INICIAR SESIÓNLa cena había transcurrido entre copas de vino, sonrisas contenidas y un duelo de palabras que ninguno de los dos quiso conceder como derrota. Giulio se mostraba satisfecho, convencido de haber descubierto más de lo que Rebeca estaba dispuesta a revelar. Ella, en cambio, lo observaba con la calma de quien mide cada gesto, cada palabra, como si todo fuera una pieza más de un tablero de ajedrez.
Cuando la música del restaurante cambió a un tono más íntimo, Rebeca se excusó con naturalidad. —Voy al tocador. No tardo. Se levantó con la misma elegancia con la que había entrado, consciente de que varias miradas la seguían hasta perderse por el pasillo. El baño estaba vacío, silencioso, con un tenue aroma a flores frescas y mármol pulido brillando bajo la luz. Rebeca se encerró en uno de los sanitarios y, durante unos minutos, disfrutó de ese respiro lejos de Giulio, lejos de su mirada que parecía diseccionarla. Al salir, se dirigió al lavamanos. Abrió el grifo y dejó que el agua corriera mientras se miraba en el espejo. Su reflejo le devolvió a la mujer que había construido con paciencia: impecable, serena, sin fisuras. Pasó los dedos por el borde del lavabo, respirando hondo. —Qué papel tan frágil juegas —murmuró para sí misma, con una sonrisa leve. El eco de unos tacones rompió el silencio. Rebeca levantó la vista y vio a Luciana reflejada en el espejo. Caminaba con pasos lentos, calculados, como una gata dispuesta a atacar. —Así que tú eres Rebeca D’Amato —dijo Luciana con voz cargada de veneno. Rebeca no se giró, siguió lavándose las manos con calma. —Ya nos presentaron hace un rato, ¿no? —respondió con ironía. Luciana se acercó hasta quedar a pocos pasos. Cruzó los brazos y ladeó la cabeza con una sonrisa desdeñosa. —Escúchame bien, perra. Giulio es mi prometido. Te advierto que no me agrada en absoluto que te acerques a él de esa manera. Rebeca rió suavemente, una carcajada contenida que resonó en las paredes de mármol. —¿Eso viniste a decirme? —giró hacia ella, con las cejas arqueadas—. Qué patético. Si tan segura estás de tu lugar, no deberías preocuparte por una simple socia de negocios. El veneno en la sonrisa de Luciana se hizo más evidente. —No te hagas la lista. Conozco a las de tu tipo. Chicas que fingen ser indispensables en los negocios, pero que lo único que quieren es metersele a un hombre como Giulio hasta por los ojos. Rebeca, divertida hasta ese momento, dejó de sonreír. Su mirada se endureció como hielo partido. En un solo movimiento, rápido y brutal, la tomó del cuello con una mano y la empujó contra la pared de mármol. El golpe resonó en el baño vacío, y los ojos de Luciana se abrieron con horror. La expresión de Rebeca cambió. La elegancia quedó atrás; ahora su rostro era el de una fiera que mostraba los colmillos. —¿Luciana, verdad? —dijo en un susurro helado, apretando con más fuerza—. Escúchame bien: no estoy aquí para juegos. Si te metes en mi camino, te aplastaré como a una cucaracha. Luciana intentó respirar, sus palabras apenas fueron un hilo de aire. —¿Qué… qué crees que haces? Suéltame. ¿Acaso sabes quién soy? Rebeca alzó un dedo índice y lo colocó sobre los labios de la otra mujer, silenciándola con un gesto gélido. —Shhh… —murmuró, inclinándose lo suficiente para que solo ella la oyera—. No me interesa quién seas. Pero si vuelves a interponerte, te aseguro que descubrirás de lo que soy capaz. La soltó de golpe. Luciana jadeó, llevándose las manos al cuello. Rebeca dio un paso atrás, y entonces, como si la idea hubiera germinado en ese instante, se pasó las uñas por el escote de su vestido, rasgando la tela. El sonido de la tela rota fue casi obsceno en aquel silencio. Luego, con la misma determinación, arañó su propio pecho con fuerza suficiente para dejar marcas rojas en la piel. Luciana la observaba, atónita, incapaz de procesar lo que veía. De pronto, Rebeca lanzó un grito agudo, desgarrador, que hizo eco en todo el baño. —¡Ahhh! El alarido fue tan convincente que Luciana se quedó paralizada, muda de shock. Apenas unos segundos después, la puerta del baño se abrió de golpe. Giulio irrumpió con Enzo tras él. La escena que encontraron fue desconcertante: Luciana de pie, con la respiración agitada, y Rebeca en el suelo, con los ojos cristalinos y la ropa hecha jirones. —¡Rebeca! —Giulio se lanzó hacia ella, inclinándose para ayudarla a levantarse. Pero ella apartó su mano con suavidad, temblando. —No… por favor… yo puedo sola. — Giulio, esa mujer me ataco y luego se hizo eso a si misma... esta mintiendo... Se puso de pie con esfuerzo, fingiendo fragilidad. Sus ojos brillaban con lágrimas contenidas. Luego se giró hacia Luciana, que intentaba balbucear una explicación, y habló con voz quebrada: —Mentira… mire cómo dejó mi vestido. Giulio bajó la vista. El escote roto revelaba las marcas enrojecidas de las uñas. El ceño se le frunció de inmediato, y sin perder tiempo, se quitó el saco y lo colocó sobre los hombros de Rebeca. Ella lo aceptó con un murmullo agradecido, bajando la mirada como si estuviera avergonzada. —Creo que es mejor retirarme… —dijo con voz débil. —¡Giulio, no! —interrumpió Luciana con desesperación—. ¡Ella está loca! Se hizo eso a propósito, yo no… —¡Silencio! —tronó Giulio, su voz retumbó con autoridad. El rostro de Luciana se desfiguró entre furia y desconcierto. Rebeca, envuelta ahora en el saco, lo miró con una mezcla de fragilidad y dignidad. —Señor Romano… —su tono fue pausado, casi suplicante—. Por favor, aclare a su prometida que nuestra relación es solo de trabajo. El “prometida” fue un veneno dulce que cayó en los oídos de Luciana. Giulio apretó la mandíbula. Rebeca fingió que la emoción le impedía continuar. —Ahora, si me disculpan… debo irme. Se giró hacia la salida, caminando con pasos firmes, aunque aún aparentando fragilidad. Giulio no lo dudó. Le hizo una seña a Enzo, quien de inmediato la siguió para escoltarla hasta la habitación. Solo cuando la puerta se cerró detrás de ellos, Giulio volvió la mirada hacia Luciana. Ella trató de explicarse de nuevo, con el rostro desencajado. —Giulio, escúchame. Esa mujer se lo inventó todo, ¡ella se lastimó sola! Pero la furia en los ojos de él la obligó a callar. Giulio avanzó un paso, imponente, con una expresión que mezclaba decepción y rabia contenida. Luciana sintió por primera vez que el suelo bajo sus pies se desmoronaba.La noticia se propagó como fuego entre los clanes.El cuerpo de **Franco Romano** había sido hallado en una bodega del puerto, con un solo disparo en la cabeza.La policía, por supuesto, no tardó en archivar el caso como un “ajuste interno”, pero en el bajo mundo nadie se engañó.El mensaje era claro, brutal y perfectamente calculado.La heredera perdida de los Mancini había vuelto.Durante años, los rumores sobre la supervivencia de Isabella Mancini se habían considerado leyendas. Algunos la llamaban la sombra blanca, otros aseguraban que había muerto junto a su familia en el ataque que destruyó el imperio Mancini.Pero ahora, con el cadáver de Franco expuesto como advertencia, todos entendieron que el linaje Mancini no solo seguía vivo, sino que había reclamado venganza.En las reuniones de los clanes, los nombres Isabella Mancini y Giulio Romano comenzaron a pronunciarse con cautela.Nadie comprendía del todo qué tipo de relación los unía: unos hablaban de un pacto de poder, otros
El viento del puerto soplaba cargado de sal y humedad, trayendo consigo el eco lejano de las olas rompiendo contra los muelles. Entre la neblina espesa, un auto negro se detuvo frente a una de las bodegas abandonadas del clan Romano. Nadie se atrevía a acercarse. Los hombres apostados en los alrededores sabían que aquel lugar no era escenario de negocios, sino de juicios.Giulio descendió primero. Su figura imponente, vestida con el clásico traje oscuro, se recortó contra el gris del amanecer. Detrás de él, Isabella emergió del vehículo. Vestía de negro, sin adornos, sin joyas. Solo un abrigo que se movía con el viento y una mirada que helaba hasta el acero. Había insistido en venir. No porque quisiera ver sufrir a Franco, sino porque necesitaba cerrar un ciclo.Giulio lo había entendido, aunque no lo dijera. Era su manera de devolverle el alma que él mismo le había enseñado a endurecer.Caminaron en silencio por el muelle hasta llegar a la entrada.
El club ardía como si el infierno hubiera decidido abrir sus puertas esa madrugada. El fuego se extendía sin control, devorando lo que quedaba del imperio de Franco. Los gritos se mezclaban con el chisporroteo de las llamas, y el aire olía a metal, pólvora y venganza. Giulio salió de entre el humo con el paso lento, el cuerpo cubierto de sudor y sangre, la camisa destrozada y la mirada fija en ningún punto. A su alrededor, los hombres de su guardia despejaban la zona, apagando los últimos focos de fuego mientras el sonido de los disparos se apagaba en la distancia. No dijo una palabra. Solo respiraba hondo, conteniendo el temblor que le recorría los brazos. El peso de lo que había hecho —y de lo que había perdido— lo golpeaba con más fuerza que las heridas. Había enfrentado a su hermano. Había puesto fin a algo que llevaba años pudriéndose dentro de él. Y aun así, no sentía alivio. Solo vacío. Giró el rostro hacia el muelle, buscando el aire frío del amanecer.
Las explosiones comenzaron antes de que el sol terminara de alzarse.Las llamas se alzaban desde los depósitos del muelle, tiñendo de rojo el amanecer. Los disparos resonaban como tambores de guerra mientras los hombres de Giulio avanzaban entre el humo, cubriéndose tras los restos de los contenedores calcinados.Giulio caminaba entre ellos con paso firme, la mirada fija, el rostro endurecido por la rabia.Sabía que Franco estaba allí.Sabía que lo esperaba.Desde el primer disparo, entendió que su hermano había planeado esa trampa con la precisión de un relojero… pero esta vez, él no sería la presa.Franco conocía cada movimiento de Giulio… pero Giulio también conocía cada pensamiento de Franco.Eran gemelos. Dos caras del mismo pecado.La diferencia era que uno todavía recordaba lo que era tener alma.Isabella casi había muerto dos veces por culpa de Franco, y eso había sido suficiente para despertar algo que Giulio había jurado enterrar: su demonio.Organizó a sus hombres con frial
El sonido del motor se mezclaba con el crujido del metal bajo los neumáticos. Giulio no apartaba la vista del camino, con las manos firmes en el volante y el rostro tenso. Detrás de él, Giovanni presionaba el abdomen de Isabella para detener la hemorragia, mientras Dimitri hablaba por el auricular con los hombres de seguridad de la villa.—Preparen el quirófano, la llevamos de inmediato —ordenó Dimitri, la voz grave, urgente—. No podemos perder tiempo.—Entendido —respondió la voz al otro lado.Giulio apretó los dientes. No hablaba. Cada segundo que veía la sangre de Isabella empapar la tela lo hundía más en la culpa. Era su responsabilidad. Ella había ido tras Franco por él, y casi muere en el intento.Cuando por fin llegaron a la villa, los hombres ya los esperaban. En cuanto el vehículo se detuvo, Giulio bajó corriendo y la cargó en brazos. Su cuerpo pesaba menos de lo que recordaba, y esa fragilidad lo hizo sentir un vacío en el pecho.—Abran paso —gruñó, su voz ronca, autoritaria
El muelle estaba en silencio, roto solo por el chirrido de las olas golpeando los barcos amarrados. La niebla cubría el lugar como un manto, espesando el aire y dificultando la visión. Giulio, Dimitri y Giovanni avanzaban con pasos decididos, atentos a cada sonido. La información era clara: Franco tenía a Isabella en una de las bodegas. Lo que no sabían era cuántos hombres lo acompañaban… o si ellos mismos no estaban caminando directo hacia una emboscada.—Mantengan los ojos abiertos —susurró Giulio, con la voz baja pero firme—. Esto no va a ser fácil.Los contenedores se alzaban a ambos lados, formando pasillos oscuros que parecían tragarse la luz. Al llegar al primer galpón, las luces parpadeantes apenas revelaban la escena: hombres armados aguardaban, listos para abrir fuego.De entre las sombras surgió Franco, con una sonrisa ladina y la pistola colgando del costado.—Vaya, Mancini —dijo con desdén—. Veo que todavía sabes llamar la atención. Pero no importa… esta noche tu apellido





