Compartir

4

Autor: Denisetkm
last update Última actualización: 2025-11-17 10:34:25

*—Dante:

Habían sido unos días intensos, como cada vez que llegaba esa época maldita en la que su cuerpo lo reducía a puro instinto. 

El Rut de un alfa no era simple deseo; era una tormenta de hambre, posesión y desenfreno. Cada fibra de Dante ardía por morder, por reclamar, por hundirse en carne y dejar marcas hasta perder la razón. No había descanso, no había límites, solo la necesidad de vaciarse una y otra vez hasta quedar exhausto, rodeado de gemidos, sudor y el olor empalagoso de los omegas rendidos bajo él.

Había disfrutado como nunca, y ahora, cansado, volvía poco a poco a la realidad.

Dante suspiró, hundiéndose en el colchón de su gran cama mientras pateaba fuera las sábanas arrugadas.

En ese momento la puerta se abrió.

Con los ojos entrecerrados, alcanzó a distinguir la silueta de su asistente personal entrando a la habitación. No se acercó a la cama como esperaba, sino que fue directo a las ventanas.

Dante apretó los ojos cuando la luz comenzó a filtrarse y el aire fresco disipó el denso aroma de feromonas. 

Una mueca curvó sus labios: era típico de Ezra. Cualquier otro alfa habría respirado hondo, embriagándose con los restos dulces de los omegas, pero no su asistente. Ezra Hayes era un alfa recesivo extraño, demasiado comedido, demasiado… frío. A veces Dante pensaba que su asistente era un maldito asexual, y eso lo hacía casi cómico en contraste con la vida libertina que él llevaba.

Aun así, Ezra podía ser lo que quisiera, porque seis años a su lado le habían enseñado algo: Ezra le hacía la vida más fácil. Siempre estaba ahí, resolviendo lo laboral y lo personal con la misma eficiencia, como si no supiera cansarse. A veces Dante temía que un día se hartara y lo dejara, pero al verlo tan diligente, lo dudaba. Ese hombre parecía hecho para servir. Aunque también le irritaba cuando se tomaba libertades que nadie le había pedido, como ahora, purificando el ambiente como si Dante fuera un inválido.

Sabía bien a qué se debía. Su madre lo había enviado: quería verlo en el bautizo de los niños en la familia. Con o sin Rut, había sido clara. Y claro, mandaba a Ezra como perro guardián para arrastrarlo fuera de su madriguera de excesos.

Dante debería negarse, quedarse hundido en la cama, fingiendo que aún no se recuperaba, pero si lo hacía, sería Ezra quien cargaría con el peso de su desobediencia, y eso… eso lo irritaba más de lo que quería admitir.

El asistente se movió entonces, acercándose. Dante no lo vio, pero lo sintió. Ese olor siempre le resultaba extraño: el de los inhibidores que Hayes usaba todo el tiempo. Un alfa escondiendo sus feromonas era casi un insulto al orgullo de su raza. El deber de un alfa era llevarlas con altura, con orgullo, pero claro, Ezra no era un alfa cualquiera.

Dante lo sintió mirarlo, aunque no lo atrapó con la vista. Y su sexo, que todavía estaba sensible y cargado tras los días de calor, respondió, endureciéndose con descaro, pero su asistente no hizo nada, era como si estuviera viéndolo fijamente.

Su ceja se arqueó con diversión y se preguntó qué tanto veía. 

«¿Qué miras, Hayes?», pensó con sorna. ¿Acaso se creía con derecho a compararse? ¿Se sorprendía de que la polla de un alfa dominante como él dejara en ridículo a la de cualquier recesivo?

Era normal. Solo había que verlos juntos para notar las diferencias. Dante era todo exceso y poder, un Delacroix en cuerpo y nombre; Ezra, en cambio, siempre recto, comedido, elegante en exceso, casi invisible.

Y aun así… Dante estaba disfrutando que lo mirara. Algo en él, algo que no quería nombrar, vibraba con ese escrutinio silencioso. 

Lo irritaba. Lo confundía. Y por eso mismo, lo disfrazaba de repulsión.

Porque un alfa con otro alfa no iba. No debía ir.

Dante decidió terminar con la charada y abrió los ojos. La luz lo cegó por un instante, pero pronto sus pupilas se adaptaron y la figura frente a él se hizo nítida. Sí, ahí estaba: Ezra Hayes, de pie junto a su cama, mirando directamente hacia su polla endurecida.

El muy cabrón parecía sin aliento, como si lo que veía lo hubiera dejado petrificado. Dante conocía bien el efecto que causaba; sabía lo atractivo que era, incluso en su estado descuidado de los últimos meses. Había aprendido a leer esas miradas y la de Ezra no era excepción. 

¿Atracción? ¿Deseo contenido? O quizás simple envidia: al fin y al cabo, entre un alfa dominante y un recesivo siempre había una brecha marcada por la biología.

El carraspeo torpe de Ezra lo sacó de sus pensamientos. Sus ojos, al fin, subieron a su rostro y Dante alcanzó a ver cómo las mejillas del asistente se teñían de rojo, como si lo hubieran sorprendido robando un secreto. El jadeo que escapó de su garganta fue música inesperada para los oídos del alfa, y el simple hecho de percibirlo lo excitó más de la cuenta.

M****a. Estaba viéndolo con otros ojos… y no eran precisamente los adecuados.

—B-buen día, señor Delacroix —balbuceó Ezra, intentando aferrarse a la compostura, aunque el sonrojo lo traicionaba—. Es hora de levantarse y comenzar un nuevo día.

Dante exhaló un suspiro profundo, luchando contra la visión que lo atravesaba. 

Era la primera vez que lo veía romper su máscara de estoicismo. ¿Por qué ahora? ¿Solo porque había visto su polla? Debía de ser la primera vez que lo tenía desnudo frente a sí, y aún así… Dante no pudo evitar la imagen que lo golpeó: la boca de Ezra envolviéndolo, esos labios firmes y perfectos tragándose su carne. Fantasía absurda, impropia. Hayes era demasiado regio, demasiado intocable… demasiado “alfa” como para dejarse tentar, pero la idea se aferraba a su cabeza como un veneno dulce.

Un calor repentino lo recorrió y supo que sus feromonas habían escapado. No necesitaba un espejo para saber que sus ojos dorados habían brillado bajo el influjo de la excitación. Contó hasta diez en silencio, obligándose a retomar el control. Cuando volvió a mirar, el resplandor había cedido, pero la tensión permanecía allí, viva.

El nerviosismo de Ezra era evidente. Dante lo vio bajar la mirada, como si temiera encontrarse con su brillo predatorio. Y eso… le arrancó una carcajada ronca. La garganta le ardía después de días de sexo ininterrumpido, de gritos y gemidos, pero aun así sonaba como debía: como un alfa satisfecho.

—En verdad eres un aguafiestas, Hayes —dijo con una sonrisa ladeada, disfrutando del momento, del contraste entre la rigidez de su asistente y el caos que él arrastraba.

El otro sonrió nervioso, como si intentara recomponerse, hasta que volvió a erguirse, impecable y frío, el mismo Ezra de siempre.

—Sería bueno que se levante y se dé una ducha, señor Delacroix —le pidió su asistente—. Son ya casi las diez y recuerde que el evento comienza a las diez y media.

Dante maldijo entre dientes y, resignado, se incorporó con toda la fuerza de su estatura. La sábana cayó al suelo y su polla osciló pesadamente entre sus piernas. Captó el instante en que Ezra apartó la mirada de golpe, demasiado tarde. Dante sonrió. No necesitaba que lo mirara dos veces: con una bastaba para saber que lo había hecho.

—Eres tan cómico, Hayes —murmuró, divertido, antes de encaminarse al baño.

El desastre lo recibió como un reflejo de lo que habían sido los últimos días: charcos de agua en el suelo, envases de gel volcados, condones usados, restos de lubricante impregnando el aire. 

Dante arqueó una ceja y sonrió con descaro. Aun cuando un alfa dominante no necesitaba condones, ni por enfermedades ni por riesgo de embarazos, ya que él mismo se había encargado de inutilizar sus “cojones” hacía más de una década, disfrutaba el ritual, la provocación del látex, la sensación de poder desgarrarlo.

Cerró la puerta tras de sí, se miró al espejo y sonrió con un dejo de satisfacción. El bautizo sería un fastidio, sí, pero apenas terminara, regresaría a su mundo: a su cama, a sus amantes, a ese frenesí que ni siquiera tres días de Rut habían saciado.

Se duchó rápido, se cepilló los dientes y, al salir de la habitación con una toalla rodeándole la cintura y otra más pequeña descansando en su cuello, notó la diferencia. La cama estaba hecha, el suelo más despejado y los rastros de la noche anterior casi borrados. Claro, había sido Ezra. Dante tenía un equipo de limpieza exclusivo para ese apartamento, pero su asistente siempre encontraba la manera de meter mano en asuntos que no le correspondían.

Dante soltó un suspiro cansado, uno más de tantos en esa mañana, y pensó, no por primera vez, que quizás debería esforzarse en ser menos desastroso, pero era imposible: era dueño de los clubes nocturnos más cotizados de la ciudad y su reputación como alfa dominante estaba construida sobre excesos, lujos y placeres. Ese apartamento era su refugio íntimo, el lugar donde celebraba fiestas privadas o donde se encerraba durante su Rut, hundiéndose durante días en los cuerpos complacientes de sus omegas. Por lo que era normal que hiciera un desastre en ese lugar. 

En la puerta del armario colgaba un traje recién salido de la tintorería, impecable, acompañado de unos zapatos perfectamente lustrados. Antes no estaba allí, por lo que era probable que Ezra lo había colocado mientras él se duchaba. Tan diligente como siempre… quizá merecía un extra por esa atención al detalle.

Con una sonrisa distraída, Dante dejó caer la toalla y comenzó a vestirse con el traje de tres piezas. Ese día tenía un compromiso familiar: sería padrino en el bautizo de uno de sus sobrinos. Un evento al que había prometido asistir antes de que su Rut irrumpiera en la misma semana y lo dejara casi fuera de combate, por lo que, por mucho que se quejara, no lo podía evadir. 

Continúa leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la App

Último capítulo

  • La Obsesión Del Alfa (Lazos Del Destino #2)   115

    *—Ezra:Ahora que tenía una cita para San Valentín, antes de que pudiera decir nada más, Ezra salió de la oficina casi huyendo. Cerró la puerta a su espalda y se apoyó en ella, respirando con dificultad, el corazón golpeándole el pecho como si quisiera escapar. Las emociones se le habían desbordado sin aviso, las feromonas hechas un caos imposible de disimular. Sintió la ropa interior húmeda y, con un jadeo nervioso, se separó de la puerta y se apresuró hacia el área de descanso, directo al baño, como si aquel pequeño espacio pudiera protegerlo de lo que estaba sintiendo.Entró y cerró con cerrojo. El sonido seco del pestillo le dio una mínima sensación de seguridad. Caminó hasta el váter y se sentó sobre la tapa cerrada, inclinándose hacia adelante para ocultar el rostro entre las manos, completamente avergonzado, completamente alterado. Aquello no podía estar pasando, no así, no de esa manera tan repentina y cruelmente hermosa.No podía ser real. No después de haber mandado a la m

  • La Obsesión Del Alfa (Lazos Del Destino #2)   114

    *—Ezra:Al Dante inclinarse para besarlo, Ezra sintió su aliento cálido rozar sus labios… y en el último segundo, giró el rostro.El beso no ocurrió. El deseo sí, este ardía en su pecho, en su vientre, en cada rincón de su cuerpo. Lo quería. Mierda, lo quería, pero no así. No tan fácil.—No… espera —dijo Ezra, levantando la mano—. Aún no.Dante se detuvo de inmediato. Bajó las manos y dio un paso atrás, aceptando la negativa sin reproches.—Tengo que pensarlo —continuó Ezra, mordiéndose el labio—. Yo…Dante soltó una carcajada suave.Ezra alzó la vista. Dante lo miraba con una expresión tranquila, serena… sin rastro de enojo.—No te preocupes —dijo, acariciándole la mejilla—. Dije que haría las cosas bien y si no quieres besarme, no te obligaré. Jamás.Ezra negó con la cabeza, incrédulo.—¿Quién eres en realidad?—Dante Delacroix —respondió, como si fuera la cosa más simple del mundo.Ezra puso los ojos en blanco.—Por favor…Dante rió. Una risa genuina, natural, tan distinta a todo l

  • La Obsesión Del Alfa (Lazos Del Destino #2)   113

    *—Ezra:No sabía ni como reaccionar a este nuevo Dante, era tan sincero y directo, o quizás siempre fue así y él no había visto esta etapa suya por ser solo su empleado.—Si el destino lo permite —continuó Dante sin dejar de ir sus manos—, quiero el compromiso de ser tu pareja por siempre —-soltó y Ezra no pudo más.Ezra negó con la cabeza y se apartó de golpe, como si el contacto le quemara. Se abrazó a sí mismo, levantando una barrera inútil entre ambos.Era demasiado.Le lanzó una mirada a Dante, que ahora se veía… herido.—Estás loco —dijo Ezra, con la voz tensa.Dante no se rió. Ni siquiera sonrió.—¿Por qué estoy loco? —preguntó, serio.—Odias los compromisos. Odias todo eso —Ezra negó una vez más—. Es imposible creerte, Dante.Dante lo observó en silencio, luego suspiró y volvió a acercarse. Esta vez no tomó sus manos, le sostuvo el rostro.Ezra tembló cuando Dante acunó su cara entre sus palmas, obligándolo a mirarlo, impidiéndole huir. No pudo apartar la vista. Se quedó atrap

  • La Obsesión Del Alfa (Lazos Del Destino #2)   112

    *—Ezra:Con Joseph estuvo en el Rouge hasta pasada la medianoche. Todo transcurrió con una calma engañosa, demasiado ordenada para el torbellino que Ezra llevaba por dentro. No volvió a verse ni con Liam ni con Ross y lo agradeció.Mientras revisaban detalles y hablaban de trivialidades, su mente regresó hacia su última conversación con Dante.Quiero hablar contigo.Las palabras resonaban como un eco incómodo.Tal vez… tal vez debería regresar a la compañía.Joseph tenía que ir al Oscuro después del Rouge para revisar los preparativos del evento. Sería prácticamente lo mismo que en el Sweet: cambio de menú, shows de strippers, ajustes de iluminación y pequeños detalles que siempre terminaban siendo enormes dolores de cabeza. Ezra le comentó el cambio de planes y Joseph, como siempre, le aseguró que todo estaría bajo control.Tomó un taxi de regreso a la compañía. Había dejado su auto allí y había pasado todo ese tiempo moviéndose con Joseph de un club a otro. El trayecto se le hizo co

  • La Obsesión Del Alfa (Lazos Del Destino #2)   111

    *—Ezra:No esperaba a ver al ex amante de Dante allí, pero de alguna forma entendía.Liam sonrió de lado y soltó su muñeca sin cuidado. Ezra bajó la mirada un instante: la piel estaba enrojecida por la presión. Volvió a alzar la vista, directo a los ojos del otro omega. El chico parecía algo bebido. Ah. Con razón.Ezra acomodó los hombros y dibujó su sonrisa más educada, esa que había perfeccionado durante años tratando con clientes difíciles, alfas arrogantes y amantes despechados. Por dentro, la tentación de estamparle un puñetazo era real. Siempre lo había sido.—Buenas noches, señor Freeman —saludó con cortesía impecable—. ¿Puedo ayudarlo en algo?Liam soltó una risa burlona y lo recorrió de arriba abajo, buscando una grieta que no existía. Ezra estaba impecable, como siempre: postura erguida, ropa pulcra, mirada firme.—Me das asco —escupió Liam sin rodeos.La sonrisa de Ezra no se borró, aunque algo frío cruzó por sus ojos.—Dante te mutó, ¿verdad? —continuó Liam, acercándose a

  • La Obsesión Del Alfa (Lazos Del Destino #2)   110

    *—Ezra:El Sweet estaba en pleno movimiento cuando llegaron. Un club exclusivo para clientes omegas. Joseph tuvo que tomar un inhibidor antes de entrar; allí los empleados eran betas u omegas, incluso los guardias eran betas. Los alfas no eran bienvenidos. Ni siquiera Dante frecuentaba ese lugar.Sabrina, la manager, una omega pequeña de cabello rubio y ojos azules intensos, los recibió con profesionalismo, bueno a Ezra, pero a Joseph, le echo ojitos esperando que alguna mirada se le pegara al alfa, pero Joseph la ignoró por completo, enfocado en el trabajo, algo que Ezra siempre había admirado de él.Revisaron el menú especial, las actividades programadas como shows, strippers y dinámicas pensadas especialmente para el público omega, además de la logística general del evento. Joseph tomó el control con naturalidad, moviéndose con soltura entre decisiones y ajustes, mientras Ezra lo seguía como una sombra eficiente, observándolo con un orgullo silencioso al verlo desempeñar su rol co

Más capítulos
Explora y lee buenas novelas gratis
Acceso gratuito a una gran cantidad de buenas novelas en la app GoodNovel. Descarga los libros que te gusten y léelos donde y cuando quieras.
Lee libros gratis en la app
ESCANEA EL CÓDIGO PARA LEER EN LA APP
DMCA.com Protection Status