FAZER LOGINNarrado por Luna
La imagen en el espejo sucio ya no era la mía. Los largos mechones pelirrojos, que siempre me habían traído tanta atención no deseada, ahora estaban esparcidos por el suelo del sótano. Sostuve la tijera vieja y oxidada con una determinación que ni yo misma sabía que tenía. Corté mi cabello sin dudar. Lo que quedó fue un corte corto, desalineado y brutal. Mi rostro, más expuesto, parecía más angular, menos suave. Subí con cautela a la sala, evitando mirar hacia el rincón donde sabía que estaba el cuerpo de mi padre. El olor a sangre llenaba el aire, un peso asfixiante en mi pecho. «¡Dios mío, ayúdame!», rogué. Corrí hacia su habitación. Encontré unos lentes de grado bajo, de esos para leer, y me los puse. Las lentes distorsionaban un poco mi visión, pero ayudaban a esconder el contorno de mis ojos. Vestir su ropa vieja fue como ponerme una segunda piel, una piel de hombre. Le quedaban ajustadas a él, pero en mí quedaron holgadas, ocultando completamente mi figura. Al mirarme de nuevo en el espejo del pasillo, casi no me reconocí. Un niño de no más de doce o trece años me devolvía la mirada, con ojos azules grandes detrás de los lentes y un rostro sucio y cansado. Respiré hondo. Necesitaba las llaves. Mis manos temblaban cuando me agaché junto al cuerpo de mi padre. A pesar de todo, el dolor era un nudo en mi garganta. Había sido un hombre horrible, pero era el único familiar que me quedaba, y dije: — Perdóname por esto. Después de decirlo, metí la mano en el bolsillo de su pantalón, sintiendo la tela áspera y el frío de su cuerpo ya en rigidez. Miré su rostro desfigurado y, por última vez, dejé que las lágrimas cayeran por él. Fueron rápidas y silenciosas. No había tiempo para duelo. Con las llaves por fin en mi poder, bajé al sótano, destrabé la puerta que daba al patio de la señora Marisol, nuestra vecina, y huí sin que ella me notara. No miré atrás. Luna había muerto en esa casa, junto con su padre. Ahora, yo era Léo. **Tres años después…** Ahora tengo dieciocho años, pero mi cuerpo, desgastado por el hambre y el frío, todavía puede pasar por un niño más joven. Y este disfraz sigue siendo mi segunda piel, mi única protección. El miedo a los Sullivan era una sombra que me seguía en cada callejón oscuro. Sin embargo, una de esas noches heladas, envuelta en periódicos viejos bajo un toldo roto, me di cuenta de que mi infierno aún no había terminado. Voces graves y risas brutales me arrancaron del sueño ligero que había logrado conciliar. Me encogí, intentando fundirme con la pared húmeda, pero los pasos pesados se acercaban. Hombres grandes, sombras amenazantes, sacaban a chicos de la calle de sus escondites y los arrojaban a una van negra. El pánico me heló la sangre. Y entonces, escuché la voz. Esa voz que resonaba en mis peores pesadillas, grave y ronca, que nunca olvidaría. — Quiero a los más jóvenes y saludables, y no dejen escapar a ninguno, ¿me oyen? — Está bien, Tom, los agarraremos a todos. **Tom.** El nombre explotó en mi mente como un trueno. Era él. El asesino de mi padre. Aquel que prometió cazarme. Mi cuerpo tembló involuntariamente. Tenía que desaparecer. Me levanté en silencio, una sombra entre sombras. Intenté correr, pero una mano de hierro me agarró el brazo, tirándome hacia atrás con fuerza bruta. — ¡Te atrapé, ratoncito fugitivo! Nada de trucos, ratoncito — gruñó una voz cerca de mi oído. — O vas a ver lo que les pasa a los que nos hacen perder el tiempo. Mientras me arrastraban hacia el callejón donde estaba la van, una frialdad descendió sobre mí. El miedo no se había ido, pero ahora venía acompañado de una determinación de acero. Yo sobreviviría. Y algún día, Tom y Morano pagarían por todo. En el callejón, el hombre que me sostenía por el cuello de la camisa gritó: — ¡Mira esto, Tom! Otro ratoncito de la calle. Se está resistiendo desde que lo agarramos, pero creo que al jefe le puede gustar este. Tiene ojos de guerrero. Todo mi cuerpo se congeló. Tom. Él estaba allí. Cuando se giró, mi corazón se detuvo. Era aún más grande de lo que imaginaba, una montaña de músculos con una cicatriz que le cruzaba el rostro como una sonrisa torcida. Sus ojos escaneaban todo, depredadores. Bajé la mirada de inmediato, rezando para que la foto de dos años atrás ya no estuviera en su memoria. «Él no sabe. Ya no soy la misma». Se acercó, sus botas resonando como sentencias. Me agarró la cara con una mano brutal, obligándome a mirarlo. Sus dedos apretaron mis mejillas y examinó mis dientes como si fuera un caballo. — Hum, excelente. Dientes perfectos — dijo, y su sonrisa me provocó escalofríos. — ¿Cómo te llamas, chico? El alivio fue una ola corta e intensa. No me había reconocido. Pero el peligro era mayor que nunca. No podía hablar. Fingí un pánico mudo, balbuceando sonidos guturales, dejando que mis ojos mostraran un miedo que no era completamente fingido. Los hombres se rieron. — ¡Mira, el ratoncito es mudo! — se burló uno. Tom soltó mi cara con un empujón. — Nunca se sabe. Aunque solo sirva de pisapapeles, servirá. Llévenselo. ¡Nos vamos! Me arrojaron a la van como un trozo de basura. Dentro, el olor a sudor y miedo era asfixiante. Chicos asustados, algunos llorando en silencio, otros simplemente paralizados. Me encogí en un rincón, haciéndose lo más pequeña posible. La van aceleró, llevándonos hacia lo desconocido. Miré por las rendijas, viendo las luces de Nueva York alejarse. La vida de Léo en las calles había terminado. Pero mientras me encogía en la oscuridad, me prometí a mí misma: yo no era solo Léo, y mucho menos la Luna asustada de antes. Yo era pura supervivencia. Y, pasara lo que pasara, encontraría la forma de darle la vuelta al juego...Narrado por Lyandra Dos años pasaron. El jardín de la mansión Salvatore estaba florido, como siempre. Los rosales que Giancarlo plantara décadas atrás ahora eran enormes, y los niños adoraban correr entre ellos, riendo, cayendo, levantándose. Giulia, ahora con cuatro años, corría adelante, sus rizos castaños saltando a cada paso. Sostenía la mano de su hermano, Dante, de tres años, que reía sin parar mientras tropezaba con sus propias piernas. Clara los acompañaba de cerca, siempre atenta. Pablo y Giancarlo observaban de lejos, sentados en los bancos de piedra, los ojos empañados de orgullo. — Sono bellissimi —(Son hermosos)—dijo Giancarlo, la voz ronca. — Come la madre —(Como la madre)—completó Pablo. Gianluca me abrazó por detrás. Su pecho caliente, rico, firme contra mi espalda, sus brazos envolviendo mi cintura. — ¿Lista para ser mamá? —preguntó él, con una sonrisa en la voz. — Lista para todo —respondí, riendo. Pero había un frialdad en el estómago. Una ansiedad tonta.
Narrado por Lyandra La mesa del comedor estaba puesta como en las grandes ocasiones. Lámparas de cristal reflejaban la luz de las velas, y el perfume de las flores frescas se mezclaba con el aroma de la comida que Clara había preparado con esmero. Gianluca estaba a mi derecha. Giancarlo a la izquierda. Pablo al lado del Nonno de Gianluca. Y yo, en el centro, sentía el corazón latir más rápido que cuando enfrenté a los hombres del Fantasma. — Tengo algo que decirles —comencé, la voz firme, pero las manos sudando. Todos me miraron. — ¿Qué pasó? —preguntó Gianluca, preocupado. — Nada malo, amor —respondí, sonriendo—. Algo maravilloso. Respiré hondo. — No voy a huir más. No voy a esconderme más. Voy a enfrentar lo que venga —con las bendiciones del santo patrono de Sicilia. Giancarlo levantó una ceja. Pablo frunció la frente. Gianluca solo esperó. — Quiero hacer una fiesta de boda. De verdad. Con vestido blanco, con invitados, con baile. Como si fueran nuevos votos —pero para no
Narrado por Gianluca "Maledizione" —(maldición). El hombre de la Serpiente Dorada estaba allí, o al menos alguien queriendo usar el miedo para intimidarnos. Yo lo vi. Lyandra lo vio. Alex y Luna también. Pero desapareció en la multitud como si estuviera hecho de humo. Hice una señal a Marco. Alex hizo lo mismo con su brazo derecho, Tsurushi. Ambos se acercaron inmediatamente. Pablo y Giancarlo también vinieron. En segundos, mis hombres y los hombres de Alex ya estaban registrando el salón, las salidas y los jardines. Pero el hombre ya había desaparecido. — È inutile —(Es inútil)—dije, frustrado—. Il disgraziato è sparito! (¡El desgraciado desapareció!) Lyandra cogió la copa de Luna —la bebida aún intacta— y me la entregó. — Manda analizzare. Ti prego —(Manda analizar. Por favor). Asentí y entregué la copa a Marco, con órdenes de llevarla inmediatamente a un especialista. Horas después, el informe llegó. Veneno. Un veneno potente, sintético, hecho a base de veneno de serpient
Narrado por Lyandra Cinco meses pasaron desde aquel día en el cementerio. Mi pequeña Giulia ahora tenía siete meses —hermosa, gordita, saludable, con mejillas rosadas y ojos ámbar que robaban el corazón de todos los que la veían. Su sonrisa desdentada era la luz de nuestra casa. El Consejo de las Familias se reunió nuevamente. Esta vez, no para juzgar o guerrear. Para reconocer. En el gran salón de la mansión Salvatore, los jefes más poderosos de Sicilia estaban sentados alrededor de la mesa de madera oscura. Gianluca estaba en la cabecera —su lugar por derecho. Yo estaba a su lado derecho. El secretario del Consejo leyó el documento en voz alta, su voz resonando solemne: — Gianluca Salvatore, el Jefe de los Jefes, con su esposa y ahora su Consejera oficial... —hizo una pausa, los ojos recorriendo la sala— ...es nombrada hoy oficialmente la legítima heredera del imperio De Luca. Los jefes murmuraron entre sí, aprobando la decisión. Gianluca se levantó sonriendo y pidió la palabr
Narrado por GianlucaEl cementerio estaba silencioso aquella mañana de otoño. Hojas secas cubrían el suelo, y el viento frío traía consigo el olor de tierra mojada y flores marchitas. Caminaba solo entre las sepulturas, las manos en los bolsillos del abrigo oscuro, el corazón pesado —pero no de tristeza. Pesado de gratitud.Encontré la tumba de Sofia en el lugar de siempre, bajo la sombra de un ciprés antiguo. La lápida simple, solo el nombre y las fechas. Sofia Salvatore. 1988-2008.Me arrodillé y coloqué las flores blancas sobre la piedra fría.— Ciao, sorellina —(Hola, hermanita)—susurré—. Sono passato a trovarti. Come sempre. (Pasé a visitarte. Como siempre.)Me quedé en silencio por un momento, oyendo el viento, los pajaritos a lo lejos.— Ahora soy marido y padre, Sofia. Y estoy seguro de que te habría encantado Lyandra. Y Giulia —tu sobrina. Es hermosa, con los ojos ámbar iguales a los nuestros. Sembra un angelo (Parece un ángel).Sonreí, recordando la carita de mi hija.— Lyan
Narrado por GianlucaCaminaba como un loco de un lado a otro dentro del hospital. Mi corazón estaba tan acelerado que parecía querer explotar. A cada grito de Lyandra viniendo de la sala de parto, mis piernas amenazaban con ceder.— Porca miseria, ¿cuánto tarda? (Porcaria, ¿cuánto tarda?) —gruñí para nadie.Marco intentaba calmarme. Pablo también. Giancarlo solo reía, sentado en una silla.— Calmati, nipote —(Cálmate, nieto)—dijo el viejo—. Il parto non è una guerra. Non puoi accelerarlo con le minacce. (El parto no es una guerra. No puedes acelerarlo con amenazas.)— Posso tentare —(Puedo intentar)—respondí, ya dirigiéndome hacia la puerta de la sala de parto.La enfermera intentó detenerme.— Signore, usted no puede entrar...La miré. Solo la miré. Ella palideció.— O entro ahora, o se arrepentirá después. La elección es suya —hablé, la voz baja, mortal.Ella dudó. Después abrió la puerta.— Cinque minuti —(Cinco minutos)—susurró—. Solo cinco.Entré.Lyandra estaba allí, sudada, exh







