INICIAR SESIÓN—No puedo esperar por dos semanas —declaró Samia tras escuchar del mayordomo que ese sería el tiempo aproximado para recibir muebles nuevos para la cocina.
El hombre le miró aterrado. Esa mujer era demasiado difícil de complacer. Tenían cerca de una hora en el tema de la nueva cocina y a todo lo que él sugería, que era lo normal al acondicionar lugares nuevos en un palacio, ella le encontraba un pero.
Aunque era claro que la nueva reina sabía perfectamente bien lo que quería, y aun más lo que era lo mejor en cada situación.
Aún así, ya era demasiado denigrante que ella pidiera muebles ya hechos para acondicionar la nueva cocina; en esos casos, lo ideal, por la dignidad del título que esa mujer portaba, era que todo se hiciera a la medida y de nuevo diseño, pero ella se conformaba con muebles ya hechos para acortar el tiempo de espera de algunos meses a solo semanas; y ni así parecía estar satisfecha.
» Traslada la cocina del palacio Anémonas aquí —solicitó la reina y el mayordomo sintió que la sangre se le fue al piso—. Escuché que el palacio sería demolido, así que no debería haber ningún problema con rescatar el mobiliario.
—Su majestad —habló un hombre mayor a punto de volverse loco—, la cocina del palacio Anémonas es mucho más grande que esta habitación, no cabría en este lugar; además, desmantelar el lugar sería...
—Pues entonces solo trae lo indispensable —sugirió la azabache de ojos azules—: estufas, horno, neveras, mesas y uno o dos estantes. Para completar la bodega de alimentos puedes usar la habitación de al lado.
» Tienen tres días para hacerlo —añadió y, sin darle tiempo al hombre de replicar de nuevo, comenzó a caminar fuera de ese lugar.
El mayordomo cerró los ojos con fuerza, la intransigencia de esa mujer le estaba desquiciando, y, para ser franco, ya no la odiaba por ser de Lutenia, la odiaba por tan irracionalmente demandante.
—Esto va a ser una pesadilla —murmuró el hombre presionando el puente de su nariz, entonces se dispuso a obtener el permiso del emperador para hacer lo que la reina solicitaba y quien, sorprendentemente, accedió a la ridícula petición que ella había hecho.
Los rumores de que la reina había hechizado al emperador no se hicieron esperar, aunque, al ser descubiertos por el mayordomo y por el futuro duque de Elliot, el personal debió guardárselos para sí mismos, amenazados con perder la lengua si ese tipo de comentarios traspasaban los muros del palacio.
La tarde al fin comenzaba a caer y la hora de la merienda estaba cerca. Samia, ya en su habitación, se negó a recibir la cena y solicitó a esa mujer, que al siguiente día ya no sería su doncella principal, que llamara a Dorothea Noris, su nana y próxima doncella.
La jefa de mucamas asintió y se giró para dirigirse a la salida de la habitación obligándose a tragarse esa duda que tenía toda la mañana y la tarde carcomiéndole.
Y es que, de muchas maneras, a esa mujer le molestaba haber sido relegada de sus obligaciones cuando ni siquiera se le había dado una oportunidad de realizarlas.
Ariztia Zorenco, hermana de uno de los marqueses de renombre en el imperio, antes de cerrar la puerta de la habitación del emperador y la ahora primera reina giró el rostro para ver si en esa mujer se reflejaba aunque fuera una apertura para hablar con ella, pero, al ver su rostro, evidentemente cansado, y esa lágrima, que ella no debió ver, recorriendo su rostro, hizo como que no vio nada y siguió su camino.
Minutos después Dorothea llegó a la habitación donde su princesa se quedaría, a pesar de ser los aposentos del emperador, pues él había especificado que compartirían habitación hasta que diera una nueva orden.
—¿Cómo te sientes? —preguntó la nana de la azabache tras haber sido anunciada por el guardia que custodiaba la puerta de la habitación y recibido el pase de parte de Samia—, ¿te duele algo?
Samia negó con la cabeza.
Sí le dolía algo, pero no podía explicarlo, porque no hay manera de explicar el dolor del alma, sobre todo cuando ni ella misma entendía qué era todo eso que por su mente pasaba.
—No, sabes qué, sí —dijo la joven, enderezándose, pues luego de que Ariztia había dejado la habitación ella había relajado su postura en el sillón—. Me duele la cabeza, y mucho. ¿Me puedes conseguir un té de boldo?
Dorothea asintió y salió a conseguir el té que le habían solicitado.
Samia solía padecer migrañas cuando la presión la tenía estresada, y seguramente el día había sido agotador, teniendo en cuenta todo lo que había logrado.
Ni siquiera debió ir a la cocina, lugar en el que la mujer no se sentía bienvenida, así que solo sacó de su equipaje un botecito con la hierva mencionada deshidratada, y luego, en la sala de empleados, calentó algo de agua en una tetera individual que siempre cargaba consigo.
El té llegó a las manos de la reina en una bandeja que no era del palacio, sin un carrito, sin aperitivos, sin miel, azúcar o leche para acompañarlo, solo la tetera humeando y un pequeño vaso vacío.
—¿Necesitas algo más? —preguntó la nana de esa chica que le generaba demasiada compasión, pero la cuestionada negó con la cabeza y la nueva doncella principal se retiró del lugar para dejarla descansar.
Dorotea Noris se fue, recordando todo lo que esa pobre chica había tenido que vivir tan solo por ser parte de la familia real.
Ella era hija de la anterior reina de Lutenia, una que había muerto en sospechosas situaciones luego de que una mujer de poco renombre entrara al palacio tras declarar que su hijo, mayor por tres años que Samia, quien era la legitima princesa heredera, declarara que ese niño era hijo de su majestad, el rey de Lutenia.
En ese entonces, Samia tenía cuatro años de edad, y perdió no solo a su madre, también su lugar como princesa heredera, pues la madre de su medio hermano logró, en cuestión de meses, pasar de una amante cualquiera a concubina y, tras la muerte de la reina, a reina; proclamando por lo bajo al hijo mayor del rey como su legítimo sucesor.
Desde entonces, la vida de la pequeña Samia había sido dura, pues la reina se había encargado de que el padre de la joven no la amara, culpándola de la muerte de su madre, quien había quedado débil y enfermiza tras darla a luz.
De todas formas, una princesa siempre sería una bendición, pues sería un buen apoyo para obtener más apoyo de algún noble con riqueza en búsqueda de un poder que no le darían.
Sin embargo, años después de su llegada al palacio, cuando el joven Salomo Lutze alcanzó la mayoría de edad, el rey le dejó claro a la reina que no tenía intención alguna de delegarle el trono a un bastardo.
Tras sugerirle al rey cosas para la ceremonia de nombramiento como príncipe heredero de Salmo, ella se enteró de que el rey se había casado con ella para mantener la imagen de la familia, y que si no había demostrado amor a su hija había sido solo para protegerla, porque era su legitima hija quien sería su sucesora, y eso le costó la vida al rey Salomé Lutze.
La reina Catarina, madre de un supuesto legitimo príncipe heredero, declaró a su hijo como el nuevo rey tras la repentina muerte del antiguo rey y lo empujó a buscar mucho más poder.
Lutze era una tierra fértil, bendecida con bosques que le aseguraban un buen temporal y, por tanto, con buenas cosechas; además, al colindar una de sus limítrofes con el mar, tenían muchos más y mejores recursos que les daban la posibilidad de salir adelante aún sin el imperio, por eso habían buscado independizarse, solo logrando que Cenzalino los ahogara momentáneamente de manera económica.
Al final, a la reina viuda y su hijo no les quedó más que rendirse y congraciarse con el emperador que los mantendría bajo su yugo, pues no habían finalizado la situación en las mejores condiciones.
Samia se había convertido, entonces, en un símbolo de redención del reino Lutze ante el imperio, un sacrificio necesario, y había sido abandonada por una familia que no le quería y un reino que la veía como una traidora.
Dorothea rezó porque las penurias de su querida princesa al fin se terminaran, pues parecía ser que el emperador tenía buen interés en ella, y ella, aunque aún nadie lo supiera, era una excelente administradora.
La pobre educación de la reina viuda de Lutenia había obligado a la joven princesa a hacerse cargo de los palacios y algunas tierras del reino, pues esa mujer no tenía consideración alguna por sus vasallos y trabajadores, así que, desde la adolescencia, la chica se hizo cargo de los números de su hogar, apoyada por toda esa educación que, gracias a su padre, debió cursar.
Por esa razón, la nueva doncella de la nueva reina, estaba segura de que pronto todos apoyarían y alabarían en talento de su niña Samia, quien había sido creada, criada y educada para convertirse en la mejor reina que Lutenia podría ver, y que ahora ayudaría a dirigir el imperio entero.
Samia, por su parte, se había quedado con el té entre las manos, sintiendo la calidez de la porcelana reconfortarle solo un poco el corazón.
—Lo lamento —dijo la reina, comenzando a llorar, arrepentida por lo que haría, pero segura de que era lo mejor que podía hacer—, lo lamento mucho... por favor... por favor perdóname... perdóname Leonel.
El regreso a Cenzalino fue por demás tranquilo, Mía había dejado todo su doloroso pasado atrás, al fin; porque ahora que había visto con sus propios ojos que no había nada de lo que debiera preocuparse, al respecto de ese niño, que seguro sería feliz para siempre con su amada familia, nada le hacía peso en el alma. Saulo Dunant, por su parte, seguía en conflicto consigo mismo y con esa azabache, que parecía estar en serio en paz con esa decisión que, según las costumbres del hombre, era una mala decisión; aunque sus ojos hubieran atestiguado que no había nada de malo en una mujer en paz y un niño feliz. El conde Dunant lo pensó mucho, demasiado, y comenzó a creer que de verdad no valía la pena remover el doloroso pasado cuando el presente estaba bien, y menos cuando el futuro pintaba para algo mucho mejor; y aun así no sabía bien qué hacer con sus sentimientos, por eso le pidió tiempo a Mía para poderse tranquilizar antes de tomar una decisión final. —Solo necesito asimilarlo —decla
—Lamento todas las molestias —dijo Mía cuando el emperador se despedía de ella para dejarla descansar—, y de todo corazón agradezco tu hospitalidad, excelencia.—Es un placer tenerte aquí, majestad —aseguró Cale Solero, sonriendo amablemente—. Descansa un poco, enviaré a alguien muy discreto para que te ayude a deshinchar tus ojos, porque así no te ves nada bonita, y seguro los años te han sentado bien. Lo quiero ver.Mía suspiró sonriendo solo un poco, y tras suspirar por enésima vez, tal vez, arrastró los pies hasta esa cama donde se tiró a descansar un poco, porque llorar ya no podía.Rato después, los golpes en su puerta precedieron a una azabache de ojos grises que entró a la habitación de invitados, con una tinaja de hiervas medicinales frías y algunas toallas limpias, para ayudar a la joven que le abrió la puerta a refrescarse un poco.—El emperador me pidió que te ayudara un poco —declaró Messina y Mía le sonrió agradecida—. Esperaba alegrarme por verte, pero, en realidad, est
Como Mía lo esperaba ya, el viaje fue una total tortura; aunque no fue tanto por el movimiento del barco, que definitivamente sí se sentía horrible para su estómago y ella; pero lo que más le molestaba a esa mujer, de cabello oscuro y ojos claros, era, sin duda alguna, tener que enfrentarse a su mayor pecado.El recibimiento que les dieron al pisar el puerto de Atrumb fue tremendo. Y es que no era para menos cuando en ese imperio estaban recibiendo a la emperatriz de Cenzalino, un imperio hermano con quien tenían tan buenos negocios que parecía que seguirían creciendo sin parar, por eso la gente de Atrumb le dio la bienvenida a esa mujer con mucha calidez.De camino del puerto al palacio, Mía deseó haber implementado el tranvía en Atrumb al tiempo que lo hizo en Cenzalino, de esa manera solo tendría que viajar dos horas muy cómoda en lugar de la semana y media que le tomaría ir en ese carruaje en completa y total incomodidad.Pero de pronto, a pesar del dolor de estómago que tenía que
—No puedo creer que todos los reinos hayan invertido en el tranvía —expresó el emperador Corono tras recibir la solicitud del último reino en Cenzalino sin tranvía, con una petición para participar del proyecto—. ¿Qué eres? —Soy la emperatriz destinada a ser la mejor emperatriz que ha visto Cenzalino en toda su historia —respondió orgullosamente Mía y rio ante la mirada de disgusto que había puesto su esposo—. Por eso Leone II estaba tan obsesionado conmigo, y por eso mi cuidador en Atrumb se convirtió en emperador cuando me conoció, porque, si no era en Cenzalino, iba a ser donde sea. Tú lo dijiste: era mi destino. —Mmmm —hizo Corono con mala cara y su esposa le regaló un puchero fingido y luego lo abrazó con fuerza y lo besó, aprovechando que se encontraban solos—... aunque es cierto que eres la mejor emperatriz de todas. No recuerdo a nadie que haya hecho tanto como tú en tan poco tiempo. » La zona industrial levantó la economía en tan poco tiempo que apenas me lo creo —declaró C
Al final, debido a la cercanía de los proveedores de acero para la construcción de los vagones y las vías, se decidió dar inicio al proyecto del tranvía de vapor en la capital. Sin embargo, el trabajo era mucho, así que se inició una campaña de reclutamiento masiva, tanto en la capital como en poblados cercanos de la capital y de Lutenia. En un inicio nadie entendió lo que estaba sucediendo, pero era bueno que jóvenes y adultos, antes desempleados, ahora tuvieran empleos, aunque temporales. Las condiciones eran buenas para todos los pobladores porque, para ser contratados, a petición de la emperatriz, la única condición era que pudieran trabajar, sin importar la edad. Lo que sí necesitaban era que los menores de edad tuvieran el permiso de sus padres. Y nadie fue engañado, todos sabían que era un trabajo pesado, en su mayoría, porque también había trabajos como registrar la cantidad de materiales utilizados y quienes los habían solicitado y tomado. Fue ahí cuando personas, que no p
Corono se arrastró de nuevo hasta su habitación, encontrando a la emperatriz dormida sobre la cama sin deshacer, y aún vestida. Tenían tanto qué hacer, que a menudo se felicitaban por tan solo lograr reunirse para comer, pero seguro solo era que se vieran por la mañana que despertaban para irse a trabajar todo el día. Sin embargo, lo estaban haciendo demasiado bien, la gente de la capital y del imperio lo comenzó a notar y a agradecer, al punto de que, los reinos que habían pensado en deshacerse de ellos si no lograban nada, se habían devuelto a su lugar sin hacer mucho ruido, pues sabían que ese par de jóvenes personas eran de total confianza. Corono destendió su lado de la cama y levantó en brazos a su mujer para ayudarla a dormir con mayor comodidad, incluso le ayudó a quitarse el vestido y, viéndola en paños menores, besó su hombro y cabeza. Estaba demasiado cansado para intentar nada, y la pobre emperatriz estaba igual, así que su reencuentro intimo seguía esperando, y seguirí