LOGINAl día siguiente, Diogo llegó a la casa por la mañana, Marlene le abrió la puerta y le dijo que Franco todavía no bajaba, que lo esperara en la sala. Él se sentó, le llevaba unos documentos a firmar, como siempre.Cristal, que no sabía que él estaba ahí, salió de la cocina con el desayuno de Thiago. Caminaba con la cabeza baja, despacio, todavía le dolía el vientre. Cuando levantó la vista, se detuvo al verlo.Diogo se puso se levantó.—Cristal…Se quedó mirándola sin poder decir nada más, su largo cabello, ahora era corto, casi como el de un muchacho. Los ojos de ella estaban hinchados, tenía ojeras.Cristal bajó la mirada, apenada.—Buenos días, Diogo —dijo en voz baja.—¿Qué te pasó en el cabello? —preguntó él, acercándose— ¿Quién te hizo esto?—Fue… no es nada, de verdad, no pasa nada.—Cristal, mírame.Ella no pudo, se mordió el labio, estaba a punto de llorar otra vez. Diogo iba a insistir, pero en ese momento se escucharon pasos en la escalera. Franco bajó, ya listo para salir,
Los gritos de Cristal se escucharon por toda la casa.Marlene bajó casi corriendo con Thiago en brazos, y cuando llegó al comedor se quedó helada. Lorena tenía a Cristal agarrada del cabello, y las tijeras se abrían y se cerraban junto a su cabeza. Los mechones caían al piso uno tras otro.—¡Suéltela! —gritó Marlene— ¡Por Dios, suéltela!Lorena cortó un mechón más y después la empujó con desprecio. Cristal cayó de rodillas, se llevó las manos a la cabeza y sintió el pelo corto, disparejo. Su cabello largo, el que Franco acariciaba antes, estaba tirado a su alrededor.—Ahí tienes —dijo Lorena, sonriendo— a ver si así aprendes a no ignorarme cuando te hablo.En ese momento se oyeron pasos en la escalera. Franco bajó acomodándose el saco, y detrás de él venían Cecília y Marília, que habían llegado muy temprano. Lorena soltó las tijeras en el piso, y su cara cambió por completo. Los ojos se le llenaron de lágrimas y se agarró el brazo.—¡Franky! —gimió, corriendo hacia él— ¡Mira lo que m
Diogo llegó esa noche al bar con algunos amigos, el lugar estaba lleno, pidieron una botella y se dirigieron a uno de los privados del fondo. La charla se extendió hasta la madrugada: hablaron sobre negocios, y mujeres, contaron viejas anécdotas. Diogo reía de vez en cuando, pero su mente no estaba del todo allí. Desde que había visto a Cristal en el hospital, algo le removía el pecho.Más tarde, necesitó ir al baño, así que salió del privado y caminó por el pasillo, al pasar frente a la puerta de otro privado que estaba entreabierta, escuchó voces. Se detuvo porque creyó reconocerlas.Dentro, Lorena y Franco discutían.—Quiero que la hagas sufrir más —dijo ella, su voz estaba cargada de veneno— no la soporto, Franco. Cada vez que la veo siento asco.—La chica no te hace nada —respondió él, su tono sonaba cansado— déjala en paz.—¡Solo con saber que la tocaste! —explotó Lorena— que durmió en tu cama, que la acariciaste, que la besaste, la odio con todo mi ser.Franco soltó un suspiro
Diogo respiró profundamente antes de contestar, mantuvo la mirada fija en Franco, sin desviarla.—Solo vine a traer estas flores para Cristal, me enteré de lo sucedido, es solo un detalle después de lo que ha pasado.Franco apretó la mandíbula.—A mi mujer nadie le regala flores —el tono de su voz dejó ver su furia.Diogo arqueó una ceja, sin inmutarse ante su amigo, estaba acostumbrado a su mal carácter.—Si soy sincero, pensé que no vendrías por ella, lo digo porque no te despegas ni un solo momento de Lorena.Franco apretó los puños con fuerza, molesto por esa maldita costumbre que tenía Diogo de meterse en sus asuntos, eso lo sacaba de quicio desde hacía años.—Si Lorena está pegada a mí o no, ese es mi problema, no te metas. Y ahora vete, y llévate esas flores.Diogo volteó a ver a Cristal, ella bajó la cabeza de inmediato, incapaz de sostenerle la mirada, él tomó el ramo, se dio la vuelta y salió de prisa, sumamente molesto por la manera en la que le había hablado su amigo.En e
Cuando Cristal abrió los ojos, no reconoció el lugar en el que estaba, volteó hacia los lados, intentó moverse, entonces sintió un fuerte dolor en su vientre, era como si alguien la hubiera golpeado por dentro, giró la cabeza. La habitación estaba vacía, no había nadie a su lado.La puerta se abrió y entró una enfermera cargando una bandeja con medicamentos.—Buenos días, señora. ¿Cómo se siente?Cristal intentó sentarse, pero el dolor la obligó a quedarse quieta.—¿Qué… qué me pasó? —preguntó con la voz ronca— no recuerdo bien.La enfermera se acercó, dejó la bandeja sobre la mesilla y le tomó la mano con suavidad.—Lo siento mucho… El médico hizo todo lo posible por salvar a su bebé, pero fue imposible. La hemorragia fue demasiado fuerte.Cristal se quedó mirándola, sin comprender.—¿Un… un bebé? —susurró—. ¿Estaba embarazada?La enfermera asintió con tristeza.—Sí, el embarazo era todavía temprano, pero… no pudimos hacer nada más.Cristal sintió que el aire se le escapaba de los pu
Franco carraspeó, incómodo. ¿Qué demonios pretendía Lorena? Pensó, sintiendo cómo el sudor le resbalaba por la nuca. Su socio no podía darse cuenta de que Lorena era su amante y de que su relación con Cristal no era más que una farsa, si alguien sospechaba, la inversión de varios millones se esfumaría en segundos.Se aclaró la garganta y sonrió, tratando de mostrarse seguro.—Perdonen la intromisión —dijo, dirigiéndose a los anfitriones con tono amable— me tomé el atrevimiento de invitar a mi madre, a mi hermana y a mi prima. No querían perdérselo.La esposa del socio, sonrió de inmediato.—¡Qué maravilla! Por supuesto que se unen a la cena. Cuantos más seamos, mejor, pasen, por favor.Franco les lanzó a las tres mujeres una mirada de advertencia, corta pero intensa. Si se les ocurría querer humillar a Cristal ahí, delante de todos, lo meterían en problemas serios. Lorena sostuvo su mirada un segundo y después bajó los ojos, fingiendo sumisión. Su hermana y su madre imitaron el gesto.







