INICIAR SESIÓNUn Nuevo Mundo.
Al llegar a Nueva York y bajar del jet, una fuerte oleada fría me abatió hasta los huesos, creo que nunca en toda mi vida había experimentado un frío tan fuerte. En segundos mis dientes empezaron a castañear sin permiso, era un reflejo involuntario de mi cuerpo, me abrazo a mí misma y termino de bajar hasta el suelo pavimentado del aeropuerto privado. Detrás de mí, William bajó, tan elegante y autoritario como siempre.
—Helena. Acércate. —Dijo William, pero más que una petición pareció una orden disfrazada.
Al acercarme, William se quitó su abrigo con agilidad y me lo entregó sin rodeos.
—No estás acostumbrada a este clima y no quiero que pierdas alguna extremidad. —Musitó mientras yo me lo ponía.
Tenía razón. Nunca había estado en un clima así y lo más cercano que había estado de la nieve, era de carro de raspados en el que trabajé para pagar mi universidad.
—Gracias señor. —Respondí forzando una sonrisa, pero el titiritar de mis dientes la convirtió en una mueca.
—No es nada. —Musitó. —Andando. — Añadió haciéndome un ademán indicándome que subiera al auto.
Tras subir a la Limusina, Logan llegó con la pequeña Lucy en sus brazos, seguí dormida profundamente… Solo imaginen las travesuras que hizo en el día como para no despertarse luego de volar hasta aquí. Finalmente, el auto se puso en marcha.
Todo el camino hacia la casa del señor William fue en completo silencio, un silencio tenso y sofocante, desde luego que opté por no ser quien lo rompiera, pero si pude notar algo diferente en William. Por alguna razón que desconozco, él parecía estar evitando mi mirada; hubo un momento en el que accidentalmente mi muslo rozó el suyo y al instante se apartó, como si mi contacto lo quemara.
¿Qué hice para que de pronto me odie?, pensé repasando cada segundo del viaje en mi memoria, pero nada parecía tan malo como para que se comportara así.
Al llegar a la ciudad quedé impresionada con los enormes rascacielos alumbrados en su interior dándole vida a su estructura con la simetría luminosa que sus ventanas le daban a las gigantescas estructuras, luego vi a la gente… ¿Cómo podía haber tanta gente en la calle con este espantoso frío? Incluso había mujeres ejecutivas con faldas tubo cortas y llevando nada más que una bufanda delgada de diseñador para protegerse del frío… Y sí, William era blanco y con cabello rubio, pero estaba bronceado por el sol de la finca… Pero cada persona que veía parecía un cadáver ambulante, tan pálidos como vampiros…
De pronto, en medio de mi fascinación, no noté cuando el auto entró a uno de los edificios más alto, al parecer ya habíamos llegado. Bajamos del auto y lo primero que ven mis ojos es una fila de más gente pálida, con trajes y uniformes costosos, parados como si fueran estatuas. No sonríen, no hablan, podría jurar que ni siquiera parpadean.
—Señorita Helena. Ellos son mis hombres de seguridad, estarán encargados de mantenerla protegida. —Anunció William sin mirarme jamás, señalando a los primeros cuatro. —Luego están las empleadas de servicio. Ellas ordenan, limpian cocinan y se encargan de que todo esté en perfectas condiciones. Luego está Ana, el ama de llaves y por último Luigi, él es tu nuevo asesor de imagen, él también se encarga de elegir y diseñar los atuendos de mi hija.
Terminó de anunciar y luego se alejó hacia quien sabe dónde, no se despidió, ni me miró, solo se fue con su caminar autoritario y su rostro de mármol. Confundida suspiré y me quedé viendo hacia donde se había ido. Soy una completa extraña en un lugar que no conozco y no le importaba… Pero, ¿Por qué le importaría? No soy más que la empleada nueva, la campesina que había sacado de un barrio.
—Señorita. Acompáñame, por favor. Le mostraré el pent house. —Dijo Ana amablemente mientras señalaba hacia lo que parecía un elevador a un par de metros de nosotros.
Al llegar al último piso del enorme edificio, las puertas del elevador se abrieron justo en el recibidor del pent house y al ver el lugar quedé sin palabras. El interior del departamento de dos plantas era impresionante, sobrio, elegante y bastante minimalista, con un concepto abierto.
—Esta es la residencia del señor William cuando tiene mucho trabajo en la ciudad. Pero también posee una mansión a las afueras de la ciudad. —Informó Ana caminando hacia la cocina.
La sigo y veo que en la barra del desayunador hay una hoja con lo que parecía ser una lista.
—Aquí tiene las reglas del señor William. Allí encontrará sus horarios y los de Luciana. También la lista de lo que deben comer, a que parques ir, las horas para descansar y los días libres…
Ana continuaba hablando, pero estaba tan perdida en lo que decía la hoja que me perdí de su sermón.
Esta lista básicamente era la programación para un robot, no podía comer ciertas cosas, con una hora para irme a dormir o levantarme, cuando salir, donde comer, que habitaciones estaban permitidas y las que no, que usar… Solo faltaba que expresara cuantas veces puedo inhalar y exhalar al día… “Maldición, ¿Dónde rayos me metí?”, pensé. Sabía que William era un hombre estricto, pero esto era una exageración…
—¿Le queda claro? ¿Señorita? —Inquirió Ana en tono severo.
—Si. Todo claro. —Musité aturdida.
—Muy bien… acompáñeme, le enseñaré su habitación.
Ana me condujo por las escaleras de mármol gris hacia el segundo piso donde lo primero que vi fue una segunda sala de estar, solo son él y su hija, “¿Cuántas salas necesitan? ¡Por el amor de Dios!”, me quejé para mis adentros.
Mientras seguí a Ana por el pasillo de la derecha, pasamos por varias puertas cerradas, con excepción de la tercera que estaba entreabierta. Al pasar frente a ella escucho a William hablando, o más bien regañando a alguien. No tenía deseos de entrometerme, pero entonces oí “Helena”, y como la curiosidad mató al gato, me aseguro de que Ana no note mi ausencia y me acerco para escuchar de que se trataba.
Pensé que si escuchaba podría saber porque me estaba evitando y así tratar de enmendarlo.
—No me importa lo que creas. Recuerda cuál es tu lugar. —Sentenció William.
—Vamos Willy, no seas así… estaba muerta de miedo, ¿Qué esperabas que hiciera? ¿Quedarme observando cómo le daba un infarto? —Cuestionó el otro a quien no alcanzaba a ver desde donde estaba.
—No exageres, ella estaba bien.
—¿Acaso no la viste? No está bien que la trates así… Sé que no eres el más empático, pero no te portes como un imbécil.
—¡Logan, cierra la puta boca! —Bramó William frustrado. —No me hagas olvidar que eres mi mejor amigo y te despida ahora mismo. No quiero que vuelvas acercártele, ni que le pongas una mano encima…
En ese momento, William se rascó la nuca en señal de frustración e inesperadamente mientras lo hacía desvió la vista hacia la puerta y me vio. Asombrada doy un salto atrás y tropiezo con algo, cayendo al suelo de espaldas justo cuando él abrió la puerta. Veo sus ojos rojos de la ira y luego alzo mi vista y descubro que la mesita con la que tropecé tenía un jarrón de cristal que se tambaleó y me cayó en la cabeza. Al instante todo se volvió negro.
Narrado por Helena.Cinco años después.El sol de la primavera se filtraba a través de los ventanales de la mansión Winchester, bañando el suelo de madera con una luz dorada y cálida que parecía llevarse consigo las últimas sombras del invierno. Los jardines, que habían sido testigos de tantas tormentas, ahora estaban llenos de flores silvestres y árboles frondosos que ofrecían sombra y refugio. El aroma a jazmín y a madreselva flotaba en el aire, mezclándose con el sonido de las risas infantiles que llenaban cada rincón de la propiedad. Era un paisaje de ensueño, un cuadro vivo que parecía haber salido de los sueños más profundos de una niña que llegó a Nueva York sin nada y que, contra todo pronóstico, había construido un imperio de amor y esperanza.La mansión, que una vez había sido un lugar de secretos y conspiraciones, ahora era un hogar lleno de vida y de amor. Las paredes, que habían guardado silencio durante tantos años, ahora resonaban con las voces de una familia que había
Narrado por Helena.El invierno llegó a la mansión Winchester con un manto de nieve que cubrió los jardines y transformó el paisaje en un cuadro blanco y silencioso. Los árboles, desnudos y cubiertos de escarcha, se alzaban como centinelas de un pasado que ya no dolía, y el aire, frío y cortante, llevaba consigo el aroma a leña quemada y a recuerdos. La mansión, iluminada por las luces cálidas que se filtraban a través de los ventanales, era un refugio de paz y armonía en medio del invierno. Era difícil creer que aquel lugar, que una vez había sido testigo de las conspiraciones de Samuel y del dolor de Victoria, ahora rebosaba de risas infantiles y de la calidez de una familia que había aprendido a sanar.Habían pasado meses desde la muerte de Beatriz, y aunque el dolor seguía presente en los corazones de algunos, especialmente en Sophie, el tiempo había comenzado a tejer sus hilos de sanación. Sophie había encontrado un nuevo propósito en su vida, trabajando codo a codo con Charles en
Cap. 276LA CAMPESINAEl Último AdiósNarrado por Sophie.El funeral de Beatriz fue una ceremonia pequeña e íntima, celebrada en un cementerio en las afueras de la ciudad, bajo un cielo gris que parecía llorar con nosotros. Solo asistimos los más cercanos: Helena, William, Luciana, Charles, Oliver, y yo. No hubo flores ni discursos largos. Solo un momento de silencio, una despedida que era más un susurro que un grito.Me quedé al borde de la tumba, con las manos entrelazadas y la mirada fija en el ataúd que descendía lentamente hacia la tierra. El sonido de la tierra cayendo sobre la madera era como un latido de muerte, y sentía que cada golpe era un recordatorio de que nunca volvería a ver a mi madre.—Sophie —dijo Helena, poniendo una mano en mi hombro—. ¿Estás bien?—No lo sé —admití—. Pero creo que voy a estarlo.—Tómate todo el tiempo que necesites —dijo Helena—. Estamos aquí para ti.—Gracias —dije, con una sonrisa débil—. Gracias por estar aquí.Cuando la ceremonia terminó, me
Narrado por Sophie.La noticia llegó como un mazazo en medio de la noche. No hubo preparación, no hubo advertencia, no hubo manera de suavizar el golpe. Solo el teléfono sonando en el silencio de mi habitación, la voz de Helena al otro lado, temblorosa y rota, y las palabras que cambiaron mi vida para siempre.—Sophie —dijo, y su voz era tan frágil que apenas la reconocí—. Tu madre ha muerto.El mundo se detuvo.No hubo llanto, no hubo gritos, no hubo ninguna de las reacciones que uno espera cuando recibe una noticia así. Solo un vacío, un agujero negro que se abrió en mi pecho y comenzó a devorar todo lo que había dentro de mí. Las palabras de Helena se desvanecieron en el aire, y yo me quedé allí, sentada en el borde de mi cama, con el teléfono aún pegado a mi oído, sintiendo que el suelo se desmoronaba bajo mis pies.—Sophie —dijo Helena nuevamente, y esta vez su voz sonaba más cerca, como si estuviera tratando de atravesar el muro que se había alzado entre nosotras—. ¿Estás bien?
Narrado por Helena.La noche en la mansión se había vuelto más pesada desde la llegada de Charles. No era un peso físico, sino emocional, una tensión que flotaba en el aire como una nube de tormenta que se negaba a descargar. Charles había estado callado durante las primeras horas, encerrado en su habitación, y aunque intenté darle espacio, sabía que algo estaba mal. Algo más profundo que el simple cansancio del viaje.Fue William quien finalmente logró que hablara. Se sentó a su lado en el jardín, bajo la luz de la luna, y le dijo que no importaba lo que estuviera pasando, que siempre podría contar con nosotros. Y Charles, lentamente, como si estuviera arrancando cada palabra de lo más profundo de su ser, comenzó a hablar.—Soy gay —dijo, con la voz apenas un susurro, pero lo suficientemente clara como para que todos pudiéramos oírla—. Lo sé desde hace mucho tiempo. Y he estado asustado. Asustado de decírselo a alguien. Asustado de que me rechazaran. Asustado de que me odiaran.Willi
El verano se deslizó sobre la mansión Winchester como un río de luz y calor, llevándose consigo las últimas sombras del invierno y dejando a su paso un paisaje de verdor y flores. Los jardines, que habían sido testigos de tantas tormentas, ahora parecían respirar con una tranquilidad que apenas lograba ocultar las cicatrices del pasado. Las rosas trepaban por las paredes de piedra, los girasoles se alzaban hacia el sol, y el aroma a jazmín y a madreselva llenaba el aire con una dulzura que invitaba a la paz.Pero incluso en medio de esa aparente armonía, yo sentía que algo no terminaba de encajar. No era una amenaza tangible, no era un enemigo acechando en las sombras. Era algo más sutil, más profundo, como una grieta invisible que se abría lentamente en el suelo bajo nuestros pies. Y aunque intentaba ignorarla, la sensación persistía, negándose a desaparecer.William estaba más ocupado que nunca. La fundación Victoria había crecido más allá de lo que cualquiera de nosotros había imag







