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CONDENAME

Autor: Tatty G.H
last update Fecha de publicación: 2022-11-29 10:41:33

La miré con lágrimas en los ojos. Me dolía mucho el brazo, y no tenía fuerzas para zafarme de su agarre.

—Por... por favor...

—¿Dulce? Te llamas Dulce, ¿verdad?

Asentí repetidas veces.

—Qué nombre tan lindo y adorable, tan acorde a ti. Eres bonita bajo esos golpes, sin duda a los clientes les gustaras.

Temblé y ella me sonrió con extrema dulzura.

—¿Qué edad tienes, Dulce? Debes ser muy joven, pareces una chiquilla.

—Tengo.... 19 años...

Sentí unas lágrimas rodar por mis mejillas. Y al ver esos ojos grises sin compasión, supe que yo no era libre, todo lo contrario. Mi destino sería peor que lo que acababa de dejar atrás.

—Bien, Dulce, te diré qué haces aquí y qué es este sitio. Estás aquí por qué ya no le servirás a Fabian, él esta muerto. Ahora eres propiedad de Odisea.

Ella pareció ver lo poco que yo entendía de todo eso, ya que agregó con orgullo:

—Odisea es un prestigioso y exclusivo burdel —declaró complacida—. Y tú serás una chica de humo. Tu trabajo será servirle a nuestros clientes VIP, hombres poderosos e influyentes.

Fruncí el entrecejó y con esfuerzo para hablar, pregunté con miedo:

—¿Chica de... humo? ¿Q-qué es eso?

Ella chaqueó la lengua con diversión.

—Qué ingenuidad... Verás, una chica de humo es una protituta. Serás una prostituta de Odisea.

¿Una prostituta? No, yo no podía serlo. Comencé a negar, pero ella me sujeto mas fuerte y añadió:

—Qué tierna, sin duda serás una atractiva novedad

En cuanto ella salió de la habitación, me limpié las lágrimas y, armándome de valor, me arranqué la intravenosa. Después bajé apresuradamente de la cama y tambaleándome debido a la debilidad, me acerqué a la puerta.

Apoyé la frente en ella y tomé varias respiraciones. No podía convertirme en una prostituta. No quería hacerlo. Isabel no había cuidado varios años de mí, para que al final mi vida terminara siendo propiedad de un burdel.

—No... no puedo quedarme aquí —suspiré tocando la perilla de la puerta con una temblorosa mano—. Debo irme...

Así que, con las pocas fuerzas que aún tenía, abrí la puerta cuidadosamente y después de cerciorarme de que no hubiera nadie cerca, me lancé fuera. Descalza comencé a recorrer un interminable pasillo rojo, con incandescentes luces blancas en lujosos candelabros y negras puertas de metal a cada costado. En algún momento, sentí curiosidad y me detuve frente a una, pegué el oído a ella.

Contuve en aliento, esperando oír algo espeluznante, pero de ella solo salieron ocasionales gemidos y gritos agudos. Con la cara completamente roja, me alejé de la puerta de golpe.

Después apresuré el paso, mirando a todos lados con inquietud. Tenía miedo de que en cualquier momento una de esas puertas se abriera y me atraparan. Pero recorrí el interminable pasillo y crucé a paso rápido algunas puertas, y nadie fue por mí.

No me encontré con nadie.

Hasta que identifiqué una salida de emergencia. Suspiré de alivio, lo había logrado. Iba a irme de allí. Conteniendo mi alegría, corrí hacía ella.

Abrí la pesada puerta y...

—¿Qué demonios haces?

Retrocedí dos pasos antes de caer al suelo. Mi brazo enyesado golpeó el piso, provocando que yo gritara de dolor.

—Eres una chiquilla problemática, ¿no es así?

Apreté los labios y contuve mi dolor cuando él se arrodilló frente a mí. Me miró con burla, ladeando ligeramente la cabeza; sus ojos eran dos pozos sin fondo, realzados por un atractivo rostro blanco de pómulos altos y afilados, con un cabello ligeramente largo y lacio, atado en una media coleta alta. A pesar de su aspecto, me atemorizó como la primera vez, porque recordé que no solo era un hombre joven y atractivo, sino también un asesino, y uno muy cruel.

Inevitablemente, recordé lo que la mujer me había dicho sobre él:

"... ¿Quién es él? Solo puedo decirte que ahora le perteneces, y que no te conviene desobedecerle. Has cambiado de dueño, querida ..."

¿Era él a quién ahora yo le pertenecía? ¿Era él dueño de ese burdel?

Tragué fuerte e ignorando el dolor de mi brazo, intenté arrastrarme lejos de él. No obstante, antes de poder siquiera darme la vuelta, él me tomó del tobillo con una gran mano delgada, de dedos largos y finos.

—¿Qué estabas a punto de hacer? —inquirió con un peligroso tono bajo.

Con los ojos llorosos, miré la puerta abierta frente a mí. Más allá de ella, hacía un día muy bonito, soleado y sin nubes. Los días favoritos de Isabel.

Isabel... pensé con dolor. Luchamos tanto para ser libres, para tener una vida juntas. No puedo rendirme ahora. Debo intentarlo una vez más.

—Parece ser que mi reciente adquisición intenta huir —comentó sin enfado, pero con un controlado tono que me hizo estremecer.

Con un último gramo de coraje y fuerza, pateé su mano con el otro pie. Él solté una maldición y me soltó, en cuanto lo hizo me levanté lo más rápido que pude y corrí hacia la salida.

Pero él fue más rápido que yo, en un segundo me dio alcancé y con una de sus largas piernas cerró la puerta de una patada. Me tomó desde atrás por la cintura y alejó de la salida. Aun así, grité, le arañé los brazos y pataleé, intentando liberarme.

—¡Suélteme! ¡Déjeme ir!

—Detente ya —ordenó, arrastrándome lejos de la salida.

No lo escuché y me agité en sus brazos, luchando por liberarme.

—¡Suélteme!

Cuando estuve lejos de la puerta, él me soltó, pero solo lo hizo para poder estamparme de espaldas contra la pared. Solté un jadeo de dolor cuando repentinamente él me sujetó del rostro con una mano, obligándome a mirarlo.

—Te he dicho que te detengas.

Había una marcada y homicida ira en sus negros ojos. Me quedé quieta y contuve el aliento, completamente aterrada.

—Esta es la primera y última vez que haces esto, ¿entendido? —siseó a un palmo de mi rostro.

No fui capaz de decir nada, solo temblé bajo esos oscuros ojos.

—No quiero verte huir otra vez. Tampoco pienses en atacarme de nuevo.

Tragué fuerte cuando dio un paso hacía mí, acercando sus labios a mi oído.

—Si se te ocurre volver a portarte mal, haré que lo pagues —dijo con una controlada voz fría—. No creas que, porque te salvé de tu penosa existencia, seré compasivo contigo.

Palidecí ante sus palabras. ¿Él me mataría como había matado a mi amo? Si yo intentaba huir de nuevo, ¿moriría de la misma forma? No lo dude. Ese extraño me mataría.

Durante toda mi vida, yo había pertenecido a un hombre abusivo y cruel conmigo, y cuando él murió, llegué a pensar que quizás por fin tendría una vida propia.

No obstante, alguien peor que mi anterior dueño había ido a mi encuentro. Y quizás yo lo merecía.

—Lo... ¡lo lamento mucho! —sollocé, rompiéndome al fin—. Debí salir y ayudarla. Perdón, ella... ¡murió por mi culpa!

Él alejó los labios de mi oído y me miró a la cara con expresión intrigada. Repentinamente, ya no parecía molesto en absoluto.

—¿De qué hablas?

Lo miré entre lágrimas, temblando por el llanto.

—Ella me protegió, y por eso él la mató... —le confesé, sintiéndome más culpable que nunca—. Yo tuve la culpa.

Su mandíbula se tensó cuando apretó los dientes, y sin decir nada liberó mi rostro de su agarre. Yo de inmediato me cubrí la cara para que no viera el dolor en mí. Quizás me merecía todo eso, después de todo, por mi culpa había muerto alguien importante para él.

—Lo siento mucho... —me disculpé una y otra vez—. Lo siento, lo siento tanto...

A través de mi llanto, lo escuché pronunciar una maldición en voz baja. Luego dijo secamente:

—Si, tienes razón, Isabel está muerta. Olvidáte de ella, ya no importa. No la meciones nunca más.

Lo miré a través de mis dedos, sin comprender. Él había ido allí por ella, había enloquecido de ira por ella, había matado a nuestro amo por ella... Entonces, ¿por qué no parecía dolido por su muerte? ¿Por qué no parecía sufrir por ella como yo?

—No... no comprendo. Usted fue por ella...

Me lanzó una mirada casi homicida.

—Ella murió, lo demás no importa ya —me cortó tajante—. Y mis razones para buscarla no son algo que deban importarle a una chiquilla como tú, ¿comprendes?

Asentí, tragándome mi llanto ante su mirada intimidatoria. Si no había buscado a Isabel porque le importara, ¿por qué había acudido allí ese día? No lo entendía.

—Déjala atrás. No vuelvas a hablar sobre ella, lo que le pasó o quién fue, ya no importan.

Dicho esto, me tomó del brazo con fuerza y comenzó a arrastrarme por el pasillo; yo hice lo posible para seguirle el paso. Me llevó por todo el burdel, hasta la habitación donde esa mañana había despertado.

Y sin misericordia me arrojó dentro. Un mechón de cabello negro se soltó de su coleta y enmarcó su pálido rostro, oscureciendo su expresión aun más. Él no se molestó en apartarlo, solo frunció sus intensas y pobladas cejas oscuras, a juego con sus ojos.

—No tienes permiso para poner un pie fuera de esta habitación, ¿comprendes?

Su expresión enfadada, sus helados rasgos afilados, y la gélida mirada oscura con la que me observaba, me llenarón de tal miedo que me apoyé en la pared contraria. Quería alejarme lo más posible de él.

—Te quedarás aquí hasta que yo venga a buscarte —me ordenó con una implacable voz que me heló la sangre—. Si intentas volver a escapar, haré que nunca más desees hacerlo, ¿está claro?

Sorbí por la nariz, temblando de miedo. Y por fin hice la pregunta que de verdad importaba, la que debí hacer desde un comienzo.

—¿Quién es... usted? —musité con un hilillo de voz.

Él torció un lado de la boca, y eso gesto le hizo ver más atractivo y peligroso que nunca. En ese momento, me di cuenta de que estaba atrapada, y que mi vida ya no era mía, sino suya.

—Yo soy Rafael Riva, el fundador de los burdeles Odisea.

¿Qué relación había entre la dulce mujer que me había cuidado como una hija, y ese hombre frío a quién ahora le pertenecía mi vida?

Dejé escapar un suspiro, y lo miré con otros ojos. Ese atractivo desconocido de ojos oscuros y largo cabello negro, quien había matado a mí amo sin misericordia y me había "salvado" de esa vida, era el dueño de ese burdel.

—A partir de ahora, tú eres una prostituta aquí, y yo soy tu nuevo amo y señor. 

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Último capítulo

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