INICIAR SESIÓNPOV: Irina
La noche de bodas fue un silencio pesado, un abismo entre Gaspar y yo. Me desperté en mi habitación. María me trajo el desayuno sin atreverse a mirarme a los ojos. Todo en la casa gritaba que era una prisionera de un contrato.
Unos minutos después, oí voces en el pasillo. Era una voz femenina, alegre y con un acento distinto al napolitano. La puerta se abrió sin llamar.
Entró una chica de cabello oscuro y ojos vivaces, radiante. Llevaba una falda de cuero, una blusa de seda y una sonrisa que iluminaba todo el cuarto.
—¡Buenos días, cuñada! Soy Sofía Venturini —dijo sin dejar de sonreír—. ¿O debería llamarte señora Venturini?
Me quedé sin palabras. Era la primera persona que me trataba con amabilidad desde que llegué. Su energía era muy distinta a la de Gaspar.
—Solo Irina, por favor —murmuré.
Sofía se sentó en el borde de la cama y me miró con atención.
—He oído toda la historia. La boda, el trato de negocios, el mafioso ruso... ¡Qué melodrama! —dijo con un tono humorístico que me hizo soltar una risa amarga.
—No es un melodrama, Sofía. Es mi vida —le respondí, y por primera vez, las lágrimas que había estado conteniendo comenzaron a caer.
Al ver mis lágrimas, Sofía se volvió seria. Se acercó y me abrazó con fuerza. Era un abrazo sincero, no como los vacíos que había recibido hasta ahora.
—Lo sé. Lo siento, Irina. No era mi intención burlarme. Gaspar puede ser... un poco, bueno, muy cerrado. Pero es un buen hombre a su manera.
—No lo conozco —admití.
—Y él tampoco te conoce a ti. Pero ya lo harás. Te prometo que te acostumbrarás a este circo. Mi hermano es todo lo que tengo y siempre me ha protegido. Ahora me aseguraré de que también te cuide a ti.
Sentí un inmenso alivio. Ya no estaba sola. Ahora también estaban Iván, mi protector silencioso, y un ruso de confianza. También contaba con el apoyo de Sofía.
En ese momento, la puerta se abrió de nuevo. Iván entró con su rostro de siempre. Me miró y asintió.
—Irina, el señor te espera…
—¡Tienes que conocer el resto de la casa! Y yo te contaré todos los secretos de este lugar. Te prometo que no es tan aburrido como parece —dijo Sofía, levantándose con entusiasmo.
Mientras me levantaba, Iván se inclinó ligeramente.
—Irina, no lo hagas esperar.
Sofía sonrió de oreja a oreja.
—¡Vamos, Irina! A ver qué plan tiene mi hermano para su nueva esposa.
Llegamos al salón. Era un espacio inmenso, con techos altos y ventanales que daban al mar. En medio de todo, estaba Gaspar. Serio, con el traje de la boda todavía puesto, pero con la corbata aflojada. Nos miró a ambas, su mirada se detuvo en mi rostro.
—Sofía, necesito que te encargues de ella —dijo Gaspar, su voz grave—. Vístela bien. Esta noche la llevaré a una reunión.
Sofía dio un pequeño salto de emoción.
—¡Una reunión! ¡Por fin algo de acción en esta casa! ¿A qué tipo de reunión?
Gaspar la miró con una ceja arqueada, una mezcla de exasperación y cariño en sus ojos.
—Ponte seria, Sofía. La presentaré a mi círculo como mi esposa. Necesito que se vea... impecable.
—¡Claro que sí! —dijo Sofía, arrastrándome de la mano.
Cuando salimos del salón, Sofía y yo nos miramos. La tensión que había sentido por la presencia de Gaspar se desvaneció al instante. Ambas rompimos a reír.
—¡Oh, por Dios! —dijo Sofía, sujetándose el estómago—. La cara de Gaspar cuando le dije: emocionante. ¡Parecía que le había dado un ataque!
Yo no podía parar de reír. Era la primera vez en mucho tiempo que sentía una alegría tan pura.
—Tu hermano es... —empecé a decir, pero no encontraba la palabra.
—Un viejo gruñón —terminó Sofía por mí—. Pero es un viejo gruñón con buen corazón, ya lo verás.
Sofía me llevó a mi habitación. Tenía la misma edad que yo, y su entusiasmo era contagioso.
—Primero, necesitamos deshacernos de este estilo de monja asustada —dijo, revisando mi armario con un brillo en los ojos—. Te prometo que te verás tan espectacular que mi hermano se arrepentirá de no haberse casado contigo por la iglesia.
Nos pusimos a trabajar, riendo y bromeando. Con Sofía, no me sentía una prisionera. Me sentía... como una chica normal.
POV: Gaspar Venturini
Al salir del salón, noté una punzada extraña en el cuerpo. Eran dos chicas que lo estaban pasando bien. Pero no era momento para distracciones. Tenía que concentrarme.
Me dirigí a mi despacho. Iván me siguió; su silencio era una sombra detrás de mí. Cerré la puerta y el sonido del cerrojo fue el único ruido en la habitación.
—¿Alguna novedad de Serguei Ivanov? —le pregunté mientras me sentaba en mi escritorio.
Iván, de pie, mantenía su mirada fija en mí.
—Es como si se lo hubiera tragado la tierra, señor. No se ha movido.
—Sé que no es así. Un hombre como él no desaparece.
—No lo ha hecho. Solo se ha escondido, destruyó la Bratva de Dimitri Petrov, el padre de Irina. No quedó casi nadie. Desde entonces, opera en las sombras, moviendo sus piezas. No hay pruebas claras, solo rumores de que planea expandir su territorio.
El silencio se apoderó del lugar. Sabía que la amenaza era real. Serguei era un fantasma, pero su poder era enorme.
—Tenemos que reactivar la organización de Dimitri —dije, mirando a Iván.
Iván, por primera vez, mostró una pizca de sorpresa.
—¿Reactivarla? Señor, no queda casi nada. Los hombres que quedan están dispersos y sin líder.
—Ese es el problema. Serguei se aprovechará de ese vacío. Dimitri confió en mí para proteger a Irina, pero no puedo protegerla de un fantasma. Necesitamos una estructura, una red de apoyo que nos ayude a mantenerlo a raya.
Iván asintió lentamente, digiriendo mis palabras.
—Entonces... ¿Qué planea?
—Los hombres de Dimitri te respetan, Iván. Habla con los que quedan. Diles que la organización sigue viva. No para vengar a Dimitri, sino para proteger lo que queda de él y de su hija. Que se unan a nosotros. Que me ayuden a construir algo nuevo y fuerte. Que los nombres de Venturini y Petrov trabajen juntos.
Iván me miró a los ojos. En su mirada vi una nueva fortaleza.
—Y Serguei... ¿Qué haremos con él?
—Por ahora, lo observaremos. Dejaremos que piense que ha ganado, que crea que la banda de Petrov ha desaparecido por completo y, cuando menos lo espere, le demostraremos que se equivoca.
Iván asintió con la cabeza y adoptó una postura más firme.
—Lo haré, señor. Me encargaré de contactar con los viejos leales de Dimitri. Sabrán que no están solos.
—Bien. Ahora ve con las chicas. Asegúrate de que no hagan ninguna locura con los vestidos.
Iván sonrió levemente. Una sonrisa casi imperceptible, pero sonrisa al fin y al cabo.
—Muy bien, señor.
Se fue y me quedé solo de nuevo. La risa de Irina y Sofía todavía resonaba en mis oídos. En mi mundo, una risa era un lujo. Pero con ellas no sabía si era un lujo o un arma de doble filo. Tenía que mantenerme alerta, no podía relajarme.
POV: IrinaSiete años de matrimonio no eran un cuento de hadas, eran un pacto de sangre renovado cada mañana.El Capo seguía siendo el Capo; su vida, una intrincada telaraña de lealtades y amenazas. Pero la mayor de sus lealtades era yo, y yo era su única amenaza real a la paz. Y ese equilibrio, forjado entre sábanas de seda y el olor a pólvora, era nuestro paraíso.Estábamos en la biblioteca, ya pasada la medianoche. El peso de la villa era palpable; el silencio de los niños durmiendo y el siseo del mar Egeo rompiéndose contra las rocas.Gaspar acababa de regresar de un viaje de tres días a Milán. Tres días de conferencias de negocios, dicen. Tres días de reorganización de rutas.Lo observé desde el umbral. Estaba sentado en su escritorio de caoba, la chaqueta de su traje Armani colgada cuidadosamente, pero con la camisa blanca desabrochada hasta la mitad del pecho.Su mano, tatuada y firme, sostenía una copa de brandy. No estaba leyendo documentos. Estaba simplemente mirando, sus oj
POV: IrinaSiete años.Siete años se habían deslizado bajo los puentes de Nápoles desde el día en que di a luz a Dante y Sofía. Siete años desde que Gaspar, con su rostro cubierto de lágrimas y sudor, me demostró que el amor era la única arma capaz de dominarlo.El tiempo no había envejecido a Gaspar, solo lo había pulido. Seguía siendo el Capo, la figura de poder inmutable que gobernaba el sur de Italia desde nuestra villa en Posillipo.Pero en casa, bajo las arañas de cristal y los frescos del techo, era solo mío. Y eso era lo que importaba.Nuestros hijos eran la viva imagen de nuestra unión: Dante era tranquilo y calculador, con los ojos oscuros y penetrantes de su padre, mientras que Sofía era un torbellino de fuego con mi cabello rubio y la risa contagiosa de su tía.La guerra había terminado. Dejamos los escombros para que otros limpiaran.Mi herencia, los millones y las propiedades sucias que mi padre, Dimitri Petrov, había amasado con la Bratva, fue el primer peso que quise q
POV: IrinaEl dolor era una bestia furiosa, pero no me importaba. Yo había sobrevivido a Kózin, a Natalia, a la verdad de mi padre. Unas contracciones no iban a vencerme. Eran solo la última batalla, y yo no iba a perder.De hecho, ver el rostro de Gaspar por primera vez en pánico fue casi tan satisfactorio como mi venganza contra Ivanov. Era la prueba de que, a pesar de su poder absoluto, había algo que él no podía controlar, algo que dependía completamente de mí.Estábamos en una habitación privada, casi un piso entero del hospital más exclusivo de Nápoles, una fortaleza médica que Gaspar había asegurado semanas antes de la fecha prevista.Había guardias de seguridad de confianza en cada pasillo, siluetas sombrías que se movían con la discreción de los fantasmas.Gaspar parecía más tenso que en cualquier guerra que hubiéramos librado. Su traje perfectamente cortado ya estaba arrugado, el cabello revuelto de tanto pasarse las manos por la cabeza.—Respira, amore —suplicaba, su voz re
POV: IrinaLa reunión no tuvo lugar en Nápoles, sino en un pequeño y viejo palacio en Palermo, un territorio neutral, pero bajo la influencia incuestionable de la Ndrangheta. Quería que Serguei sintiera la humedad del miedo italiano antes de la ejecución.Gaspar, vestido en su traje más oscuro y con una calma que me ponía los nervios de punta, me tomó de la mano antes de entrar.—Mi amor, si tienes la más mínima duda…—No la tengo —le interrumpí, ajustando el traje de corte impecable que me había traído. Debía lucir igual —. Serguei y Natalia intentaron matar a tu familia y a la mía. Esta es mi única condición de paz.Al entrar al salón, el ambiente era una sopa espesa de tensión. Serguei Ivanov, el padre de Natalia y uno de los Capos más antiguos y respetados de la Bratva, estaba sentado a la cabecera.A su derecha, Natalia. Estaba pálida, con la mirada altiva, pero en sus ojos verdes brillaba un pánico apenas contenido. A su izquierda, se sentaron tres de los líderes más grandes de l
POV: IrinaEl coche blindado devoraba la oscuridad de la autopista. La Toscana, el cementerio, Kózin… todo era una niebla.Estaba conduciendo con una mano en el volante y la otra, la que no soltaba su arma, sobre mi muslo. No era una caricia, era una afirmación de posesión.Las lágrimas se habían secado con la humillación. Me sentía vacía, fría, como si mi cuerpo fuera una cáscara llena de polvo. Kózin me había desnudado mentalmente con la verdad de mi padre. Había tomado la última pieza de mi inocencia.—Lo maté —murmuró Gaspar, sin apartar los ojos de la carretera. Su voz era un gruñido—. Lo maté por ti, amore.No respondí. ¿Qué significaba su venganza para mí? Yo no quería justicia; quería borrar la asquerosa verdad de Dimitri. Quería olvidar que mi propia sangre había sido un arma.Llegamos a la mansión de Nápoles en un silencio sepulcral. Dante ya estaba en el ala médica, recibiendo transfusiones. La casa estaba limpia, lista para la guerra que aún no terminaba.Apenas las puerta
POV: GasparEstaba a tres kilómetros del almacén del puerto, con el pulgar apretando el botón de mi radio, listo para dar la orden de asalto total. El aire dentro del todoterreno blindado era denso, cargado de pólvora y la adrenalina cruda de la guerra.Mis hombres esperaban la señal con los ojos duros en el espejo retrovisor. Íbamos a rescatar a Dante y a asegurar el Libro, poniendo fin a la mentira de Dimitri con un baño de sangre.Y entonces, llegó la señal.Mi mano se congeló sobre la radio. La furia me golpeó con la fuerza de un proyectil.—¡Retrasen la puta orden! —rugí, golpeando la consola central con el puño. El vehículo se estremeció—. ¡Detengan todos los flancos!Mi conductor frenó bruscamente, obligando a toda la columna de vehículos a detenerse en medio de la carretera industrial.—¿Gaspar? —preguntó Iván por radio, su voz tensa.—Código Rojo —siseé en el micrófono—. Repito: Código Rojo. Todo el plan ha volado por los aires.En mi mente, la última conversación con Irina r







