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Capítulo 4

Autor: Naimastran
last update Fecha de publicación: 2026-03-10 04:56:35

El poder verdadero no necesita anunciarse. Se siente en el aire mucho antes de que aparezca quien lo posee.

***

La mañana llegó gris y silenciosa.

Valentina apenas había dormido. La noche anterior se había arrastrado lentamente entre pensamientos inquietos, imágenes que no podía quitarse de la cabeza y el peso constante de una realidad que parecía cada vez más difícil de ignorar.

Tres millones de dólares.

La cifra seguía repitiéndose en su mente como un eco imposible de silenciar.

A las seis de la mañana finalmente se levantó; el departamento estaba en absoluto silencio, con ese tipo de quietud pesada que suele quedar después de una discusión o de una noticia que nadie sabe cómo manejar.

Se preparó café en la pequeña cocina mientras la luz pálida del amanecer comenzaba a filtrarse por la ventana. El aroma caliente llenó el aire, pero ni siquiera eso logró tranquilizarla.

Apoyó la taza sobre la mesa y se quedó mirando los planos de arquitectura que habían quedado allí desde la noche anterior.

Su vida hasta ese momento había sido bastante simple.

Universidad.

Clases.

Proyectos.

Trabajo ocasional en un pequeño estudio.

Problemas normales.

Nada que tuviera que ver con mafias, casinos clandestinos u hombres capaces de mandar tres emisarios vestidos de negro a cobrar una deuda.

Valentina tomó un sorbo de café y suspiró. La noche anterior había tratado de investigar un poco sobre Luca De Santis en internet, pero no había encontrado demasiada información concreta. Había artículos sobre inversiones, empresas legales, hoteles y casinos reconocidos. Todo muy limpio.

Demasiado limpio. Pero también había rumores en foros, comentarios en páginas poco confiables, historias que parecían exageradas pero que se repetían demasiado para ser simples coincidencias.

Control de apuestas clandestinas.

Red de negocios oscuros.

Enemigos que desaparecían casi de la nada.

Valentina cerró la laptop después de leer un par de esas cosas. No quería seguir alimentando su imaginación.

Sin embargo, una idea había quedado instalada en su mente desde entonces.

Un hombre que maneja tanto poder no llega allí siendo amable.

Escuchó pasos en el pasillo del departamento.

Gabriel apareció en la cocina con el rostro cansado y el cabello desordenado. Parecía haber dormido incluso menos que ella.

—¿No fuiste a la universidad? —preguntó con voz ronca.

Valentina negó suavemente.

—No hoy.

Gabriel asintió, como si esperara esa respuesta.

Abrió la heladera y sacó una botella de agua. Bebió varios tragos seguidos antes de apoyarse contra la mesada.

Durante unos segundos ninguno habló.

El silencio entre ellos ya no era tenso, pero tampoco cómodo.

Era el silencio de dos personas que sabían que el día terminaría en algo inevitable.

—No tienes que venir esta noche —dijo Gabriel finalmente.

Valentina levantó la mirada.

—Ya hablamos de eso.

—No es un lugar para ti.

—Papá —dijo ella con calma—. Ese lugar ya es parte de mi vida, aunque no quiera.

Gabriel apretó los labios.

—Yo puedo arreglar esto.

Valentina lo miró fijamente.

—¿Cómo? —El hombre no respondió, y esa falta de respuesta confirmó lo que ella ya sabía. No tenía un plan—. Si ese tal De Santis mandó a sus hombres a casa —continuó Valentina— es porque quiere algo más que dinero.

Gabriel evitó su mirada.

—No necesariamente.

—Papá.

El tono de su voz fue suficiente para que él levantara la cabeza otra vez.

—¿Qué?

—Ayer reaccionaste raro cuando Marco dijo que había otras formas de pagar la deuda.

Gabriel se tensó.

—No.

—Sí.

—Valentina…

—¿Qué te pidieron?

El silencio volvió a instalarse.

Esta vez más pesado.

Finalmente Gabriel se pasó una mano por el cabello.

—No lo sé.

Valentina lo observó con atención.

—Pero lo sospechas.

Gabriel no respondió.

Eso fue suficiente.

Valentina suspiró y tomó otro sorbo de café.

—¿Sabes algo de ese hombre?

—No.

—Nada.

Gabriel dudó unos segundos.

—Sé que empezó hace unos diez años.

Valentina frunció el ceño.

—¿Cómo?

—Nadie lo conocía antes —explicó Gabriel lentamente—. De repente aparecieron sus casinos, sus clubes, sus empresas. Todo empezó a crecer muy rápido.

—¿Y nadie se preguntó de dónde salió?

Gabriel soltó una risa corta.

—En ese mundo nadie hace demasiadas preguntas.

Valentina apoyó la taza sobre la mesa.

—Aún así, alguien debe saber algo.

Gabriel se encogió de hombros.

—Dicen que heredó parte del negocio.

—¿De su familia?

—Tal vez.

—No suena muy convincente.

—Porque no lo es.

Valentina lo miró en silencio.

—Entonces es alguien que construyó todo desde cero.

Gabriel asintió.

—Eso dicen.

La idea hizo que Valentina frunciera el ceño.

Un hombre joven.

Inteligente.

Frío.

Capaz de construir un imperio en una década.

No era una combinación tranquilizadora.

—¿Y nadie lo desafía?

Gabriel dejó escapar un suspiro.

—Muchos lo intentaron.

—¿Y?

La respuesta llegó con una naturalidad inquietante.

—Ya no están.

El silencio volvió a caer.

Valentina sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

No sabía cuánto de eso era verdad y cuánto exageración, pero algo en la forma en que su padre lo había dicho le hizo pensar que al menos parte de esas historias eran reales.

Miró el reloj en la pared.

Las agujas parecían avanzar demasiado rápido.

El tiempo que los separaba de esa reunión se estaba acortando.

—¿A qué hora tenemos que ir? —preguntó.

—A las diez.

—De la noche.

—Sí.

Valentina se levantó de la silla y caminó hacia la ventana. El cielo seguía gris y el aire húmedo se colaba por las pequeñas rendijas del vidrio.

Intentó imaginar el lugar al que irían.

Un casino, pero no uno común. Uno que pertenecía a un hombre capaz de mandar emisarios con una calma casi aterradora.

—¿Alguna vez pensaste en dejar el juego? —preguntó de repente.

Gabriel no respondió de inmediato.

—Muchas veces.

—Y nunca paraste.

—No.

Valentina apoyó la frente contra el vidrio frío.

Durante años había intentado convencerlo.

Discutir.

Gritar.

Suplicar.

Nada había funcionado, y ahora estaban allí. A punto de enfrentarse a un problema que superaba cualquier discusión familiar.

—Vamos a ir juntos —dijo finalmente.

Gabriel suspiró.

—No puedo detenerte, ¿verdad?

Valentina negó.

—No.

El hombre asintió lentamente.

—Entonces al menos prométeme algo.

Ella lo miró.

—¿Qué?

Gabriel dudó antes de hablar.

—Si las cosas se ponen feas, te vas.

Valentina lo observó unos segundos.

Luego negó suavemente.

—No voy a dejarte solo.

Gabriel abrió la boca para responder, pero finalmente no dijo nada.

Sabía que discutir sería inútil.

El resto del día pasó con una lentitud casi insoportable.

Valentina intentó distraerse con algunos trabajos de la universidad, pero su mente volvía constantemente al mismo lugar.

El casino.

La reunión.

Y el hombre que estaba detrás de todo.

Luca De Santis.

A las ocho de la noche el departamento volvió a llenarse de silencio.

Gabriel se cambió de ropa con movimientos lentos. Valentina eligió un conjunto sencillo, pero elegante.

No sabía exactamente qué clase de lugar era aquel casino, pero tenía claro que no quería parecer fuera de lugar.

A las nueve y media salieron del edificio. La ciudad estaba iluminada por miles de luces reflejadas sobre el asfalto húmedo.

El taxi avanzó por las calles durante casi treinta minutos.

Valentina observaba la ciudad por la ventana mientras los edificios cambiaban lentamente.

Los barrios conocidos quedaron atrás.

Las calles se volvieron más amplias.

Más elegantes.

Finalmente el taxi se detuvo frente a un edificio imponente iluminado por luces doradas.

El cartel del lugar brillaba sobre la entrada.

El casino De Santis.

Valentina sintió cómo el corazón comenzaba a latirle más fuerte. Varias personas entraban y salían del lugar con naturalidad, como si fuera cualquier otro casino de lujo, pero algo en el ambiente era diferente.

Había hombres trajeados cerca de la entrada.

No parecían guardias comunes.

Parecían otra cosa.

Gabriel pagó el taxi en silencio.

Durante unos segundos ambos se quedaron de pie frente al edificio.

Valentina levantó la mirada hacia las luces del casino.

Era más grande de lo que imaginaba.

Más imponente.

Más intimidante.

—¿Lista? —preguntó Gabriel en voz baja.

Valentina no respondió de inmediato.

Observó las puertas del lugar.

Las luces.

Los hombres de traje.

El flujo constante de gente entrando.

Y entonces comprendió algo.

Ese edificio no era solo un casino.

Era una puerta.

Una puerta a un mundo del que tal vez no podrían salir tan fácilmente.

Valentina respiró hondo.

—Sí —dijo finalmente.

Y juntos caminaron hacia la entrada del imperio de Luca De Santis.

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