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Capítulo 6

Autor: Amaya Evans
last update Fecha de publicación: 2026-02-23 11:02:12

Miranda no deja de analizar. "Este hombre ha usado traje más veces de las que ha usado una llave inglesa", pensó , observando la forma en que se movía, la postura recta, la confianza contenida que no encajaba con el rol que supuestamente ocupaba. Las manos están demasiado cuidadas. La forma de hablar demasiado precisa. Este no es un hombre que ha pasado su vida haciendo trabajo manual.

Por favor, Miranda, no hagas la pregunta, pensó Gabriela, viendo esa expresión en el rostro de su amiga que conocía demasiado bien. Miranda, te lo ruego, PARA.

Esta amiga va a ser un problema, pensó Matías, registrando cada detalle de Miranda Ospina con la eficiencia de alguien que ha aprendido a leer personas en salas de juntas donde un error de cálculo cuesta millones. Interesante problema, pero definitivamente problema.

—¿Dónde estudiaste? —preguntó Miranda con tono casual que no engañaba a nadie—. Solo por curiosidad.

Gabriela cerró los ojos.

Ahí está.

Matías no pestañeó. No mostró ni un milímetro de incomodidad ante la pregunta directa.

—En varios lugares —respondió con la misma neutralidad con la que podría haber dicho que el cielo era azul.

—Ajá.

La forma en que Miranda pronunció esa palabra podría haber llenado una novela entera. Dos sílabas cargadas de escepticismo, curiosidad y la determinación férrea de alguien que acababa de confirmar una sospecha.

—¿Algo específico? —insistió—. Universidad, instituto técnico, escuela de oficios...

—Un poco de todo —dijo él, recogiendo su caja de herramientas—. El panel está en el closet del pasillo, ¿verdad?

—Sí —respondió Gabriela rápidamente, aprovechando la salida que él le estaba ofreciendo—. Te muestro.

Lo guió hasta el closet pequeño donde estaba el panel eléctrico. Él abrió la puerta metálica con movimientos precisos y comenzó a revisar las conexiones con una eficiencia que sugería que esto no era nuevo para él.

Miranda los siguió, apoyándose contra el marco de la puerta con los brazos cruzados.

—¿Hace cuánto trabajas en edificios residenciales? —preguntó.

—No mucho.

—¿Y antes?

—Otras cosas.

—Fascinante. Muy específico. —Miranda sonrió pero no era una sonrisa amigable—. Eres un hombre de pocas palabras.

—Soy un hombre que prefiere hacer su trabajo sin demasiada conversación —respondió él sin levantar la vista del panel.

—Entiendo. El tipo silencioso y eficiente. —Hizo una pausa—. Aunque debo decir que es interesante que alguien con tu... perfil, digamos, termine trabajando como conserje en un edificio de clase media en Bogotá.

Matías levantó la vista entonces. La miró directamente con esos ojos oscuros que no revelaban nada.

—¿Mi perfil?

—Tu forma de hablar. Tu postura. La forma en que evalúas una habitación cuando entras. —Miranda no se inmutó bajo su mirada—. Soy abogada. Leo personas para vivir. Y tú no eres lo que dices ser.

El silencio que siguió fue tenso como cuerda a punto de romperse.

Gabriela miraba alternativamente a su amiga y al hombre parado frente al panel eléctrico, sintiendo que estaba presenciando algo importante sin entender exactamente qué.

—Miranda —dijo con voz baja—. Es suficiente.

—No, está bien —dijo Matías, cerrando el panel con un clic metálico—. Tu amiga tiene razón en ser protectora. Es lo que haría cualquier persona que te aprecia.

Se giró hacia Miranda con una expresión que no era hostil pero tampoco era amigable.

—Tienes razón. No soy solo lo que dices que soy. Pero tampoco soy una amenaza para Gabriela. Eso te lo puedo prometer.

—Las promesas de extraños no valen mucho —respondió Miranda.

—No somos extraños —dijo él, mirando brevemente a Gabriela antes de volver su atención a Miranda—. No ya.

Recogió su caja de herramientas y caminó hacia la puerta.

—El sistema está funcionando bien. No debería haber más problemas con las cerraduras. —Hizo una pausa en el umbral—. Fue un placer conocerte, Miranda. Estoy seguro de que nos veremos otra vez.

—Cuento con ello —respondió ella.

Cuando la puerta se cerró detrás de él, Gabriela se giró hacia su amiga con una mezcla de frustración y algo que se parecía peligrosamente a la preocupación.

—¿En serio tenías que hacer eso?

—Absolutamente sí. —Miranda volvió al sofá y tomó su café—. Ese hombre está mintiendo sobre algo, Gabi. Todo en él grita que no es quien dice ser.

—Tal vez solo es privado.

—Hay una diferencia entre privado y fabricado. —Miranda la miró con seriedad—. Y él está fabricado. La empresa fantasma, las referencias imposibles de verificar, la forma en que evade cada pregunta personal... Ese hombre tiene secretos. Grandes.

Gabriela se sentó a su lado. Parte de ella quería defender a Matías, decir que Miranda estaba siendo paranoica, que no todos los misterios tenían respuestas siniestras.

Pero otra parte, la parte que había aprendido a no confiar fácilmente, la parte que había sido abandonada por su madre y había pasado años construyendo muros para protegerse, esa parte sabía que Miranda tenía razón.

—¿Qué sugieres que haga? —preguntó en voz baja.

—Investigo más. Encuentro de dónde viene realmente. Y mientras tanto... —Miranda puso su mano sobre la de Gabriela—. Ten cuidado. Porque ese hombre no apareció en tu vida por casualidad.

Dos horas después, cuando Miranda se fue con la promesa de llamarla en cuanto tuviera más información, Gabriela se encontró sola en su apartamento con una carta que había estado ignorando desde que llegó tres días atrás.

El sobre era blanco, corporativo, con el logo del Grupo Vidal impreso en la esquina superior. Dentro, dos páginas de lenguaje legal denso explicando cambios en los términos del contrato de arrendamiento.

Gabriela lo leyó una vez. Luego otra vez.

No era nada alarmante en la superficie. Nuevos términos. Documentación adicional requerida para renovar. Fecha límite en sesenta días.

Pero había algo en el timing que le molestaba. El edificio había estado bajo la misma administración durante años. ¿Por qué cambiar ahora?

Sacó su teléfono y llamó a Miranda.

—¿Ya extrañas mi presencia? —contestó su amiga.

—¿Sabías que el Grupo Vidal es dueño de este edificio?

Una pausa.

—¿El Grupo Vidal Vidal? ¿El holding más grande del país?

—Ese mismo.

Miranda pensó un momento, analizando aquella información, con esa expresión de abogada que está conectando puntos—¿Sabes qué es lo raro? Hace dos años este mismo edificio casi entra en proceso de ejecución hipotecaria. Lo encontré hace unos días en los registros públicos de la Superintendencia cuando empecé a investigar al conserje y me salió el edificio, se abrió el proceso, todo apuntaba a que iban a ejecutar, los plazos estaban corriendo. Y luego simplemente... se cerró. Sin sentencia, sin acuerdo registrado públicamente, sin ninguna explicación que aparezca en los documentos.

—¿Y? —Miranda dejó la carta sobre la mesa—Las hipotecas no se cierran solas, Gabi. Alguien pagó o alguien negoció, y ninguna de las dos cosas aparece registrada de manera convencional, lo que significa que quien lo hizo tenía razones para que no apareciera. Y ahora el mismo grupo manda una carta de renegociación.

Gabriela miró la carta. Luego miró a su amiga. Ninguna de las dos dijo lo que estaban pensando porque eso todavía no tenía nombre completo.

—Según la carta, hace cuatro meses compraron el edificio a través de una subsidiaria.

—Cuatro meses. —Miranda procesó esa información—. ¿Sabes qué más pasó hace cuatro meses, Gabi?

—Dime.

—Tu misterioso conserje no existía todavía. Al menos no como Matías López.

El estómago de Gabriela se contrajo.

—Eso no significa nada.

—O significa todo. —Miranda suspiró—. Mira, no quiero ser la amiga paranoica, pero las coincidencias como esta no existen en el mundo corporativo. Si el Grupo Vidal compró tu edificio y un mes después aparece un conserje falso...

—Tú eres la que dice que es un conserje falso. Hay mucha gente que no tiene perfil en redes sociales simplemente porque no le gusta estar exponiendo su vida y cada paso que da. Eso no tiene nada de malo—dijo a la defensiva.

—Solo cálmate, Gabriela. Parece que fueran algo más por cómo lo defiendes y acabas de conocer al hombre prácticamente hace unos minutos.

—¿Crees que está relacionado?

—Creo que necesito investigar más antes de hacer afirmaciones. Pero sí, mi instinto dice que hay una conexión. —¿Has notado algo raro en el edificio últimamente? ¿Cámaras nuevas, gente haciendo preguntas, cualquier cosa fuera de lo normal?

Gabriela pensó. Nada obvio. Solo...

—Matías —dijo en voz baja—.está interesado. En mi vida, en mi trabajo, pero bueno… yo se las he contado.

 —Solo digo que todo es extraño. El hombre tiene gustos caros, habla con demasiada educación, el olor que viene de él, es de perfume caro, uno que jamás compraria un conserje.

—Pudieron habérselo regalado.

Miranda rodó los ojos—Ay Por Dios Tienes respuesta para todo, ya me cansé. Mejor hablamos después o si tengo nueva información te llamo.

Colgaron con la promesa de Miranda de llamar en cuanto tuviera algo concreto. Gabriela se quedó sentada en su sofá, con la carta del Grupo Vidal en una mano y su teléfono en la otra, intentando conectar puntos que no quería que se conectaran.

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