Beranda / Romance / La vida que no fue / CAPITULO 3: TORMENTAS

Share

CAPITULO 3: TORMENTAS

Penulis: Ariana Fénix
last update Tanggal publikasi: 2025-10-19 07:55:49

Guillermo se apartó de Javier, dándole la espalda al coche y al chófer cuya negligencia ahora parecía un problema menor. La lluvia arreciaba, pegándole el pelo a la frente y empapando su chaqueta. Sacó su teléfono con manos torpes, el corazón martilleándole en el pecho con una mezcla de miedo y frustración. Deslizó el dedo por sus contactos hasta encontrar el nombre "Dr. Federico" y presionó llamar.

El teléfono sonó una, dos, tres veces. Cada tono se sentía como una eternidad. Justo cuando estaba a punto de colgar, la llamada se conectó.

—¿Bueno? —la voz de Federico sonaba cansada, distante.

—¡Doctor, soy Guillermo, el hijo de Amelia! —dijo Guillermo, casi gritando para hacerse oír por encima del ruido de la lluvia—. Lamento molestarlo, sé que es tarde, pero... ¿mi mamá está con usted?

Hubo un silencio al otro lado de la línea, un silencio tenso que hizo que a Guillermo se le helara la sangre.

—No, Guillermo, no está conmigo. Me fui de la cafetería hace más de una hora. ¿Por qué? ¿Sucede algo? —El tono de Federico cambió abruptamente, la fatiga fue reemplazada por una nota de alarma.

—No la encontramos, doctor. Nadie sabe dónde está. El chófer dice que lo vio irse a usted, pero que ella no regresó al coche. Su teléfono está apagado, la he llamado mil veces. Estoy aquí afuera de la cafetería y no hay rastro de ella.

Federico sintió como si le hubieran dado un puñetazo en el estómago. La imagen de Amelia, sentada frente a él con la mirada perdida y devastada por sus palabras, volvió a su mente con una claridad brutal. Recordó su fragilidad, la forma en que cada mención de abandono la hacía retroceder a un lugar oscuro y profundo. Él, más que nadie, sabía lo peligrosa que era esa oscuridad para ella. La herida que Luca le había dejado no era una cicatriz; era una fisura en su alma, y él acababa de clavar un puñal exactamente en ese punto.

La angustia lo invadió, afilada y llena de culpa. Amelia, perdida en la noche y bajo la lluvia, después de que él la dejara sola con el peso de su confesión y la destrucción de su propia familia. Podía imaginar perfectamente el torbellino de pensamientos negativos que debían estar asaltándola, la forma en que su mente podía torcer la realidad hasta convencerla de que estaba sola y no merecía ser encontrada.

—Doctor, ¿está ahí? —insistió Guillermo, su voz quebrada por la desesperación.

—Sí, sí, aquí estoy —respondió Federico, forzándose a mantener la calma, a no delatar el pánico que sentía—. Escúchame, Guillermo. No te preocupes, la vamos a encontrar. A veces... a veces tu madre necesita caminar un poco para aclarar sus pensamientos.

Era una mentira a medias, una forma de proteger a Guillermo de la verdad completa, que era mucho más aterradora. No podía decirle: "La dejé hecha pedazos, le confesé que la amaba y que por ella había perdido a mi familia, y temo que se haya perdido en su propia mente".

—¿Pero a dónde iría? ¡Está lloviendo a cántaros! —replicó Guillermo.

—No lo sé, pero conozco algunos lugares que le gustan. Parques, algunas calles tranquilas. Voy para allá. Quédate cerca de la zona, recorre las calles aledañas. Llámame de inmediato si sabes algo, y yo haré lo mismo. No dejes de intentarlo en su celular, quizás solo se quedó sin batería.

—De acuerdo, doctor. Gracias.

Colgaron, y Federico se quedó de pie en medio de su sala de estar, con el teléfono en la mano. La conversación con Amelia ya no era solo un drama personal y doloroso; ahora se había convertido en una emergencia. Tomó sus llaves y su abrigo, y salió corriendo hacia la noche, con un solo pensamiento resonando en su cabeza: "Por favor, Amelia, no te rindas. No ahora."

Mientras corría hacia su auto, la mente de Federico era un torbellino de imágenes y lugares fragmentados, extraídos de años de conversaciones con Amelia. Recordó la banca solitaria junto al lago en el parque, donde una vez le confesó que el sonido del agua la calmaba. Recordó la pequeña librería de segunda mano en el centro, cuyo olor a papel viejo le traía una extraña paz. Eran sus santuarios, los refugios secretos que le había revelado en la intimidad de su consultorio durante sus peores crisis. No podía simplemente darle a Guillermo una lista de direcciones; sería una traición a la confianza que ella había depositado en él, un último secreto profesional que se veía obligado a guardar. La terrible ironía lo golpeó con fuerza: él era el único que tenía el mapa de su laberinto, y ahora tenía que recorrerlo solo para encontrarla.

El sonido de su propio grito fue reemplazado por un sollozo ahogado. Apoyó la frente en el volante frío, y por primera vez en años, lloró. Un llanto afligido, desgarrador, que nacía de la culpa y el miedo. Le rogó a un Dios en el que apenas creía, le suplicó a la nada, a cualquier fuerza que pudiera escucharlo, que le devolviera a Amelia sana y salva. Y en medio de su desesperación, como una última chispa de lógica en un mar de pánico, surgió una idea. Un lugar que no era un refugio de paz, sino el epicentro de su dolor compartido. Su consultorio.

Con una última esperanza, condujo hasta allí. Las calles estaban desiertas, la ciudad dormida bajo el aguacero. Y entonces la vio. Era una silueta acurrucada en el pequeño umbral de la puerta de su consulta, una figura hecha un ovillo contra el frío. Estaba empapada, temblando, una mezcla de lluvia y llanto sobre su piel pálida. Él se bajó del coche, sin importarle la lluvia, y se acercó lentamente, como si se acercara a un animal herido.

Se arrodilló frente a ella. "Amelia". Ella levantó la vista, y él se perdió en esos ojos marrones profundos, ahora opacos y vacíos. No había alivio en ellos, solo el eco de una tormenta interior mucho más violenta que la de afuera. Él lo supo en ese instante: ella estaba perdida en esa oscuridad. Y la alegría de haberla encontrado con vida se vio ahogada por el inmenso dolor de verla así. La rodeó con sus brazos, atrayéndola hacia él en un abrazo desesperado, tratando de infundirle su propio calor. Y en la calidez de ese abrazo, superado por el alivio, el amor y la culpa, la besó.

Fue un beso torpe, salado por la lluvia y las lágrimas, un gesto impulsivo que duró solo un segundo. Ella no respondió. Sus labios permanecieron fríos, inertes. Federico se apartó de golpe, como si se hubiera quemado. La realidad lo abofeteó. ¿Qué estaba haciendo? Se reprochó a sí mismo su egoísmo, sus sentimientos fuera de lugar. Ella no necesitaba a un amante, necesitaba a su médico, al ancla que él mismo había arrancado.

—Perdóname —susurró, con la voz rota—. Amelia, perdóname. Por todo. Por lo que te dije, por haberte lastimado así, por causarte esto. Ven, entremos.

Buscó a tientas las llaves en su bolsillo, con las manos aún temblorosas, y abrió la puerta de la consulta. La guió hacia adentro, hacia el único lugar donde, quizás, podría empezar a reparar el daño que había hecho.

Lanjutkan membaca buku ini secara gratis
Pindai kode untuk mengunduh Aplikasi

Bab terbaru

  • La vida que no fue   Capítulo 209:

    El ritmo de la sede ejecutiva de Bellini Corp en Shanghái era inclemente. Desde las primeras horas de la mañana, la suite de la alta dirección se había transformado en un búnker de estrategia legal y financiera. Luca, flanqueado por su equipo de auditores internacionales y con su hijo Emilio sentado a su derecha como un pilar en constante aprendizaje, revisaba las minucias del complejo entramado de activos para consolidar la reestructuración y el inminente divorcio.En medio de una maratónica jornada de conferencias virtuales con firmas europeas, la voz temblorosa de la asistente personal de Luca irrumpió por el intercomunicador:—Señor Bellini... disculpe la interrupción. La abogada principal del bufete asignado acaba de llegar a recepción sin cita previa. Exige verlo en persona. La abogada Valerie Vance.El silencio que cayó sobre la sala fue repentino.Luca, que sostenía una pluma estilográfica de oro entre los dedos, se congeló por un instante. Los tonos frí

  • La vida que no fue   Capítulo 210:

    La verdad no suele anunciarse con estrépito; prefiere deslizarse en el silencio de los detalles omitidos. La cena de esa noche en Shanghái jamás perteneció a los imperativos corporativos de Bellini Corp. Fue, en su esencia más íntima y punzante, un monumento al autoengaño de Luca. Extranamente, el hombre que presumía de una honestidad devota frente a Amelia había sentido la necesidad instintiva de camuflar la velada como un compromiso estrictamente profesional. Ante Emilio y ante el espejo, presentó a Valerie Vance simplemente como una antigua compañera del bachillerato y la universidad, una abogada brillante rescatada del pasado para ejecutar el fin de su matrimonio con Li-Na. Omitió, sin embargo, el fantasma más oscuro de su juventud: el romance tóxico, caótico y visceral que consumieron durante sus años de facultad. Tres décadas atrás, Valerie había sido el motivo real por el cual Luca congeló y dejó morir la relación a distancia con Ameli

  • La vida que no fue   Capítulo 208

    El silencio de la madrugada en la villa del Lago del Oeste poseía una textura casi líquida. En el despacho de la planta baja, la única luz emergía de la pantalla de la computadora de Amelia, proyectando un fulgor azulado sobre la superficie de caoba donde horas atrás se había consumado aquel beso cargado de contención.Amelia contemplaba el monitor con los dedos inmóviles sobre el teclado. El eco de la voz de Luca, el peso de sus manos en su cintura y la promesa velada antes de retirarse a la casa de huéspedes continuaban flotando en el ambiente. Fue entonces cuando la suave vibración de una notificación entrante rompió la penumbra.El remitente, como cada noche a las dos de la mañana, era él.> De: l.bellini@bellini-corp.asia> Para: amelia.delatorre@prive-mail.com> Fecha: 4 de noviembre — 02:18 AM (Shanghái)> Asunto: Fuga di pensieri> Mia Piccola,Sono le due del mattino a Shanghai e mi trovo bloccato all'ultimo piano di questo grattacielo, circondato da cartelle finanziarie, rev

  • La vida que no fue   Capítulo 207

    Las semanas en la provincia de Zhejiang transcurrieron bajo una aparente y refinada calma. Mientras las hojas de los bambúes comenzaban a susurrar bajo las primeras lluvias del otoño, la villa del Lago del Oeste se consolidaba como un bastión de independencia para Amelia. Sin embargo, en el universo privado de la mexicana, el verdadero trabajo apenas comenzaba.Con los chicos plenamente integrados en sus horarios académicos y Margaret cuidando de la pequeña Amy durante las mañanas, Amelia convirtió la biblioteca de la residencia en su centro de operaciones. Apoyada por Arthur, quien había custodiado sus finanzas durante los años más oscuros, comenzó a revisar minuciosamente las carpetas de inversión acumuladas.—Everything is structure and projection, my dear (Todo es estructura y proyección, querida) —le explicó Arthur en inglés un martes por la mañana, desplegando los estados de cuenta consolidados sobre la mesa de caoba—. You are sitting on a massive fortune from your aviation asse

  • La vida que no fue   Capítulo 206

    El amanecer sobre el Lago del Oeste tiñó las nubes de un rosa pálido que se reflejaba con elegancia sobre el agua serena. En el interior de la villa de Hangzhou, la rutina fluía con una armonía y paz que la familia De la Torre llevaba años sin experimentar.Memo y Emilio, acompañados por Arthur, habían salido temprano para coordinar la inscripción final en el campus de la escuela internacional, situada a apenas quince minutos de la propiedad. Por su parte, Margaret acompañaba a Luciana y Mateo en la terraza, donde los niños alimentaban fascinados a los peces koi del estanque principal. Amelia observaba la escena desde el gran ventanal de la sala, con la pequeña Amy dormida plácidamente en sus brazos.A las diez de la mañana en punto, tal como lo estipulaba el protocolo acordado, el vehículo ejecutivo que transportaba a Luca cruzó el puente privado de la residencia. Había coordinado su llegada con 24 horas de anticipación a través de Margaret, respetando al pie de la letra el marco de

  • La vida que no fue   Capítulo 205

    El estruendo sordo de las turbinas del jet privado rompió la calma del amanecer en el aeropuerto militar de Pratica di Mare, a las afueras de Roma. Sobre la pista, la primera luz del día teñía las nubes de un azul metálico mientras los equipos de logística completaban el embarque del primer convoy.Siguiendo de forma estricta los acuerdos establecidos en el pacto de Frascati, Luca no viajaría en el mismo vuelo que Amelia y los niños. Tal como se había convenido, el italiano partiría con cuarenta y ocho horas de antelación hacia Shanghái para tomar posesión de sus oficinas centrales, restablecer su esquema de seguridad ejecutiva en Asia y supervisar personalmente que la llegada de su familia a suelo chino fuera absolutamente fluida, discreta y blindada de cualquier asedio mediático o corporativo.Junto a las escalinatas de la aeronave, Luca aguardaba erguido. Lucía un traje oscuro impecable, pero sus ojos azules reflejaban el peso de las emociones contenidas. Amelia descendió de la cam

Bab Lainnya
Jelajahi dan baca novel bagus secara gratis
Akses gratis ke berbagai novel bagus di aplikasi GoodNovel. Unduh buku yang kamu suka dan baca di mana saja & kapan saja.
Baca buku gratis di Aplikasi
Pindai kode untuk membaca di Aplikasi
DMCA.com Protection Status