LOGINCinco años más tarde…
Primer Aeropuerto Internacional de Miami.
Entre la multitud que salía del aeropuerto, un hombre destacaba como si no perteneciera a ese mundo ruidoso y apresurado. Alto, de figura esbelta pero imponente, vestía camisa negra impecable y pantalones a juego. Unas gafas de sol cubrían sus ojos, y su expresión era tan fría como el acero.
Edward Campbell caminaba con paso firme, su sola presencia alejaba a la gente sin necesidad de decir una palabra. Había pasado cinco días en una cumbre de negocios en Asia, y aunque todo había salido según lo planeado, su humor no era el mejor.
Como si pudiera leerlo, su asistente personal, Saúl, se acercó apresuradamente con el equipaje en mano.
—Señor, el pequeño Lucas no ha comido nada en todo el día… ¿Volvemos primero a la mansión? —preguntó con cautela, midiendo cada palabra como si pisara cristales rotos.
Edward se detuvo en seco.
Giró lentamente el rostro hacia él.
—¿Por qué me lo dices hasta ahora?
Su voz era baja, grave. Saúl sintió un escalofrío recorrerle la espalda y sus piernas temblaron.
Todo el personal de la casa Campbell lo sabía: Lucas, el pequeño heredero, era el tesoro más preciado del Sr. Campbell. Lo había criado con obsesiva dedicación, protegiéndolo de absolutamente todo. Incluso él mismo, Edward, se ablandaba cuando hablaba con el niño. Y ahora… estaba en huelga de hambre.
—L-Lo siento señor… como este viaje era por negocios importantes, temí distraerlo, por eso no me puse en contacto… no esperaba que el pequeño Lucas se negara a comer todo el día… —intentó explicar Saúl, con la voz temblorosa.
Edward se quitó las gafas de sol con lentitud.
Sus ojos, inicialmente de un verde claro, comenzaron a tornarse de un verde profundo, como si una tormenta eléctrica se despertara dentro de ellos. La tensión en el ambiente era tan densa que algunos pasajeros a su alrededor se detuvieron por instinto.
Saúl palideció. Estaba seguro de que había perdido su empleo… y posiblemente algo más.
—¿Cuándo te he dado permiso para tomar decisiones en mi nombre? ¿Hm? —Edward apretó los dientes. Su voz, baja pero cargada de amenaza, hizo que más de uno se apartara del pasillo donde estaban.
—Y-Yo… lo siento… —susurró Saúl, agachando la cabeza.
En ese momento, una pequeña bola de chocolate rodó entre la multitud y se detuvo justo frente al zapato de cuero perfectamente pulido de Edward. Él bajó la mirada con el ceño fruncido y se agachó para recogerla. El envoltorio era de un rosa metálico con estrellitas doradas, claramente de un dulce infantil.
Antes de que pudiera levantarse, una vocecita suave rompió la tensión.
—¡Señor, ese es mi chocolate! —gritó una niña que corría hacia él, sus pequeños rizos oscuros moviéndose con cada paso.
Tenía cuatro o cinco años, y aunque no era muy alta, su presencia era radiante. Se detuvo frente a él, con las mejillas sonrojadas y los ojitos brillando con curiosidad. Edward se quedó en cuclillas, observándola con atención.
La niña levantó la cabeza para mirarlo.
Y en ese instante, algo dentro de Edward se detuvo.
Esos ojos.
Esos ojos verdes idénticos a los suyos.
Tenía los ojos grandes y redondos, tan claros.
Brillaban como ágatas bajo el sol del mediodía, con esa transparencia limpia y pura que solo podía encontrarse en la mirada de una niña que aún no conocía la maldad del mundo.
Edward Campbell se quedó paralizado.
Durante un momento, se olvidó del asistente tembloroso a su lado, de su equipaje, del aeropuerto abarrotado y de su propia rabia contenida.
La niña, con la cabeza ligeramente ladeada y los rizos oscuros desordenados por el viento, lo observaba con total naturalidad. No había miedo en su mirada. Solo curiosidad… y una ternura que le hizo dar un salto al corazón.
Era la primera vez que veía a esta pequeña. Estaba completamente seguro.
Y sin embargo…
¿Por qué sentía que ya la conocía?
—Señor —dijo ella con voz suave y clara, alargando su manita diminuta—, si quiere comer el chocolate, tiene que comprarlo usted mismo.
Edward parpadeó, aún en cuclillas, procesando lo que había dicho.
—Solo tengo tres chocolates… —continuó con seriedad infantil—, así que no tengo extras para darte.
Sus palabras eran dulces, suaves, completamente inocentes, pero golpearon algo dentro de él.
Algo que no comprendía.
Algo que nunca le pasaba.
Edward, el hombre más frío y temido de Miami, sintió cómo su expresión se suavizaba sin que pudiera evitarlo. Una sensación cálida le recorrió el pecho, derritiendo su escudo emocional como si aquella niña hubiera encontrado una grieta en su armadura.
¿Qué me pasa? pensó. ¿Por qué… me siento así?
—¿Te gusta esta marca de chocolate? —preguntó él, con voz insólitamente suave, mientras le devolvía la bolita rosa con estrellitas doradas.
Emma Jones asintió con entusiasmo. Sus ojos se iluminaron más aún, y al sonreír, mostró dos pequeños y marcados dientes de tigre que la hacían parecer una pequeña versión de un ángel travieso.
—¡Sí! ¡Me encanta! —exclamó ella—. ¿A ti también te gusta esta marca de chocolate?
Edward se sorprendió al descubrirse sonriendo.
Su asistente, Saúl, que los observaba desde un par de pasos detrás, estaba completamente atónito.
¿El Sr. Campbell… en cuclillas?
¿El Sr. Campbell… hablando suavemente con una niña que no era Lucas?
Eso era simplemente absurdo.
Edward Campbell odiaba a los niños. Excepto por Lucas, nunca se había acercado a ninguno. Ni siquiera los miraba. Pero ahora… parecía estar hipnotizado por esta niña desconocida.
—Puede que sí… —respondió Edward con un suspiro involuntario, sin apartar la vista de su rostro.
Una extraña sensación latía en su pecho. No era dolor. Era algo… más profundo. Algo que se parecía demasiado a un recuerdo escondido.
Los ojos de la niña… eran como los suyos.
Demasiado.
Y eso, en el mundo de Edward Campbell, era una alarma.
—Edward...Una voz dulce rompió el silencio. Él alzó la vista, frunciendo levemente el ceño.Una mujer alta y elegante apartó las cortinas que colgaban en la entrada de la suite y entró con una expresión de grata sorpresa.—Eres tú, realmente. Justo terminé mis negociaciones de patrocinio en otra suite y Jason vio a tu asistente despidiendo a alguien. Pensé que quizá tú también estabas aquí —dijo con ligereza.Edward murmuró una respuesta evasiva, sin mostrar mayor interés.—Vi a tu abuelo hace dos días —continuó Viola Kidman, sentándose frente a él, observando su expresión con atención. Al ver que la mención de su abuelo no causaba reacción alguna, prosiguió—: Me dijo que has estado criando a Lucas solo todos estos años. Sabe que tu agenda está repleta y le preocupa que las criadas no puedan atender todas sus necesidades. Por eso piensa que deberías considerar enviar a Lucas de regreso con él.La expresión de Edward se volvió más sombría.—Enviar a Lucas con él sería aún más peligros
El niño frunció el ceño y apartó la cara con fastidio, como si no le hiciera gracia el comentario.Olivia soltó una risa suave. Justo cuando se incorporaba con los platos en las manos, sintió que algo tiraba de ella. Al mirar hacia abajo, vio que el niño se aferraba al borde de su falda, con una expresión lastimera. No quería que se fuera.Al ver su rostro inseguro, el corazón de Olivia se encogió. Pensó en su propia hija. También ella, por culpa del trabajo, pasaba mucho tiempo sin su compañía… y ahora, este pequeño delante de ella despertaba en su interior un reflejo de culpa y ternura.—No me voy a ir —le dijo suavemente—. Solo quiero dejar los platos para que no se caigan.Pero el niño seguía sujetándola con fuerza.Olivia suspiró con una mezcla de ternura y resignación. Volvió a dejar los platos a un lado, se agachó y le acarició la cabeza.—¿Quieres que me quede contigo?El niño asintió obedientemente.—De acuerdo… entonces me quedo —respondió con una sonrisa serena.El niño par
—Sus padres no están con él, así que no se le puede culpar por sentirse inseguro —dijo Olivia mientras pulsaba el botón del ascensor—. ¿Cómo pueden dejar a su hijo solo en una habitación de hotel? ¿De verdad crees que ese tipo de comportamiento es aceptable?Su asistente se encogió ligeramente y asintió con una expresión incómoda.Frente a una suite VIP, reinaba la conmoción. Se oyó el estruendo de cerámica rompiéndose, seguido por el grito de un camarero. Varios empleados se agolpaban alrededor de la entrada, observando nerviosos.—La Sra. Jones está aquí —anunció alguien.A través del camino que se abrió entre el grupo de curiosos, Olivia avanzó decidida y entró en la suite. Se detuvo un segundo al contemplar el caos del salón. Todo estaba hecho trizas: los cojines y almohadas del sofá estaban esparcidos por el suelo, manchas de jugo teñían la alfombra, platos rotos se mezclaban con restos de fideos, y una lámpara estaba volcada. Era difícil encontrar un solo rincón limpio para pisa
—¿Estás bien, Olivia? —preguntó Michelle con tono fingido, aunque claramente saboreaba el momento.Desde que entraron al ascensor, Michelle no había dejado de presumir, burlarse e intentar humillarla. Y ahora, al notar la presencia de un hombre apuesto, seguramente pensaba que Olivia quedaría en ridículo por no tener pareja.Lo que no esperaba era lo que pasó a continuación.Sin pensarlo mucho, y llevada por una chispa de atrevimiento y rabia, Olivia se giró y abrazó a Edward por el hombro con familiaridad. Sintió cómo el cuerpo del hombre se tensaba por completo, lo que le causó un perverso alivio. Entonces dijo con una voz dulce y provocadora:—Cariño, ¿ibas a darme una sorpresa esperándome en secreto dentro del ascensor? Eres un pillo...El silencio se apoderó del ascensor.Todos se quedaron boquiabiertos. Michelle apretó los dientes con rabia.Ese hombre no solo era increíblemente atractivo y elegante, sino que su porte y traje impecable indicaban que no era un cualquiera. ¿Cómo e
—Pero yo sí quiero un hermano mayor —dijo Emma con una dulce sonrisa—. Quiero que papá y mamá me quieran, y que un hermano mayor me trate como a una princesa.Olivia le acarició la cabeza, sin poder decir nada más. En ese momento, recordó a su hijo mayor, al que se había llevado aquel hombre. Se preguntaba cómo estaría ahora… Si pudiera, le gustaría encontrárselo algún día y abrazarlo. Tal vez, en el futuro…Emma, al ver la expresión melancólica en el rostro de su madre, se prometió en silencio encontrarle un nuevo papá: gentil, guapo, y capaz de hacerla feliz cada día.…Esa noche, Olivia recibió un correo electrónico del Departamento de Recursos Humanos del Grupo ST. Le notificaban que debía presentarse el próximo lunes en el Hotel ST para comenzar su trabajo.Mientras organizaba sus cosas, vio a Emma entretenida con una tableta. Se acercó con curiosidad.—Cariño, ¿qué estás haciendo?Emma abrazó la tableta con rapidez, como si protegiera un gran secreto.—¡No puedes ver esto, mamá!
Edward pareció notarla. Alzó la mirada, la observó fijamente por un instante y luego la bajó con indiferencia, como si no la hubiese visto antes. Habló con frialdad:—¿Así que te graduaste en la Escuela Wharton de la Universidad de Pensilvania?—Yo… todavía no he recibido mi certificado universitario —respondió Olivia, recuperando al fin la voz. Había colocado ese dato en el formulario de solicitud con la esperanza de obtener una oportunidad. Necesitaba desesperadamente el trabajo.El entrevistador se mostró sorprendido.—¿Eso significa que la información que proporcionó es falsa?Inmediatamente se giró hacia Edward y se disculpó apresurado:—Lo siento, señor presidente, nuestro proceso de revisión...Edward levantó una mano para que se callara. Luego miró con frialdad a la mujer frente al escenario.—¿Quiere decir que vino a solicitar un puesto basándose únicamente en su experiencia previa en el Hotel Mileder de Alemania? —Su voz se volvió más fría con cada palabra—. ¿Leíste siquiera







