MasukAsherad comenzó a avanzar hacia ella sin pronunciar una sola palabra. Sus pasos eran lentos, medidos, y ese silencio resultaba mucho más inquietante que cualquier reproche o pregunta directa. África permaneció en su sitio, erguida, sin atreverse a retroceder, pero su cuerpo empezó a tensarse de manera involuntaria. Con cada paso que él daba, una sensación extraña le recorría la espalda.
Aquel comportamiento no era habitual en el Alfa. Asherad no solía invadir su espacio de ese modo, ni observarla con aquella atención. Todo aquello le indicaba que no se trataba de una visita común.
A medida que la distancia entre ambos se reducía, África sintió cómo el ambiente parecía volverse más pesado. No sabía cómo reaccionar. No estaba acostumbrada a que él se acercara sin un motivo explícito, sin una orden, sin una intención claramente definida.
Su mente buscó una respuesta adecuada, una frase que no sonara desafiante ni temerosa, algo que le permitiera ganar tiempo sin provocar su irritación. Tragó saliva y, con extremo cuidado, habló.
—Alfa… ¿se encuentra usted bien? —preguntó, manteniendo la voz baja y controlada, sin alzar el tono ni mostrar inquietud abierta.
Asherad no respondió. Continuó avanzando hasta quedar lo suficientemente cerca como para que África pudiera sentir el calor de su cuerpo. Entonces, de manera abrupta, él la tomó de la cintura y la atrajo hacia sí, presionándola contra su pecho con firmeza.
El contacto fue inmediato, invasivo, y África se congeló al instante. Su cuerpo se tornó rígido, como si cualquier movimiento pudiera ser interpretado como una provocación o un error fatal.
Asherad seguía sin decir nada. La sostenía allí, a escasos centímetros de su rostro, mientras sus ojos dorados se clavaban en ella con una intensidad inquietante. No había ira evidente en su expresión, pero tampoco suavidad. Era una mirada escrutadora, penetrante, como si estuviera buscando algo en su rostro.
El Alfa la observó en silencio, y por primera vez tuvo la sensación de que realmente la estaba viendo. No como la Luna del Clan, no como la esposa que le habían asignado por conveniencia y deber, sino como una loba frente a él, de carne y hueso.
Su mirada descendió con una lentitud inusual, deteniéndose en cada rasgo, como si estuviera memorizándolos. África tenía unos ojos verdes intensos, de un tono profundo que recordaba a la esmeralda pulida. Eran grandes, expresivos, enmarcados por pestañas largas que suavizaban la firmeza de su mirada. Su cabello oscuro caía en una cascada espesa y sedosa, tan largo que sobrepasaba con holgura sus caderas, cuidadosamente arreglado, sin un solo mechón fuera de lugar.
Su rostro era delicado, marcadamente femenino, con facciones armoniosas que hablaban de una belleza cultivada con esmero. La piel pálida, casi translúcida, revelaba el cuidado obsesivo que África tenía con su apariencia; evitaba el sol, protegía cada centímetro de su cuerpo como correspondía a la Luna del Clan Asgard.
Sus labios, naturalmente rosados, contrastaban con la blancura de su piel, y no había en ella cicatrices visibles ni imperfecciones notorias. Todo en África parecía responder a un ideal cuidadosamente construido, pulido con los años para cumplir el rol que se le había impuesto. Era, sin lugar a dudas, una loba hermosa.
Sin embargo, aquella constatación no venía acompañada del deslumbramiento que otros habrían sentido. Asherad siempre había estado rodeado de lobas bellas; la hermosura nunca había sido un factor decisivo para él. Con África, en particular, su trato había sido siempre distante y frío. Nunca se había detenido a observarla así, con tanta atención, porque jamás le había importado hacerlo. Pero en ese instante, se detuvo a observarla con minuciosidad.
—Eres una loba hermosa —manifestó de repente—. Pero eso no hará que te perdone el hecho de que me hayas abandonado en cuanto me quedé dormido.
El corazón de África comenzó a latir con fuerza dentro de su pecho. Se quedó completamente muda, incapaz de articular una respuesta. Nunca antes había escuchado algo así de labios de Asherad, y mucho menos con aquella cercanía, con esa mirada que parecía atravesarla.
Desde debajo de la cama, Sigrid escuchó aquellas palabras y sintió cómo algo se le hundía en el pecho, como una punzada seca y repentina que le robó el aliento. El mismo lobo que la había tomado la noche anterior, que había despertado en ella sensaciones desconocidas pero placenteras, ahora estaba de pie frente a otra mujer diciéndole que era hermosa.
Aquello le dolió más de lo que hubiera querido reconocer. Asherad jamás le diría algo así a ella. Sigrid lo sabía con una certeza cruel. Su rostro marcado por cicatrices, aquella deformidad que la acompañaba desde que tenía memoria, la convertía en algo que nadie miraba con deseo. Si Asherad llegaba a verla, pensó con un nudo en la garganta, probablemente se asustaría, quizá sentiría asco. La idea le apretó el pecho y tuvo que morderse el labio para no dejar escapar ningún sonido.
África estaba atrapada en una confusión que la desbordaba. El comentario la había emocionado, había hecho que su corazón se acelerara de una manera inesperada, pero al mismo tiempo no lograba comprender ese cambio repentino en Asherad.
Aquella cercanía, esa atención, no se parecían en nada al trato frío y distante al que estaba acostumbrada. Lo observaba sin saber qué decir, sin saber cómo reaccionar, mientras su mente trataba de encontrar una explicación lógica que no llegaba.
Asherad, por su parte, respiró hondo. Su pecho se elevó y descendió de forma marcada, y sus ojos dorados permanecieron incrustados en África mientras su voz rompía el silencio.
—Quiero tenerte… lo necesito —expresó, con una intensidad que hizo que África quedara perpleja.
Sin darle tiempo a responder, la condujo hacia atrás con un movimiento firme. África, todavía aturdida, no fue capaz de oponerse ni de formular una palabra; simplemente se dejó llevar. Sus piernas cedieron cuando el borde de la cama tocó la parte posterior de sus rodillas, y terminó recostándose sobre el colchón.
Debajo de la cama, Sigrid sintió el leve rebote cuando el peso cayó sobre ella. Se llevó una mano a la boca de inmediato, presionándola con fuerza para sofocar cualquier reacción involuntaria. No podía creer lo que estaba ocurriendo. La idea de que Asherad pudiera tener sexo con África, mientras ella permanecía escondida a escasos centímetros, le pareció una locura absoluta.
La llovizna caía suavemente sobre la ciudad, cubriendo las avenidas y los rascacielos con una fina cortina gris que transformaba el paisaje en una pintura de tonos apagados.Desde el último piso de la Torre Sherwood, uno de los edificios más imponentes del distrito financiero, Ashton Sherwood contemplaba el horizonte a través de los enormes ventanales de su oficina. La ciudad se extendía bajo sus pies como un océano interminable de luces, vehículos y personas que corrían de un lado.A sus treinta y seis años, Ashton era considerado uno de los empresarios más exitosos del país. Había heredado una compañía importante de su familia, pero había sido su propia visión la que la había convertido en un imperio multimillonario.Su nombre aparecía con frecuencia en revistas económicas, entrevistas televisivas y listas de las personas más influyentes del continente. Muchos lo admiraban. Otros lo envidiaban. De pronto, un suave golpe en la puerta lo sacó de sus pensamientos.—Señor Sherwood, Rec
Los siglos desfilaron bajo la mirada eterna de la Luna, el tiempo continuó su marcha, las estaciones siguieron sucediéndose unas tras otras mientras que las alianzas se fortalecían, nuevos cachorros nacían y las familias continuaron expandiéndose hasta formar ramas cada vez más numerosas. La unión entre Ford, Asgard y Sios terminó convirtiéndose en uno de los vínculos más sólidos de aquellos territorios.Sin embargo, en lo que el mundo cambiaba alrededor, había ciertas cosas que permanecían inalterables.Asherad seguía despertando junto a Sigrid cada mañana. Después de tantos años, seguía siendo ella la primera persona a la que buscaba con la mirada al abrir los ojos.Cierta tarde, se encontraban sentados juntos en el jardín de la mansión. Los siglos habían dejado huellas en ambos.El cabello oscuro que durante gran parte de su vida había caracterizado a Sigrid había desaparecido hacía mucho tiempo, sustituido por suaves mechones completamente blancos.Lo mismo ocurría con Asherad. Lo
La iglesia de Asgard se encontraba preparada para recibir a los invitados que habían llegado desde distintos territorios para presenciar una boda que llevaba años siendo esperada.Desde las primeras horas de la mañana, el lugar se había llenado de movimiento. Las decoraciones adornaban cada rincón del templo con elegancia, combinando flores blancas, telas delicadas y detalles que reflejaban la importancia del acontecimiento.Elliot había llegado mucho antes de la hora prevista. La impaciencia le había impedido permanecer tranquilo en cualquier otro sitio.Caminaba de un lado a otro conversando con los invitados que se acercaban a saludarlo. Respondía con cortesía a cada felicitación y agradecía los buenos deseos, aunque resultaba evidente para cualquiera que su atención estaba puesta en otra parte.Cada pocos minutos dirigía la mirada hacia las puertas principales de la iglesia, como si esperara que Celeste apareciera de un momento a otro y pusiera fin a aquella interminable espera.A
Elliot ya llevaba horas completamente vestido para la ceremonia. Su traje había sido confeccionado especialmente para la ocasión y reflejaba la importancia del acontecimiento que estaba a punto de celebrarse.Sin embargo, por impecable que luciera por fuera, por dentro era un auténtico manojo de nervios. Había esperado aquel día durante tanto tiempo que ahora que finalmente había llegado, la ansiedad parecía haberse instalado en cada rincón de su cuerpo.Le resultaba imposible quedarse quieto. Caminaba de un lado a otro dentro de la alcoba que se le había asignado, revisaba por décima vez detalles que ya estaban resueltos y observaba constantemente el reloj, como si hacerlo pudiera acelerar el paso de las horas.Asherad tocó la puerta e ingresó a la habitación después de escuchar a Elliot, y entró junto con Damián y Giskar.Elliot no detuvo sus pasos aunque ellos ya estuviesen ahí, y después de que Asherad lo observara tan ansioso, negó lentamente con la cabeza y una sonrisa en los la
Aquello hizo que la sonrisa de Celeste se volviera todavía más amplia.—¡Me encantaría poder verlo en ese estado! —soltó.Sigrid terminó de acomodar el velo y luego apoyó ambas manos sobre los hombros de su hija.—¿Y tú, cariño? ¿Cómo te sientes?Todas dirigieron la mirada hacia Celeste.—¡Feliz! —contestó—. ¡Muy feliz! Y también estoy nerviosa, por supuesto. Siento que mi corazón no ha dejado de latir rápido desde que amaneció. Apenas pude dormir anoche. ¡Cada vez que cerraba los ojos recordaba que hoy era el día de la boda!Nayla echó una pequeña risita. —Eso es completamente normal, creo que todas entendemos ese sentimiento. Bueno, a excepción de Aurora que es la única soltera entre nosotras —resaltó, dirigiendo la mirada hacia ella.—¡Uf, falta mucho para que piense en una boda! —rió Aurora—. Ahora quien importa es Celeste.—Pues estoy emocionada —continuó Celeste—. Durante tanto tiempo pensé en este momento que a veces parecía imposible que fuera a llegar. Hubo ocasiones en las
Con el transcurso de los años, el territorio de Ford había experimentado una transformación bastante notoria.Aunque Elliot había conseguido establecer numerosos pactos y acuerdos con diferentes líderes, la alianza más importante y sólida seguía siendo la que mantenía con Asgard.Aquella unión no solo había fortalecido la posición política de Ford, sino que también había abierto puertas que durante generaciones habían permanecido cerradas para su manada. Gracias a la confianza que Elliot logró inspirar en otros alfas, varios clanes comenzaron a colaborar con Ford, intercambiando recursos, conocimientos y apoyo mutuo.Poco a poco, el territorio dejó de ser visto como una tierra condenada por el invierno para convertirse en un ejemplo de perseverancia y desarrollo.El desafío no había sido sencillo. Ford continuaba siendo una región azotada por temperaturas extremadamente bajas durante prácticamente todo el año. La nieve cubría extensas áreas del territorio, los ríos se congelaban duran







