INICIAR SESIÓNCAROLINA DE LA TORREAl inicio solo ayudé con cosas pequeñas.Muy pequeñas.La abuela Clara parecía convencida de que yo me rompería como porcelana si cargaba algo demasiado pesado. Así que me asignó tareas "adecuadas para mis manitas delicadas", según sus propias palabras.Y tenía razón.Los primeros días terminé con agujetas hasta en lugares cuyo nombre desconocía.Pero poco a poco encontré mi lugar.La ropa de ambos necesitaba constantes arreglos y, afortunadamente, yo sabía bastante de costura, bordado y modistería. Nunca imaginé que aquello que aprendí para convertirme en una "dama refinada" terminaría siendo útil de verdad.Remendé pantalones. Ajusté vestidos. Incluso comencé a bordar flores sencillas en algunas prendas de Clara para sorprenderla.Con el tiempo, hasta los vecinos terminaron haciéndome encargos debido a mi buen gusto.También ayudaba ocasionalmente en la cocina, aunque la abuela Clara protegía ese territorio como un dragón protegiendo oro.—Si dejas demasiado tiem
CAROLINA DE LA TORREAún siento el ardor en mi mano. Nunca había abofeteado a nadie. Ni siquiera de niña recuerdo haberme peleado con alguien. Pero no pude contenerme.La sensación de humillación fue demasiado grande. Salí huyendo con el rostro ardiendo y el pecho tan apretado que apenas podía respirar. Recuerdo vagamente escuchar a mi madre llamándome detrás de mí, pero no me detuve hasta encerrarme en mi habitación.Y ahí lloré. Lloré hasta quedarme sin fuerzas.No tengo idea de cómo volveré a salir de ahí. Me siento tan humillada.Sé que no soy una mujer especialmente bonita. Tampoco joven. No como la señorita Lizzy Nolan, de quien todos hablan con tanta facilidad. Esa clase de belleza delicada que hace que los hombres sonrían apenas entra en una habitación.Yo no soy así. Nunca lo fui.Pero creí tener derecho a ser feliz. O al menos... a tener algo que se pareciera.No estaba enamorada del conde Luis Renard. Apenas lo conocía realmente. Pero era un compromiso que había acep
ARMANDLa misión era fácil. Tan fácil que casi la consideré un insulto cuando la princesa Eliana la explicó frente a nosotros.Una humana. Sin habilidades especiales. Sin protección real.Seguirla. Esperar. Eliminarla.Eso era todo.Ninguno de nosotros hizo preguntas. No porque fuéramos soldados ciegos, sino porque cuando la princesa hablaba de sus visiones, el aire mismo parecía inclinarse ante ellas. Había tristeza en sus ojos aquella noche. No odio. No crueldad.Temor.Y eso fue suficiente para entender que aquella misión no nacía del capricho.No me agradaba la idea de matar.Eso va contra nuestra naturaleza.Los elfos nacimos para preservar vida, no para extinguirla. Incluso durante la guerra, muchos de los nuestros preferían sanar antes que blandir una espada. La muerte jamás debería convertirse en costumbre.Mucho menos en herramienta.Pero la princesa no hablaba por conveniencia. Hablaba por necesidad.Y las visiones de la princesa Eliana jamás se equivocaban.Si aquella
MORISTodo se sentía ligeramente diferente. El aire, las calles, el mundo en general.Caminé entre la plaza sintiendo que cada paso me alejaba más de la realidad que conocía. El olor seguía siendo el mismo. Pan recién horneado. Hierbas secándose al sol. Estiércol de caballo. Gente negociando a gritos.Y aun así... todo era distinto.Habitantes de Dorial caminaban entre humanos como si aquello fuera normal. Normal.Una palabra absurda.Vi a un espectro menor ayudando a descargar cajas de una carreta mientras un anciano humano le daba instrucciones sin temblar de miedo. Más allá, una mujer con escamas oscuras discutía el precio de unas frutas con un comerciante. Incluso un cambiaformas como yo caminaba tomado de la mano de una humana mientras ambos reían.Nadie los perseguía. Nadie los insultaba. Nadie los miraba como monstruos.Sentí un escalofrío recorrerme completo. Porque eso significaba una sola cosa.Mi señor ganó.Pero... ¿cómo? ¿Y cuándo?El palacio real apareció a la d
MORISAquí todo es silencioso y frío.Al inicio, y durante mucho tiempo, escuchaba una especie de chapoteo. El sonido de algo cayendo de golpe al agua. Una y otra vez.Plaf. Plaf.Plaf.Era irritante... pero también reconfortante. Porque significaba que existía algo más aparte de mí. Luego incluso eso desapareció. Y entonces comprendí lo verdaderamente aterrador que puede ser el silencio cuando no tiene final.No sé cuánto tiempo pasó. Días. Meses. Años quizás.En un lugar como este el tiempo se pudre igual que todo lo demás.Pero un día escuché un llanto. Un llanto femenino.Puede que sea insensible de mi parte, pero aquello me produjo alegría.No específicamente por su sufrimiento. Sino porque ya no estaba solo. Había alguien más conmigo. O algo parecido.Grité. Y el llanto se detuvo de inmediato.Eso me aterró. No quería volver al silencio.No importaba quién estuviera afuera. Humano, bestia o demonio. Necesitaba escuchar otra voz además de la mía.Seguí gritando. M
MARGARETHRiven debía estar a mi lado cuando entrara en labor de parto. No había otra opción.No podía arriesgarme a congelar accidentalmente a la partera o atravesarla con una pared de hielo por culpa del dolor de una contracción. Mucho menos incendiar algo. Porque sí, mi magia había decidido evolucionar junto con mi embarazo y eso era tan hermoso como aterrador.No arriesgaría el bienestar de mi bebé. Riven palideció cuando se lo dije.Literalmente. Fue incluso divertido.No era normal en este mundo que un hombre presenciara un parto. De hecho, la partera casi se desmaya cuando anuncié que mi esposo permanecería dentro de la habitación.Pero él no se negó. Supongo que compartía mi preocupación. O quizás simplemente ya había aceptado que discutir conmigo durante el embarazo era inútil.♦♣♠◘Las contracciones fueron infernales. No existe una palabra más elegante para describirlo.Dolía como si alguien intentara partirme la espalda desde dentro mientras me aplastaban los huesos