INICIAR SESIÓNLa boda se realizó de una forma discreta en un club al aire libre y rodeados de los amigos más cercanos.Adrian y Elena se dieron el sí acompañados por sus hijos, viendo sus sonrisas y embargados por su alegría. Nadie estaba más feliz con ese enlace que los trillizos, sus vidas habían cambiado para bien y con ese matrimonio la felicidad quedaba asegurada.Ya no estaban solos, aislados y acorralados, eran niños sanos, seguros de sí mismos y dueños de su propio destino.—¿Quién hará de árbitro? —preguntó Harper durante la organización de un juego de fútbol. Aunque ella llevaba puesto un lindo vestido color cereza, no iba a limitarse. Quería jugar como todos los demás.—Theo siempre hace de árbitro —reveló Leo.—Eso es porque soy el más justo e inteligente de todos —bromeó él con orgullo.—Eso es porque no te gusta correr y sudarte —rebatió Max—, pero en el fútbol tendrás que correr detrás de nosotros, si no, no verás mis trampas.—¿Vas a hacer trampa? —consultó Theo con los ojos entrece
Isabella no se dio mucho a esperar. Nació un par de horas después de su anuncio, sin causar grandes molestias. Resultó una niña tranquila, sana y dormilona. Tan serena, que Adrian en ocasiones la movía para saber si seguía respirando.Los trillizos habían sido inquietos y llorones de pequeños, por eso se sentía preocupado. La niña era todo lo contrario.Sin embargo, igual estaba muy feliz. No se apartaba de ella ni de Elena ni un segundo. Hasta miraba con el ceño fruncido a quien se ofrecía a cargarla, evaluando que la sostuvieran con firmeza, que no la apretaran mucho y que mantuvieran las medidas higiénicas correspondientes.—Es un padre enamorado. No lo conozco desde hace mucho, pero nunca lo imaginé así —comentó Margaret, en una ocasión en que ella estaba sola con Elena y la niña en la habitación mientras Adrian cerraba los trámites en la clínica para recibir el alta.—Él ama a sus hijos. Es muy atento y entregado a ellos a pesar de que el trabajo le impide estar siempre cerca. Si
Elena bajó los hombros con derrota al darse cuenta quién le había hablado. Por un momento se había puesto tensa, creyendo que sería una de esas señoras encopetadas que formaban parte de la alta sociedad de Seattle y quería molestarla, pero tan solo era aquella rubia insoportable.—Hola, Deborah, me alegra verte de nuevo —la saludó con ironía, desconcertando por un momento a la mujer.—¿Te alegra? Sí, claro. Luego de haberme humillado en la casa de Adrian, de seguro estás feliz de encontrarte conmigo para restregarme en la cara lo que sucedió.Elena amplió los ojos en toda su extensión.—¿Te humillé en la casa de Adrian? Pero, ¡no te hice nada! Tú misma te ofreciste a jugar con los niños y participar de primera en los juegos que ellos habían organizado sufriendo esos contratiempos. —Se aproximó un poco para hablarle ahora de forma confidencial—. Y tú misma decidiste comerte a besos a Jacob en la habitación que te cedimos para que te cambiaras, nadie te obligó a hacerlo.La heredera la
Elena se encontraba en la clínica rodeada de un amplio equipo de seguridad. No solo del contratado por Adrian, sino por el brindado por la policía y por el FBI.Algunos socios de la empresa la acompañaban, así como Eugine y su esposa, Miles Royce y el matrimonio Cavendish. Los asiáticos estuvieron presentes por casi una hora, luego se marcharon.Ella se debatía entre la angustia y la calma. Aquella noche, que debió ser de celebración, de pronto se convirtió en una ocasión de miedo y a la vez, de entendimiento.—Tranquila. Ya el doctor informó que está fuera de peligro —dijo Miles sentándose a su lado—. En unos minutos podrás entrar en la habitación para hablar con él.—¿Cómo pudo guardarse este secreto? —reprochó ella—. Debió decírmelo.—¿Y ponerte nerviosa? Sabes que Adrian nunca haría eso. No solo por tu salud y la de tu embarazo, sino para garantizar el operativo. Si no sabías nada, era mejor. Así él, la policía y el FBI podían actuar con naturalidad sin que nadie sospechara nada.
Como Adrian lo había vaticinado, esa semana fue trascendental para todos. Los cambios que se produjeron reorganizaron por completo su vida.En casa, todo se centraba en la preparación para el inicio de clases y el cuidado prenatal de Elena. Los niños, que antes se encerraban en sus mundos tratando de sobrellevar con sus fantasías sus miedos y preocupaciones, ahora se la pasaban juntos, detrás de la mujer. Hablaban de amigos y de planes que querían realizar los próximos días.A eso se le unían las visitas constantes de abogados y detectives policiales. Los casos centrados en la utilización de su empresa para la entrada de mercancía ilegal desde el exterior hacia el país comenzaban a asentarse. Aunque aún había datos que corroborar y gente que buscar. Como Ángelo Towsen, quien aún estaba desaparecido.Además, la prensa no dejaba de acosarlo. Mientras más información se hacía pública, más lo buscaban. Era el más indicado para dar declaraciones, pero él ya había dicho todo lo que sabía, e
Las pruebas que Jeremy le dejó, en realidad fueron contundentes. Adrian enseguida se las entregó a los detectives del FBI y ellos casi hicieron una celebración al recibirlas.Para sustentar algunas partes de aquella investigación necesitaban la declaración del hombre, pero Jeremy había desaparecido por completo. Llevaban días buscándolo sin dar con su paradero. Era como si se hubiese desmaterializado.—De verdad este problema va mucho más allá de lo que hubiésemos imaginado —le comentó Elena un día en que Adrian la llevó a cenar a un lugar exclusivo, en una salida solo para ellos dos.Ahora que no tenían nada que esconder, porque ya todos sus secretos eran públicos, decidieron salir juntos en plan de pareja estable y comprometida, ignorando las miradas extrañas que algunos les dedicaban.Había personas que consideraban un escándalo que el empresario Adrian McGrath estuviese a punto de casarse y tener un hijo con la niñera de sus trillizos, a pesar de que se sabía que Elena era mucho m







