado por haber preguntado siquiera.

Le toqué el hombro y le di una palmadita firme pero tranquilizadora. Puede que me sintiera más molesta de lo que esperaba, porque su ceño fruncido me hizo sentir mal de repente. No sabía que había pasado la noche despierta, con una ansiedad incontrolable por lo que pasaría cuando Cristina llegara a casa. Todo era un caos, no tan seguro como se suponía, y de hecho, creo que la conduje por un camino más complicado. Nadie podía siquiera darse cuenta de lo mal que me sentía, de lo mal que me sentía físicamente al pensar que Cristina pudiera sentir algo por otro hombre, uno que temía que pudiera arruinarle la vida, igual que él por la chica de nuestro caso. Quería evitar que lo hiciera, pero en lugar de eso, la empujé hacia ello. ¿Qué demonios estaba haciendo?

—Mírame. —Le metí el dedo en el pecho, pinchándolo—. Mírame a los ojos. ¿Me estás mirando?

—Sí.—

Bien. Quiero que los recuerdes. Que asimiles su aspecto y me los describas.

Tommy reflexionó durante un momento, protegido únicamente por el olor de su loción para después del afeitado con enebro.

—Estoy muy molesto—, admitió en voz baja.

Tienes toda la razón. Si Mila te vuelve a mirar así, quiero que pienses en mí. Si ves sus ojos, piensa en los míos. ¿Te parece sexy?

—No.—

—Bien. Ahora no vuelvas a hablar con ella. Asentí lentamente, hasta que él hizo lo mismo. Miré a Scarlett, mi nueva asistente legal. Me llevaba el café y el correo. Tommy la miró: una pequeña morena con un moño alto, blusa blanca y una falda tubo ajustada gris. —No la mires a ella tampoco —le advertí, volviéndolo a dirigir hacia mí—. Es una profesional. Todos lo somos.

—Buenos días, Sr. Aguilar —saludó, moviéndose alrededor de Tommy como si fuera una columna de cristal afilado. Lo despedí con la mano mientras Scarlett me seguía a mi oficina.

—Scarlett —respondí amablemente, quitándole el café de la mano—. Sabes que puedo conseguirlo yo misma. Eres la mejor asistente legal que tenemos ahora mismo, no una recepcionista.

—Quiero complacer—, dijo en voz baja, casi nerviosa, mientras me dirigía al oscuro escritorio de cuarzo en el centro de mi oficina. Tomé un sorbo rápido de café, siempre demasiado absorta para apreciar plenamente la vista de la esquina de la calle Cuarenta y dos Oeste y la Sexta Avenida. Bryant Park se alzaba afuera como un pequeño oasis, un pequeño remanso de paz en un mar de vigas de acero y ladrillos grises.

—Bueno, lo estás haciendo genial. Aprecio lo considerada que eres —le aseguré, dedicándole mi primera sonrisa sincera del día.

No te alaben. El café es para despertarte.

—¿Para qué exactamente?—

 Tri-Tech adelantó su reunión de doce a diez.

—Es repentino, pero lo puedo manejar—.

—Bueno... el café no es para eso —dudó—. Lina Castillo viene a verte —señaló hacia el pasillo.

—¿Lina?—, gemí, tomando un sorbo más largo de café y volviendo a la pila de correo.

Sabía por qué estaba allí, pues había llegado mucho antes de la reunión de abogados que habíamos programado para esta tarde. Se trataba de anoche, de la relación de su cliente con mi Cristina, mi Butterfly. Ya estaba cambiando de humor. Este no era el —buenos días— con el que Scarlett me había saludado, sino una partida de ajedrez con una poderosa experta legal.

—¿Lo suficientemente fuerte?— preguntó Scarlett, refiriéndose al café, más que a mi interpretación. Lo interpreté como una pregunta sobre mi preparación para Lina, quien claramente estaba desesperada por intimidarme o suavizar las cosas. Supuse que intentarían ambas cosas, pero ninguna me interesaba.

—Siempre—, respondí con seguridad, a diferencia de las manos de Scarlett, que se retorcían. Era buena en lo que hacía, pero aún era joven, demasiado inepta para disimular la ansiedad del inevitable conflicto. No era como Lina, cuya abrumadora confianza siempre rivalizaba con la mía. A veces parecía que éramos más machos que personas, nuestros cuernos enzarzados en una mirada o en una justa verbal, intercambiando golpes crueles y personales que otros consideraban abiertamente competitivos. Lina y yo solo queríamos ganar. —Dame diez, y luego tráela—.

Me senté, revisando el correo y me detuve en un sobre particularmente grueso, de color crema. Abrí el sobre en relieve y saqué un folleto con sobre de Belmont Hills. No esperaba que llegara tan rápido, pues anoche le había pedido a Scarlett que lo recogiera después de pedir una pizza que Cristina y yo nunca pudimos compartir. Estaba allí ahora, recordándome lo que debía hacer, la promesa que le hice de niña.

Fue esa promesa a Claire lo que me impulsó a solicitar este folleto. Por encima de todo, mi misión y mi deber era mantener a Cristina a salvo.

Pero ¿qué significaba eso todavía?

Sentía que mi promesa se desvanecía, como una mano sudorosa que se aferra a otra, luchando por no caer. La anticipación de perderla me llenaba de ansiedad, de urgencia. Nunca me sentí tan desesperado, pero desesperado al fin y al cabo. Aunque me fuera ahora mismo y corriera a ver a Cristina, ¿qué le diría? ¿Cómo podría expresar con palabras todo lo que quería decirle en un solo suspiro?

Cristina, siento mucho haber tardado tanto en decirlo en voz alta, pero no pude evitarlo. El chico con el que creciste aún vive en mí, junto con el miedo que sintió el día que vino a verte, pero en cambio encontró a tu madre. Solo te quería a ti, pero lo único que conseguí fue la antítesis de lo que quería decir:

Te amo.

Te amo.

Te amo.

Y por favor déjame decirlo otra vez, porque nunca podría cansarme de decirlo, y nunca podría cansarme del alivio que le da a mi corazón.

Quiero huir, quiero encontrarte y decirte lo que siento, pero sigo ahí en ese sofá, esperando con Claire, con el dedo ardiendo y la mente derritiéndose. No estoy segura de si alguna vez podré irme de ese lugar, sobre todo ahora, porque se ha quedado grabado en mi mente como un guion.

Todo lo que siempre quise hacer fue mantenerte a salvo, y todo lo que sé, todo lo que me dijeron, fue que mi amor por ti, mi amor más verdadero y profundo, era completamente, jodidamente, nuclear.

Ojalá pudiera decir eso. Ojalá fuera fácil. La verdad, y lo que podía admitirme, era que mi vida era una acumulación de pequeños incendios, de los cuales me hacía responsable, porque, en realidad, eran culpa mía. Cada trozo de cristal roto, de telaraña y de piedra que plagaba mi vida estaba ahí por mi culpa y mi miedo. Lo sabía, lo reconocía, pero quizá aún había esperanza de cambio. Aún podía protegerla, y podía empezar por la mujer que ambos teníamos en común: Claire.

Le prometí a Cristina que cuidaría de su madre, sin darle ni una sola vez los detalles, pero asegurándole que nunca más tendría que regresar a la casa de Claire, ni ser molestada por ella, mientras quisiera; y eso comenzó con el ingreso de Claire a Belmont Hills sin que ella lo supiera.

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